Apocalipsis digital, darwinismo y big data.

Artículo publicado en Guts Mag en diciembre de 2017.

Seguro que más de una vez has estado en un estadio de fútbol. Visualízalo y concéntrate en su tamaño. Puedes ver el campo, las gradas, las porterías. Ahora imagínate que sellamos las puertas del estadio y comenzamos a llenarlo con agua a través de un grifo, a una velocidad de una gota por minuto. ¿Cuánto crees que tardaría en llenarse? La respuesta es unos cuantos miles de años; de manera que por mucho tiempo que esperases en las gradas esperando a que se llene, nunca podrías verlo inundado del todo.

Ahora, imagínate que en vez de llenarlo con una velocidad lineal lo hacemos a velocidad exponencial. Esto significaría que la cantidad de gotas que salen del grifo se duplicarían a cada minuto: el primer minuto, una gota; el segundo minuto, dos gotas; el tercer minuto, cuatro gotas; y así sucesivamente. Ahora siéntate en el mismo asiento en el que estabas antes. ¿Crees que podrías vivir lo suficiente para ver el estadio lleno del todo?

La respuesta es que el estadio tardaría en llenarse exactamente 49 minutos. Ni siquiera te daría tiempo a ver la segunda parte del partido. ¿Sorprendido? Pues aún hay más: en el minuto 45, solamente se habría llenado un 17%. Es decir, que en el tiempo de descanso estarías relajado, pacientemente sentado en las gradas, y en sólo cuatro minutos, el agua lo habría cubierto absolutamente todo, sin tan siquiera dar tiempo a desalojar.

La razón por la que no podemos estimar este efecto es que la mente humana está acostumbrada a pensar de manera lineal, pero no exponencial. El crecimiento exponencial no sólo se aplica al llenado de estadios, sino que es lo que está ocurriendo con el desarrollo tecnológico. El concepto fue expresado en 1965 con la Ley de Moore. Gordon E. Moore, cofundador de Intel, predijo que el poder de un ordenador tendría un crecimiento exponencial cada año, y que esto sería válido por diez años. Sin embargo, esta ley se ha probado cierta por más de cincuenta. Y no sólo aplica al poder de un ordenador, sino a cualquier innovación tecnológica y digital.

Hace diez años, el prototipo del iPhone que llevas en el bolsillo nos habría parecido ciencia ficción, al igual que hoy pensamos en la inteligencia artificial y en los robots como parte de una película futurista. Pero, al igual que en los últimos cuatro minutos en los que el estadio se inunda, la tecnología está avanzando más rápidamente de lo que la sociedad puede procesar.

Por ello, por mucha investigación y análisis de datos que hagamos, la única estimación segura que podemos del futuro es que el cambio va a ser extremadamente rápido. Esto va a afectar a la sociedad en general y a cada uno de nosotros en particular. Y lo único que podemos hacer para sobrevivir es aprender a adaptarnos a nuestro entorno. Ya lo dijo Darwin con su ley de la evolución universal.

Este escenario apocalíptico que podría inspirar el nuevo estreno de Netflix (al más puro estilo Black Mirror), ha desembocado en la explosión del ya popularizado término Big Data. Esta expresión se utiliza para designar el análisis cuantitativo de un número masivo de datos. Los ejemplos más conocidos son los estudios que realizan Google, Facebook, Microsoft y Amazon cada vez que compartimos en qué restaurante comemos, qué ciudad visitamos, qué foto nos gusta o qué cosas compramos. Gracias a analizar millones de preferencias, las empresas no s ofrecen contenidos personalizados y aumentan la eficacia de sus campañas de marketing. Por eso, hay quien dice que “el big data es el nuevo petróleo”.

Una ventaja es que se consigue una inmensa cantidad de información con una inversión mínima de personal. Al contrario que con los métodos de investigación tradicionales, ya no es necesario invertir horas en trabajo de campo sobre los hábitos de la sociedad y las tendencias de consumo. Un algoritmo va a recoger datos y traducirlos en métricas.

Pero, ¿hasta qué punto es inteligente que una empresa concentre todos sus esfuerzos en recoger millones de datos y traducirlos a números, si esto va en detrimento de perder el contacto humano con su cliente?

Un ejemplo de los devastadores efectos por desconexión humana fue el que sufrió Nokia en 2009. Hace diez años, Nokia era una de las empresas más grandes de teléfonos móviles en el mundo y dominaba en mercados emergentes como China, México e India. En ese mismo año, Apple lanzó su primer iPhone y el término Smartphone empezó a ser utilizado por Android. Mucha gente miró a esos Smartphones con desconfianza, argumentando que quién querría cargar con un dispositivo tan pesado y caro, cuya batería se agotaban en horas y que se rompía al más mínimo golpe. Nokia realizó un enorme trabajo de big data y todos los resultados apuntaron a que no había ningún indicador de que la gente tuviese intención de comprar un Smartphone en los años siguientes. Bien, todos conocemos cómo terminó esta historia. El exitoso negocio de Nokia se estrelló estrepitosamente. Pero, ¿cómo pudo pasar esto?

