No hay dorayakis en París.

 

Hikari Tanaka tiene sesenta y cinco años. De esos sesenta y cinco, sesenta y cuatro los ha pasado en Kioto. Más de cincuenta, trabajando en una pequeña pastelería de la calle Hanamikoji. Su vida: los dorayakis. Su secreto: la paciencia. Y su sueño: viajar a París.

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La señora Tanaka comenzó a trabajar en la pastelería de su padre con tan sólo once años. Cada día, al salir de la escuela, se encargaba de preparar pedidos y limpiar bandejas. Pero en seguida abandonó esas labores, en cuanto su padre se dio cuenta de que la pequeña Hikari tenía un don especial con la masa: nunca quedaba tan suave, dulce y esponjosa como cuando su hija la preparaba. El señor Tanaka había intentado mantenerla lejos de la cocina porque Hikari era demasiado lenta amasando; una tarea que a otros les llevaba treinta minutos, a ella podía llevarle más de dos horas. Pero cambió de idea cuando sus clientes empezaron a amontonarse en sus puertas cada mañana, pidiendo los famosos dorayakis con sabor a infancia y textura de nube. Y así, Hikari pasó a convertirse en la pastelera de dorayakis más famosa de la calle Hanamikoji y siempre mantuvo sus estrictas dos horas de amasado. Su padre murió pensando que la niña era lenta, o despistada, o simplemente demasiado soñadora como para ser capaz ejecutar una tarea tan simple en un tiempo más corto. La realidad, que Hikari nunca desveló, era que alargaba todo lo posible su tiempo en la cocina de la pastelería a propósito, ya que ese era el único momento que tenía para estar con su padre en todo el día. Quizás, ese sentimiento de amor era el verdadero secreto del dulzor del pastel.

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Cuando el señor Tanaka murió, Hikari pasó a ser la dueña de la pastelería. Se casó, tuvo un hijo y también un nieto, pero los vecinos especulaban con que hacia ninguno de ellos sentía un cariño tan grande como hacia sus queridos dorayakis.

Año tras año, siguió levantándose cada día a las cuatro de la mañana para dedicar sus primeras dos horas antes del amanecer a la masa de harina y huevos.

Pero la vida estaba a punto de cambiar para la señora Tanaka. Su nieto acababa de terminar sus estudios de Administración de Empresas en la Universidad de Tokio y había decidido utilizar la fama de la pastelería familiar para relanzar el negocio con una cara mucho más moderna. Según el joven y su padre, esto era un regalo para la abuela Tanaka, ya que podría jubilarse y dedicarse a descansar.

Pero para Hikari iba a significar algo completamente distinto. El primer día en cincuenta años que no tuvo que amasar, se despertó, como había hecho durante décadas, a las cuatro de la mañana. Desorientada, a oscuras y sin saber qué hacer, puso una tetera a calentar al fuego y se sentó en una silla de la cocina, donde permaneció doce horas seguidas. El día siguiente hizo lo mismo y también el sucesivo. En la pastelería, su nieto ya había comenzado con las reformas, pero ella se negaba a volver hasta que estuviese terminado. Sabía que le entristecería demasiado ver reducido a escombros el pequeño local que había sido su vida.

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Cuando llevaba un mes entre hojas de té, oscuridades y silencios, una mañana la señora Tanaka no se despertó hasta las diez de la mañana. Tumbada en su cama, con la mirada puesta en el oscuro techo, repasó lo que había sido su vida. La niña Hikari había pasado sus años de infancia intentando complacer a su padre y mendigando escasas palabras de aprobación. La adulta Hikari Tanaka se había casado con un amigo de la familia y había formado la suya propia, tal y como mandaba la tradición. La actual señora Tanaka había dedicado su cuerpo, alma y cada hora de su tiempo a hacer dorayakis y a ahorrar cada moneda que había conseguido con ellos. Nunca se había tomado un día libre, con excepción del día de su boda y la ocasión en la que dio a luz. Nunca había tenido vacaciones. Nunca había salido de Kioto. Ni siquiera había estado en Tokio. Esa misma mañana, la señora Tanaka decidió que iba a dar un buen uso a los ahorros de toda su vida. Hikari concluyó que se iría a París. Lo haría por la anciana que descansaba boca arriba en su cama, por la pequeña Hikari que inventó una nueva técnica de amasar en busca de cariño y por todos los días de vacaciones que había perdido para ser invertidos en dorayakis.

Hikari Tanaka había querido ir a París desde la primera vez que vio a Clothide Jacques. Clothilde era la esposa del señor Jacques, un empresario francés que había llegado a Kioto en los años setenta para expandir sus negocios en Japón. La señora Tanaka nunca le llegó a conocer, pero sí a su esposa.

La señora Jacques apareció un día por la pastelería buscando algo dulce que le recordase a su añorada Francia. Cruzó la puerta, desorientada, a media mañana, cuando el local se encontraba vacío. Hikari salió a recibirla tras el mostrador y quedó impactada por esa figura alta y esbelta vestida de negro y azul. Clothilde se quedó mirando a los extraños pasteles expuestos y, con un dedo fino y pálido, del que destacaba un anillo de lapislázuli, señalo un dorayaki. Hikari se lo ofreció, sin poder dejar de mirar sus ojos azules y sus cabellos castaños ensortijados. Clothilde se lo acercó dubitativa a los labios, le dio un bocado y saboreó lentamente. Después, sonrió y volvió a señalar los dorayakis. Ese día se comió tres y, a partir de entonces, regresó a la pastelería todas las mañanas durante los cinco años que la pareja estuvo viviendo en Japón.

Cada uno de esos días, Hikari esperaba expectante la visita de la francesa, que cada mañana la sorprendía con un nuevo conjunto de ropa, otro peinado, o un color de labios distinto. Sin cruzar una sola palabra, sus fugaces encuentros se convirtieron en una reconfortante vía de escape para las dos. Para Clothilde, los cinco minutos en la pastelería era el único momento en Japón en el que se sentía en casa. No habría sabido explicar el porqué, pero el dulce y esponjoso pastel le provocaban calma y felicidad, y le hacían sentirse menos extraña. Para Hikari, cada visita de la francesa era una diminuta rendija por la que escaparse al mundo exterior y conocer algo más allá de su tienda, de Kioto y de su aislado mundo japonés. Con cada nuevo sombrero, Hikari soñaba con ciudades exóticas llenas de tiendas de moda y cosméticos, por cuyas calles pasearía gente tan estilosa y viajada como Clothilde.

Hikari aprendió que Clothilde venía de París cuando la francesa llevaba unos dos años en Kioto. Algunos días, la francesa se sentaba en un pequeño taburete del local y degustaba allí mismo su apreciado dorayaki. Ese día, apareció con una revista de moda y estuvo más de treinta minutos hojeándola, ante la atenta mirada de Hikari. Tras darse cuenta de la admiración que se había generado en la dueña, Clothilde se acercó al mostrador y se la mostró. Página tras página, Hikari observó figuras estilizadas envueltas en telas de ensueño, vestidos imposibles con cuyos cortes no habría podido soñar jamás e impresionantes edificios, los cuales no había podido tan siquiera imaginarse. Pero la mayor alegría se la produjo una página que mostraba el escaparate de una pastelería, con un expositor repleto de dulces, tartas y bombones que brillaban más que las más valiosas joyas. La lujosa tienda parisina se mostraba en ese momento, como diciéndole: “Hikari, también tenemos un sitio para ti. Y para tus dorayakis”.  Clothilde debió apreciar el asombro que la japonesa sintió al observar la pastelería impresa en la publicación, así que arrancó la página y se la tendió. Y allí, en la parte de inferior de la hoja de papel satinada, leyó por primera vez esas cinco letras que memorizaría al instante y nunca olvidaría: París.

