El mundo tecnológicamente perfecto de Elon Musk.

Artículo publicado en Guts Mag en enero de 2017.

¿Te imaginas un mundo en el que no estés obligado a trabajar para ganar dinero, sino en el que puedas despertarte cada día con una sonrisa para dedicarte a lo que más te gusta? Piénsalo bien: no más madrugones obligatorios, no más jefes, no más fichar en la oficina, no más lunes. En definitiva, un mundo en el que nunca pedirías tener vacaciones, ya que vivirías en un estado ininterrumpido de satisfacción. En serio, ¿te lo imaginas?

Posiblemente, muchos de nosotros, no. Pero Elon Musk, sí. El mismo que ha conseguido que se pueda pagar con un sistema online sin utilizar dinero físico (fundó PayPal), ser el primero en mandar su propio cohete privado en órbita al espacio sin depender de organismos aeroespaciales como NASA (con SpaceX) y crear un coche completamente eléctrico que prescinde de combustibles fósiles, a un precio cada vez más asequible para la clase media (Tesla). ¿Te imaginabas hace unos años que todo eso podría llegar a hacerse realidad?

La nueva obsesión de este ingeniero y empresario sudafricano es la inteligencia artificial. Y, una vez más, ha decidido enfocar el proyecto desde su punto de vista humanitario y filantrópico.

Que la inteligencia artificial y la automatización están comenzando a ser implementadas en numerosos procesos productivos es ya una realidad. En plantas de todo el mundo, los robots están remplazando la mano de obra progresivamente. Empresas como Amazon ya han lanzado las primeras tiendas que prescinden de cajas para pagar y de sus correspondientes empleados. La primera, llamada Amazon Go, ha sido abierta en Seattle y combina una aplicación en el teléfono del usuario con tres innovadoras tecnologías: sensores, aprendizaje automático (o deep learning) y un sistema de visión artificial.

Hay quienes incluso ya hablan de la cuarta revolución industrial, que vendrá impulsada por la inteligencia artificial, tal y como la máquina de vapor, la producción en masa y la primera ola de automatización generaron la primera, segunda y tercera revolución (La próxima revolución industrial está aquí, Ted Talk por Olivier Scalabre). Esta teoría tendría sentido, ya que respondería a la situación económica actual, generando crecimiento productivo y financiero global.

Sin embargo, toda gran revolución puede tener consecuencias beneficiosas o terribles para la población según cómo sea implementada. Es en este punto donde Elon Musk quiere, una vez más, crear la diferencia. Para ello, ha lanzado OpenAI, una compañía sin ánimo de lucro centrada en investigación de inteligencia artificial que sea segura y positiva para la población. Al ser abierta a todo el mundo, Musk pretende evitar que esta tecnología beneficie únicamente a las grandes multinacionales y al gobierno, ya que podría crear excesivo poder y desigualdades sociales aún mayores que las actuales.

Y es que, según un estudio llevado a cabo en 2013 por la Universidad de Oxford, un 47% de los empleos estadounidenses podrían haber sido remplazados por robots dentro de diez a veinte años. En países en desarrollo, esta cifra aumentaría a dos tercios, según un estudio del Banco Mundial en 2016.

Entonces, ¿cómo hacer que esta hipotética situación sea sostenible?

Cuando se le pregunta a Musk cómo visualiza este futuro ideal, él acude a tres palabras: “Renta básica universal”. Sin todavía dar detalles prácticos, explica que, a medida que los sistemas de inteligencia artificial vayan remplazando a trabajadores en sus empleos, el gobierno deberá establecer un ingreso elemental. La mayor ventaja, apunta, es que la población se verá liberada de la esclavitud de trabajos insatisfactorios y podrá dedicar su tiempo a actividades más complejas, inteligentes y creativas que les apasionen y aporten un cambio real para la sociedad.

Puede que la idea suene todavía quimérica, pero sería la fantasía de un mundo tecnológicamente perfecto. Al fin y al cabo, si pensamos fríamente en nuestro día a día en la sociedad actual, no hacemos otra cosa que alquilar las horas de nuestro tiempo a otra persona, o empresa, a cambio de dinero. ¿Qué pasaría si un día pudiésemos dejar de prostituir nuestro tiempo y así dedicar nuestras horas a crear nuestra propia vida?

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Como ingeniera y escritora, esta ilusión tecnológica cobra sentido en mi imaginación. Al fin y al cabo, el escritor es un fabricante de farsas. Un inventor de historias. Un cuentista. Su trabajo consiste en coger pequeños trozos de la realidad y darles forma hasta convertirlo en algo irreal. Transformar lo cotidiano en fantasía. Las verdades en mentiras. Un escritor hace que podamos soñar de noche.

El ingeniero, en cambio, hace el trabajo contrario: parte de una idea que no existe, de un concepto propio del mundo de la ficción. Su labor es pasar lo imposible a posible, conseguir que lo utópico se materialice en común. En definitiva, convertir una mentira en una verdad. Un ingeniero hace que podamos vivir de día.

Mientras esperamos que la tecnología y los sueños se den la mano en nuestro futuro ideal, sólo nos queda seguir fantaseando con el resto de planes que Musk tiene en mente para nosotros, como enviar humanos de vacaciones a Marte con SpaceX, acabar con el cambio climático con su compañía SolarCity o diseñar un sistema de transporte de altísima velocidad mediante tubos y cápsulas llamado Hyperloop, al más puro estilo Futurama. Y sin que tengamos que esperar hasta el año 2999.

 

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