¿Por qué los años nos pasan cada vez más deprisa?

Artículo publicado en Guts Mag en diciembre de 2016.

Me niego a creer que estemos a punto de entrar en 2017.

Pienso en hace doce meses, cuando estaba caminando por las calles de Zaragoza entre luces, mercadillos navideños y gente haciendo fila para comprar lotería… Y me parece que sucedió ayer. Recuerdo nítidamente la tarde del 3 de enero de 2016, en la que estaba haciendo la maleta para volver a Bruselas, y me veo doblando camisetas mientras pensaba: “¿Voy a tener que esperar un año entero para volver a tener esto?”. Y aquí estoy, otra vez.

Yo creo que la única explicación posible es que me han congelado y me acaban de despertar, porque me siento como un oso desorientado después de su hibernación.

Pero no ha habido sueño eterno de por medio, ni viajes en el tiempo, ni magia negra. Ni creo que ésta sea una sensación que únicamente me está pasando a mí. Pero, entonces, ¿por qué cada vez nos parece que los años pasen más deprisa?

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Yo siempre había pensado que la culpable, una vez más, tenía que ser la rutina. Al fin y al cabo, según nos vamos haciendo mayores, nuestra vida tiende a estabilizarse y empezamos a adoptar patrones diarios. Según pasan los días, entre trabajo, facturas y obligaciones, intentamos sortear las complicaciones lo más dignamente posible y es un logro meterse en la cama sin un contratiempo que nos quite el sueño. De esa manera, los días van pasando sin pena ni gloria, sin hacer mucho ruido y sin dejar una huella reseñable. Como consecuencia, lo que antes duraba un año, pasa a parecer que dura un mes, una semana o incluso menos de veinticuatro horas.

Sin embargo, acabo de averiguar que esta vez no voy a poder echar la culpa a la vida adulta (una lástima). Resulta que la causa está en la manera que tiene nuestro cerebro de percibir la duración del tiempo como un resultado de experiencias pasadas.

Para nuestro cerebro, la duración de una porción de tiempo determinada puede únicamente medirse como un porcentaje de un periodo más largo y conocido, que no es otro que nuestra propia vida. Es decir, que percibe lo rápido o lento que ha pasado un año mediante un cálculo proporcional.

Esto se entiende claramente cuando echamos la vista atrás y pensamos en cuando éramos niños y el curso escolar nos parecía eterno. Si pensamos en un niño de cinco años, un año representa un 20% de su vida total. Por eso, su cerebro percibe un año como un periodo de tiempo considerablemente largo comparado con lo que es su sistema de referencia (su vida, los cinco años). Sin embargo, según vamos creciendo, nuestro sistema de referencia va alargándose progresivamente, mientras que el año sigue durando 365 días. Cuando cumplimos veinte años, un año ya es sólo un 5% del sistema de referencia. Y cuando cumplimos cincuenta, sólo representa un 2%.

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Por eso, según vamos haciéndonos mayores, nuestro cerebro percibe que un año va pasando cada vez más rápido y nos parece que dure cada vez menos. Y lo mismo nos pasa con las vacaciones, los viajes e incluso con los fines de semana (que pasan de ser un 6% a los cinco años, a un 0.5% a los cincuenta).

¿Resulta un poco deprimente pensar que cada vez el tiempo nos va a pasar más rápido? Puede ser que sí.

Sin embargo, a mí me parece la excusa perfecta para no desaprovechar ni una sola hora del 2017 y hacer que cada día cuente. Porque en doce meses echaré la vista atrás, me marearé de nuevo al pensar que el año ha vuelto a desvanecerse sin pedirme permiso y pensaré orgullosa: “Pues sí que hice cosas en este tiempo que ha volado”.

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