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Tres años después, Clothilde abandonó la ciudad y se llevó con ella los viajes imaginarios de Hikari. Pero el sueño parisino nunca llegó a morir. Hasta que ese día, más de cuarenta años después, la señora Tanaka decidió que por primera vez en su vida haría algo por ella misma. Sin decir nada a su hijo ni a su nieto, preparó una pequeña maleta con sus cosas y tomó un tren en dirección al aeropuerto de Kioto. Y así, sin ni siquiera saberlo, comenzó el viaje de la manera más parisina posible: despidiéndose a la francesa.

Con un billete comprado en el mismo aeropuerto con buena parte de los ahorros de su vida, y una reserva de hotel efectuada por la misma amable empleada que se lo vendió, la señora Tanaka se subió a un avión por primera vez. En el asiento, se vio rodeada de desconocidos que se iban instalando sin relacionarse unos con otros. Oyó cómo algunos hablaban japonés a través de sus teléfonos y cómo otros intercambiaban palabras en idiomas que no había escuchado jamás. Sin embargo, no se sintió nerviosa o perdida. Por primera vez, sintió algo que no había experimentado jamás. La señora Tanaka sintió ilusión, pero de esa clase que sólo se siente cuando se está a punto de hacer un cambio radical, cometer una travesura o saltar al vacío sin red. Una ilusión que no podía comparar con nada anteriormente vivido. Una ilusión alimentada por más de cuarenta años de construir expectativas acerca de su quimérica y perfecta visión de París.

Al bajar del avión, se dirigió como un autómata en busca de un taxi y le dio al conductor un papel con la dirección de su hotel. A partir de ese preciso instante, el corazón de la vieja señora Tanaka pasó de latir de ilusión a hacerlo mucho más desbocadamente, entre pulsos de asombro, miedo, ansiedad y rechazo. El vehículo comenzó la marcha entre acelerones y agresivos cambios de carril. Además, el taxista gritaba palabras que la nipona no entendía y realizaba gestos obscenos al resto de conductores. Al otro lado del cristal, los humos cenicientos de los coches se mezclaban con una lluvia nada amigable, y edificios grises y sobrios se sucedían en un paisaje aburrido y antiestético. “Debe ser que todavía no hemos llegado a París”.

Casi una hora más tarde, cuando ya había parado de llover, Hikari se encontró en la calle de su hotel, con una maleta en la mano y el papel con la borrosa letra de la empleada del aeropuerto en la otra. Confusa, cansada y todavía convencida de que eso no podía ser París, comenzó a andar en línea recta, de manera tan desafortunada que pasó de largo la puerta de su alojamiento. Según caminaba, una sensación de ahogo apareció en su pecho y fue invadiendo cada uno de sus órganos con cada paso. ¿Quiénes eran esos jóvenes que se distribuían en grupos y proferían fuertes gritos mientras escuchaban una música desagradable?  Aceleró el pasó. ¿Por qué había hombres fumando en las esquinas y le miraban de manera desafiante? Apretó la mano con la que sujetaba su maleta. ¿Por qué dos personas discutían en voz alta? ¿Había señalado un tercero hacia donde estaba ella? La señora Tanaka sintió en ese momento verdadero terror. ¿Estaba ese hombre del sombrero siguiéndola? En medio de un ataque de pánico, comenzó a correr todo lo que sus viejos pies le permitieron y dobló la esquina. Apareció en una avenida ligeramente más amplia que la anterior, invadida de taquicardia por completo. ¿Qué era ese olor que infestaba las calles? ¿Y la extraña niebla gris? ¿Y el sucio color de los edificios? ¿Y toda esa basura que se acumulaba en el pavimento? La señora Tanaka sintió que comenzaba a marearse. Su menuda y arrugada mano soltó la maleta que portaba.

¿Qué había sido de los preciosos edificios antiguos y las tiendas de moda? ¿Por qué no podía encontrar las pastelerías lujosas con escaparates coloridos de las páginas de las revistas? ¿Dónde estaban todas las Clothildes del mundo? En ese momento, un hombre que andaba en dirección opuesta le golpeó con el hombro mientras pasaba entre ella y la pared. La señora Tanaka cayó exhausta en el pavimento y perdió el conocimiento. Lo último que recuerda es ver a una joven que se acercó a ella corriendo y le dijo unas palabras que no entendió, mientras le cogía de la mano. “Clothilde…”.

Hikari Tanaka despertó unas horas después en una habitación desconocida para ella. Sin fuerza para decir una palabra, permaneció unos minutos mirando al techo, mientras vagamente pudo escuchar a dos personas manteniendo una conversación en su lengua materna. ¿Había vuelto a Japón?

En ese momento, un hombre se acercó a ella y se sentó al lado de su cama.

—¿Es usted la señora Tanaka?

—Sí, soy yo.

—Señora Tanaka, está usted en un hospital. Ha sufrido lo que se conoce como ´El síndrome de París´. No se preocupe, esta patología ocurre a más de treinta japoneses al año, debido al choque cultural. Hace unas horas, recibimos en la Embajada Japonesa de París una llamada, diciendo que una turista proveniente de Kioto había sufrido un desmayo. Pero ha sido hospitalizada y se encuentra estable. Hemos llamado a su hijo y está de camino. Ahora intente dormirse.

La gran cantidad de información fue imposible de procesar para la señora Tanaka, que cerró los ojos y se sumió en un profundo sueño, el cual fue únicamente interrumpido cuando escuchó en la lejanía la voz de su hijo.

Después, todo sucedió muy rápido, como en un sueño: salió del hospital, embarcó en un avión y regresó a Kioto. De camino a su pequeña casa, Hikari y su hijo realizaron una parada en la nueva y reformada pastelería. Estaba irreconocible. Grandes pantallas promocionaban tartas de colores, bebidas con burbujas y dulces que la señora Tanaka no había visto jamás. Jóvenes japoneses llenaban las mesas, también provistas de aparatos tecnológicos y música. Cabizbaja, la señora Tanaka pidió a su hijo que le llevase a casa. Al cruzar la puerta, se acercó a un armario y tomó una pequeña caja entre sus manos, de la que sacó un papel brillante y arrugado. Se sentó en la silla de la cocina que había sido su único refugio durante el último mes y lo desdobló. Mientras lo observaba fijamente, podía sentir cómo sus ojos se iban llenando de lágrimas. “No hay dorayakis en París.” A partir de ese momento, tampoco los habría en Kioto.

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El ingeniero escritor.

 

O el escritor ingeniero.

El escritor es un fabricante de farsas. Un inventor de historias. Un cuentista. Su trabajo consiste en coger pequeños trozos de la realidad y darles forma hasta convertirlo en algo irreal. Transformar lo cotidiano en una fantasía. Las verdades en mentiras. Necesitamos al escritor, porque todos tenemos derecho a soñar de noche.

El ingeniero hace el trabajo contrario: parte de una idea que no existe, de un concepto propio del mundo de la ficción. Su labor es pasar lo imposible a posible, conseguir que lo utópico se materialice en común. Hacer que un ser humano pueda volar. Que se desplace a más de trescientos kilómetros por hora. Que venza a las leyes del tiempo, aunque sea tan sólo por unos años. En definitiva, convertir una mentira en una verdad. Necesitamos al ingeniero, porque todos tenemos derecho a vivir de día.

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La clave es ingeniárselas para escribir. El reto está en darle un giro argumental a los inventos.

Multiplicar las letras. Unir los números.

Contar las mentiras. Realizar las verdades.

