La paradoja de las mentes creativas

Artículo publicado en Guts Mag en junio de 2017.

¿Qué piensas de los libros que te explican cómo ser creativo? ¿Y de los cursos (tan de moda hoy en día) que te enseñan a desarrollar tu imaginación?

Desde mi punto de vista, la palabra que más se relaciona con ´creatividad´ sería ´libertad´. Sólo cuando una persona es libre y no tiene que responder ante nada o ante nadie, se permite el lujo de romper con las reglas, con los plazos de entrega y con las expectativas ajenas para dar paso al fluir de ideas inconexas que llamamos imaginación.

Entonces, si la creatividad es libertad, no pensar, dejar vagar los pensamientos en distintas direcciones… ¿Cómo poner reglas va a hacer que fluya la imaginación? ¿De qué manera una plantilla escrita en un libro, o una serie de pautas impartidas en un curso, van a poder hacer que se libere la mente hasta salirse la norma?

Se dice que los adultos innovadores son niños que nunca han dejado de jugar. Son esas personas que suelen darse de bruces contra una farola mientras caminan, porque están pensando en sus cosas. Esos individuos incomprendidos que viven en una burbuja construida por su imaginación, ajenos al mundo exterior. Esos humanos que construyen su día a día mediante una narrativa en la que todo tiene que encajar, con su comienzo, desarrollo y desenlace; con su protagonista, antagonista y personajes secundarios. Esos seres que viven su vida como si de un cuento se tratara, ya que se niegan a aceptar que la realidad sea únicamente una línea temporal carente de historias.

¿Te han dicho alguna vez que vives en tu mundo, que le das demasiadas vueltas a las cosas, que te montas películas? ¿O quizás que eres un soñador incurable, un iluso que se cree que la vida es un juego, un inmaduro? Sí es así, puede ser que, simplemente, seas una mente creativa.

Científicamente hablando, hay incluso estudios que sostienen la hipótesis de que la mente de las personas creativas funciona de manera distinta a las demás.  El psicólogo Frank Barron, ya en 1956, sentó las bases de cómo una mente creativa está constituida, concluyendo que la inteligencia y la creatividad no son términos sinónimos. Estudios contemporáneos añaden que creatividad e imaginación tampoco son equiparables. La clave, parece ser, está en que una persona creativa es aquella que es capaz de hacer funcionar ambos hemisferios, izquierdo y derecho, al mismo tiempo. De esta manera, una mente creativa permite dejar volar su imaginación al mismo tiempo que activa la parte ejecutiva del cerebro, que se encarga de la atención y la memoria. Parece un oxímoron, pero la complejidad es, de hecho, el rasgo característico de las personas creativas. Barron ya citó que “las mentes creativas son a la vez más primitivas y más cultas, más destructivas y más constructivas, ocasionalmente locas y fuertemente cuerdas comparadas con la persona media.” Hoy en día el tema sigue siendo hot topic: Mihaly Csikszentmihalyi, profesor de psicología de la Universidad de Claremont (California) ha publicado un estudio que refuerza la teoría, añadiendo que “en las mentes creativas se observan tendencias de pensamiento y acción que en la mayoría de la gente estarían segregadas: muestran extremos contradictorios, ya que, en lugar de ser un individuo, cada uno de ellos se comporta como una multitud”.

Kaufman y Gregorie avanzan un paso más en su libro Wired to create, en el que describen que ´the open people´ (como llaman a las personas creativas) no sólo buscan perspectivas alternativas a una misma realidad, sino que incluso ven el mundo de manera distinta. Esto fue demostrado mediante un experimento de percepción visual llamado ´binocular rivalry´, en el cual se expone a una persona a dos imágenes distintas, cada una en un ojo. Mientras que una persona media tiende a ver una u otra imagen alternativamente, aquellas definidas como ´open people´ son capaces de construir una tercera imagen como combinación de las otras dos. Este efecto es todavía más pronunciado cuando el individuo está bajo un efecto similar al que se consigue con las técnicas conocidas para incentivas la creatividad (por ejemplo, bajo los efectos de la cafeína).

Pero no todo es magia e innovación en la vida de una menta creativa. Generalmente, suelen ser personas hipersensibles y especialmente abiertas a probar cosas nuevas, por lo que perciben con más intensidad las situaciones cotidianas y empatizan más que el resto. Esto, junto con un sentimiento de culpabilidad por no encajar con la norma y una duda constante sobre su talento, hace que vivan en un sufrimiento constante que les hace sentirse unos incomprendidos. Kaufman y Gregorie ya describieron que la gente creativa suele ser más introspectiva y que esta característica les hace ser más consciente de su lado más oscuro e incómodo. Y esta melancolía, tristeza o apatía ha sido frecuentemente descrita como la clave para lograr una obra de arte. Sin embargo, David Lynch (director de cine, guionista y productor musical) cambia la perspectiva y dice que “La depresión, la rabia y la pena resultan bellas dentro de una historia, pero para el artista son veneno”. Según él, para que las ideas surjan, el creativo debe de estar libres de emociones negativas y defiende que la creación surge cuando el individuo ha procesado las emociones negativas y puede observarlas desde la distancia, como expresa la paradoja del comediante, formulada por Diderot. Por eso son tan comunes las historias de escritores, músicos, pintores y otros creativos que únicamente han conseguido triunfar después de haber tocado fondo, como el resurgimiento de un ave fénix.

Entonces, si la mente de una persona creativa funciona de manera distinta al resto, ¿está la sociedad preparada para esta dualidad? La verdad es que es conocido, e incluso aceptado, que el sistema educativo de esta sociedad es sinónimo de limitación de la creatividad. En los colegios se enseña a rellenar plantillas, repetir ideas aprendidas de memoria, acatar códigos y seguir reglas, en vez de estimular el libre pensamiento, alabar la riqueza de las ideas ilógicas y apreciar el valor de la singularidad por encima de la norma. O, en otras palabras, crecer significa dejar de jugar para pasar a hacer cosas serias, de persona responsable, que tengan un objetivo estipulado, un procedimiento previamente escrito y un final impuesto. Cosas aburridas. Cosas opuestas a la creatividad.