Una parte de la historia que no es tan conocida es que una joven investigadora llamada Tricia Wang acababa de empezar a trabajar en Nokia ese mismo año. Su trabajo consistía en estudiar el mercado chino y determinar los hábitos y preferencias de los consumidores en cuanto a tecnología. Tricia se infiltró entre la clase social media-baja de China (que representan a la mayoría) haciendo cosas como vender street-food a trabajadores de la construcción o pasar noches enteras en cibercafés hablando con jóvenes. Sus experiencias cualitativas enseguida mostraron un patrón claro: pese a que este sector de la población era indiferente a los artículos de lujo, enloquecían cada vez que oían hablar de un iPhone. Había quienes ansiaban gastarse incluso la mitad de su sueldo en uno, o quienes recurrirían a imitaciones baratas. Pero todos querrían tener su teléfono inteligente. Tricia mostró sus conclusiones a Nokia y les advirtió del peligro que estaban corriendo. Sin embargo, Nokia decidió ignorar el estudio ya que no se trataba de big data (tenía escasamente una centena de datos, frente a los varios millones que recoge el big data). Pero de lo que Nokia no se dio cuenta es que el big data analiza datos que ya han sido recogidos, mientras que los sujetos de su estudio ni siquiera habían oído hablar del iPhone. ¿Cómo iban a responder que querían uno si no sabían de su existencia? El método había sido diseñado para optimizar un modelo de negocio existente, mientras que el problema al que se enfrentaban era una disrupción del mercado. La cual Tricia acababa de predecir al mirar fuera del consumo y dentro de las dinámicas humanas.

El tipo de datos que Tricia había facilitado ha sido denominado como Thick Data, y hace referencia a datos cualitativos sobre humanos en forma de historias, emociones e interacciones, que nos permiten preguntar “por qué”. Y la belleza de intentar predecir el comportamiento humano es que sus condiciones están cambiando continuamente, lo que lo convierte en una historia interminable, en un ciclo que se retroalimenta. Sin embargo, el big data nos hace tener la falsa ilusión de que conocemos todas las variables y tenemos el problema resuelto.

Una compañía que ha sabido realizar un balance perfecto entre big data y thick data es la conocida Netflix.

A estas alturas, Netflix no necesita presentaciones. Sus adictos hemos sido seducidos por la plataforma, no sólo por la calidad de sus producciones propias, sino principalmente por sus maravillosos algoritmos que saben qué películas recomendarnos y qué series nos van a gustar, con una precisión expresada en tanto por ciento. Se acabó eso de perder más de media hora en decidir qué peli ver: Netflix lo hace por ti. E incluso actúa de psicólogo cuando te has sumido en la más profunda depresión porque tu serie favorita ha sido cancelada: sutilmente te sugerirá otra con la que curar las heridas de tu corazón. Un clavo saca otro clavo.

Todos estos prodigios son posibles gracias al big data que aportamos al añadir una serie a nuestra lista o al ver una película (e incluso al dejarla a medias). Pero los responsables de Netflix no se fían del big data únicamente para tomar decisiones, ellos apelan a “un 70% de datos y un 30% de sentido común”. Con esta lógica, combinan los cálculos con la antropología. Y gracias al estudio no cuantificable de los hábitos de los seriéfilos, descubrieron sorpresas como que los humanos no odiamos los spoilers tanto como decimos (a algunos incluso les gustan) o el famoso fenómeno del Binge-Watching que significa ver un capítulo de una serie tras otro (conocido en España como ‘maratón de series’). Incluso, en Estados Unidos han cruzado sus propios límites al posicionar su marca más allá de las series, en el ámbito de la sexualidad humana. El término Netflix and Chill es ya un hito cultural entre los jóvenes y se utiliza para remplaza al típico: “¿Vienes a mi casa a ver una peli?” (cuando ni siquiera tienes televisión).

Esta dicotomía entre el big data y el thick data es lo que hace que la sociedad actual sea tan fascinante. La contradicción entre la fría ciencia y los volátiles sentimientos. La lucha entre la racional tecnológica y el impredecible comportamiento humano. El hombre frente a las máquinas. Y, como ingeniera fascinada por la antropología, no puedo evitar emocionarme al pensar en lo que está por venir.

La paradoja de las mentes creativas

Artículo publicado en Guts Mag en junio de 2017.

