El club de escritores.

Hoy he ido a mi primera reunión de escritores en Bruselas. Ha sido genial: cada uno somos de una nacionalidad diferente y escribimos en nuestra lengua materna, así que no entendemos los textos de los demás. Eso implica que no podemos darnos feedback, ni corregirnos los unos a los otros. Así que sólo nos hacemos compañía y nos damos ánimos sin fundamento. Creo que, de hecho, éste podría ser el secreto del club de escritores perfecto.

Aunque, pensándolo bien, si escribiésemos todos en el mismo idioma no habría sido muy distinto. Al fin y al cabo, un grupo de escritores es un puñado de gente de perfil introvertido que queda en un lugar social para enfrascarse en su ordenador y no hablar unos con otros.

Ha habido toneladas de café, bagels y donuts. Al principio me he puesto muy contenta al pensar que me había equivocado y había venido al club del brunch. Pero después me han quitado mi ilusión cuando han empezado a sacar portátiles, blocs de notas y tacos de folios.

Al comenzar la reunión hemos tenido que presentarnos, contar por qué estábamos ahí y describir qué tipo de literatura hacemos. Yo he pensado en inventarme un pseudónimo y una vida ficticia, pero he desechado la idea al darme cuenta de que todos son escritores y por lo tanto habrían pensado exactamente lo mismo y ya no sería original. Uno ha descrito su estilo como kafkiano y otro ha relatado las similitudes de sus escritos con los de Haruki Murakami. Yo he dicho la verdad: que los textos que más admiro son los diálogos de Las Chicas Gilmore.

Antes de comenzar la sesión hemos compartido con el grupo en qué íbamos a estar trabajando. Algunos iban a adelantar parte de sus novelas, otros a buscar inspiración para sus poemas, una ha dicho que estaba cansada y “lo que surja” y un último ha dicho que iba a dedicar las tres horas a adelantar trabajo de oficina que tenía que entregar al día siguiente. ¡Pero cómo se atreve! Las reuniones de escritores que no hablan unos con otros no están para eso. Están para vestirse de hípster, lucir tu ordenador nuevo y tomar café. Si quiere trabajar, que se quede en su casa, enfrente de su escritorio lúgubre y que luche por vencer la pereza, como todo el mundo. Me ha parecido fatal.

Como era mi primer día yo no tenía nada pensado. Y eso de trabajar en domingo es algo que todavía me suena pecaminoso por culpa de mi educación en colegio de monjas. Así que he terminado escribiendo esto. Por lo menos, es mejor que un plan típico de domingo, que normalmente incluye un pijama, Netflix y galletas.

En la reunión no podía entrarme la pereza ya que estaban todos muy concentrados (ni podía postergar poniendo la lavadora o planchándome el pelo). A pesar de todo he sido fiel a mí misma y he dedicado la mitad del tiempo a perderme en mis pensamientos, desvariar en mis despistes y fijarme en detalles insustanciales. Por ejemplo, me he dado cuenta de que todas llevábamos las uñas geniales. Me imagino que será porque las manos tecleando sobre los ordenadores son el foco central de este tipo de reuniones. Creo que si alguien me preguntará cuál era el color de ojos de una de las personas que había en la reunión no lo sabría, pero sí los tonos de todos los esmaltes de uñas.

De repente, una chica griega ha osado romper todas las reglas no escritas del club de los escritores y me ha traducido el poema que había compuesto. He pensado que posiblemente no tendría mucho sentido porque al pasarlo de griego a inglés no iba a rimar (como las canciones de Shakira) pero me he dejado llevar por el ambiente bohemio. Sinceramente, en inglés, incluso sin rimar, sonaba genial. Así que en griego debía de ser brutal. He cumplido mi parte del trato animándole a seguir escribiendo, y esta vez lo decía de verdad.

Antes de terminar, no he podido resistirme a sacar una foto para ilustrar mi experiencia. Ha sido una maniobra arriesgada, ya me ha hecho perder puntos en la escala hispter. Espero haber compensado con mi falda midi plisada y mi gorro de lana gigante.

En conjunto, ha sido un refugio del frío muy digno. El próximo domingo que esté en Bruselas volveré.  Me he quedado con ganas de probar el bagel de salmón.

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Cinco paradas en Tailandia.

Viajar es una de las cosas que más me gusta del mundo. La otra es comer. Si puedo combinar las dos, soy feliz. ¿Estás pensando en ir a Tailandia? Éstas son las cinco paradas que te proporcionarán alegría, estómago lleno y fotos de Instagram.