Aunque lo más difícil es saber en cuál de los dos mundos nos encontramos en cada momento.

 

Que no quiero ser francesa.

Todavía me acuerdo de febrero de 2009. Yo era una joven universitaria que estudiaba tercer curso de carrera. Acababa de aprobar Química Analítica y eso me hacía sentir que nada podría pararme. Un día frío de fuerte cierzo, en plena época de exámenes, escuché la noticia:

“El McDonald’s de Plaza de España cierra”.

Después de años preguntándonos cómo era posible que el McDonald’s tuviese ganancias suficientes como para mantener el alquiler del emblemático edificio en el centro de Zaragoza, llegó la respuesta: No tenía.

Puede ser que cualquier persona que no haya nacido en la capital aragonesa no entienda lo que ese McDonald’s significa para aquellos nacidos entre comienzo de los setenta y finales de los noventa. Ese McDonald’s ha sido punto de encuentro universal de jóvenes para irse de cañas, salir de compras o reunirse antes de dirigirse al Tubo o al Casco, ambos a menos de diez minutos a pie desde allí. Yo, todavía, después de más de siete años cerrado, sigo diciendo: “¿Quedamos a las ocho en el McDonald’s?”

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Fuente de la foto: http://zaragozando.blogia.com/2009/052601-sin-mcdonald-s-en-la-plaza-espana.php

Pero al llegar allí ya no queda restaurante, ni cartel con la M roja gigante, ni nada. Tan sólo un edificio en piedra gris con algún que otro grafiti y anuncio pegado. No queda rastro de niños, ni grupos de amigos, ni de adolescentes que creen estar viviendo el sueño americano en suelo maño. Y, mientras espero apoyada en la pared, me acuerdo de los veranos a cuarenta grados, cuando mi madre trabajaba y yo intentaba convencer a mi padre de que nos llevase a por un Happy Meal en vez de comer en casa. De las tardes eternas con amigas, enfrentándonos a todos los problemas de los trece años, Coca Cola en mano. Del día en el que recibí una bronca por haberme comprando un helado en la despiadada cadena de restaurantes en la que nunca debería haber entrado. Por poner contexto, en los cines estaba Fahrenheit 9/11 y Michael Moore había calado hondo.

Los meses siguientes a tal sonada noticia estuvieron copados por especulaciones sobre qué negocio se instalaría en el famoso edificio. Una tienda de telefonía, decían unos. Un restaurante de alto standing, rumoreaban otros. Une discoteca en pleno centro, soñaban los más juerguistas. Pero yo consideraba que sólo había una cosa que pudiese ocupar ese lugar: Un Starbucks.

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Yo, que llevaba veintiún años viviendo en Zaragoza y soñaba con recorrer el mundo, lo tenía claro. Acababa de venir de Londres y lo había visitado día sí, día también. Me imaginaba pasando mis tardes en un local cosmopolita, lleno de muffins, cookies y brownies. Fantaseaba con caminar por el Paseo Independencia, maletín en una mano y latte en la otra, en dirección al trabajo. Lo comentaba con todos y lo rezaba por las noches; sólo me faltó abrir una petición en Change.org (pero, por aquellos entonces, aún no estaba de moda).

Hoy por la mañana, desde otra parte del mundo pero siempre conectada con mi tierra, he leído la tan esperada noticia:

“Zaragoza abrirá un Starbucks en Puerto Venecia”.

¿Mi reacción?

“A qué fin”.

O lo que viene a ser lo mismo: “Qué falta hará”, “Menuda cosa más absurda e innecesaria” y “No creo que vaya por allí”.

¿Que, por qué?

Porque después de más de seis años fuera de España, no me entusiasma el hecho de tener que pagar más de cuatro euros por un café.

Porque no hay nada comparable con el hecho de tomarse un cortado con hielo en una terraza. Y que se te caiga la mitad del café fuera del vaso, mientras lo echas sobre los cubitos. Y que vaya perdiendo intensidad mientras éstos se van deshaciendo.

Porque no hay rutina más bonita que entrar al bar de la esquina, al grito de: “¡Un café!”, y poder pagar con las monedas que llevas sueltas en el bolsillo.

Me sobran todos siropes, los frappes, los vasos gigantes de plástico transparente y las tazas blancas con el logo verde. No necesito ni el wifi gratis, ni los frascos con canela, cacao y azúcar de vainilla.

Un cortado. Un sólo con hielo. Un café con leche del tiempo. Un carajillo. Todo esto son cosas que en el extranjero no entienden. Un ejemplo perfecto de aquello que menosprecias, hasta que lo pierdes y pasas a echarlo de menos. Nostalgia en taza.

Me he pasado los últimos años de ciudad en ciudad, de hotel en hotel, de aeropuerto en aeropuerto. Entrando en todos los Starbucks de diversos rincones del mundo. Resguardándome del aburrimiento, del frío, del calor y del sueño. Pero después de haber vivido en cuatro países y haber visitado más de veinte, lo tengo muy claro:

“Más cortado y menos latte”.

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Fuente de la foto: http://www.davidlebovitz.com/cafe-cortado/

No quiero una realidad híper-edulcorada con café americano. Al igual que no quiero ir corriendo con prisa, termo en mano.

No quiero modales refinados, llenos de thank you, pardon, excuse me y you´re welcome, si van acompañados de frialdad, miradas indiferentes y sentimiento de superioridad.

No quiero puntualidad, tecnología, eficiencia y productividad, si no se me permite relajarme, fluir y actuar sin sentido y con curiosidad.

No quiero conversaciones entre copas de vino y queso, si no voy a poder exclamar en alto lo que siento y reírme a gusto, sin que me miren con desdén por estar alterando el orden público.

No quiero millones de bares a la última moda, museos de arte y galerías alternativas, si tardo tres horas de cronómetro en llegar de sitio a sitio, arrastrándome por el subsuelo de los túneles del metro.

No quiero espacios verdes, limpios, sostenibles e idílicos que atravesar en bicicleta, si tras esa cara ideal ocultan hipocresía, intolerancia y prejuicios que me provocan agujetas.

No quiero ser americana, ni alemana, ni inglesa, ni holandesa, ni sueca, ni danesa.

Como diría la Virgen: que no quiero ser francesa. Tan sólo quiero ser tal y como he nacido: 100% aragonesa.

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* Este texto ha sido empezado a las 17:00 en el Starbucks del aeropuerto de Bruselas y terminado a las 23:00 en el AVE con destino a Zaragoza, creando así una metáfora de seis años en seis horas.

Soy feminista y leo a Pérez-Reverte.

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A Pérez-Reverte se le ha llamado de todo. Durante años como columnista, y ahora mucho más debido a que, con esto de internet, parece que todo el mundo lleva un megáfono en el culo, la gente se ha dirigido a él con palabras tan bonitas como rojo, machista, fascista, retrógrado, homófobo, racista y hasta se ha dicho que hace apología de la violencia y el conflicto bélico.

Es cierto que la mayoría de gente critica por criticar, alimentados por una ´cultura Sálvame´ en la que se les han inculcado que meterse con los demás es la única manera de sobrellevar su falta de educación y su baja autoestima. El mundo está lleno de malcriados en la calle que han desembocado en trolls de internet. Sin embargo, lo que llama la atención en el caso Pérez-Reverte, es que provoca un sentimiento de amor-odio entre la población perteneciente una la sección que se podría denominar como culta, educada y lógica.