Echando la vista atrás, recuerdo que cuando era niña tenía una imaginación desbordante y yo siempre lo percibí como algo negativo de mi personalidad. Me acuerdo de estar un día por la calle de vuelta del colegio con mi madre, tendría yo unos cinco o seis años. Yo, como siempre, dejaba volar mi mente durante lo que era el camino rutinario que seguía todos los días, sin ningún estímulo que lo diferenciase del día anterior. Ese día me encontraba en el laboratorio de un profesor chiflado, mezclando pócimas de colores. Y mis manos del mundo real se iban moviendo acorde con mi mente, sujetando las probetas y agitando los mejunjes. En ese momento, mi madre me reprendió y me dijo que dejase de hacer el tonto. Es curioso pensar en por qué mi mente aún recuerda esto, casi veinticinco años después. Pienso que será porque no entendí qué tenía de negativo mi comportamiento, si yo sólo estaba jugando, imaginando una realidad paralela, creando una historia. Pero en ese momento entendí que la sociedad no estaba hecha para la gente que sueña con salirse de sus normas estipuladas.

Fui testigo de otros miles de historias (propias o ajenas) en el colegio, donde eres un bicho raro si pintas un perro verde, o con dos cabezas, o donde para sacar un diez lo único que tienes que hacer es repetir como un loro lo que te han enseñado, sin añadir nada pensado por ti. Afortunadamente, el contar con una buena memoria me hizo avanzar con éxito “incluso a pesar de mi imaginación desbordante”.

Hoy en día, afortunadamente, son cada vez más numerosas las corrientes que defienden que a los niños hay que dejarles ser niños. Hay que dejar de cargarles con actividades extraescolares y permitirles tener tiempo libre para jugar, inventarse mundos imaginarios, crear inventos absurdos, dibujar monstruos irreales e imaginar historias sin sentido. En definitiva, para aburrirse.

Pero, ¿cuánto tiempo hace que tú, como adulto, te has dejado tiempo para aburrirte? ¿Cuándo fue la última vez que dejaste a tu mente divagar libremente sin pensar en que tenías que poner una lavadora, mandar un e-mail o ir al gimnasio? En esta línea, David Lynch también tiene su cita que aportar: “Para una hora de buena pintura necesitas cuatro horas seguidas sin interrupciones. Si sabes que dentro de media hora tendrás que estar en alguna otra parte, no hay manera de conseguirlo”. O, lo que es lo mismo: para permitir a las musas inspirarte, hace falta tener mucho tiempo por delante y ninguna preocupación ocupando hueco en tu cabeza.

Mientras miro la forma de las nubes por la ventanilla del avión, pienso que no puede ser casualidad que casi la totalidad de mis artículos, reflexiones e incluso mi proyecto de novela hayan sido escritos a más de diez mil metros de altura o en un aeropuerto, aislada y sin ninguna otra distracción que un teclado y un té bien cargado. Liberada de mis obligaciones y pensamientos. Permitiendo a mi mente volar.

¿Por qué los años nos pasan cada vez más deprisa?

Artículo publicado en Guts Mag en diciembre de 2016.

Me niego a creer que estemos a punto de entrar en 2017.

Pienso en hace doce meses, cuando estaba caminando por las calles de Zaragoza entre luces, mercadillos navideños y gente haciendo fila para comprar lotería… Y me parece que sucedió ayer. Recuerdo nítidamente la tarde del 3 de enero de 2016, en la que estaba haciendo la maleta para volver a Bruselas, y me veo doblando camisetas mientras pensaba: “¿Voy a tener que esperar un año entero para volver a tener esto?”. Y aquí estoy, otra vez.

Yo creo que la única explicación posible es que me han congelado y me acaban de despertar, porque me siento como un oso desorientado después de su hibernación.

Pero no ha habido sueño eterno de por medio, ni viajes en el tiempo, ni magia negra. Ni creo que ésta sea una sensación que únicamente me está pasando a mí. Pero, entonces, ¿por qué cada vez nos parece que los años pasen más deprisa?

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Yo siempre había pensado que la culpable, una vez más, tenía que ser la rutina. Al fin y al cabo, según nos vamos haciendo mayores, nuestra vida tiende a estabilizarse y empezamos a adoptar patrones diarios. Según pasan los días, entre trabajo, facturas y obligaciones, intentamos sortear las complicaciones lo más dignamente posible y es un logro meterse en la cama sin un contratiempo que nos quite el sueño. De esa manera, los días van pasando sin pena ni gloria, sin hacer mucho ruido y sin dejar una huella reseñable. Como consecuencia, lo que antes duraba un año, pasa a parecer que dura un mes, una semana o incluso menos de veinticuatro horas.

Sin embargo, acabo de averiguar que esta vez no voy a poder echar la culpa a la vida adulta (una lástima). Resulta que la causa está en la manera que tiene nuestro cerebro de percibir la duración del tiempo como un resultado de experiencias pasadas.

Para nuestro cerebro, la duración de una porción de tiempo determinada puede únicamente medirse como un porcentaje de un periodo más largo y conocido, que no es otro que nuestra propia vida. Es decir, que percibe lo rápido o lento que ha pasado un año mediante un cálculo proporcional.

Esto se entiende claramente cuando echamos la vista atrás y pensamos en cuando éramos niños y el curso escolar nos parecía eterno. Si pensamos en un niño de cinco años, un año representa un 20% de su vida total. Por eso, su cerebro percibe un año como un periodo de tiempo considerablemente largo comparado con lo que es su sistema de referencia (su vida, los cinco años). Sin embargo, según vamos creciendo, nuestro sistema de referencia va alargándose progresivamente, mientras que el año sigue durando 365 días. Cuando cumplimos veinte años, un año ya es sólo un 5% del sistema de referencia. Y cuando cumplimos cincuenta, sólo representa un 2%.

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Por eso, según vamos haciéndonos mayores, nuestro cerebro percibe que un año va pasando cada vez más rápido y nos parece que dure cada vez menos. Y lo mismo nos pasa con las vacaciones, los viajes e incluso con los fines de semana (que pasan de ser un 6% a los cinco años, a un 0.5% a los cincuenta).

