No hay dorayakis en París.

 

Hikari Tanaka tiene sesenta y cinco años. De esos sesenta y cinco, sesenta y cuatro los ha pasado en Kioto. Más de cincuenta, trabajando en una pequeña pastelería de la calle Hanamikoji. Su vida: los dorayakis. Su secreto: la paciencia. Y su sueño: viajar a París.

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La señora Tanaka comenzó a trabajar en la pastelería de su padre con tan sólo once años. Cada día, al salir de la escuela, se encargaba de preparar pedidos y limpiar bandejas. Pero en seguida abandonó esas labores, en cuanto su padre se dio cuenta de que la pequeña Hikari tenía un don especial con la masa: nunca quedaba tan suave, dulce y esponjosa como cuando su hija la preparaba. El señor Tanaka había intentado mantenerla lejos de la cocina porque Hikari era demasiado lenta amasando; una tarea que a otros les llevaba treinta minutos, a ella podía llevarle más de dos horas. Pero cambió de idea cuando sus clientes empezaron a amontonarse en sus puertas cada mañana, pidiendo los famosos dorayakis con sabor a infancia y textura de nube. Y así, Hikari pasó a convertirse en la pastelera de dorayakis más famosa de la calle Hanamikoji y siempre mantuvo sus estrictas dos horas de amasado. Su padre murió pensando que la niña era lenta, o despistada, o simplemente demasiado soñadora como para ser capaz ejecutar una tarea tan simple en un tiempo más corto. La realidad, que Hikari nunca desveló, era que alargaba todo lo posible su tiempo en la cocina de la pastelería a propósito, ya que ese era el único momento que tenía para estar con su padre en todo el día. Quizás, ese sentimiento de amor era el verdadero secreto del dulzor del pastel.

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Cuando el señor Tanaka murió, Hikari pasó a ser la dueña de la pastelería. Se casó, tuvo un hijo y también un nieto, pero los vecinos especulaban con que hacia ninguno de ellos sentía un cariño tan grande como hacia sus queridos dorayakis.

Año tras año, siguió levantándose cada día a las cuatro de la mañana para dedicar sus primeras dos horas antes del amanecer a la masa de harina y huevos.

Pero la vida estaba a punto de cambiar para la señora Tanaka. Su nieto acababa de terminar sus estudios de Administración de Empresas en la Universidad de Tokio y había decidido utilizar la fama de la pastelería familiar para relanzar el negocio con una cara mucho más moderna. Según el joven y su padre, esto era un regalo para la abuela Tanaka, ya que podría jubilarse y dedicarse a descansar.

Pero para Hikari iba a significar algo completamente distinto. El primer día en cincuenta años que no tuvo que amasar, se despertó, como había hecho durante décadas, a las cuatro de la mañana. Desorientada, a oscuras y sin saber qué hacer, puso una tetera a calentar al fuego y se sentó en una silla de la cocina, donde permaneció doce horas seguidas. El día siguiente hizo lo mismo y también el sucesivo. En la pastelería, su nieto ya había comenzado con las reformas, pero ella se negaba a volver hasta que estuviese terminado. Sabía que le entristecería demasiado ver reducido a escombros el pequeño local que había sido su vida.

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Cuando llevaba un mes entre hojas de té, oscuridades y silencios, una mañana la señora Tanaka no se despertó hasta las diez de la mañana. Tumbada en su cama, con la mirada puesta en el oscuro techo, repasó lo que había sido su vida. La niña Hikari había pasado sus años de infancia intentando complacer a su padre y mendigando escasas palabras de aprobación. La adulta Hikari Tanaka se había casado con un amigo de la familia y había formado la suya propia, tal y como mandaba la tradición. La actual señora Tanaka había dedicado su cuerpo, alma y cada hora de su tiempo a hacer dorayakis y a ahorrar cada moneda que había conseguido con ellos. Nunca se había tomado un día libre, con excepción del día de su boda y la ocasión en la que dio a luz. Nunca había tenido vacaciones. Nunca había salido de Kioto. Ni siquiera había estado en Tokio. Esa misma mañana, la señora Tanaka decidió que iba a dar un buen uso a los ahorros de toda su vida. Hikari concluyó que se iría a París. Lo haría por la anciana que descansaba boca arriba en su cama, por la pequeña Hikari que inventó una nueva técnica de amasar en busca de cariño y por todos los días de vacaciones que había perdido para ser invertidos en dorayakis.

Hikari Tanaka había querido ir a París desde la primera vez que vio a Clothide Jacques. Clothilde era la esposa del señor Jacques, un empresario francés que había llegado a Kioto en los años setenta para expandir sus negocios en Japón. La señora Tanaka nunca le llegó a conocer, pero sí a su esposa.