Todavía recuerdo una anécdota de cuando estaba en el instituto y tendría unos trece años. Mi, por aquel entonces, profesora de lengua española nos animaba a leer y escribir de la mejor manera que se puede motivar a un niño o adolescente: sugiriendo géneros interesantes y sin obligación. En una de sus sugerencias, nos recomendó leer las columnas dominicales de Pérez-Reverte en El Semanal. Yo, que con mis trece años ya era una fiel lectora, aunque no lograse entender completamente todo lo que decía (en ocasiones tampoco hoy lo comprendo), me quede sorprendida ante la manera en que mi profesora terminó su frase:

“Aunque, para decir verdad, Pérez-Reverte tiene un lenguaje bastante soez y utiliza demasiadas palabrotas.”

Ahí estaba, la primera vez que alguien me hablaba en público sobre Pérez-Reverte, ya había utilizado una descripción favorable y desfavorable al mismo tiempo. El Yin y el Yang. Amor y odio.

Hoy, he vuelto a leer un aluvión de críticas sobre su persona. En este caso, le ha tocado al machismo. Concretamente, era un texto de ´Locas del coño´ (que tiene muchos artículos muy buenos e interesantísimos) y criticaba dos artículos del columnista: ´No era una señora´ y ´Mujeres como las de antes´.

Primero de todo, creo que el adjetivo ´feminista´ define bastante bien mis ideales. Creo y defiendo la igualdad salarial entre hombres y mujeres, condeno la violencia machista, soy parte activa en la defensa de los derechos de las mujeres y creo que todavía queda mucho camino por recorrer, como es el caso en muchas otras desigualdades sociales que todavía seguimos arrastrando. También considero que he visto diversos casos de discriminación, lo cual no es de extrañar siendo que trabajo en plantas de producción donde el 90% son hombres. Pero también, en algunas de estas mismas plantas, he visto que igualdad es una realidad y la gente se ha dirigido a mí con el respeto (o la falta de él) que lo haría ante un hombre.

Por eso, Pérez-Reverte ha vuelto a crear en mí una sensación de confusión. Y he vuelto a releer los artículos.

En el primero, Pérez-Reverte explica su desconcierto al abrir la puerta a una señora y recibir el insulto de ´machista´. Y, sinceramente, yo estaría también desconcertada. Para mí, el mayor desconcierto proviene  de que el hecho de abrir una puerta no está haciendo daño a nadie. Al contrario, es un gesto que se hace por educación y para ayudar a otra persona. Es como si a alguien se le caen las llaves y no se da cuenta, y una persona educada le avisa, se agacha a recogerlas y se las da. ¿Le llamarías machista? Al mismo tiempo, si alguien no abriese una puerta, tampoco lo llamaría ´feminista´. Según la educación y los valores, hay gente que decide abrir puertas y otra que no. Y lo mismo ocurre con ceder el asiento en el autobús, llamar de usted o ayudar a cargar maletas.

Yo soy de esas que se levanta del autobús para ceder asiento a gente de la tercera edad, mujeres embarazadas o personas con discapacidad, con niños pequeños o cargando bultos. Y la razón es que, si yo me encontrara en esa situación, apreciaría que me cediesen el sitio. Así de simple. Porque ante un frenazo inesperado, esa gente tiene más posibilidades de caerse que yo. Y no considero que sea algo machista, ni feminista, ni que esté llamando viejo o inválido a alguien. Simplemente, me parece pura lógica.

Después, está el tema de las maletas. Al pensar en ello, dos recuerdos me han venido a la mente.

El primero se remonta a 2010, cuando acababa de llegar a Londres e iba cargada hasta arriba, como todo estudiante la primera vez que se va a vivir a un país extranjero: una mochila al hombro, una bolsa cruzada y dos maletas enormes, una en cada mano. Al salir del metro, me encontré con una sucesión interminable de escaleras que tendría que escalar para poder salir a la superficie. Suspiré, me armé de valor y empecé a subir los peldaños, lento pero seguro. En ese momento, un hombre de unos sesenta años me vio, se acercó y se ofreció a subir una de mis pesadas maletas. Le dije que sí y le agradecí el detalle, porque es exactamente lo mismo que habría hecho yo si nuestros papeles hubiesen estado a la inversa.

El segundo, me ocurrió hace poco tiempo. Adoro viajar en cuanto tengo días libres, así que tomé un bus, un avión y un tren para visitar a un amigo. Llegaba bastante cansada, cargada con la mochila del ordenador y una maleta, y creo que me lo notó en la cara. Así que nada más llegar me arrancó la maleta de las manos y la llevó durante todo el camino hasta el restaurante. Y, una vez más, lo agradecí. No sé si serán casualidades de la vida, pero éste es un gesto que lo he visto principalmente en mis amigos varones homosexuales. Es como si los hombres heterosexuales estuviesen asustados de que la sociedad les fuese a llamar machista por hacer algo así, o que se intuyan unas falsas dobles intenciones, o que se les llame pagafantas. Cuando no es más que un gesto amable entre amigos.

El segundo artículo tiene un tono bastante más crítico. En él, Pérez-Reverte se queja de que cada vez escasea más el tipo de mujer que le gusta (y que denomina ´mujeres como las de antes´). En pocas palabras, se refiere al tipo de mujer con curvas, falda de tubo, andares femeninos y zapatos de tacón. Al más puro estilo Sofía Loren, Ava Gadner y Grace Kelly (mujeres que, en efecto, son muy guapas y tienen mucho estilo). Pues señor Pérez-Reverte, qué pena. Para usted, digo. Igual que para mí es una pena de que cada vez escaseen más los tomates que me gustan, como el tomate de Zaragoza, o los melocotones inigualables, como los de Calanda. Sobre todo en Bélgica, que aquí no saben a nada.

A mí, por ejemplo, los hombres me gustan afeitados. Principalmente, porque no pinchan y yo soy de piel sensible. Así que, si sigo esa lógica, usted de primeras no me va a parecer físicamente atractivo. Aunque intuyo que es recíproco, ya que nunca me verá con tacones, ni falda de tubo, ni moviendo las caderas al son de una melodía imaginaria. Principalmente, porque me encanta caminar y los tacones me parecen el demonio, ya que no me permiten moverme todo lo rápido que necesito para poder conseguir sobrevivir al día a día. Además, hacen que me duelan los pies. No me los pongo ni para las bodas, donde considero que lo más importante es pasar un buen rato con los novios hasta que ellos decidan que se acaba, que para eso es su día, y no estar sentada en una silla porque no puedo ni caminar y ahogarles la fiesta demasiado pronto. Y las faldas de tubo no me dan libertad de movimiento. Así que a usted le atrae un tipo de mujer que no soy yo.

Ni siquiera me maquillo, ya que eso significaría perder veinte minutos por la mañana y quince por la noche. Y, para peinarme, utilizo como máximo diez. Si pudiera, haría como Mark Zuckerber y vestiría todos los días con la misma camiseta y el mismo pantalón, para ganar en eficiencia y tener tiempo para lo que es verdaderamente importante para mí, como salir a correr, escribir un par de páginas o quedar a tomar un café.

Personalmente, nunca se me ha pasado por la cabeza cambiar esa parte de mí para gustarle a nadie. Básicamente porque nunca lo he visto necesario (ni tampoco creo que sea el mensaje que está intentando mandar con su artículo). He cambiado muchas cosas de mí a propósito: he aprendido idiomas, he intentado enriquecer mi vocabulario, me he esforzado para escribir sin faltas gramaticales o de ortografía, he leído para ganar cultura y muchas otras cosas. Porque esas son las cosas que considero una pena que no sean más abundantes en la sociedad, no los tacones o el vaivén de unas caderas.