¿Qué piensas de los libros que te explican cómo ser creativo? ¿Y de los cursos (tan de moda hoy en día) que te enseñan a desarrollar tu imaginación?

Desde mi punto de vista, la palabra que más se relaciona con ´creatividad´ sería ´libertad´. Sólo cuando una persona es libre y no tiene que responder ante nada o ante nadie, se permite el lujo de romper con las reglas, con los plazos de entrega y con las expectativas ajenas para dar paso al fluir de ideas inconexas que llamamos imaginación.

Entonces, si la creatividad es libertad, no pensar, dejar vagar los pensamientos en distintas direcciones… ¿Cómo poner reglas va a hacer que fluya la imaginación? ¿De qué manera una plantilla escrita en un libro, o una serie de pautas impartidas en un curso, van a poder hacer que se libere la mente hasta salirse la norma?

Se dice que los adultos innovadores son niños que nunca han dejado de jugar. Son esas personas que suelen darse de bruces contra una farola mientras caminan, porque están pensando en sus cosas. Esos individuos incomprendidos que viven en una burbuja construida por su imaginación, ajenos al mundo exterior. Esos humanos que construyen su día a día mediante una narrativa en la que todo tiene que encajar, con su comienzo, desarrollo y desenlace; con su protagonista, antagonista y personajes secundarios. Esos seres que viven su vida como si de un cuento se tratara, ya que se niegan a aceptar que la realidad sea únicamente una línea temporal carente de historias.

¿Te han dicho alguna vez que vives en tu mundo, que le das demasiadas vueltas a las cosas, que te montas películas? ¿O quizás que eres un soñador incurable, un iluso que se cree que la vida es un juego, un inmaduro? Sí es así, puede ser que, simplemente, seas una mente creativa.

Científicamente hablando, hay incluso estudios que sostienen la hipótesis de que la mente de las personas creativas funciona de manera distinta a las demás.  El psicólogo Frank Barron, ya en 1956, sentó las bases de cómo una mente creativa está constituida, concluyendo que la inteligencia y la creatividad no son términos sinónimos. Estudios contemporáneos añaden que creatividad e imaginación tampoco son equiparables. La clave, parece ser, está en que una persona creativa es aquella que es capaz de hacer funcionar ambos hemisferios, izquierdo y derecho, al mismo tiempo. De esta manera, una mente creativa permite dejar volar su imaginación al mismo tiempo que activa la parte ejecutiva del cerebro, que se encarga de la atención y la memoria. Parece un oxímoron, pero la complejidad es, de hecho, el rasgo característico de las personas creativas. Barron ya citó que “las mentes creativas son a la vez más primitivas y más cultas, más destructivas y más constructivas, ocasionalmente locas y fuertemente cuerdas comparadas con la persona media.” Hoy en día el tema sigue siendo hot topic: Mihaly Csikszentmihalyi, profesor de psicología de la Universidad de Claremont (California) ha publicado un estudio que refuerza la teoría, añadiendo que “en las mentes creativas se observan tendencias de pensamiento y acción que en la mayoría de la gente estarían segregadas: muestran extremos contradictorios, ya que, en lugar de ser un individuo, cada uno de ellos se comporta como una multitud”.

Kaufman y Gregorie avanzan un paso más en su libro Wired to create, en el que describen que ´the open people´ (como llaman a las personas creativas) no sólo buscan perspectivas alternativas a una misma realidad, sino que incluso ven el mundo de manera distinta. Esto fue demostrado mediante un experimento de percepción visual llamado ´binocular rivalry´, en el cual se expone a una persona a dos imágenes distintas, cada una en un ojo. Mientras que una persona media tiende a ver una u otra imagen alternativamente, aquellas definidas como ´open people´ son capaces de construir una tercera imagen como combinación de las otras dos. Este efecto es todavía más pronunciado cuando el individuo está bajo un efecto similar al que se consigue con las técnicas conocidas para incentivas la creatividad (por ejemplo, bajo los efectos de la cafeína).

Pero no todo es magia e innovación en la vida de una menta creativa. Generalmente, suelen ser personas hipersensibles y especialmente abiertas a probar cosas nuevas, por lo que perciben con más intensidad las situaciones cotidianas y empatizan más que el resto. Esto, junto con un sentimiento de culpabilidad por no encajar con la norma y una duda constante sobre su talento, hace que vivan en un sufrimiento constante que les hace sentirse unos incomprendidos. Kaufman y Gregorie ya describieron que la gente creativa suele ser más introspectiva y que esta característica les hace ser más consciente de su lado más oscuro e incómodo. Y esta melancolía, tristeza o apatía ha sido frecuentemente descrita como la clave para lograr una obra de arte. Sin embargo, David Lynch (director de cine, guionista y productor musical) cambia la perspectiva y dice que “La depresión, la rabia y la pena resultan bellas dentro de una historia, pero para el artista son veneno”. Según él, para que las ideas surjan, el creativo debe de estar libres de emociones negativas y defiende que la creación surge cuando el individuo ha procesado las emociones negativas y puede observarlas desde la distancia, como expresa la paradoja del comediante, formulada por Diderot. Por eso son tan comunes las historias de escritores, músicos, pintores y otros creativos que únicamente han conseguido triunfar después de haber tocado fondo, como el resurgimiento de un ave fénix.

