Soy feminista y leo a Pérez-Reverte.

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A Pérez-Reverte se le ha llamado de todo. Durante años como columnista, y ahora mucho más debido a que, con esto de internet, parece que todo el mundo lleva un megáfono en el culo, la gente se ha dirigido a él con palabras tan bonitas como rojo, machista, fascista, retrógrado, homófobo, racista y hasta se ha dicho que hace apología de la violencia y el conflicto bélico.

Es cierto que la mayoría de gente critica por criticar, alimentados por una ´cultura Sálvame´ en la que se les han inculcado que meterse con los demás es la única manera de sobrellevar su falta de educación y su baja autoestima. El mundo está lleno de malcriados en la calle que han desembocado en trolls de internet. Sin embargo, lo que llama la atención en el caso Pérez-Reverte, es que provoca un sentimiento de amor-odio entre la población perteneciente una la sección que se podría denominar como culta, educada y lógica.

Todavía recuerdo una anécdota de cuando estaba en el instituto y tendría unos trece años. Mi, por aquel entonces, profesora de lengua española nos animaba a leer y escribir de la mejor manera que se puede motivar a un niño o adolescente: sugiriendo géneros interesantes y sin obligación. En una de sus sugerencias, nos recomendó leer las columnas dominicales de Pérez-Reverte en El Semanal. Yo, que con mis trece años ya era una fiel lectora, aunque no lograse entender completamente todo lo que decía (en ocasiones tampoco hoy lo comprendo), me quede sorprendida ante la manera en que mi profesora terminó su frase:

“Aunque, para decir verdad, Pérez-Reverte tiene un lenguaje bastante soez y utiliza demasiadas palabrotas.”

Ahí estaba, la primera vez que alguien me hablaba en público sobre Pérez-Reverte, ya había utilizado una descripción favorable y desfavorable al mismo tiempo. El Yin y el Yang. Amor y odio.

Hoy, he vuelto a leer un aluvión de críticas sobre su persona. En este caso, le ha tocado al machismo. Concretamente, era un texto de ´Locas del coño´ (que tiene muchos artículos muy buenos e interesantísimos) y criticaba dos artículos del columnista: ´No era una señora´ y ´Mujeres como las de antes´.

Primero de todo, creo que el adjetivo ´feminista´ define bastante bien mis ideales. Creo y defiendo la igualdad salarial entre hombres y mujeres, condeno la violencia machista, soy parte activa en la defensa de los derechos de las mujeres y creo que todavía queda mucho camino por recorrer, como es el caso en muchas otras desigualdades sociales que todavía seguimos arrastrando. También considero que he visto diversos casos de discriminación, lo cual no es de extrañar siendo que trabajo en plantas de producción donde el 90% son hombres. Pero también, en algunas de estas mismas plantas, he visto que igualdad es una realidad y la gente se ha dirigido a mí con el respeto (o la falta de él) que lo haría ante un hombre.

Por eso, Pérez-Reverte ha vuelto a crear en mí una sensación de confusión. Y he vuelto a releer los artículos.

En el primero, Pérez-Reverte explica su desconcierto al abrir la puerta a una señora y recibir el insulto de ´machista´. Y, sinceramente, yo estaría también desconcertada. Para mí, el mayor desconcierto proviene  de que el hecho de abrir una puerta no está haciendo daño a nadie. Al contrario, es un gesto que se hace por educación y para ayudar a otra persona. Es como si a alguien se le caen las llaves y no se da cuenta, y una persona educada le avisa, se agacha a recogerlas y se las da. ¿Le llamarías machista? Al mismo tiempo, si alguien no abriese una puerta, tampoco lo llamaría ´feminista´. Según la educación y los valores, hay gente que decide abrir puertas y otra que no. Y lo mismo ocurre con ceder el asiento en el autobús, llamar de usted o ayudar a cargar maletas.

Yo soy de esas que se levanta del autobús para ceder asiento a gente de la tercera edad, mujeres embarazadas o personas con discapacidad, con niños pequeños o cargando bultos. Y la razón es que, si yo me encontrara en esa situación, apreciaría que me cediesen el sitio. Así de simple. Porque ante un frenazo inesperado, esa gente tiene más posibilidades de caerse que yo. Y no considero que sea algo machista, ni feminista, ni que esté llamando viejo o inválido a alguien. Simplemente, me parece pura lógica.

Después, está el tema de las maletas. Al pensar en ello, dos recuerdos me han venido a la mente.

El primero se remonta a 2010, cuando acababa de llegar a Londres e iba cargada hasta arriba, como todo estudiante la primera vez que se va a vivir a un país extranjero: una mochila al hombro, una bolsa cruzada y dos maletas enormes, una en cada mano. Al salir del metro, me encontré con una sucesión interminable de escaleras que tendría que escalar para poder salir a la superficie. Suspiré, me armé de valor y empecé a subir los peldaños, lento pero seguro. En ese momento, un hombre de unos sesenta años me vio, se acercó y se ofreció a subir una de mis pesadas maletas. Le dije que sí y le agradecí el detalle, porque es exactamente lo mismo que habría hecho yo si nuestros papeles hubiesen estado a la inversa.

El segundo, me ocurrió hace poco tiempo. Adoro viajar en cuanto tengo días libres, así que tomé un bus, un avión y un tren para visitar a un amigo. Llegaba bastante cansada, cargada con la mochila del ordenador y una maleta, y creo que me lo notó en la cara. Así que nada más llegar me arrancó la maleta de las manos y la llevó durante todo el camino hasta el restaurante. Y, una vez más, lo agradecí. No sé si serán casualidades de la vida, pero éste es un gesto que lo he visto principalmente en mis amigos varones homosexuales. Es como si los hombres heterosexuales estuviesen asustados de que la sociedad les fuese a llamar machista por hacer algo así, o que se intuyan unas falsas dobles intenciones, o que se les llame pagafantas. Cuando no es más que un gesto amable entre amigos.