¿Resulta un poco deprimente pensar que cada vez el tiempo nos va a pasar más rápido? Puede ser que sí.

Sin embargo, a mí me parece la excusa perfecta para no desaprovechar ni una sola hora del 2017 y hacer que cada día cuente. Porque en doce meses echaré la vista atrás, me marearé de nuevo al pensar que el año ha vuelto a desvanecerse sin pedirme permiso y pensaré orgullosa: “Pues sí que hice cosas en este tiempo que ha volado”.

¿Son los daneses más felices que tú?

Artículo publicado en Guts Mag en enero de 2017.

Éstas son sólo las palabras de una española que ha recorrido Europa en busca de la felicidad.

Cuando era niña, los momentos más felices los componían las vacaciones, la playa y los helados. Los días de sol infinitos en los que podía jugar hasta más tarde y que no tenía que ir al colegio. Así de simple.

Cuando crecí, escuché la famosa frase: “Como en España no se está en ningún sitio”. Por el tiempo, por la comida, por la fiesta… Ya sabemos por qué. Para mí tenía sentido, ya que seguía pensando en sol, playa y helados.

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Después, pasé por la fase de la fuga de cerebros, los políticos corruptos y la impuntualidad. Es la fase en la cual sólo puedes ver los defectos que tiene tu propio país (y los españoles somos expertos en la materia). Vino acompañada de etapas ingenuas e irreales en tierra extranjera: viaje de estudios en Berlín, beca Erasmus en Londres, prácticas en Bruselas y finde romántico en París. Las ciudades son intercambiables y el orden de los elementos puede variar, pero la consecuencia es la misma: idealización.

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Además, los informes sobre las ciudades, países y nacionalidades nunca nos dejan en buen lugar frente a los demás países europeos. Según un estudio de la Comisión Europea, el top 5 de ciudades más felices en 2016 son: Oslo, Zúrich, Aalborg, Vilna y Belfast. Pero… No lo entiendo. Ninguna de estas cinco ciudades son conocidas por el sol, ni por las playas ni (que yo sepa) por los helados. ¿Entonces, cómo es posible que sean felices?

Continuando la búsqueda, en medio de la más absoluta bipolaridad, en 2013 llegué a Holanda. Y allí me enseñaron una palabra la cual no tenía traducción al inglés: gezellig. Muy orgullosos, me explicaron que gezellig es una cena con amigos que hace mucho que no ves. Gezellig es una taza de chocolate caliente con extra de espuma. Gezellig es mirar cómo nieva a través de la ventana mientras se está caliente en casa. Gezellig son las velas y la música chill-out. Ese concepto me hizo tanta gracia, que cuando tuve que despedirme de mis compañeros holandeses, me regalaron una ´cesta gezellig´, compuesta por productos holandeses como galletas, mermeladas, caramelos y velas.

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Hoy me he acordado de esta historia al encontrarme con un artículo de El País llamado: Los 12 pasos para incorporar a tu vida el ‘hygge’, el secreto de la felicidad danesa.

Y cuál ha sido mi sorpresa al darme cuenta que los amigos holandeses no son los únicos que presumen de tener una palabra que no se puede traducir a otros idiomas y que expresa un concepto exclusivo de la felicidad.  Porque los daneses, según este artículo, dicen que hygge es un momento sin estrés. Que hygge es una película en pareja. Que hygge es una chimenea encendida. Que hygge son unas flores frescas sobre un mantel bien colocado .Que hygge es remolonear bajo el edredón unos minutos más. Pero, pienso yo, a mí eso de hygge me suena demasiado parecido a gezellig… Queridos amigos holandeses y daneses: ¿no significa exactamente lo mismo? Y, sin querer despojaros de ese sentimiento único del que presumís, me pregunto… ¿No significa, simplemente, lo mismo que estar ´a gustico´?

Para mí, una taza de café y un trozo de tarta es estar a gustico. Un libro a medias mientras estoy tumbada en el sofá es estar a gustico.  Cinco capítulos seguidos de Gilmore Girls es estar a gustico. Una copa de vino es estar a gustico. Un brunch el domingo es estar a gustico. La batamanta es estar a gustico.  Y así podría seguir, nombrando el olor a tostadas recién hechas, bailar Chambao en el salón de mi casa o escribir un artículo sobre el mal tiempo en Bruselas, mientras al otro lado de la ventana está lloviendo. Todo, muy a gustico.

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Pero (me conocéis, sabéis que siempre hay un pero…), sí que hay un argumento que les voy a ceder a los nórdicos: porque para estar verdaderamente a gustico, ayuda mucho estar caliente mientras afuera hace frío. Algo así como: “mal de muchos, consuelo de tontos”. O: “ande yo caliente, ríase la gente (por eso de la batamanta)”. O, quizás: “lo bueno, si es breve, dos veces bueno” (ya que el calor no va a durar mucho…).

La verdad es que antes de haberme venido a vivir a los inviernos grises del Polo Norte, no solía describir mis planes como a gustico. Una tarde en la piscina había sido súper divertida. Una noche de juerga había sido brutal. Un viaje había sido sorprendente. Un fin de semana en la playa había sido inesperado. Pero si el a gustico lo he empezado a utilizar aquí, por algo será. No sé si se tratará del frío, del estrés o que realmente me estoy empezando a parecer a los fríos descendientes de vikingos. Más bien, será que me estoy haciendo mayor.

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¿Que si he aprendido algo acerca de la felicidad en esta experiencia? No mucho. Sólo que hay algo que siempre funciona: hacer más de lo que te hace feliz (o a gustico, o gezellig, o hygge). Y los helados.

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No hay ideas geniales – EL LIBRO

Durante estos últimos meses, muchos de vosotros me habéis estado preguntando si la frecuencia de entradas en mi blog había disminuído frente a 2015…

Ha llegado el momento de que os cuente un pequeño secretito en el que he estado trabajando. Tras todo vuestro ánimo recibido, he decidido lanzarme y crear un libro (que yo llamo «de antiayuda») para estudiantes, becarios, recién graduados, jóvenes profesionales, buscadores intensivos de trabajo, expatriados y millennials que seguimos buscando nuestros sueños.