Entonces, si la mente de una persona creativa funciona de manera distinta al resto, ¿está la sociedad preparada para esta dualidad? La verdad es que es conocido, e incluso aceptado, que el sistema educativo de esta sociedad es sinónimo de limitación de la creatividad. En los colegios se enseña a rellenar plantillas, repetir ideas aprendidas de memoria, acatar códigos y seguir reglas, en vez de estimular el libre pensamiento, alabar la riqueza de las ideas ilógicas y apreciar el valor de la singularidad por encima de la norma. O, en otras palabras, crecer significa dejar de jugar para pasar a hacer cosas serias, de persona responsable, que tengan un objetivo estipulado, un procedimiento previamente escrito y un final impuesto. Cosas aburridas. Cosas opuestas a la creatividad.

Echando la vista atrás, recuerdo que cuando era niña tenía una imaginación desbordante y yo siempre lo percibí como algo negativo de mi personalidad. Me acuerdo de estar un día por la calle de vuelta del colegio con mi madre, tendría yo unos cinco o seis años. Yo, como siempre, dejaba volar mi mente durante lo que era el camino rutinario que seguía todos los días, sin ningún estímulo que lo diferenciase del día anterior. Ese día me encontraba en el laboratorio de un profesor chiflado, mezclando pócimas de colores. Y mis manos del mundo real se iban moviendo acorde con mi mente, sujetando las probetas y agitando los mejunjes. En ese momento, mi madre me reprendió y me dijo que dejase de hacer el tonto. Es curioso pensar en por qué mi mente aún recuerda esto, casi veinticinco años después. Pienso que será porque no entendí qué tenía de negativo mi comportamiento, si yo sólo estaba jugando, imaginando una realidad paralela, creando una historia. Pero en ese momento entendí que la sociedad no estaba hecha para la gente que sueña con salirse de sus normas estipuladas.

Fui testigo de otros miles de historias (propias o ajenas) en el colegio, donde eres un bicho raro si pintas un perro verde, o con dos cabezas, o donde para sacar un diez lo único que tienes que hacer es repetir como un loro lo que te han enseñado, sin añadir nada pensado por ti. Afortunadamente, el contar con una buena memoria me hizo avanzar con éxito “incluso a pesar de mi imaginación desbordante”.

Hoy en día, afortunadamente, son cada vez más numerosas las corrientes que defienden que a los niños hay que dejarles ser niños. Hay que dejar de cargarles con actividades extraescolares y permitirles tener tiempo libre para jugar, inventarse mundos imaginarios, crear inventos absurdos, dibujar monstruos irreales e imaginar historias sin sentido. En definitiva, para aburrirse.

Pero, ¿cuánto tiempo hace que tú, como adulto, te has dejado tiempo para aburrirte? ¿Cuándo fue la última vez que dejaste a tu mente divagar libremente sin pensar en que tenías que poner una lavadora, mandar un e-mail o ir al gimnasio? En esta línea, David Lynch también tiene su cita que aportar: “Para una hora de buena pintura necesitas cuatro horas seguidas sin interrupciones. Si sabes que dentro de media hora tendrás que estar en alguna otra parte, no hay manera de conseguirlo”. O, lo que es lo mismo: para permitir a las musas inspirarte, hace falta tener mucho tiempo por delante y ninguna preocupación ocupando hueco en tu cabeza.

Mientras miro la forma de las nubes por la ventanilla del avión, pienso que no puede ser casualidad que casi la totalidad de mis artículos, reflexiones e incluso mi proyecto de novela hayan sido escritos a más de diez mil metros de altura o en un aeropuerto, aislada y sin ninguna otra distracción que un teclado y un té bien cargado. Liberada de mis obligaciones y pensamientos. Permitiendo a mi mente volar.

El impacto del idioma en tu percepción del mundo

Artículo publicado en Gutz Mag en marzo de 2017.

¿Eres de los que piensan que no se puede inventar lo que no se puede nombrar? O por el contrario, ¿crees que es imposible definir lo que no se ha vivido? En otras palabras: ¿utilizamos al idioma para definir nuestro mundo, o es el lenguaje el que da forma a lo que conocemos?