Para mí, aquí acaba mi reflexión después de leer su artículo. ¿Considero que sea usted machista porque le guste ese tipo de mujer? No. ¿Consideraría que es usted feminista si le gustasen las mujeres con pelos en el sobaco? Tampoco.

Otro tema es debatir si el texto tiene tono ofensivo, sobre todo cuando se refiere a unas mujeres con las que se cruzó como “focas desechos de tienta que pasan junto a nosotros vestidas con pantalón pirata, lorzas al aire y camiseta sudada”.  En este caso, si alguien me pidiese opinión, diría que no considero que éste sea un comentario necesario ni constructivo, ya que esas mujeres tienen todo el derecho del mundo a vestir como quieran y a sudar. A usted no le gusta, lo ha dejado claro. Chicas, avisadas quedáis, si ese es vuestro estilo, no le pidáis el número de teléfono a Arturo porque os vais a llevar un chasco.

También puede ser que se trate de ironía, sarcasmo o un recurso literario que no he llegado a entender del todo, como me pasaba cuando tenía trece años. Porque lo que no pretendo es entender todos y cada uno de los matices literarios escritos por un profesional con años de experiencia, igual que yo no le exigiría a Pérez-Reverte que me comprendiese a la perfección si yo le hablase de reactores químicos.

De cualquier manera, usted ha hecho ese comentario porque esa es su columna de opinión. Y éste es, para mí, el quid de la cuestión. Que usted debería tener derecho a escribir lo que se le antoje en su propia columna y a compartir su opinión. Ni la mía, ni la de la mayoría, ni la censurada por el gobierno, ni la consideraba políticamente correcta por la sociedad. La opinión de Arturo Pérez-Reverte. Y a Arturo le gusta ese tipo de mujer. Y eso Arturo no lo va a poder cambiar, porque es su gusto. Igual que a mí no me gusta el fútbol y no por eso digo que todos los hinchas tienen encefalograma plano e intento que cambien y lean a Shakespeare en vez de ir a un estadio. Porque esos serán mis gustos, no los suyos.

El no intentar cambiar los gustos y opiniones de alguien, a mi parecer, se llama respeto. ¿Me gusta el tipo de mujer que Pérez-Reverte describe en ese artículo? No, a mí me gustan las mujeres valientes, inteligentes, respetuosas, libres y buenas personas. ¿Me gusta cómo escribe Pérez-Reverte? Sí, mucho. Y sobre todo algunos de sus artículos en los que sí que considero que está hablando en serio, como ´Mujeres peligrosas´y ´Mujeres de armas tomar´. ¿Y, me gusta la tortilla de patata? Sí, me enloquece, pero siempre con cebolla, por favor.

Cuentos de ingeniera desvelada.

22:59. Sigo todavía en la planta de producción.

Sorprendentemente no estoy cansada, después de un turno de más de once horas. Pronto serán doce.

Pero la espera a que termine la intervención mecánica me está empezando a resultar aburrida. No es que no sepa ayudar (ni que no quiera), pero es que no me voy a poner yo a girar palancas con cuatro hombretones aquí. Que por muy mujer fuerte, independiente y dueña de mi destino que sea, los brazos los tengo más bien flojos.

Ahora son seis hombretones. Parece que se han reproducido, como los Minions. Menudo festival de testosterona se ha formado en un momento. Están intentando mover un motor, o algo así. Pero se ha quedado atascado.

Es como la espada del Rey Arturo. Uno tras otro, lo van intentando. Pero va muy duro y ninguno lo consigue.

Mientras, yo les observo desde su espalda. Tecleando, apoyada en una mesa improvisada hecha con un contenedor de piezas. Finalizando el análisis de datos de hoy, con cara de interesante detrás de las gafas de seguridad y la máscara de enzimas.

¿Quién será el próximo Rey Arturo? Nadie lo sabe. En todo libro que se precie sólo habría un final preferido por todos. Que al final fuese yo la que moviese el motor. ¿Se habrá quedado bloqueado electrónicamente y la solución será tan sencilla como presionar el botón adecuado en el panel de control? A veces, el cerebro es el músculo más fuerte.

Qué dura es la vida de la mujer ingeniera. Pero qué divertida también.

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Querida astenia primaveral

Artículo publicado en Guts Mag en marzo de 2017.

Querida astenia primaveral:

Eres una hija del invierno.

Llevo días con dolor de cabeza, cansancio continuo, sin hambre, picor en la garganta y en los ojos… Que ya no sabía si me estaba poniendo mala, si era falta de sueño, estrés del trabajo o un bajón cualquiera.

Tras investigación y consejo médico, parece ser que la culpable de todo eres tú. ¿Pero qué te he hecho yo a ti, por qué me odias tanto? ¡Si yo amo la primavera, las flores, los pajaritos y los primeros días de sol! Te quiero tanto que incluso decidí nacer en medio de la primavera, para poder celebrarlo año tras año.

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Pues resulta que estos sentimientos no son mutuos. Me han contado que te defines como un síntoma caracterizado por una sensación generalizada de cansancio, fatiga, debilidad física y psíquica. Y que afectas más a las mujeres que a los hombres. Pobres de nosotras, que nos dejamos embaucar por cualquiera que nos trae flores.

A mí como las flores se me mueren siempre (hasta los cactus), las prefiero de plástico. Así que, ahora que me he dado cuenta de lo mucho que me has hecho sufrir, estoy decidida a desenmascararte.

Eres una extraña patología que unos describen como enfermedad y otros como sugestión. La comunidad científica y los médicos no se ponen de acuerdo en si reconocerte como tal y proporcionar un tratamiento.

Entre tus posibles causas, se especula sobre los cambios de horario al adelantar la hora, las modificaciones ambientales (condiciones de luz y presión atmosférica) y la adopción de otras rutinas (debido al buen tiempo y a que anochece más tarde). Estos fenómenos pueden alterar el organismo, haciendo disminuir la producción de endorfinas, que son las hormonas del bienestar.

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Digan lo que digan los médicos, a mí me has llegado hasta el corazón.  Además del cansancio descrito, llevo una semana confusa, luchando por mantener mis niveles de energía y una extraña sensación apareció hace unas dos semanas y se ha ido repitiendo días tras día. Todos los días, a la misma hora.

Cuando se ha acercan las tres de la tarde, unos finos rayos de sol se cuelan por la ventana de mi oficina y llegan hasta mi mesa. Voy notando cómo el aire se hace más espeso a mi alrededor y un extraño calor sube por los brazos hasta llegar a la cara. Una sensación de agobio surge en mi pecho, que lucha por salir. Intento respirar más profundo, pero no funciona.

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Imágenes inconexas cruzan mi mente. Un helado de cucurucho, con dos bolas. Estar sentada en un banco de una calle, transitada por gente que va a hacer recados, por familias, por parejas. La salida del colegio a las cinco y media, vistiendo las primeras ropas de primavera con el sol calentando la piel y una brisa ligera que huele a flores. Quedarme hablando en grupo, de un poco de todo, de un poco de nada. El césped de la universidad, unas cañas con limón. Despreocupación absoluta, dejar pasar la tarde.

Y, de repente, la realidad se muestra clara. La sensación que estoy experimentando cada día a las tres de la tarde es la misma que sentía cada año al llegar la primavera en España. La luz se vuelve distinta, más brillante, y el sol calienta más. El aire parece más denso, más cálido, más fragante. Y la salida clase se convierte en una explosión de energía y ganas de vivir.

En España, esto coincide con el final de la época de exámenes y el inicio del cuatrimestre. Ese dulce periodo en el que no hay prácticamente ninguna responsabilidad y, una vez terminadas las clases, se puede ser completamente libre durante lo que dure la tarde. Y, a su vez, coincide con los primeros días sin abrigo, con sacar del armario las cazadoras vaqueras, los fulares finos y las gafas de sol. Las primeras ventas de helados y la apertura de las terrazas. El paraíso terrenal.