«No hay ideas geniales» recoge experiencias y reflexiones alrededor del mundo acerca de esta locura que algunos llaman realidad y en la que todos luchamos por mantenernos a flote.

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La semilla de este libro ha sido el blog, pero realmente ha ido creciendo gracias a millones de conversaciones que he tenido lo largo de los últimos cinco años con amigos, conocidos y soñadores de proyectos imposibles. Y, sobre todo, ha sido impulsado por el momento en el que, frente a una caña o un café, hablando de nuestros problemas, alguien ha nombrado una de las frases de mi blog…  Ese instante ha sido la chispa que ha encendido la mecha y me ha dado la motivación para llevarlo a cabo.

Y, por eso, tú puedes ser parte del proyecto: he creado un crowd-funding en el que puedes colaborar con la cantidad que tú prefieras y si juntos conseguimos llegar a la cantidad mínima fijada de de 300 euros (para tasas y gastos de distribución), te haré llegar una copia del libro en el formato que tú elijas (digital o papel). Y, por supuesto, mi agradecimiento de por vida.

LINK DEL CROWDFUNDING.

Y recuerda…

«No deberíamos permitirnos desaprovechar los años en que somos más guapos, estamos más sanos y tenemos más energía en preocuparnos por problemas que no existen, gente que no nos quiere y cosas que no necesitamos».

Muchas gracias y mucho amor.

MARTA.

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La chispa que te falta.

¿Has oído hablar alguna vez del triángulo de fuego?

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Hablemos de ciencia: para que un fuego pueda tener lugar, debe cumplirse lo que se denomina el «triángulo de fuego».  Este polígono está formado por tres vértices que son necesarios para que una llama sea generada y se mantenga. Estos tres elementos son el comburente, el combustible y la fuente de ignición. O, lo que es lo mismo, oxígeno, algo pueda arder y una chispa.

Si uno de los tres elementos está ausente, la llama nunca arderá. E incluso si un fuego está encendido, al eliminar uno de estos tres componentes éste se extinguirá.

Una forma sencilla de entenderlo es pensar en cuando se tiene una vela encendida y se tapa con un vaso boca abajo: al acabarse el oxígeno no se tiene el triángulo completo y la llama se apaga.

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Este sencillo proceso físico-químico conlleva más metáfora de la que en un principio puede parecer, ya que cada situación a la que nos enfrentamos en la vida lleva consigo su fuego particular.

Esa meta que te has propuesto conseguir es un pequeño fuego dentro de ti. Aquello que tienes en tu mente mientras haces las actividades cotidianas obligatorias son llamas que siguen encedidas. Y el sueño que te hace levantarte dela cama día tras día es la chispa que te hace seguir queriendo seguir adelante.

En todas esas ocasiones hay un triángulo de fuego frágil y simétrico, el cual se desmoronará si retiras uno de sus lados. Sin embargo, los vértices no son la chispa, el combustible y el oxígeno (aunque dime tú si puedes seguir sobreviviendo si no tienes oxígeno…). En el caso de los problemas cotidianos, los vértices son la prepración, la proactividad y las pelotas.Para que sea más fácil recordarlos, sólo tienes que pensar en las tres P´s.

PREPARACIÓN.

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El primero es la preparación. Es el que más tiempo y esfuerzo lleva, sin embargo, es el que mejor se le da a la mayoría de la gente. Curioso, ¿no?

La razón es porque es bastante obvio, y lo tenemos interiorizado. Para conseguir algo sabemos que tenemos que prepararnos. Por ejemplo, si tú sueño es ser médico, tienes que estudiar medicina. Suena razonable. O si tu sueño es irte a vivir a China, tendrá sentido que empieces a estudiar chino. Y así con todo.

Hay que tener en cuenta que la preparación es una ganancia temporal, no permanente. Es decir, que si tardamos demasiado en conseguir las otras dos P´s tendremos que seguir preparándonos hasta volver al estado en el que el triángulo no se desmorona.

Y la preparación, aunque constituye un 80% de la consecución del objetivo, es la parte que menos tardamos en cubrir. Para conseguir el último 20% hace falta conseguir lo más difícil, que es cumplir también las otras dos P´s.

PROACTIVIDAD.

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El segundo es la proactividad. Ésta se define como tu actitud para anticiparte a los acontecimientos de forma activa. Es decir, que no vale con que te prepares hasta que llegues a ser el mejor en lo tuyo y te dediques a esperar. Porque por muy preparado que estés para la llegada de tu momento glorioso, éste no va a aparecerse de repente e ir a buscarte, sino que vas a tener que ir tú a su puerta.

Por eso, lamentablemente nadie va a preocuparse de que cumplas tus sueños, ya que cada persona está demasiado ocupada intentando cumplir los suyos propios. Piénsalo, es lo normal. Y tú, como dueño de tu destino, vas a tener que luchar por lo que quieres y dar el primer paso. Porque si no, nunca va a ocurrir.

¿Quieres hacer unas prácticas de verano? Sacrifica un rato de salir, siéntate enfrente del ordenador y ponte a enviar solicitudes. ¿Quieres que se te dé una oportunidad en el nuevo proyecto de tu oficina? Levanta el culo y díselo a tu jefe. ¿Quieres conocer mejor a esa chica a la que no puedes dejar de mirar? Pues no te esperes a que ella dé el primer paso, no vaya a ser que ella sea tan poco proactiva como tú y os quedéis con las ganas.

PELOTAS.

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La última P son las pelotas. Y la he llamado “pelotas” porque “cojones” no empieza por P. Pero a efectos prácticos es lo mismo. Y, básicamente, viene a decir que no tengas miedo.

Este elemento varía mucho de una persona a otra y tiene un gran componente emocional. Pero el miedo es común a todos: es una reacción humana que surge ante lo desconocido y nos pone alerta. Es decir, que ante una realidad nueva el miedo nos dice:

“Hey, que esto es nuevo. Voy a poner tu sistema de defensa en alerta máxima para que puedas enfrentarte a la situación lo mejor posible”.

Sin embargo, muchas veces esta ayuda que no hemos pedido nos sobrepasa, nos asusta y nos hace meternos debajo de una mesa en posición fetal con las rodillas entre los brazos. O, en otros casos, escondernos debajo del edredón y decidir no salir hasta que todo haya vuelto a la normalidad.