En esta dicotomía está basada la película ‘La llegada’, que acaba de recoger un Oscar de los ocho a los cuales estaba nominada. Aunque si, tal y cómo en la película, Amy Adams hubiese interiorizado el idioma heptápodo, quizás hubiese podido burlar la percepción lineal del tiempo y haber adivinado cuál iba a ser el desenlace antes de que la gala tuviese lugar. Y es que el film ahonda en la teoría de que es el lenguaje el que determina nuestra manera de pensar, nuestra estructura cerebral e incluso nuestra percepción de la realidad.

Pero esta interacción entre idioma y pensamiento no ha sido inventada por Eric Heisserer para ‘La llegada’, ni por Ted Chiang cuando escribió el libro en el cual está basada la obra (‘La historia de tu vida’), sino que, ya en 1940, Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf investigaron cómo los hábitos de comunicación de una comunidad puede hacer que sus miembros interpreten el lenguaje de una manera específica. En concreto, tomaron como objeto de estudio algunas poblaciones cuyo idioma no poseía la conjugación en pasado de los verbos. Su hipótesis señalaba que los individuos de esa población le daban menos importancia a la historia y a los eventos ya vividos que otras comunidades que sí que contaban con la conjugación pasada.

En 2001, Boroditsky estudió este mismo fenómeno entre la población de habla inglesa y china. En concreto, quería concluir cómo estos dos idiomas influyen en la percepción de la dimensión temporal, ya que el inglés utiliza una dimensión horizontal (I’m running behind schedule, Don´t get ahead of yourself), mientras que el chino se basa en una estructura vertical (el término ‘arriba’ es usado para hablar del pasado y ‘abajo’, para referirse al futuro). Para comparar las dos poblaciones, las sometió a un test diseñado para medir cómo un individuo reconoce distintas relaciones temporales al darles una serie de tareas ordenadas en estructura vertical. Los resultados mostraron que los hablantes del idioma chino fueron más rápidos en identificarlas y, por tanto, que el lenguaje sí que es capaz de crear hábitos en la estructura de nuestro pensamiento.

El término científico que se utiliza para definir esta relación es ‘determinismo lingüístico’. Sin embargo, todavía hoy en día, los psicólogos no se ponen de acuerdo en respaldar una única teoría por falta de evidencias.

Por ejemplo, resultados discordantes fueron extraídos de otro estudio realizado por Berlin & Kay en 1969 acerca del color. Compararon la tribu Dani de Papua Nueva Guinea, la cual tiene únicamente dos palabras para referirse al color (claro y oscuro) con los angloparlantes, que cuentan con once palabras distintas. Los resultados fueron concluyentes: cuando les pidieron distinguir entre colores distintos, tanto la tribu Dani como los ingleses obtuvieron resultados similares. Una teoría acerca de esta contradicción está en la distinción entre hemisferios del cerebro: mientras que la percepción puede verse afectada en aquellas funciones que corresponden al hemisferio izquierdo (como el lenguaje), esta influencia es menor sobre el hemisferio derecho, en la que se procesa el color (Regier & Kay, 2009).

Sea como sea, estoy segura que nosotros, los (des)afortunados millennials que hemos tenido que aprender uno o más idiomas como técnica de supervivencia, hemos experimentado el determinismo lingüístico más de una vez. Por ejemplo, yo me sigo sorprendiendo cuando adopto múltiples personalidades según el idioma en el que me esté expresando: al hablar francés siento que mis palabras se entrelazan difusamente (comme si j’ai la flemme), en inglés suelo a ser mucho más técnica e ir directa al grano y en español tiendo a dar más rodeos y perderme en los detalles. O, por citar algo más concreto, seguro que a más de uno nos ha pasado estar en medio de una conversación y no poder traducir una palabra de nuestro idioma a  otra lengua. Un ejemplo precioso es la palabra portuguesa ‘saudade’, que significa al mismo tiempo pérdida, nostalgia, esperanza, recuerdos reconfortantes y anhelo, y no tiene traducción literal a ningún otro idioma. Esta palabra fue inventada en el siglo XV por los marineros portugueses que dejaban su tierra para explorar Asia y África, y define perfectamente el peculiar carácter portugués. Pero, ¿significa esto que un español o un inglés no pueden experimentar todos esos sentimientos al mismo tiempo por el hecho de no tener una palabra que lo exprese?

Otra reflexión que me viene a la mente es la falta de género de los artículos en los idiomas de los países nórdicos: hay teorías que respaldan que el hecho de no diferenciar palabras en  masculinas o femeninas hacen que, subconscientemente, les sea más fácil aceptar la igualdad de género, su ausencia o el transgénero.