El segundo artículo tiene un tono bastante más crítico. En él, Pérez-Reverte se queja de que cada vez escasea más el tipo de mujer que le gusta (y que denomina ´mujeres como las de antes´). En pocas palabras, se refiere al tipo de mujer con curvas, falda de tubo, andares femeninos y zapatos de tacón. Al más puro estilo Sofía Loren, Ava Gadner y Grace Kelly (mujeres que, en efecto, son muy guapas y tienen mucho estilo). Pues señor Pérez-Reverte, qué pena. Para usted, digo. Igual que para mí es una pena de que cada vez escaseen más los tomates que me gustan, como el tomate de Zaragoza, o los melocotones inigualables, como los de Calanda. Sobre todo en Bélgica, que aquí no saben a nada.

A mí, por ejemplo, los hombres me gustan afeitados. Principalmente, porque no pinchan y yo soy de piel sensible. Así que, si sigo esa lógica, usted de primeras no me va a parecer físicamente atractivo. Aunque intuyo que es recíproco, ya que nunca me verá con tacones, ni falda de tubo, ni moviendo las caderas al son de una melodía imaginaria. Principalmente, porque me encanta caminar y los tacones me parecen el demonio, ya que no me permiten moverme todo lo rápido que necesito para poder conseguir sobrevivir al día a día. Además, hacen que me duelan los pies. No me los pongo ni para las bodas, donde considero que lo más importante es pasar un buen rato con los novios hasta que ellos decidan que se acaba, que para eso es su día, y no estar sentada en una silla porque no puedo ni caminar y ahogarles la fiesta demasiado pronto. Y las faldas de tubo no me dan libertad de movimiento. Así que a usted le atrae un tipo de mujer que no soy yo.

Ni siquiera me maquillo, ya que eso significaría perder veinte minutos por la mañana y quince por la noche. Y, para peinarme, utilizo como máximo diez. Si pudiera, haría como Mark Zuckerber y vestiría todos los días con la misma camiseta y el mismo pantalón, para ganar en eficiencia y tener tiempo para lo que es verdaderamente importante para mí, como salir a correr, escribir un par de páginas o quedar a tomar un café.

Personalmente, nunca se me ha pasado por la cabeza cambiar esa parte de mí para gustarle a nadie. Básicamente porque nunca lo he visto necesario (ni tampoco creo que sea el mensaje que está intentando mandar con su artículo). He cambiado muchas cosas de mí a propósito: he aprendido idiomas, he intentado enriquecer mi vocabulario, me he esforzado para escribir sin faltas gramaticales o de ortografía, he leído para ganar cultura y muchas otras cosas. Porque esas son las cosas que considero una pena que no sean más abundantes en la sociedad, no los tacones o el vaivén de unas caderas.

Para mí, aquí acaba mi reflexión después de leer su artículo. ¿Considero que sea usted machista porque le guste ese tipo de mujer? No. ¿Consideraría que es usted feminista si le gustasen las mujeres con pelos en el sobaco? Tampoco.

Otro tema es debatir si el texto tiene tono ofensivo, sobre todo cuando se refiere a unas mujeres con las que se cruzó como “focas desechos de tienta que pasan junto a nosotros vestidas con pantalón pirata, lorzas al aire y camiseta sudada”.  En este caso, si alguien me pidiese opinión, diría que no considero que éste sea un comentario necesario ni constructivo, ya que esas mujeres tienen todo el derecho del mundo a vestir como quieran y a sudar. A usted no le gusta, lo ha dejado claro. Chicas, avisadas quedáis, si ese es vuestro estilo, no le pidáis el número de teléfono a Arturo porque os vais a llevar un chasco.

También puede ser que se trate de ironía, sarcasmo o un recurso literario que no he llegado a entender del todo, como me pasaba cuando tenía trece años. Porque lo que no pretendo es entender todos y cada uno de los matices literarios escritos por un profesional con años de experiencia, igual que yo no le exigiría a Pérez-Reverte que me comprendiese a la perfección si yo le hablase de reactores químicos.

De cualquier manera, usted ha hecho ese comentario porque esa es su columna de opinión. Y éste es, para mí, el quid de la cuestión. Que usted debería tener derecho a escribir lo que se le antoje en su propia columna y a compartir su opinión. Ni la mía, ni la de la mayoría, ni la censurada por el gobierno, ni la consideraba políticamente correcta por la sociedad. La opinión de Arturo Pérez-Reverte. Y a Arturo le gusta ese tipo de mujer. Y eso Arturo no lo va a poder cambiar, porque es su gusto. Igual que a mí no me gusta el fútbol y no por eso digo que todos los hinchas tienen encefalograma plano e intento que cambien y lean a Shakespeare en vez de ir a un estadio. Porque esos serán mis gustos, no los suyos.

El no intentar cambiar los gustos y opiniones de alguien, a mi parecer, se llama respeto. ¿Me gusta el tipo de mujer que Pérez-Reverte describe en ese artículo? No, a mí me gustan las mujeres valientes, inteligentes, respetuosas, libres y buenas personas. ¿Me gusta cómo escribe Pérez-Reverte? Sí, mucho. Y sobre todo algunos de sus artículos en los que sí que considero que está hablando en serio, como ´Mujeres peligrosas´y ´Mujeres de armas tomar´. ¿Y, me gusta la tortilla de patata? Sí, me enloquece, pero siempre con cebolla, por favor.