La señora Jacques apareció un día por la pastelería buscando algo dulce que le recordase a su añorada Francia. Cruzó la puerta, desorientada, a media mañana, cuando el local se encontraba vacío. Hikari salió a recibirla tras el mostrador y quedó impactada por esa figura alta y esbelta vestida de negro y azul. Clothilde se quedó mirando a los extraños pasteles expuestos y, con un dedo fino y pálido, del que destacaba un anillo de lapislázuli, señalo un dorayaki. Hikari se lo ofreció, sin poder dejar de mirar sus ojos azules y sus cabellos castaños ensortijados. Clothilde se lo acercó dubitativa a los labios, le dio un bocado y saboreó lentamente. Después, sonrió y volvió a señalar los dorayakis. Ese día se comió tres y, a partir de entonces, regresó a la pastelería todas las mañanas durante los cinco años que la pareja estuvo viviendo en Japón.

Cada uno de esos días, Hikari esperaba expectante la visita de la francesa, que cada mañana la sorprendía con un nuevo conjunto de ropa, otro peinado, o un color de labios distinto. Sin cruzar una sola palabra, sus fugaces encuentros se convirtieron en una reconfortante vía de escape para las dos. Para Clothilde, los cinco minutos en la pastelería era el único momento en Japón en el que se sentía en casa. No habría sabido explicar el porqué, pero el dulce y esponjoso pastel le provocaban calma y felicidad, y le hacían sentirse menos extraña. Para Hikari, cada visita de la francesa era una diminuta rendija por la que escaparse al mundo exterior y conocer algo más allá de su tienda, de Kioto y de su aislado mundo japonés. Con cada nuevo sombrero, Hikari soñaba con ciudades exóticas llenas de tiendas de moda y cosméticos, por cuyas calles pasearía gente tan estilosa y viajada como Clothilde.

Hikari aprendió que Clothilde venía de París cuando la francesa llevaba unos dos años en Kioto. Algunos días, la francesa se sentaba en un pequeño taburete del local y degustaba allí mismo su apreciado dorayaki. Ese día, apareció con una revista de moda y estuvo más de treinta minutos hojeándola, ante la atenta mirada de Hikari. Tras darse cuenta de la admiración que se había generado en la dueña, Clothilde se acercó al mostrador y se la mostró. Página tras página, Hikari observó figuras estilizadas envueltas en telas de ensueño, vestidos imposibles con cuyos cortes no habría podido soñar jamás e impresionantes edificios, los cuales no había podido tan siquiera imaginarse. Pero la mayor alegría se la produjo una página que mostraba el escaparate de una pastelería, con un expositor repleto de dulces, tartas y bombones que brillaban más que las más valiosas joyas. La lujosa tienda parisina se mostraba en ese momento, como diciéndole: “Hikari, también tenemos un sitio para ti. Y para tus dorayakis”.  Clothilde debió apreciar el asombro que la japonesa sintió al observar la pastelería impresa en la publicación, así que arrancó la página y se la tendió. Y allí, en la parte de inferior de la hoja de papel satinada, leyó por primera vez esas cinco letras que memorizaría al instante y nunca olvidaría: París.

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Tres años después, Clothilde abandonó la ciudad y se llevó con ella los viajes imaginarios de Hikari. Pero el sueño parisino nunca llegó a morir. Hasta que ese día, más de cuarenta años después, la señora Tanaka decidió que por primera vez en su vida haría algo por ella misma. Sin decir nada a su hijo ni a su nieto, preparó una pequeña maleta con sus cosas y tomó un tren en dirección al aeropuerto de Kioto. Y así, sin ni siquiera saberlo, comenzó el viaje de la manera más parisina posible: despidiéndose a la francesa.

Con un billete comprado en el mismo aeropuerto con buena parte de los ahorros de su vida, y una reserva de hotel efectuada por la misma amable empleada que se lo vendió, la señora Tanaka se subió a un avión por primera vez. En el asiento, se vio rodeada de desconocidos que se iban instalando sin relacionarse unos con otros. Oyó cómo algunos hablaban japonés a través de sus teléfonos y cómo otros intercambiaban palabras en idiomas que no había escuchado jamás. Sin embargo, no se sintió nerviosa o perdida. Por primera vez, sintió algo que no había experimentado jamás. La señora Tanaka sintió ilusión, pero de esa clase que sólo se siente cuando se está a punto de hacer un cambio radical, cometer una travesura o saltar al vacío sin red. Una ilusión que no podía comparar con nada anteriormente vivido. Una ilusión alimentada por más de cuarenta años de construir expectativas acerca de su quimérica y perfecta visión de París.