Así como algunas veces el miedo surge ante una nueva realidad, otras brota de los riesgos que nuestro objetivo tiene. Quieres dejar tu trabajo y lanzar esa empresa con la que tanto tiempo llevas soñando, pero… ¿Y si fracasas? ¿Y si pierdes todos tus ahorros que tanto te ha costado conseguir? ¿Y si ninguna empresa vuelve a contratarte nunca? ¿Y si te cae un rayo en medio de la calle y te parte en dos?

El miedo puede llegar a paralizarnos e impedirnos conseguir lo que queremos. Pero, una verdad universal es que cada vez que tengas que tomar una decisión hay algo que vas a ganar y algo que vas a perder. Porque si con alguna de las opciones no perdieses nada, no habría ninguna decisión que tomar.

Así que, tenlo claro: con todas las decisiones que tomes en tu vida vas a perder algo. Y todas las que cosas que vayan a merecer la pena van a conllevar un riesgo no controlado. Así que, para que el triángulo no se desmorone, vas a tener que echarle pelotas.

Y ahora, piénsalo… ¿Te está faltando alguno de estos tres elementos? No te preocupes y sigue luchando. Recuerda que, como una vez unos héroes dijeron en medio del silencio: «Todo arde, si se le aplica la chispa adecuada».

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Te aseguro que de esto no te acordarás


El día que cumplas 80 años echarás la vista atrás… Y te aseguro que de esto no te acordarás.

(!)

No te acordarás de cuántas horas extra echaste en la oficina ese fatídico año, con temor a no conseguir el ascenso.

No te acordarás de cuanto era tu primer sueldo, ni en cuanto se quedaba después de impuestos.

No recordarás si tenías el nivel de inglés B1, B2 o C1.

No tendrás ni idea de cuántos zapatos y bolsos tenías en el armario.

No lograrás acordarte del nombre de ese informe en el que estuviste trabajando más de un año.

No recordarás cuántos kilos marcaba la báscula, ni qué número ponía en la etiqueta de los vaqueros.

No te acordarás si la almohada era cómoda, si la habitación era la más limpia, o si ibas a tener un taxi esperándote en la puerta.

No recordarás por qué esa noche te fuiste a dormir preocupado por lo que debías o no debías hacer.

No lograrás acordarte de cuántos caballos tenía ese coche, ni cuanto te costó.

No recordarás si hiciste ese viaje en Economy o Business.

No te acordarás del nombre de toda esa gente por la cual tanto te preocupaste por lo que iban a pensar de ti.

Pero de lo que sí que puede que te acuerdes ese día.. es de la sensación de libertad que sentiste la primera vez que nadaste de noche en el mar. Y del millón de estrellas que te observaban.

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Te acordarás de lo fina que era la arena y de lo fría que estaba el agua.

Recordarás los fuegos artificiales. Y su mirada de ilusión al contemplarlos.

Y te acordarás, como si fuese ayer, del fuego que sólo esa persona era capaz de hacerte sentir en el estómago.

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Y recordarás el día que en pleno periodo de exámenes dejaste de estudiar para salir de copas hasta las 6 de la mañana. Y aprobaste.

Te acordarás de cuánto lloraste el día en que llegaste a ese país desconocido, rodeado de gente extraña, del sentimiento de soledad infinita.

Y recordarás cómo unos compañeros de viaje se convirtieron en tu familia y te hicieron descubrir un nuevo mundo.

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Te acordarás del sentimiento de entre felicidad y cansancio que produce una semana sin dormir, entre escenarios, conciertos y tiendas de campaña.

Recordarás el calor producido por conducir un coche sin aire acondicionado en busca de las calas más escondidas.

Recordarás cómo se vive todo por primera vez y te arrepentirás de no haber tenido más primeras veces.

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Recordarás ese pinchazo en el estómago que sólo puede ser producido por un adiós.

Recordarás la promesa que hiciste el último día de tu Erasmus, de nunca cambiar.

Y te acordarás de que quedasteis 5 años después; uno prometido, la otra casada con una multinacional y el último con una hipoteca firmada. Y lo celebrasteis con una ronda de Jaggerbombs.

Recordarás el olor a tierra mojada de ese día que bailaste bajo la lluvia. Y de cómo olía su pelo cuando se acercó a abrazarte.

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Y te acordarás de la sensación indescriptible del sol dándote en la cara al abrir la cremallera de la tienda de campaña.

Recordarás la razón, el lugar y el día en el que te hiciste cada uno de tus tatuajes.

Recordarás cada minuto que decidiste alargar esa noche para seguir disfrutando de su risa.

risa

Pero te aseguro que no te acordarás de eso que parecía tan importante hace años, que te hizo preocuparte día y noche, pasarlo tan mal y te quitó el sueño durante un mes. De eso que te provocó tantos quebraderos de cabeza y te hizo sufrir. De eso a lo que le dejaste ganar la batalla y robarte tiempo, energías y ganas de disfrutar.

Y es que, al fin y al cabo, no deberíamos permitirnos desaprovechar los años en que somos más guapos, estamos más sanos y tenemos más energía en preocuparnos por problemas que no existen, gente que no nos quiere y cosas que no necesitamos.

Mira tu calendario y piensa qué es lo siguiente que tienes planeado y te hace tanta ilusión. Te aseguro que de eso sí te acordarás.

Alerta: Persona Altamente Sensible

Siempre me he considerado una persona de pensamiento puramente racional.

Soy ingeniera-científica y divido el mundo en hipótesis, teorías y teoremas. Pienso que la realidad se puede explicar en base a ecuaciones, procesos físicos y reacciones químicas. Y ante cualquier situación cotidiana, baso cada decisión en causas y consecuencias.

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Por eso, no entiendo por qué de repente, y con mucha frecuencia, una canción, poesía o noticia en televisión son capaces de desencadenar en mí un torrente de lagrimones.