Bangkok: Khao San Road. (Bangkok, Thailand).

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Fuente: http://www.bangkok.com/area-khao-san-road/

Normalmente recomiendo un restaurante, pero en este caso es mejor hablar de una calle entera.

Khao San Road es conocida como el gueto de mochileros en Bangkok, aunque realmente es un hervidero de viajeros, turistas, familias, jóvenes, parejas y trotamundos solitarios. La parte más negativa es que se está llenando de guiris borrachos celebrando un spring-break continuo. La positiva, que hay opciones de comida thai para todos los gustos concentradas en dos o tres calles: desde puestos callejeros, locales vegetarianos y sitios de zumos, hasta restaurantes con música en directo.

Mi consejo: déjate guiar por los restaurantes familiares, en los que verás tailandeses mezclándose con viajeros comiendo solos, menús básicos y precios bajos. La comida es más auténtica (y barata) que en los grandes locales que ofrecen menús en inglés, cócteles y música occidental, aunque a primera vista no te llamen tanto la atención.  El mejor momento del día para ir es a la hora de la cena, cuando la calle se ilumina y el bullicio aumenta. Una de las mejores opciones para comer: empezar por lo típico y disfrutar de un pad thai o un curry.

Krabi: May & Zin. (Ao Nang, Mueang Krabi District, Krabi, Thailand).

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Una sorpresa en Krabi.

A unos quince minutos andando desde el puerto, se encuentran varios puestos de comida para llevar rodeados por mesas de madera en las que disfrutarla. Uno de ellos es May & Zin, que destaca por el pescado, el marisco y los curris. No sirven bebidas, pero en otro de los puestos podrás comprar cerveza o un mango lassi que te ayude a apagar el picante.

Mi recomendación (y la del chef) es el curry de cangrejo.

Koh Lanta: Maladee. (75/1 Moo 1 Saladan, Ko Lanta District, 81150, Thailand).

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Encontré este restaurante por casualidad, ya que se podía llegar caminando desde mi alojamiento, y comí el mejor marisco de todo el viaje.

Este pequeño local tiene una decoración única que te hará evadirte en un completo sentimiento viajero, ya que puedes elegir entre sentarte alrededor de una mesa de madera o comer recostado en unos de sus sillones en el suelo. Cada día el menú varía ligeramente, dependiendo de cómo haya ido la pesca ese día. Al llegar, te mostrarán las piezas y te informarán del precio por kilo. A partir de ahí, puedes pescado o marisco a la plancha, con curry, con distintos grados de picante… Recomiendo las gambas (gigantes) a la plancha, que están acompañas con un marinado de ajo y especias… Heaven.

Si quieres hacer la experiencia única, pásate antes o después de cenar por el Rock Beach. ¿Por qué? Atardecer, vistas y cerveza en hamaca.

Chiang Mai: Saturday/Sunday Market Walking Street (Wui Lai Road/Ratchadamnoen Road, Chiang Mai, Thailand).

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Chiang Mai (o, para mí, el corazón de Tailandia) cuenta con numerosos restaurantes perfectos para mochileros (por ambiente, menú y bolsillo). Si tengo que recomendar sólo uno, me quedo con un pequeño local familiar que me descubrió la dueña de la pequeña casa de tres habitaciones en la que me quedé. Llevado por una familia y frecuentado por locales, ofrece opciones típicas de comida tailandesa del norte, que complementan los curris de pescado que se comen en el sur. ¿Cómo encontrarlo? Busca “un restaurante sin nombre con una puerta de madera en la calle Kotchasarn”. Tal cual. Si yo pude encontrarlo, seguro que tú también. Si no lo localizas no hay problema, ya que sólo a un par de minutos a pie está la calle Ratmakka, en la cual se encuentran la mayoría de locales en los que comen los mochileros (Taste from Heaven, Dada Kafe o Kitty Cat Bar, por decir unos pocos).

Después de la comida, en esa misma calle tienes dos paradas destacables: la librería de segunda mano The Lost Bookstore y un pequeño templo budista abierto al público, en el que podrás sentarte a la sombra del jardín a tomarte un té helado tailandés, preparado con leche de coco o leche evaporada.