Independientemente de su interacción con la ciencia, el lenguaje ha sido, es y seguirá siendo una herramienta de unión que permite transcender fronteras, razas, religiones y barreras culturales. Aunque, al mismo tiempo, hay quien piensa que a pesar de vivir en una sociedad moderna más conectada que nunca, paradójicamente nos mostramos cada vez más desconectados e incapacitados para entendernos entre nosotros.

Los optimistas, ilusos, soñadores, idealistas o utópicos (qué idioma más fascinante el nuestro), seguiremos aferrándonos a la ciencia ficción y argumentando el valor del lenguaje como arma pacifista.

¿Es peligrosa la sobredosis de información?

Artículo publicado en Guts Mag en febrero de 2017.

Nuestra vida no es más que el resultado de decisiones interconectadas. Al entrar en este artículo, acabas de tomar la decisión de abrirlo. Ahora, responde a esta pregunta: ¿hasta qué punto asegurarías que has sido tú el que ha elegido? ¿Y si, sin que te dieses cuenta, alguien te ha manipulado y ha escogido por ti?

Robert Zajonc exploró este tema 1969, describiendo en su artículo el llamado The mere exposure effect (o ´el mero efecto de exposición´). Su experimento consistió en publicar palabras inventadas (como kardirga, saricik, biwonjni, nansoma o iktitaf) en la portada de los periódicos de Michigan durante varias semanas; unas aparecían casi todos los días y otras, con poca frecuencia. Después, envió un cuestionario a los lectores, pidiendo que juzgaran las palabras inventadas como ´buenas´ o ´malas´. Invariablemente, las palabras que habían aparecido con más frecuencia se llevaron el adjetivo positivo, y viceversa. Zajonc había conseguido manipular la mente de los lectores sin que estos siquiera se diesen cuenta. Zajonc demostró así que el ser humano tiende a tomar como positivas o verdaderas las afirmaciones a las que estamos expuestos de manera repetitiva.

Hoy no es distinto: cada día somos bombardeados con corrientes continuas de información, de manera consciente o inconsciente. Lleva décadas siendo así mediante periódicos, televisión y anunciantes, pero con internet ha crecido de manera exponencial.  ¿Estaremos siendo manipulados por esta sobreexposición, al igual que hizo Zajonc?

La repetición no es el único truco utilizado para la manipulación de la mente. En el libro Thinking, fast and slow, el ganador del Nobel Daniel Kahneman relata que hay otras estrategias utilizadas por los medios para hacernos creer que algo es verdad, creando lo que denomina The Illusion of Truth. Algunos ejemplos son utilizar lenguaje simple, fuentes legibles o altos contrastes de imagen. O lo que es exactamente lo mismo: ponérselo más fácil al cerebro.

La razón es más simple, obvia e incluso deprimente de lo que nos gustaría: nuestro cerebro es vago. Dicho desde un punto de vista más científico: nuestro cerebro tiene dos patrones de pensamiento, el sistema 1 y el sistema 2. El sistema 1 opera ante situaciones cotidianas de manera automática y rápida, con muy poco esfuerzo y aplicando la denominada ´facilidad cognitiva´.  A su vez, el sistema 2 requiere de una voluntad mucho mayor y es el que se activa ante situaciones complejas que necesitan concentración y análisis, por lo que requiere de ´esfuerzo cognitivo´. Y, en efecto, nuestro cerebro se siente mucho más contento, relajado y reconfortado cuando utiliza el sistema 1 que el sistema 2. Por ejemplo, cuando una persona está ojeando el muro de Facebook está usando el sistema 1, mientras que si intenta multiplicar mentalmente 23×54, utilizará el sistema 2.

El origen de estos dos patrones es evolutivo. El ser humano aprendió a activar el sistema 2 cuando tuvo que enfrentarse a potenciales amenazas, ya que al afrontar una situación desconocida, el cerebro debe abandonar el  ´todo va bien´ y cambiar a un estado de alerta y análisis. Por eso, pasa de sentirse seguro y feliz a generar sentimientos de desconfianza y malestar. En resumen, cuando utilizamos el sistema 1 nos sentimos mejor, pero somos menos hábiles a la hora de distinguir si nos están mintiendo.

Ésta es una de las razones por la que psicólogos y coaches nos animan de salir de nuestra zona de confort y lanzarnos a nuevos retos y situaciones estresantes, ya que sólo así dejaremos de dar todo por sentado y comenzaremos a cuestionarnos nuestra realidad. Inicialmente podemos sentirnos reacios, ya que nos exigirá un esfuerzo mucho mayor y nos provocará una sensación de inquietud en vez de cómoda calma (y somos tan vagos como nuestro cerebro),  pero la recompensa es que aprenderemos a pensar de manera crítica y seremos más difíciles de manipular.