Y me doy cuenta que todos los síntomas de la astenia podrían tener una explicación. Que podrían deberse a una misma y sola causa. La astenia podría no ser otra cosa que un grito desesperado por la libertad. Darse cuenta de que acaba de salir el sol después de un largo invierno y de que el exterior es un lugar maravilloso. Que se acaba de hacer realidad aquello con lo que llevamos soñando meses. Y que al otro lado de la ventana, bajo ese cielo brillante y sin nubes, tenemos felicidad instantánea y gratuita esperándonos. Que la simple sensación del sol en la piel nos va a sacar la sonrisa más grande del mes y va a hacer que el nudo en el pecho se desvanezca y una sensación inmensa de paz nos invada el cuerpo. Y la crueldad más grande es tener que pensar todo esto mientras se tiene la obligación de estar encerrado entre cuatro paredes.

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Primavera, sólo hay un veredicto posible: Me has enamorado. Tanto sentimiento entremezclado, tanto amor y odio, tanta bipolaridad… Tanto esperarte suplicante día tras día de invierno para que al final, cuando apareces, me hagas sufrir porque sí, sin razón alguna. Tanto confundirme en un tira y afloja: que hoy sol, que mañana lluvia, que al otro nubes y claros. Luces y sombras de un amor pasajero, que como ya sabemos, aunque no queremos ser conscientes, sólo va a durar tres meses.

Después de mucho pensar si cortar radicalmente contigo o lanzarme a tus brazos, he decidido que voy a cerrar el ordenador y me voy a dar un paseo. Posiblemente me termines decepcionando, y la calle no sea tan bonita como en mis recuerdos, ni la gente tan animada, ni los helados tan cremosos, ni las cañas con limón tan refrescantes. Pero el cielo, el sol y el aire van a estar ahí cada primavera esperando, dando una de cal y otra de arena, aunque sea únicamente por un día.

Y es que al fin y al cabo, «People always look better in the sun», como dice la compositora y cantante Soko. Y tan bien le sienta el sol, que continúa:  «Today it was a sunny day, I thought it doesn’t matter if he’s ugly anyway».

La noticia destacada del día.

2 de marzo de 2016. Muchas cosas tenían que pasar hoy. En España, una esperada votación para la sesión de investidura iba a comenzar en cualquier momento, y en los medios se sucedían frases del debate, análisis de pactos y un lapsus mental exquisito, que una ya no sabe si es debido al desgaste del susodicho tras la campaña, o a una voluntad oculta de decir la verdad, debido a un súbito e inesperado arrepentimiento.

En Bélgica, hoy era el día que los altos mandos de mi empresa iban a dar el go/no-go al proyecto por el que llevo recorridos más de diez mil kilómetros por aire y siete billetes de avión comprados, en tan sólo dos meses. Por cierto, ha sido «go».

Pero la noticia destacada del día me ha llegado de manera inesperada, junto a un «buenos días», y por Whatsapp. Bajo el título: «Un duro trabajo que nadie estaría dispuesto a aceptar».

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Y lo excepcional de esta noticia es que viene firmada por la mejor persona que podría haberla escrito: mi madre.

Y, es que ya he escrito anteriormente acerca de que, si yo escribo, tiene que ser por mi madre.

En «Los cuentos que me contaba mi madre», ya decía:

«Y me pregunto por qué será que siempre me ha gustado escribir. Desde pequeña escribía historias de princesas que pasaban de su castillo y se iban a recorrer otros reinos acompañadas por chimpancés y osos panda, borroneadas con una caligrafía un tanto rara en cuadernos a doble reglón. No entiendo de dónde me viene esta afición, siendo hija, hermana y sobrina de científicos e ingenieros. Yo tengo la teoría de que es por los cuentos que mi madre me contaba de pequeña. Recuerdo con especial cariño el de la mandarina loca. Es un cuento que mi madre se inventó para animarme a comer fruta. Era una mandarina que cobraba vida en el comedor de la escuela y jugaba con los niños. Aunque, pensándolo fríamente, ¿por qué iba a querer comerme a una mandarina entrañable que cantaba canciones y botaba de la cabeza de un niño a otro? Mi madre era muy buena inventando historias, pero no buena psicóloga. Ya podría haberse inventado la historia del croissant loco. Mi madre, que pasó más de 30 años trabajando en un banco, guardando bajo recaudo una libreta llena de cuentos, historias y poemas. Así que a decir verdad, al verme en la oficina de 8 a 5 detrás de la pantalla del ordenador, creo que comprendo de dónde viene mi herencia».

(Resto de la historia: Los cuentos que me contaba mi madre).

Y mi madre no es únicamente la razón de que yo tenga este hobby tan precioso, sino que, sin saberlo, ha sido mi mayor estrategia de Marketing. El artículo de este blog que ha más veces leído y compartido, en más de veinte países, y con una diferencia abismal frente al resto, ha sido el que compartí el primer domingo de mayo de 2015. Eso es, el día de la madre. El artículo «El día de la madre con un hijo en el extranjero» fue enteramente inspirado y dedicado a ella.

«Si hay un daño colateral de los expatriados, Erasmus, becarios, mileuristas y demás que van a estudiar o trabajar al extranjero, son las madres. Los aeropuertos están llenos de señoras que llenan las caras de sus hijos de besos y las maletas de chorizo, jamón, queso y aceitunas. Que aguantan fuertes y sin llorar, confusas entre un sentimiento de “qué se te habrá perdido ahí” y resignación de madre, “es lo que hay”.

Y según pasan los años, van desarrollando habilidades y costumbres… y tu madre te sorprende más de lo que le has sorprendido nunca a ella».

(Resto del artículo: El día de la madre con un hijo en el extranjero).

Pero mi madre, ante todo, es una artista. Y, como buena artista que es, a pesar de haberse alegrado de que su carta haya sido publicada, se ha sentido un poco molesta de que los periodistas hayan modificado ligeramente su texto.

Yo le he dicho que hay que entender que los periodistas deben adaptar ligeramente los textos: deben generar un titular que suene polémico, para que los lectores se sientan atraídos y decidan leerlo, y tienen que hacer que la forma del escrito concuerde con el estilo del periódico.

Pero, como buena genia que eres, te mereces que alguien publique tu texto tal y como era: con tu título, tus palabras y tu sentimiento. Porque ese título que tú le diste «El trabajo que nadie quería», a mí me suena fantástico, como a novela. Y me encanta, mucho más que «Un duro trabajo que nadie estaría dispuesto a aceptar». Porque me hace pensar en el nombre de un cuento. Tal vez uno de esos que me contabas de niña.

Y, sobre todo, yo sé que te habrá molestado un poquito que no hayan dejado tu firma original: Pili Pardos García. ¿Qué es eso de María Pilar? Seguro que no te ha gustado nada ese nombre tan largo, incluso pensarás que te hace parecer mayor, con lo jóven que tú eres. Pili suena mejor: de mujer va al gimnasio, estudia inglés, viaja por Europa, compra en Amazon y manda fotos de sus recetas de cocina a sus hijas por Whatsapp. Aunque, para mí, ni Pili, ni María Pilar. Para mí, siempre serás mamá.

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EL EMPLEO QUE NADIE QUERÍA, por Pili Pardos García.

Hace unos días, una de mis hijas me pasó un video americano por Whatsapp, en el que una Compañía creaba un trabajo falso y lo anunciaban en internet: “Director de Operaciones”. Más tarde hacen unas entrevistas con los aspirantes reales al puesto a través de la web-cam, que se muestran en el video.