Pero, aún mejor que estas experiencias gastronómicas, está el festival de colores, olores y sabores que se forma al caer la noche del sábado o el domingo en el mercado nocturno. Aparte de poder comprar artesanías y ver espectáculos de música, es el lugar perfecto para probar la verdadera street-food tailandesa. Mi consejo es que te lances a por las opciones que todavía no hayas degustado en el resto de las ciudades y que vayas pidiendo poco a poco en diferentes puestos (como si estuvieses de tapas en Donosti).

Koh Phi Phi: The Mango Garden. (Moo. 7 73 T, Aonang Amphur Muang Krabi. Thailand).

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¿Cómo puede ser que estemos hablando de comida tailandesa y todavía no se haya nombrado el mango sticky rice?

Este dulce tailandés se trata de tal y lo que su nombre indica: mango fresco acompañado de arroz pegajoso y dulce, cocinado con azúcar y leche de coco. Se puede comer de postre o a cualquier momento del día.

Si eres un fanático del desayuno como yo (que me acuesto feliz pensando en lo que tomaré al día siguiente), es tu deber hacer una parada matutina en The Mango Garden, “el Starbucks tailandés de Koh Phi Phi”.Aquí, no sólo podrás encontrar el famoso mango sticky rice, sino también gofres, smoothies, muesli y café de buena calidad. La mayoría de clientes hacen la parada a desayunar justo antes de coger el ferry para salir de la isla, ya que es perfecto por horario y proximidad (y el azúcar y la cafeína te ayudarán a evitar un posible mareo…).

10 restaurantes internacionales en Bruselas.

Bruselas es conocida como la capital de Europa… Y en cuanto a gastronomía se refiere, podría decirse que del mundo. Es una de las ciudades más multiculturales del viejo continente y se puede disfrutar de comida de todo tipo y para distintos presupuestos.

Si tienes la suerte o desgracia de haber acabado viviendo aquí, por lo menos puedes viajar con el estómago a lo largo de diez nacionalidades en diez restaurantes.

  1. El japonés.

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Izakaya. Vleurgatsesteenweg 123, 1000 Bruxelles.

La mejor manera de saber si un restaurante japonés es bueno es fijarse en su clientela. Si son japoneses, ¡adelante!, ellos saben mejor que nadie como distinguir la buena calidad.

Izakaya es uno de ellos. Se encuentra a un paso de Flagey y se compone de pocas mesas y una barra en la que se puede comer los alimentos preparados en la plancha al momento.

+ Lo mejor: La calidad del pescado. Y también la alegría particular japonesa de los camareros. Al llegar, te saludarán a gritos amistosamente e intercalarán palabras en su idioma natal en la conversación, como arigatou, konnichiwa o sayonara.

– Lo peor: Al ser bastante pequeño y popular, es casi imposible conseguir mesa si no tienes una reserva. Así que asegúrate de llamar antes de ir. Por la misma razón, es difícil conseguir sitio para grupos grandes.

= Sugerencia: Magulodon: un bol de arroz coronado con atún rojo. Si no eres muy fan del pescado crudo, la tempura de verduras es deliciosa.

 

  1. El italiano.

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Eccetera. Chaussée de Wavre 402, 1040 Etterbeek, Bruxelles.

Teniendo en cuenta que la comunidad italiana es una de las más grandes de Bruselas, no ha sido nada fácil elegir un solo restaurante. Me he decidido por Eccetera porque tiene pequeños detalles que hace sentir que estás en Italia: vinos de Abruzzo,  café espresso y antipasto a cuenta de la casa. Además, el local es grande, con una decoración moderna y acogedora, e incluso cuenta con un pianista por las noches.

+ Lo mejor: La relación calidad-precio. El menú cuenta con una selección de pastas y carnes de la casa (cualquier opción con trufa está buenísima), aparte de sugerencias diarias. Además, tienen una amplia selección de vinos italianos por los que sólo te cobrarán lo que hayas consumido de la botella. De entre los postres, por supuesto, destacan la panna cotta y el tiramisú.

– Lo peor: Que como te dejan la botella de vino en la mesa, es muy fácil ver cómo se vacía por arte de magia…

= Sugerencia: When in Rome, do like the Romans: ¡pide café después de cenar (siempre expresso, nunca con leche después de media mañana)! ¿La razón? ¡Viene con mini brownies!

 

  1. El chipriota.

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Ambelis. Avenue de l’Armée 41, 1040 Etterbeek, Bruxelles.