A la gente como yo, se nos llama comúnmente “de lagrima fácil”. Somos los que no podemos evitar llorar con las películas, que aunque no nos guste el fútbol echamos lágrimas cuando España gana el mundial y vivimos una expulsión de un reality show como si se tratase de la nuestra. Cuántas veces, al tener una discusión con mis padres cuando era adolescente, se habrán repetido las siguientes palabras:

– Pero no llores.

– Ya me gustaría… ¡pero es que no lo puedo evitar!

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Sin embargo, de repente me di cuenta de que no únicamente me afectaba en los momentos tristes. Que ver a una persona recoger un premio me hacía llorar de alegría, e imaginarme lo orgullosos y emocionados que deberían sentirse sus familiares. O que se me humedecían los ojos cada vez que veía un reencuentro en un aeropuerto (y, entre trabajo o vacaciones, voy al aeropuerto unas 4 veces al mes). O que un sabor, un concierto o un paisaje podían desencadenar en mí un torrente de sensaciones más propias de una droga de diseño. Recuerdo estar en París hace unos años con mi pareja, sentados en las escaleras de Montmartre y de repente echarme a llorar como si no hubiera mañana. Y el pobre mirarme sin entender nada, preguntándome si me pasaba algo, si él había hecho algo mal. Y yo sin saber qué decir, sin poder explicarme, balbuceando entre sollozos: “es que es muy bonito…”. Un show.

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Por lo tanto, me convencí de que lo que yo tenía era “exceso de empatía”. Algo que puede ser bueno, ya que la empatía es beneficiosa en resolución de conflictos o proyectos multidisciplinares. Pero que como todo en exceso, también es malo. Una ocasión en el que este “exceso de empatía” se vuelve contra mí es cuando una persona cercana está pasando por un momento estresante, como por ejemplo una búsqueda de trabajo. En ese momento empatizo de tal forma que necesito preguntar constantemente a la persona qué tal le ha ido, si ha recibido respuesta y si necesita ayuda, y como resultado, soy yo la que acabo sufriendo de ansiedad. Y esto me lleva a ser demasiado controladora, generando en la otra persona una actitud de “no me agobies” que me deja profundamente triste.

Y en este intento de definirme a mí misma andaba yo cuando me topé con el término HSP (Highly Sensitive Person) o, en español, PAS (Persona Altamente Sensible).

Al parecer, numerosas investigaciones y estudios se están centrando en definir esta patología y sus causas. Y coinciden en que las personas que sufren de PAS no tienen únicamente una empatía superior al resto, sino que magnifican casi todas las emociones. En este grupo se encuentran aquellos que no soportan las películas de terror, los ruidos demasiado altos, los olores fuertes ni a la gente que grita o se comporta de manera agresiva. Y al mismo tiempo, son capaces de detectar fragancias imperceptibles para el resto, ponen excesivo empeño en organizar su vida en cuanto a prioridades para evitar situaciones futuras de estrés o incluso (esto no está demostrado) pueden darse cuenta que va a empezar llover antes que los demás. También, son especialmente sensibles a las críticas y lo pasan mal si sienten que no están siendo útiles. Este les lleva a sentirse desconsolados cuando piensan que alguien está enfadado o decepcionado por su culpa.

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Tras varias investigaciones, todo parece indicar que la clave está en el cerebro y se ha llegado a la conclusión de que en personas PAS hay una mayor actividad de las neuronas espejo (capaces de generar sentimiento de empatía) o de la ínsula.

Buscando en internet, he encontrado que es más común de lo que parece y tiene sus ventajas. Las personas PAS suelen tener mejores cualidades para disciplinas como el Marketing y la Publicidad, porque son capaces analizar y entender mejor a sus clientes y consumidores. También favorece a escritores y compositores, ya que la alta sensibilidad les sirve de inspiración. Y se ha demostrado que tienen mayor facilidad para las redes sociales, el trabajo en equipo y para actuar como mediadores.

Y pensándolo bien, creo que en las últimas semanas me puedo haber cruzado con varios PAS, como esa mujer que me dejó pasar delante en el supermercado (yo llevaba únicamente una botella de leche) a la cual le agradecí el gesto profundamente y encadenamos una sucesión de “gracias”, “de nada” eterna. O la anciana entrañable que me crucé mientras salía a correr, con la que crucé una mirada especial, de complicidad. O aquel conductor que, cuando no me di cuenta que el semáforo se había puesto verde, en vez de pitar me hizo una señal por el espejo retrovisor, acompañada de una sonrisa.

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Sea como sea, yo me quedo más tranquila de saber que no soy una “llorona” o una “blandengue”, ya que siempre me he considerado una mujer fuerte. Y le doy la bienvenida a este rasgo de mi personalidad que me hace sentir las emociones al 200% y me permite vivir varias vidas en vez de una sola. Aunque me haya hecho ganarme, por parte de mi pareja, el apodo de “rollercoaster”.

Cómo soñar responsablemente.

Este texto surge como complemento al artículo Sueños robados, que se atreve a desafiar una sociedad basada en lemas como “Follow your dreams” o “If you can dream it, you can do it”.

Porque en una generación en la cual la mayoría de las necesidades primarias están cubiertas, un abanico de opciones secundarias se abre ante nosotros, como un catálogo. Y no sólo eso, sino que  ser soñador está de moda.

Hay quien dice que hay que tener cuidado con lo que se sueña, no vaya a ser que se cumpla. Ya que abandonarlo todo por perseguir un sueño puede echar por tierra logros pasados, parejas y relaciones. Sobre todo si al conseguirlo te das cuenta de que ese no era tu verdadero sueño, sino el de otro. Y reciclar un sueño no es tan fácil.

Pero entonces… ¿cómo soñar?

  1. Cuando pienses en lo que quieres conseguir, pregúntate: ¿Para qué?

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Tienes una idea. Un sueño, un proyecto que te entusiasma y que consideras que podrías darle forma y llevarlo a cabo.

La idea se te acaba de ocurrir, y ya estás perdiendo el tiempo para pasar a la acción. Al fin y al cabo, en una sociedad que se mueve tan deprisa no hay tiempo que perder, ¿no?

Echa el freno. Antes de lanzarte a piscina, pregúntate si ese es tu sueño o si, por el contrario, lo estás utilizando como vía de escape de la realidad. Si ese sueño te pertenece a ti, o lo has copiado del sueño de otro.