El entrevistador les explica que el puesto viene a ser un asistente personal de “El Jefe”.

Se necesita responsabilidad, movilidad, sobre todo aguante físico porque a veces tienen que hacer el trabajo de pie y no se pueden sentar en horas.

Los aspirantes tienen que tener amplios conocimientos de medicina, pedagogía, música y cocina.

Los horarios pueden ser variables, a veces hasta 24 horas al día, porque algunas veces hay que acompañar al Jefe durante la noche.

Tampoco hay vacaciones, de hecho en Navidades y en verano el trabajo puede aumentar. Es decir un trabajo a tiempo completo.

Los candidatos empiezan a poner multitud de pegas, pero preguntan por el sueldo pensando que será fabuloso. Entonces les dicen que el salario es “absolutamente nada” porque la satisfacción de ayudar al Jefe no tiene medida.

Ahí todos empiezan a protestar , diciendo que les están tomando el pelo, que ese trabajo es inhumano, una locura…, porque: ¿Quién en su sano juicio puede hacer un trabajo como ese?

Entonces el entrevistador les dice que no es tan raro, de hecho ,actualmente millones de personas en el mundo lo están haciendo… “Las madres”.

GRACIAS, desde aquí, a todas las madres por hacernos la vida más fácil, aunque no nos demos cuenta.

Pili Pardos García.

Por cierto, si a alguien le ha entrado la curiosidad y quiere ver el famoso video, es éste: World’s Toughest Job

 

 

Blue Monday.

Mi color favorito siempre ha sido el azul. Es curioso, eso de los colores favoritos. Con la cantidad de tonos que hay presentes en la naturaleza, ¿por qué íbamos a tener que escoger sólo uno? ¿Y, en qué nos basamos a la hora de elegir?

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Y la verdad es que es una de las preguntas más comunes que siempre utilizamos cuando conocemos a alguien por primera vez. Y parece ser que la respuesta es obligada, algo así como saber cómo te llamas, dónde has nacido o qué edad tienes. Incluso los niños pequeños lo tienen claro; unos eligen el rojo (porque un coche, si es de ese color, seguro que corre más rápido) y otras el rosa (porque una princesa que no vista de ese color, seguro que no es ni princesa ni nada).

Sin embargo, a mí, desde siempre, el color que me ha fascinado es el azul. Y no sabría explicar el por qué. Los psicólogos siempre lo relacionan con la tranquilidad. Y tendría sentido que sienta una preferencia por este tono, como una búsqueda de la serenidad que tanto escasea en mi día a día, haciendo malabarismos entre viajes, reuniones e informes. Pero no, a mí la calma me la proporciona unas buenas vacaciones en el Caribe, no un color por muy azul que sea.

A mí lo que me gusta del azul es el cielo. Despertarme, abrir la ventana y ver que no hay nubes, ni lluvia, ni niebla, ni nieve. Únicamente un lienzo azul, dominado por brillo e intensidad. Es que se me pone una sonrisa en la cara sólo de imaginarlo. Puedo incluso sentir el ligero calor que el cielo azul es capaz de provocar en las mejillas.

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Y lo que me gusta del azul es el mar. Una inmensidad calma, o brava, o uniforme, o picada. Que no sigue ningún tipo de reglas, sólo la de dejar que las olas vayan y vuelvan a la costa cada pocos segundos. Que ruge en libertad cuando se aproxima una tormenta, pero que te mece y abraza en los días más dóciles.

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Por eso no entiendo que al día más triste del año se le diga que es azul. Que sí, sé perfectamente que “blue” en inglés significa tanto “azul” como “triste”. Pero aun así, yo le hubiese llamado “Grey Monday”. Porque, desde que me he despertado, yo no he visto nada azul.

Nada más abrir la ventana, una tormenta de nieve ha inundado todo el paisaje de blanco: los copos, los campos, los tejados, la cima de las montañas. Después, al salir a la calle, el cielo estaba invariablemente gris. Y me da la impresión de que así se va a quedar todo el día. Los coches dejaban escapar humos color ceniciento y las plantas de producción despedían nubes de un tono más bien oscuro. El cemento de las casas estaba a juego con el encapotado cielo y los rostros de la gente lucían fríos y metálicos, como el acero. Así que azul, yo todavía no he visto nada.

Hasta ahora. Que mientras escribo estas líneas me he mirado los dedos, y las uñas están empezando a tornarse de ese color. Tras lo cual he girado la cabeza hacia la ventana y mi reflejo me ha devuelto una mirada enmarcada por unas ojeras, también azules.

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Y por fin lo he entendido. Los azules hoy somos nosotros. Y para no dejar que el Blue Monday me arrastre con él, lo mejor será escuchar un blues mientras me preparo un té Montagne Bleue y un blueberry muffin. Y si esto no funciona, dejar la última bala a cargo de Facto Delafé y las Flores Azules. Y pienso que no puede ser casualidad que tengan una canción titulada “Letargo”.

Feliz (aunque paradójico) Blue Monday a todos.

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Querido 2016: lo tienes crudo.

Querido 2016:

He prometido escribirte una carta, y las promesas están para cumplirlas. Para no andarme con rodeos, seré franca contigo:

Darling, lo tienes crudo.

Ayer me despedí de alguien llamado 2015. Posiblemente hayas oído su nombre… Lo conocí hace 365 días, exactamente de la misma manera que ayer me encontré contigo. Llegó sin ser invitado y, sin darme elección, me dijo que iba a quedarse a vivir conmigo un año entero. Al principio no me gustó demasiado… me pilló muy desconfiada, en una época en la que estaba harta de ofertas, de apuestas y de cuentos. Me parecía muy prepotente; anunciaba conseguir demasiado, y en muy poco tiempo. Pero, ahora que ya se ha ido de mi lado y nunca más va a volver, he de reconocer que me volvió loca.

2015 fue mi mejor amigo y mi mejor amante. Con él tuve las noches más locas y los días más inesperados. Me hizo reír hasta quedarme sin aliento y emocionarme hasta llorar. Supo cómo conquistarme poco a poco, pacientemente y sin exigencias, caminando a mi lado mientras yo descubría mi mundo. Y, día tras día estuvo ahí, lloviese, tronase o hubiese un tornado en mi interior. Y así fue cómo, sin darme cuenta, me fui enamorando de él.

Siempre fui consciente de que el 31 de diciembre me iba a decir adiós, pero el hecho de estar preparada no hace que una despedida sea más fácil.

Así que, lo siento mucho, pero te han puesto el listón demasiado alto. Me temo que no has llegado en buen momento y te espera un destino de eterno segundón. Como el chico cuyo hermano mayor es brillante y tiene que esforzarse el doble para poder destacar y competir por la admiración de sus padres. Ese que tiene que heredar toda la ropa y las profesoras siguen llamándole por el nombre equivocado.

Yo, lo único que puedo prometerte es que intentaré no juzgarte y no compararte con tu predecesor. Aunque, por ahora, he de decir que me ha gustado el hecho de ver que estás jugando fuerte, apostado un día más que 2015. Me hace pensar que sabes que vas a necesitar todas las armas que encuentres a tu alcance. Veamos, valiente, si eres capaz de aguantar el ritmo durante los 366 días.

Querido 2016, encantada de conocerte. Empecemos a jugar.

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Fascinantes e incongruentes.