¿Con ganas de vacaciones? En medio de un día lluvioso, podrás viajar gastronómicamente en la taberna Ambelis. Este negocio situado en la zona de Montgomery es conocido por todos los chipriotas, griegos y demás amantes del Mediterráneo.

+ Lo mejor: El ambiente. Es distendido, ruidoso y opuesto a lo que se puede encontrar en un restaurante típico en Bruselas. Por lo que es perfecto para evadirse en medio de un invierno gris.

– Lo peor: Es precio belga, lo que significa que te cobrarán el doble de lo que pagarías en Chipre.

= Sugerencia: Si te apetece probar un poco de todo, pide el menú degustación para compartir. Un aviso: ¡es muchísima comida! Así que mejor que vayas con hambre.

 

  1. El libanés.

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Kefraya. Jules de Troozlaan 13, 1150 Sint-Pieters-Woluwe, Bruxelles.

Este restaurante libanes se encuentra en el barrio de Woluwe-Saint-Pierre, al lado del parque. Es perfecto para un día de picnic, ya que tienen opciones para llevar (y cerca del parque hay muy pocos sitios en los que encontrar comida). También dan la opción de comer en una mesa dentro del local.

+ Lo mejor: El precio. Por 5 euros puedes disfrutar de un shawarma libanés, con carne de ternera o pollo, vegetales y salsa. Si es una ocasión especial, puedes acompañarlo de entrantes y crear un menú completo.

– Lo peor: Tendré que fiarme de un amigo libanes al hacer esta afirmación, pero él me asegura que los camareros no son originarios de Líbano, basado en el dialecto que hablan. Eso sí, yo creo que han pasado algo de tiempo en el país comiendo y cocinando.

= Sugerencia: El hummus con carne. Tanto un amigo libanés como una amiga turca me aseguraron que el hummus era de los mejores que habían probado en Bruselas. ¡Y la carne recuerda al ternasco de Aragón!

 

  1. El belga.

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Fin de siècle. Rue des Chartreux 9, 1000 Bruxelles. 9 et Voisins. Rue Van Artevelde 1, 1000 Bruxelles.

Siendo que nos encontramos en Bruselas, no podría faltar un restaurante belga. Así que no sólo voy a dar uno, sino dos. Y es que, como bien sabrá quien los conozca, estos dos restaurantes vienen de la mano. Situados en pleno corazón de Saint Gery, 9 voisins y Fin de siècle ofrecen platos tradicionales belgas a un precio curioso, terminado en dos cifras decimales tales como .78, .27 o .36. Hablando de precios, hay que tener en cuenta que no aceptan tarjetas, así que hay que llevar dinero en metálico.

+ Lo mejor: Es el restaurante perfecto para llevar a amigos o familia que están de visita. Comida belga, localización céntrica y aceptan a grupos.

– Lo peor: Muy difícil de encontrar una mesa libre. Y no aceptan reservas. Dan las mesas en función al orden de llegada, así que lo mejor es ir en cuanto abran. Si está lleno, siempre te ofrecen la opción de esperar mientras te tomas una cerveza en el mismo bar, lo cual no está nada mal. Y si tienes demasiada hambre como para esperar, está rodeado por muchísimos otros restaurantes

= Sugerencia: La lasaña vegana. ¡Ya he dicho que era perfecto para llevar a cualquier tipo de visita!

 

  1. El británico.

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Bia Mara. Rue du Marché aux Poulets 41, 1000 Bruxelles.

¿A quién no le apetece de vez en cuando un Fish & Chips? Bia Mara tiene varias opciones de rebozado para el pescado y nada que envidiar a las Frieten.

+ Lo mejor: Es una opción distinta a la fast food de antes de salir de fiesta. Y se encuentra al lado de la Grand Place, así que es perfecto.

– Lo peor: Como la mayoría de los restaurantes en el centro de Bruselas, es difícil encontrar mesa en hora punta.

= Sugerencia: Si vais varios, lo mejor es pedir diferentes opciones y compartir, para probar todas.

 

  1. El etíope.

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Kobob. Lievevrouwbroerstraat 10, 1000 Bruxelles.

Bruselas cuenta con numerosos restaurantes de comida africana en el barrio de Matongue (¡deliciosos!). Pero en esta ocasión voy a hablar de Kobob, ya que es un restaurante muy popular y se encuentra en el centro (Saint Catherine).