Para ello, una vez que te planteas qué es lo que quieres conseguir, puedes preguntarte: ¿Para qué? ¿Cuál es el fin último de esta idea? ¿Cuál es el siguiente paso si un día lo consigues, cuál es la aplicación? Muchas veces encontrar respuesta a estas preguntas lleva mucho más tiempo que planear el sueño en sí. Y si no eres capaz de responderlas, puede ser que necesites más tiempo para reflexionar antes de estar preparado para pasar a la acción.

  1. Averigua si ya sabes qué es lo que te gusta… o si aún lo tienes por descubrir.

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Seguro que sabes muy bien lo que quieres. ¿Seguro…?

¿O más bien te concentras en pensar qué es lo que la sociedad espera de ti?

Decidimos qué es lo que necesitamos, lo que queremos llegar a ser… y enseguida empezamos a buscarlo, a prepararnos, a luchar por ello. Pero sin embargo… ¿nos hemos dado la oportunidad de descubrir qué es lo que realmente nos gusta?

Es como la conversación que habrás oído más de una vez:

– Cómete las verduras.

– No me gustan.

– ¿Cómo te van a gustar si ni siquiera las has probado?

Sabiduría popular.

Así que no te conformes: replantéate  tu realidad e intenta cosas nuevas, que nunca se te hubiesen ocurrido. No te niegues a intentar algo distinto porque “es que siempre se ha hecho de la misma forma”.

  1. Si tus sueños no te asustan, es que son demasiado pequeños.

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No tengas miedo. Si te vas a poner a soñar, hazlo de verdad. O todo o nada. Si desde el principio te pones límites a ti mismo, poco a poco tu sueño se irá desvaneciendo y terminará convirtiéndose en algo fácil de conseguir. Y no son las cosas fáciles las que realmente merecen la pena.

No temas fracasar. El miedo es una reacción humana ante una situación desafiante, que nos hace consciente de los peligros y nos permite concentrarnos al máximo. Aprende a reconocer tus miedos, míralos cara y cara y trabaja con ellos, como si no fuesen más que un chute de cafeína que te hace estar alerta.

Y piensa en los errores como la forma más efectiva de mejorar. Si vas a equivocarte, hazlo pronto, de manera barata y aprende de los errores para que no ocurran dos veces.

  1. No desprecies ninguno de tus sueños.

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Puede ser que tengas varias ideas, proyectos o anhelos rondando por tu mente. No desprecies ninguno de ellos. Según vayan yendo las cosas, puede ser que te centres en uno en concreto y le dediques todas tus energías… pero no tires ninguno.

Guárdalos en una cajita y revísalos de vez en cuando. Nunca sabes cuándo va a llegar el momento perfecto para dejar salir a uno de ellos.

  1. Reflexiona extensamente antes de tomar una decisión. Y una vez te decidas, tómala sin mirar atrás, y con todas sus consecuencias.

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La última clave de soñar responsablemente (y la más importante) es considerar todas las opciones. Invierte tiempo antes de embarcarte en la búsqueda de tu objetivo: habla con expertos en la materia, toma contacto con el tema, busca oportunidades para experimentar cómo sería tu futura vida a pequeña escala, en un ambiente controlado.

Y una vez hayas hecho esta evaluación, lánzate sin mirar atrás. Escoge un camino y sigue por él, sin plantearte qué es lo que te hubieses encontrado por los otros. Vas a necesitar toda tu fuerza y energía para enfrentarte a los peligros que van a ir surgiendo, así que no puedes permitirte dedicarlas a preocuparte.

Y es que, al fin y al cabo, lo mejor de haber sido jodidamente responsable al planear tu sueño es que un día puedes dar la espalda a la rutina… y empezar a escribir la historia de tu propia vida. Y todo esto, sin sentirte culpable.

Sueños robados.

Deja la mente en blanco. Por un momento, olvídate de todo. Tu ciudad, tu día a día, tu vida.

Y ahora, concéntrate. Piensa: ¿Qué quieres? ¿Qué es lo que realmente deseas? ¿Qué es lo que aspiras a llegar a ser?

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Posiblemente, una imagen se haya aparecido en tu cabeza. ¿Tu sueño? ¿Quizás muy lejos, en un lugar en el que no has estado nunca? ¿O realizando algo que quieres conseguir por encima de todo?

Si me pidiesen describir la sociedad actual con una palabra, lo tendría muy claro: sueños. En una generación donde la mayoría de las necesidades primarias están cubiertas, un abanico de opciones secundarias se abre ante nosotros, como un catálogo. Gracias a la globalización, los viajes están al alcance de todos. Cambiar de profesión parece más fácil que escoger camisa nueva todas las mañanas. Y las redes sociales nos muestran que conseguir los sueños no es exclusivo de los más afortunados, sino que puede pasarle a cualquiera. A ti, a mí, a todos los que se lo propongan.

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Y no sólo eso, ser soñador está de moda. Vivimos unos tiempos post-carreristas, en los que hemos visto ejecutivos quemados por el estrés, familias divididas por el horario laboral y una crisis económica mundial que ha destrozado empleos fijos, empresas millonarias y estabilidades financieras. Tiempos en los que nos preguntamos si la riqueza da felicidad. Una generación a la que ya no le vale el famoso “salud, dinero y amor”.

Pero como todo, en esta era de marketing digital, modas, post-modas y anti-modas, soñar ya no es gratis, sino que se está convirtiendo en obligatorio. Tienes que soñar. ¿Estás feliz con tu vida? ¿Te gusta tu trabajo, tu gente, tu realidad tranquila y sin preocupaciones? Entonces parece ser que eres un conformista, un simple, una persona sin ambición.

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Y tú, soñador que tanto sueñas… ¿Qué sueñas? Esos sueños, ¿los has creado tú? ¿Han salido de tu cabeza, de tu corazón, movidos por anhelos y objetivos personales?

