Apocalipsis digital, darwinismo y big data.

Artículo publicado en Guts Mag en diciembre de 2017.

Seguro que más de una vez has estado en un estadio de fútbol. Visualízalo y concéntrate en su tamaño. Puedes ver el campo, las gradas, las porterías. Ahora imagínate que sellamos las puertas del estadio y comenzamos a llenarlo con agua a través de un grifo, a una velocidad de una gota por minuto. ¿Cuánto crees que tardaría en llenarse? La respuesta es unos cuantos miles de años; de manera que por mucho tiempo que esperases en las gradas esperando a que se llene, nunca podrías verlo inundado del todo.

Ahora, imagínate que en vez de llenarlo con una velocidad lineal lo hacemos a velocidad exponencial. Esto significaría que la cantidad de gotas que salen del grifo se duplicarían a cada minuto: el primer minuto, una gota; el segundo minuto, dos gotas; el tercer minuto, cuatro gotas; y así sucesivamente. Ahora siéntate en el mismo asiento en el que estabas antes. ¿Crees que podrías vivir lo suficiente para ver el estadio lleno del todo?

La respuesta es que el estadio tardaría en llenarse exactamente 49 minutos. Ni siquiera te daría tiempo a ver la segunda parte del partido. ¿Sorprendido? Pues aún hay más: en el minuto 45, solamente se habría llenado un 17%. Es decir, que en el tiempo de descanso estarías relajado, pacientemente sentado en las gradas, y en sólo cuatro minutos, el agua lo habría cubierto absolutamente todo, sin tan siquiera dar tiempo a desalojar.

La razón por la que no podemos estimar este efecto es que la mente humana está acostumbrada a pensar de manera lineal, pero no exponencial. El crecimiento exponencial no sólo se aplica al llenado de estadios, sino que es lo que está ocurriendo con el desarrollo tecnológico. El concepto fue expresado en 1965 con la Ley de Moore. Gordon E. Moore, cofundador de Intel, predijo que el poder de un ordenador tendría un crecimiento exponencial cada año, y que esto sería válido por diez años. Sin embargo, esta ley se ha probado cierta por más de cincuenta. Y no sólo aplica al poder de un ordenador, sino a cualquier innovación tecnológica y digital.

Hace diez años, el prototipo del iPhone que llevas en el bolsillo nos habría parecido ciencia ficción, al igual que hoy pensamos en la inteligencia artificial y en los robots como parte de una película futurista. Pero, al igual que en los últimos cuatro minutos en los que el estadio se inunda, la tecnología está avanzando más rápidamente de lo que la sociedad puede procesar.

Por ello, por mucha investigación y análisis de datos que hagamos, la única estimación segura que podemos del futuro es que el cambio va a ser extremadamente rápido. Esto va a afectar a la sociedad en general y a cada uno de nosotros en particular. Y lo único que podemos hacer para sobrevivir es aprender a adaptarnos a nuestro entorno. Ya lo dijo Darwin con su ley de la evolución universal.

Este escenario apocalíptico que podría inspirar el nuevo estreno de Netflix (al más puro estilo Black Mirror), ha desembocado en la explosión del ya popularizado término Big Data. Esta expresión se utiliza para designar el análisis cuantitativo de un número masivo de datos. Los ejemplos más conocidos son los estudios que realizan Google, Facebook, Microsoft y Amazon cada vez que compartimos en qué restaurante comemos, qué ciudad visitamos, qué foto nos gusta o qué cosas compramos. Gracias a analizar millones de preferencias, las empresas no s ofrecen contenidos personalizados y aumentan la eficacia de sus campañas de marketing. Por eso, hay quien dice que “el big data es el nuevo petróleo”.

Una ventaja es que se consigue una inmensa cantidad de información con una inversión mínima de personal. Al contrario que con los métodos de investigación tradicionales, ya no es necesario invertir horas en trabajo de campo sobre los hábitos de la sociedad y las tendencias de consumo. Un algoritmo va a recoger datos y traducirlos en métricas.

Pero, ¿hasta qué punto es inteligente que una empresa concentre todos sus esfuerzos en recoger millones de datos y traducirlos a números, si esto va en detrimento de perder el contacto humano con su cliente?

Un ejemplo de los devastadores efectos por desconexión humana fue el que sufrió Nokia en 2009. Hace diez años, Nokia era una de las empresas más grandes de teléfonos móviles en el mundo y dominaba en mercados emergentes como China, México e India. En ese mismo año, Apple lanzó su primer iPhone y el término Smartphone empezó a ser utilizado por Android. Mucha gente miró a esos Smartphones con desconfianza, argumentando que quién querría cargar con un dispositivo tan pesado y caro, cuya batería se agotaban en horas y que se rompía al más mínimo golpe. Nokia realizó un enorme trabajo de big data y todos los resultados apuntaron a que no había ningún indicador de que la gente tuviese intención de comprar un Smartphone en los años siguientes. Bien, todos conocemos cómo terminó esta historia. El exitoso negocio de Nokia se estrelló estrepitosamente. Pero, ¿cómo pudo pasar esto?