+ Lo mejor: La experiencia. Se come a la manera tradicional etíope, probando carnes, vegetales y salsas de distintas cazuelitas y acompañando todo con pan plano.

– Lo peor: Al llegar la comida, el camarero os explicará con toda su buena intención que debéis comer de la manera tradicional etíope, dando la comida unos a otros… Y pasará de vez en cuando a asegurarse de que le estáis haciendo caso. Si eres remilgado, esto puede dar lugar a alguna situación un poco incómoda.

= Sugerencia: Acompaña la comida con uno de sus cocteles de frutas.

 

  1. El de las Islas Mauricio.

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Les Marmites du Monde. Rue Saint-Boniface 4, 1050 Ixelles, Bruxelles.

Este restaurante se encuentra en una de las plazas más bonitas y concurridas de Bruselas. Saint-Boniface es perfecta para tomar una cerveza en una de sus terrazas, seguida por una cena. El restaurante Les Marmites du Monde tiene comida típica de las Islas Mauricio y también platos típicos belgas.

+ Lo mejor: El ambiente que se vive en las terrazas de la plaza. Por eso, recomiendo dejarlo para un día de verano.

– Lo peor: El interior del bar es pequeño.

= Sugerencia: Ya que es un restaurante con opciones exóticas, merece la pena elegir uno de los platos del menú de las Islas Mauricio. Los mejores: el curry de gambas y el pollo tandoori.

 

  1. El cubano.

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La cantina cubana. Lievevrouwbroerstraat 6, 1000 Bruxelles.

Una explosión de color y diversión, perfecta para animarte el día más gris y lluvioso de Bélgica. La carta es concisa; se puede elegir entre varias opciones de proteína (cerdo, pollo, pescado…) acompañado por arroz, plátano frito, vegetales y salsa. La “ropa vieja” es un guiso de carne tradicional y les queda de maravilla.

+ Lo mejor: ¡El ron! Como buen restaurante cubano ofrece mojitos, cuba-libres… y un coctel frutal muy fresco llamado “El presidente”.

– Lo peor: Que entre el aperitivo, la cena, el mojito y los cubatas de después, la noche te puede salir cara.

= Sugerencia: Es perfecto para una noche de chicas… ¡y no solamente por los mojitos!

 

  1. El español.

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La Tapa de Proust. Rue de Montserrat 1-5, 1000 Bruxelles.

Y abrí la caja de Pandora. Como buena española, tengo que incluir un restaurante patrio en esta lista. Y qué difícil es. Porque los españoles somos muy críticos con los restaurantes españoles fuera de nuestro país. He probado varios en Bruselas, de todos los precios y estilos. Pero en este caso voy a decantarme con uno que, aunque sea bastante nuevo, viene pegando fuerte.

La Tapa de Proust es un local situado en la famosa zona del Sablon, que te hará sentir como si te acabases de tele-transportar a un bar de tapas de tu ciudad. En cuanto cruzas la puerta te recibe su decoración con espíritu juvenil y te entran ganas de tomarte un cortado o una caña.

+ Lo mejor: ¡Tienen cervezas españolas! Así que si tienes nostalgia de Estrella Galicia o Alhambra, ya sabes dónde ir.

– Lo peor: Por ahora el menú, aunque completo, no incluye algunos de los grandes clásicos de un bar de tapas, ¡que espero que se vayan añadiendo poco a poco!

= Sugerencia: ¡No te pierdas sus eventos! Hay de todo tipo: la fiesta del jamón, cata de vino español, los partidos de la liga… Para enterarte de primera mano, lo mejor es que los sigas en Facebook.

 

¡Que aproveche! Enjoy! Bon appetit! Guten Appetit! Buon appetite! Eet smakelijk!

 

 

 

¿Son los daneses más felices que tú?

Artículo publicado en Guts Mag en enero de 2017.

Éstas son sólo las palabras de una española que ha recorrido Europa en busca de la felicidad.

Cuando era niña, los momentos más felices los componían las vacaciones, la playa y los helados. Los días de sol infinitos en los que podía jugar hasta más tarde y que no tenía que ir al colegio. Así de simple.

Cuando crecí, escuché la famosa frase: “Como en España no se está en ningún sitio”. Por el tiempo, por la comida, por la fiesta… Ya sabemos por qué. Para mí tenía sentido, ya que seguía pensando en sol, playa y helados.