España es un país digno de fascinación. Para los de dentro y los de fuera. Pero generalmente, son estos últimos, los “no-españoles”, los que desarrollan relaciones de amor y deseo con nuestra tierra, mientras que a nosotros solamente nos queda la decepción y el desencanto. Como el sentimiento que sentimos hacia un hijo, un hermano o un amante en el que confiamos y nos traiciona. Pero que, precisamente por el vínculo que nos ha unido, tendemos a perdonar y, aun más, a olvidar y volver a querer.

Pero España no deja de ser un país, una simple extensión de tierra. Y una vez más, en este caso no debería importar el continente, sino el contenido. Y este contenido son los españoles, que sí que merecen el calificativo de fascinantes. Fascinantes e incongruentes, a partes iguales.

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¿Y por qué me fascinan los españoles, comparados con otras nacionalidades? Por su inmensa voluntad de ayudar. De manera desinteresada, comprometida y sin esperar nada a cambio. A los españoles “nos sale sólo”. Sólo hay que observar cuando un español se va a vivir al extranjero y nada más llegar empieza a encontrarse, sorprendido, con manos amigas de gente de su tierra que se ofrecen a darle la bienvenida. Simples conocidos que quieren ayudarle porque sí, porque ellos han estado en esa situación antes y se acuerdan de cómo se han sentido. La verdad es que no sabría decir si es debido a nuestra educación, nuestros valores o nuestro sentimiento de pertenencia a una comunidad. Pero más de una vez, de labios extranjeros, he escuchado la frase de “el español, es que de bueno, es tonto”. A lo que a mí me gusta contestar: “El español, de bueno, va a ser capaz de cambiar el mundo”. ¿No te lo crees?

1 – Protagonizamos revoluciones pacíficas con repercusión mundial.

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Y como ejemplo, el 15M. Movimiento que cruzó las fronteras de nuestro país para pasar a conocerse como Spanish Revolution en gran parte del globo. El 15M es una protesta que no surgió por una determinada ideología. El 15M surgió por un país que estaba indignado por la indiferencia de los políticos ante la situación de su gente. Por habitantes que, estando hartos de ver a gente sufrir sin que nadie les prestara ayuda, decidieron hacer ruido para ayudar.

En esta revolución pacífica se dieron la mano gente que nunca se hubiese cruzado de otro modo: intelectuales conocedores del mundo político, jóvenes que hasta ese momento no habían prestado interés por el sistema gubernamental y amas de casa preparadas, no sólo para sacar adelante a su familia, sino a todas las familias del país.

Y todo esto, con un fundamento y comportamiento pacífico. Y entendido y compartido por todos: dos años más tarde de la revolución, en mayo de 2013, un sondeo exponía que el 78% de los ciudadanos aseguraban que los indignados tienen razón en lo que dicen, mientras que solamente un 4% tenía dudas sobre los motivos de la propuesta (*Fuente: http://creativekatarsis.com/movimiento-15-m/).

2 – Somos comprometidos.

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Y demostramos las ganas de llevar a cabo las acciones para conseguir aquello en lo que creemos. De hecho, el movimiento del 15M culminó con la creación de diversos proyectos que ayudaron a gente. Por ejemplo, se evitó el cierre de centros de salud, se impulsaron diversas investigaciones por corrupción y se evitaron numerosos desahucios.

Pero lo que más me fascinó fue la creación de una organización con unos principios tan sólidos y unas ganas de trabajar tan grandes que a los políticos se les debería de caer la cara de vergüenza: los yayoflautas (conocidos también como iai@flautas). Este colectivo se creó en los comienzos del 15M, cuando personas avanzadas en edad sentían rabia, indignación y deseo de ayudar, pero no era posible para ellos acampar día tras día en una plaza (*Fuente: http://www.iaioflautas.org/). Y decidieron organizarse para luchar con el objetivo de que sus nietos no tuvieses que enfrentarse a peores condiciones que las que sufrieron ellos. Amor en la forma más pura de la palabra.

Y habiendo pasado una vida entera trabajando para sacar a su familia y país adelante, se plantaron ante los que nos gobiernan, diciendo que ya era suficiente. Y, una vez más, en su comportamiento quedó visible la manera pacífica, educada, carismática, optimista e incluso con sentido del humor que caracteriza a estos determinados españoles tan fascinantes.

Comenzaron sus “travesuras” ocupando diversas sedes del gobierno y otros grupos financieros. “Travesuras” fue un término acuñado por ellos mismos, ya que afirman: “Nosotros no tenemos que ponernos agresivos o cabrearnos. Son ellos, los culpables, a los que deberíamos hacer enfadar”. Palabras dignas de un colectivo educado, sabio y con experiencia que nuestros dirigentes deberían escuchar.

Pero ante todo, son un colectivo inspirador; y para muestra, la cita de uno de sus miembros: “Si yo, con 70 años, puedo hacer esto, ¿de qué no va a ser capaz una persona de 30?”

3 – Tenemos la tasa de donantes de órganos más alta del mundo.

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En 2014 volvimos a batir el record mundial, con 36 donantes por cada millón de personas (*Fuente: 20 minutos, http://www.20minutos.es/noticia/2344936/0/espana/record-trasplantes/2014/). Y de hecho es considerablemente más alta que la media europea, que está situada en 19 donantes por cada millón de personas.

Ayuda comprometida y desinteresada para salvar vidas de personas a las que no conocemos. Por encima de cualquier otro país del mundo. Esto sí que es algo por lo que sentirnos orgullosos.

Pero hay otra palabra que acompaña a “fascinantes” en la definición de los españoles. Y esa palabra es “incongruentes”. ¿Que por qué?

1 – Porque se nos va la fuerza por la boca.

Porque mientras los indignados salían a la calle en mayo de 2011, las Elecciones Generales de noviembre del mismo año se cerraban con mayoría absoluta de los mismos. Y no sólo eso, sino que la participación descendía un 2%: de 73,85% en 2008 a 71,69%.

Es decir, que fuimos capaces de identificar el problema, comenzar una revolución, desarrollar los proyectos, pero no supimos, o quisimos, ponerle remedio.

2 – Porque no queremos reconocer nuestros errores.

“Porque si yo toda la vida lo he hecho así… ¿cómo voy a cambiar mi forma de hacer las cosas ahora?”. Es uno de los pensamientos más frecuentes del ser humano, que impide en muchas situaciones la innovación y desarrollo de nuevas ideas. Como un muro contra el que se chocan una y otra vez los más jóvenes, que llegan con una visión fresca, esperanza y motivación y se tienen que enfrentar a todos ellos que ya estaban allí antes.

Pero además de resistentes a los cambios, los españoles somos orgullosos. Y no nos gusta reconocer que en el pasado nos hemos equivocado con nuestra elección. De esa manera, preferimos seguir confiando y apoyando a alguien, incluso aunque nos haya tratado mal, mentido, robado y estafado, que reconocer que hemos cometido un error. Y, por medio a parecer poco listos, dejamos que nos tomen por tontos. Y como tontos que somos, volvemos a repetir los mismos errores.

3 – Porque olvidamos muy pronto.

Como parte de nuestro carácter amigable y conciliador, valoramos el hecho de emplear energía en crear un ambiente agradable en el que la gente se sienta cómoda, para así poder trabajar juntos. Sin embargo, una consecuencia de esto es que tendemos a evitar el conflicto. Y olvidamos aquello por lo que tanto luchamos unos años atrás. Y pensamos que, total, lo que está en nuestra mano es poco, y la acción de una sola persona, ¿de qué va a servir?

Y aun así, día tras día, los españoles seguimos trabajando duro como sólo nosotros sabemos. Ayudándonos, porque sabemos que es lo correcto. E ilusionándonos, porque tenemos la pasión en la sangre.

Pero, ¿dejaremos de soñar para pasar a la acción y cambiar el mundo algún día?

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