Al bajar del avión, se dirigió como un autómata en busca de un taxi y le dio al conductor un papel con la dirección de su hotel. A partir de ese preciso instante, el corazón de la vieja señora Tanaka pasó de latir de ilusión a hacerlo mucho más desbocadamente, entre pulsos de asombro, miedo, ansiedad y rechazo. El vehículo comenzó la marcha entre acelerones y agresivos cambios de carril. Además, el taxista gritaba palabras que la nipona no entendía y realizaba gestos obscenos al resto de conductores. Al otro lado del cristal, los humos cenicientos de los coches se mezclaban con una lluvia nada amigable, y edificios grises y sobrios se sucedían en un paisaje aburrido y antiestético. “Debe ser que todavía no hemos llegado a París”.

Casi una hora más tarde, cuando ya había parado de llover, Hikari se encontró en la calle de su hotel, con una maleta en la mano y el papel con la borrosa letra de la empleada del aeropuerto en la otra. Confusa, cansada y todavía convencida de que eso no podía ser París, comenzó a andar en línea recta, de manera tan desafortunada que pasó de largo la puerta de su alojamiento. Según caminaba, una sensación de ahogo apareció en su pecho y fue invadiendo cada uno de sus órganos con cada paso. ¿Quiénes eran esos jóvenes que se distribuían en grupos y proferían fuertes gritos mientras escuchaban una música desagradable?  Aceleró el pasó. ¿Por qué había hombres fumando en las esquinas y le miraban de manera desafiante? Apretó la mano con la que sujetaba su maleta. ¿Por qué dos personas discutían en voz alta? ¿Había señalado un tercero hacia donde estaba ella? La señora Tanaka sintió en ese momento verdadero terror. ¿Estaba ese hombre del sombrero siguiéndola? En medio de un ataque de pánico, comenzó a correr todo lo que sus viejos pies le permitieron y dobló la esquina. Apareció en una avenida ligeramente más amplia que la anterior, invadida de taquicardia por completo. ¿Qué era ese olor que infestaba las calles? ¿Y la extraña niebla gris? ¿Y el sucio color de los edificios? ¿Y toda esa basura que se acumulaba en el pavimento? La señora Tanaka sintió que comenzaba a marearse. Su menuda y arrugada mano soltó la maleta que portaba.

¿Qué había sido de los preciosos edificios antiguos y las tiendas de moda? ¿Por qué no podía encontrar las pastelerías lujosas con escaparates coloridos de las páginas de las revistas? ¿Dónde estaban todas las Clothildes del mundo? En ese momento, un hombre que andaba en dirección opuesta le golpeó con el hombro mientras pasaba entre ella y la pared. La señora Tanaka cayó exhausta en el pavimento y perdió el conocimiento. Lo último que recuerda es ver a una joven que se acercó a ella corriendo y le dijo unas palabras que no entendió, mientras le cogía de la mano. “Clothilde…”.

Hikari Tanaka despertó unas horas después en una habitación desconocida para ella. Sin fuerza para decir una palabra, permaneció unos minutos mirando al techo, mientras vagamente pudo escuchar a dos personas manteniendo una conversación en su lengua materna. ¿Había vuelto a Japón?

En ese momento, un hombre se acercó a ella y se sentó al lado de su cama.

—¿Es usted la señora Tanaka?

—Sí, soy yo.

—Señora Tanaka, está usted en un hospital. Ha sufrido lo que se conoce como ´El síndrome de París´. No se preocupe, esta patología ocurre a más de treinta japoneses al año, debido al choque cultural. Hace unas horas, recibimos en la Embajada Japonesa de París una llamada, diciendo que una turista proveniente de Kioto había sufrido un desmayo. Pero ha sido hospitalizada y se encuentra estable. Hemos llamado a su hijo y está de camino. Ahora intente dormirse.

La gran cantidad de información fue imposible de procesar para la señora Tanaka, que cerró los ojos y se sumió en un profundo sueño, el cual fue únicamente interrumpido cuando escuchó en la lejanía la voz de su hijo.

Después, todo sucedió muy rápido, como en un sueño: salió del hospital, embarcó en un avión y regresó a Kioto. De camino a su pequeña casa, Hikari y su hijo realizaron una parada en la nueva y reformada pastelería. Estaba irreconocible. Grandes pantallas promocionaban tartas de colores, bebidas con burbujas y dulces que la señora Tanaka no había visto jamás. Jóvenes japoneses llenaban las mesas, también provistas de aparatos tecnológicos y música. Cabizbaja, la señora Tanaka pidió a su hijo que le llevase a casa. Al cruzar la puerta, se acercó a un armario y tomó una pequeña caja entre sus manos, de la que sacó un papel brillante y arrugado. Se sentó en la silla de la cocina que había sido su único refugio durante el último mes y lo desdobló. Mientras lo observaba fijamente, podía sentir cómo sus ojos se iban llenando de lágrimas. “No hay dorayakis en París.” A partir de ese momento, tampoco los habría en Kioto.

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