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Después, pasé por la fase de la fuga de cerebros, los políticos corruptos y la impuntualidad. Es la fase en la cual sólo puedes ver los defectos que tiene tu propio país (y los españoles somos expertos en la materia). Vino acompañada de etapas ingenuas e irreales en tierra extranjera: viaje de estudios en Berlín, beca Erasmus en Londres, prácticas en Bruselas y finde romántico en París. Las ciudades son intercambiables y el orden de los elementos puede variar, pero la consecuencia es la misma: idealización.

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Además, los informes sobre las ciudades, países y nacionalidades nunca nos dejan en buen lugar frente a los demás países europeos. Según un estudio de la Comisión Europea, el top 5 de ciudades más felices en 2016 son: Oslo, Zúrich, Aalborg, Vilna y Belfast. Pero… No lo entiendo. Ninguna de estas cinco ciudades son conocidas por el sol, ni por las playas ni (que yo sepa) por los helados. ¿Entonces, cómo es posible que sean felices?

Continuando la búsqueda, en medio de la más absoluta bipolaridad, en 2013 llegué a Holanda. Y allí me enseñaron una palabra la cual no tenía traducción al inglés: gezellig. Muy orgullosos, me explicaron que gezellig es una cena con amigos que hace mucho que no ves. Gezellig es una taza de chocolate caliente con extra de espuma. Gezellig es mirar cómo nieva a través de la ventana mientras se está caliente en casa. Gezellig son las velas y la música chill-out. Ese concepto me hizo tanta gracia, que cuando tuve que despedirme de mis compañeros holandeses, me regalaron una ´cesta gezellig´, compuesta por productos holandeses como galletas, mermeladas, caramelos y velas.

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Hoy me he acordado de esta historia al encontrarme con un artículo de El País llamado: Los 12 pasos para incorporar a tu vida el ‘hygge’, el secreto de la felicidad danesa.

Y cuál ha sido mi sorpresa al darme cuenta que los amigos holandeses no son los únicos que presumen de tener una palabra que no se puede traducir a otros idiomas y que expresa un concepto exclusivo de la felicidad.  Porque los daneses, según este artículo, dicen que hygge es un momento sin estrés. Que hygge es una película en pareja. Que hygge es una chimenea encendida. Que hygge son unas flores frescas sobre un mantel bien colocado .Que hygge es remolonear bajo el edredón unos minutos más. Pero, pienso yo, a mí eso de hygge me suena demasiado parecido a gezellig… Queridos amigos holandeses y daneses: ¿no significa exactamente lo mismo? Y, sin querer despojaros de ese sentimiento único del que presumís, me pregunto… ¿No significa, simplemente, lo mismo que estar ´a gustico´?

Para mí, una taza de café y un trozo de tarta es estar a gustico. Un libro a medias mientras estoy tumbada en el sofá es estar a gustico.  Cinco capítulos seguidos de Gilmore Girls es estar a gustico. Una copa de vino es estar a gustico. Un brunch el domingo es estar a gustico. La batamanta es estar a gustico.  Y así podría seguir, nombrando el olor a tostadas recién hechas, bailar Chambao en el salón de mi casa o escribir un artículo sobre el mal tiempo en Bruselas, mientras al otro lado de la ventana está lloviendo. Todo, muy a gustico.

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Pero (me conocéis, sabéis que siempre hay un pero…), sí que hay un argumento que les voy a ceder a los nórdicos: porque para estar verdaderamente a gustico, ayuda mucho estar caliente mientras afuera hace frío. Algo así como: “mal de muchos, consuelo de tontos”. O: “ande yo caliente, ríase la gente (por eso de la batamanta)”. O, quizás: “lo bueno, si es breve, dos veces bueno” (ya que el calor no va a durar mucho…).

La verdad es que antes de haberme venido a vivir a los inviernos grises del Polo Norte, no solía describir mis planes como a gustico. Una tarde en la piscina había sido súper divertida. Una noche de juerga había sido brutal. Un viaje había sido sorprendente. Un fin de semana en la playa había sido inesperado. Pero si el a gustico lo he empezado a utilizar aquí, por algo será. No sé si se tratará del frío, del estrés o que realmente me estoy empezando a parecer a los fríos descendientes de vikingos. Más bien, será que me estoy haciendo mayor.

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¿Que si he aprendido algo acerca de la felicidad en esta experiencia? No mucho. Sólo que hay algo que siempre funciona: hacer más de lo que te hace feliz (o a gustico, o gezellig, o hygge). Y los helados.

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