Otra consecuencia de entrenar el sistema 2, es tener la famosa sensación de “Cuanto más aprendo, menos sé”. Al buscar nuevos conocimientos en distintas fuentes, nos damos cuenta de lo compleja que es la realidad y de todo lo que nos queda por saber. Lo que está ocurriendo es que nuestra capacidad crítica se está desarrollando y pasamos a cuestionarnos nuestro alrededor en vez de seguir lo que nos dicen como borregos.

Llegada a este punto, me pregunto si la facilidad cognitiva será la razón por la que programas como Sálvame o Gran Hermano siguen siendo líderes de audiencia. Al fin y al cabo, son formatos digeridos, que plantean un reto nulo al cerebro, de manera que el sistema 2 está fuera de cobertura y el público se siente inofensivamente feliz. Los ejecutivos lo saben y utilizan contenidos ridículamente sencillos (y sencillamente ridículos) para subir sus audiencias. O, quizás sea al revés, y desde arriba quieren tenernos enganchados a estímulos visuales que no requieran de esfuerzo cognitivo, para que así estemos permanentemente en el sistema 1 y perdamos progresivamente nuestra capacidad de pensar.

Shane Fredericks demostró este concepto en 2005 con el Cognitive Reflection Test. Fredericks planteó una prueba matemática escrita a dos grupos de estudiantes: las preguntas eran exactamente las mismas, mientras que el tamaño y claridad de fuente hacían casi ilegibles los enunciados del segundo grupo. Los resultados fueron claros: en el primer grupo un 90% de los estudiantes cometió al menos un fallo, mientras que en segundo grupo esta cifra fue de tan sólo 35%. El hecho de haber tenido que utilizar el sistema 2 para descifrar la difícil caligrafía, hizo que la capacidad crítica y analítica aumentase, provocando que los estudiantes cometiesen menos errores.

También me pasa por la cabeza el hecho de que las grandes mentes de la ciencia a menudo son calificadas como frías o poco cercanas, y se justifica diciendo que carecen de habilidades sociales. ¿No será deformación profesional, ya que al estar enganchados al sistema 2 sienten la necesidad de discutir y ser críticos de manera constante? Esta necesidad de inconformismo y de cuestionarse el status quo es generalmente mal vista por la gran mayoría que vive permanentemente en el sistema 1. ¿Para qué va a querer una persona tener que emplear esfuerzo y capacidad de análisis, pudiendo estar tranquilo y pasándolo bien? Pues precisamente para no estar tan tranquilo mientras se está siendo engañado.

Pero no todo es negativo en el sistema 1, ya que tiene sus funciones cerebrales en el día a día. Por ejemplo, hay estudios que demuestran que cuando aplicamos la facilidad cognitiva (sistema 1), nuestra creatividad está más estimulada que en la zona crítica o analítica (sistema 2). Al fin y al cabo, cuando dejamos de estar estresados con sacar punta a todo pasamos a ser libres, consiguiendo romper la barrera de la lógica y haciendo que nuestros pensamientos fluyan de la forma más loca e inesperada. Por eso, es bueno alternar periodos de esfuerzo cognitivo con otros de relajación cerebral. Al mismo tiempo, si tenemos que tomar una decisión en milésimas de segundo, lo más recomendable es pasar de la lista de pros y contras y dejarse llevar por el instinto. Y lo mismo pasa con las decisiones intrascendentes: si para decidir qué queremos desayunar, qué marca de pasta de dientes vamos a comprar y qué color de cortinas queremos para el salón aplicamos un complejo análisis, al final del día nuestro cerebro estaría agotado y podría llegar a quemarse. La clave está en aprender cuándo utilizar cada sistema.

Puede ser que este artículo te haya hecho sentir un poco incómodo y te haya hecho cuestionarte si la sobreexposición a información te ha estado engañando a ti también. Puede ser que hayan empezado a funcionar partes del cerebro que tenías oxidadas, o que tu capacidad de crítica se haya puesto en marcha. Puede ser que te haya hecho decidir que activarás más a menudo el sistema 2. O puede ser que hayas experimentado, simplemente, de The Illusion of Truth.

El mundo tecnológicamente perfecto de Elon Musk.

Artículo publicado en Guts Mag en enero de 2017.

¿Te imaginas un mundo en el que no estés obligado a trabajar para ganar dinero, sino en el que puedas despertarte cada día con una sonrisa para dedicarte a lo que más te gusta? Piénsalo bien: no más madrugones obligatorios, no más jefes, no más fichar en la oficina, no más lunes. En definitiva, un mundo en el que nunca pedirías tener vacaciones, ya que vivirías en un estado ininterrumpido de satisfacción. En serio, ¿te lo imaginas?