¿O son sueños de otro? Sueños que has visto en un video de Youtube, o en el último cortometraje de Cannes. O sueños que se te han ocurrido de repente, después de ver unas fotos en Instagram. O sueños robados, que un día hicieron feliz a una persona y ahora piensas que te van a hacer feliz a ti. Como quien desea la felicidad que ve compartir entre dos personas, pero que al meterse en medio ve cómo se desvanece, ya que no es un bien material que se pueda robar. Lo mismo que los sueños.

Y a este fenómeno, que se le ha ido llamando toda la vida como “culo veo, culo quiero”, se une la necesidad de satisfacción inmediata propia de la era tecnológica. Una realidad en la que para saber cualquier cosa (el significado de una palabra, una dirección, la capital de un país), sólo hace falta sacar el iPhone del bolsillo y darle al botón de buscar. O que esperar la confirmación de un e-mail en el trabajo durante más de un día es demasiado tiempo. O no tener respuesta a un whatsapp al minuto siguiente, completamente intolerable. Por lo que no es de extrañar que queramos conseguir nuestros sueños, y los queramos ya.

Pero hay que tener cuidado con lo que se sueña, no vaya a ser que se cumpla. El “Follow your dreams, they know the way” que tanto está de moda hoy en día es más peligroso de lo que parece. Porque un sueño repentino, poco pensando o robado por el que se decide abandonarlo todo puede echar por tierra objetivos pasados, logros conseguidos y hasta relaciones y parejas.  No hay nada peor que un iluso inspirado. Porque corre el riesgo de lanzarse sin red sobre una idea fugaz, sin valorar lo que tiene ni disfrutar del camino hasta la meta. Y que una vez que alcanza el fin… se da cuenta de que no es feliz, de que era un sueño robado. Y ya no hay vuelta atrás.

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Soñar sin sentido es como esa sensación de vacío al entrar a una tienda de ropa y descubrir que no puedes comprar nada, porque ya tienes de todo. Afortunadamente, en el Corte Inglés existe la temporada primavera-verano que te hará recuperar la ilusión y renovar tu armario. Sin embargo, es extraño e improbable que los sueños se puedan reciclar tan fácilmente.

Con esto no quiero decir que no se deba soñar. Sueña mucho, y sueña alto. Pero sueña tus sueños y vive tu vida, sin dejarte llevar por las pseudo-modas y hipsterías varias. Escribe tu propia historia.

¿Te has quedado con un sabor de boca amargo? No era mi intención. Y para demostrarlo, dejo la otra cara de este texto, la más happy, en el artículo Cómo soñar responsablemente.  Y sigamos soñando.

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La teoría de los tres hobbies: uno que te haga aprender algo nuevo, uno que te haga sudar y uno que te haga ser creativo.

You have the same amount of hours in a day as Beyoncé. La taza de mi compañera de piso ha sido lo primero que he visto en esta mañana de lunes.

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Porque mi día, y el tuyo, el de Beyoncé, y el de Elon Musk tienen 24 horas. 24 horas para dormir, comer, trabajar, disfrutar y malgastar. Para invertir, para regalar o para perder. Pero 24, ni una más, ni una menos.

Hay días que se hacen muy largos y años que se hacen muy cortos. Y las listas de propósitos están repletas de planes y objetivos que parecen factibles.

Enero pasa a velocidad normal. Febrero parece demasiado largo, por mucho que tenga menos días. Y a lo que entramos en marzo, empieza la primavera, que dura una infinitésima parte de lo que tarda en llegar. Y nos plantamos en verano, en el calor, en la estación efímera de tardes eternas.

Y de ahí a la resaca de las vacaciones, a convertir la utopía en situación cotidiana. Y vuelta a empezar.

No hay una manera mágica de parar el tiempo, ni hacer que se estire, ni que dure doble. Tampoco podemos copiar el programa de organización de Beyoncé (ya que aunque tengamos las mismas horas en el día, no tenemos los mismos dólares en el banco). Pero hay una pequeña regla que se puede aplicar: la teoría de los 3 hobbies (uno que te haga aprender algo nuevo, uno que te haga sudar y uno que te haga ser creativo).

1. Uno que te haga aprender algo nuevo.

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Al ser humano le mueve aprender. No hay más que mirar alrededor para ver gente estudiando idiomas, no porque esté obligado, sino porque le gusta.

Las páginas de cursos online (o MOOC, “massive open online course”) ofrecen cursos de cualquier disciplina a interesados en todos los lugares del mundo y Coursera, una de las más populares, cuenta con más de 11 millones de personas inscritas.

Gente con trabajo estable se inscribe a carreras de Psicología, Historia, Física y otras disciplinas para continuar aprendiendo, por afición. Porque a cualquier edad se está todavía en “edad de aprender”.

2. Uno que te haga sudar.

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Sí, he puesto “que te haga sudar” a propósito. No he puesto “hacer deporte”, o “que te haga hacer ejercicio”, o “que te mantenga en forma”.

Y la razón es porque es un hobbie, por lo tanto implica que te gusta.

A algunas personas, la idea de ir al gimnasio a machacarse en la cinta de correr o a levantar pesas les provoca una sensación de agobio en el estómago, rechazo y el impulso inmediato de resistirse a ir a toda costa. Según como sean los gustos o personalidad, lo pueden encontrar monótono, aburrido o incluso deprimente. En general el perfil que responde a esta actitud son aquellos que disfrutan más con el camino que con la meta. No les mueve un objetivo, sino la experiencia que viene antes, durante y después. Si te ves reflejado en este grupo, busca una actividad que te guste.

El ejercicio perfecto es aquel que te hace liberar cuerpo y mente. Busca una actividad que te obligue a moverte, que active tu circulación sanguínea y ponga tus músculos y tu corazón a funcionar. Que te haga soltar tensiones y sudar.

3. Uno que te haga ser creativo.

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Si eres una persona creativa, probablemente te sea familiar la sensación de vacío mezclado con frustración cuando tienes que dedicarte durante un tiempo prolongado a una actividad monótona, extremadamente técnica o estructurada, o que simplemente no capta tu atención.

Si no eres una persona creativa, es hora de aprender a redefinir el término, ya que el ser humano es creativo de por sí.

La pregunta “¿qué es lo que más te gustaba hacer cuando eras pequeño?” siempre da lugar a respuestas insospechadas provistas de significado.