Posiblemente, muchos de nosotros, no. Pero Elon Musk, sí. El mismo que ha conseguido que se pueda pagar con un sistema online sin utilizar dinero físico (fundó PayPal), ser el primero en mandar su propio cohete privado en órbita al espacio sin depender de organismos aeroespaciales como NASA (con SpaceX) y crear un coche completamente eléctrico que prescinde de combustibles fósiles, a un precio cada vez más asequible para la clase media (Tesla). ¿Te imaginabas hace unos años que todo eso podría llegar a hacerse realidad?

La nueva obsesión de este ingeniero y empresario sudafricano es la inteligencia artificial. Y, una vez más, ha decidido enfocar el proyecto desde su punto de vista humanitario y filantrópico.

Que la inteligencia artificial y la automatización están comenzando a ser implementadas en numerosos procesos productivos es ya una realidad. En plantas de todo el mundo, los robots están remplazando la mano de obra progresivamente. Empresas como Amazon ya han lanzado las primeras tiendas que prescinden de cajas para pagar y de sus correspondientes empleados. La primera, llamada Amazon Go, ha sido abierta en Seattle y combina una aplicación en el teléfono del usuario con tres innovadoras tecnologías: sensores, aprendizaje automático (o deep learning) y un sistema de visión artificial.

Hay quienes incluso ya hablan de la cuarta revolución industrial, que vendrá impulsada por la inteligencia artificial, tal y como la máquina de vapor, la producción en masa y la primera ola de automatización generaron la primera, segunda y tercera revolución (La próxima revolución industrial está aquí, Ted Talk por Olivier Scalabre). Esta teoría tendría sentido, ya que respondería a la situación económica actual, generando crecimiento productivo y financiero global.

Sin embargo, toda gran revolución puede tener consecuencias beneficiosas o terribles para la población según cómo sea implementada. Es en este punto donde Elon Musk quiere, una vez más, crear la diferencia. Para ello, ha lanzado OpenAI, una compañía sin ánimo de lucro centrada en investigación de inteligencia artificial que sea segura y positiva para la población. Al ser abierta a todo el mundo, Musk pretende evitar que esta tecnología beneficie únicamente a las grandes multinacionales y al gobierno, ya que podría crear excesivo poder y desigualdades sociales aún mayores que las actuales.

Y es que, según un estudio llevado a cabo en 2013 por la Universidad de Oxford, un 47% de los empleos estadounidenses podrían haber sido remplazados por robots dentro de diez a veinte años. En países en desarrollo, esta cifra aumentaría a dos tercios, según un estudio del Banco Mundial en 2016.

Entonces, ¿cómo hacer que esta hipotética situación sea sostenible?

Cuando se le pregunta a Musk cómo visualiza este futuro ideal, él acude a tres palabras: “Renta básica universal”. Sin todavía dar detalles prácticos, explica que, a medida que los sistemas de inteligencia artificial vayan remplazando a trabajadores en sus empleos, el gobierno deberá establecer un ingreso elemental. La mayor ventaja, apunta, es que la población se verá liberada de la esclavitud de trabajos insatisfactorios y podrá dedicar su tiempo a actividades más complejas, inteligentes y creativas que les apasionen y aporten un cambio real para la sociedad.

Puede que la idea suene todavía quimérica, pero sería la fantasía de un mundo tecnológicamente perfecto. Al fin y al cabo, si pensamos fríamente en nuestro día a día en la sociedad actual, no hacemos otra cosa que alquilar las horas de nuestro tiempo a otra persona, o empresa, a cambio de dinero. ¿Qué pasaría si un día pudiésemos dejar de prostituir nuestro tiempo y así dedicar nuestras horas a crear nuestra propia vida?

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Como ingeniera y escritora, esta ilusión tecnológica cobra sentido en mi imaginación. Al fin y al cabo, el escritor es un fabricante de farsas. Un inventor de historias. Un cuentista. Su trabajo consiste en coger pequeños trozos de la realidad y darles forma hasta convertirlo en algo irreal. Transformar lo cotidiano en fantasía. Las verdades en mentiras. Un escritor hace que podamos soñar de noche.

El ingeniero, en cambio, hace el trabajo contrario: parte de una idea que no existe, de un concepto propio del mundo de la ficción. Su labor es pasar lo imposible a posible, conseguir que lo utópico se materialice en común. En definitiva, convertir una mentira en una verdad. Un ingeniero hace que podamos vivir de día.

Mientras esperamos que la tecnología y los sueños se den la mano en nuestro futuro ideal, sólo nos queda seguir fantaseando con el resto de planes que Musk tiene en mente para nosotros, como enviar humanos de vacaciones a Marte con SpaceX, acabar con el cambio climático con su compañía SolarCity o diseñar un sistema de transporte de altísima velocidad mediante tubos y cápsulas llamado Hyperloop, al más puro estilo Futurama. Y sin que tengamos que esperar hasta el año 2999.