Una parte de la historia que no es tan conocida es que una joven investigadora llamada Tricia Wang acababa de empezar a trabajar en Nokia ese mismo año. Su trabajo consistía en estudiar el mercado chino y determinar los hábitos y preferencias de los consumidores en cuanto a tecnología. Tricia se infiltró entre la clase social media-baja de China (que representan a la mayoría) haciendo cosas como vender street-food a trabajadores de la construcción o pasar noches enteras en cibercafés hablando con jóvenes. Sus experiencias cualitativas enseguida mostraron un patrón claro: pese a que este sector de la población era indiferente a los artículos de lujo, enloquecían cada vez que oían hablar de un iPhone. Había quienes ansiaban gastarse incluso la mitad de su sueldo en uno, o quienes recurrirían a imitaciones baratas. Pero todos querrían tener su teléfono inteligente. Tricia mostró sus conclusiones a Nokia y les advirtió del peligro que estaban corriendo. Sin embargo, Nokia decidió ignorar el estudio ya que no se trataba de big data (tenía escasamente una centena de datos, frente a los varios millones que recoge el big data). Pero de lo que Nokia no se dio cuenta es que el big data analiza datos que ya han sido recogidos, mientras que los sujetos de su estudio ni siquiera habían oído hablar del iPhone. ¿Cómo iban a responder que querían uno si no sabían de su existencia? El método había sido diseñado para optimizar un modelo de negocio existente, mientras que el problema al que se enfrentaban era una disrupción del mercado. La cual Tricia acababa de predecir al mirar fuera del consumo y dentro de las dinámicas humanas.

El tipo de datos que Tricia había facilitado ha sido denominado como Thick Data, y hace referencia a datos cualitativos sobre humanos en forma de historias, emociones e interacciones, que nos permiten preguntar “por qué”. Y la belleza de intentar predecir el comportamiento humano es que sus condiciones están cambiando continuamente, lo que lo convierte en una historia interminable, en un ciclo que se retroalimenta. Sin embargo, el big data nos hace tener la falsa ilusión de que conocemos todas las variables y tenemos el problema resuelto.

Una compañía que ha sabido realizar un balance perfecto entre big data y thick data es la conocida Netflix.

A estas alturas, Netflix no necesita presentaciones. Sus adictos hemos sido seducidos por la plataforma, no sólo por la calidad de sus producciones propias, sino principalmente por sus maravillosos algoritmos que saben qué películas recomendarnos y qué series nos van a gustar, con una precisión expresada en tanto por ciento. Se acabó eso de perder más de media hora en decidir qué peli ver: Netflix lo hace por ti. E incluso actúa de psicólogo cuando te has sumido en la más profunda depresión porque tu serie favorita ha sido cancelada: sutilmente te sugerirá otra con la que curar las heridas de tu corazón. Un clavo saca otro clavo.

Todos estos prodigios son posibles gracias al big data que aportamos al añadir una serie a nuestra lista o al ver una película (e incluso al dejarla a medias). Pero los responsables de Netflix no se fían del big data únicamente para tomar decisiones, ellos apelan a “un 70% de datos y un 30% de sentido común”. Con esta lógica, combinan los cálculos con la antropología. Y gracias al estudio no cuantificable de los hábitos de los seriéfilos, descubrieron sorpresas como que los humanos no odiamos los spoilers tanto como decimos (a algunos incluso les gustan) o el famoso fenómeno del Binge-Watching que significa ver un capítulo de una serie tras otro (conocido en España como ‘maratón de series’). Incluso, en Estados Unidos han cruzado sus propios límites al posicionar su marca más allá de las series, en el ámbito de la sexualidad humana. El término Netflix and Chill es ya un hito cultural entre los jóvenes y se utiliza para remplaza al típico: “¿Vienes a mi casa a ver una peli?” (cuando ni siquiera tienes televisión).

Esta dicotomía entre el big data y el thick data es lo que hace que la sociedad actual sea tan fascinante. La contradicción entre la fría ciencia y los volátiles sentimientos. La lucha entre la racional tecnológica y el impredecible comportamiento humano. El hombre frente a las máquinas. Y, como ingeniera fascinada por la antropología, no puedo evitar emocionarme al pensar en lo que está por venir.

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Grant Achatz: cuando la cocina es arte, perdición y terapia.

Artículo publicado en Guts Mag en septiembre de 2017.

“Muy pronto me di cuenta que la clave era buscar la inspiración en otros campos. Solía ir a galerías de arte y pensar: “Podría montar un plato sobre este cuadro”. Me frustraba pensar que como cocinero estaba limitado a un tamaño que venía dictado por los fabricantes de platos. ¿Por qué no comer directamente de un mantel, o aún mejor, de un cuadro?”

Grant Achatz es el autor de estas palabras, y del proceso mediante el cual descubrió que el secreto es ofrecer al comensal todo tipo de experiencias para que, mientras que piense que está cenando, realmente esté inmerso en una obra de teatro, una terapia y una exposición sin que tan siquiera se dé cuenta.

Pero, ¿qué es lo que diferencia la cocina de otros campos artísticos? Muchos otros, como la pintura, la escritura o la música, provocan sentimientos tan profundos como la cocina. La clave está en el producto final: ¿En cuáles de ellos puedes comerte tu obra de arte? De esta manera, la cocina es el único que consigue estimular los cinco sentidos: vista, olfato, oído, gusto y tacto. Si todavía alguien duda de esto, piensa en el crepitar de un plato todavía hirviendo al llegar a la mesa, o en el sonido de un vino al servirse en una copa. La cocina es capaz de cerrar el círculo, en el cuál la idea sobre el plato comienza en tus entrañas y, una vez la obra maestra está completa, puedes terminar el ciclo de sensaciones devolviendo la inspiración a su cuna: tu estómago.

La historia de Grant Achatz comienza cuando era un niño, en medio del restaurante de hamburguesas de su padre. Allí había una premisa: “La comida debe estar caliente y debe ser rápida. Todo lo demás es accesorio”. Grant, como en tantas otras historias, fue movido por la necesidad de desafiar el statu-quo y las normas impuestas por su padre y decidió jugar bajo sus propias reglas. Con diez años, determinó que se convertiría en un chef y que haría de la cocina algo distinto, innovador y divertido, que desafiaría la simplicidad del ‘caliente y rápido’.

Se matriculó en la escuela de cocina y, recién graduado, fue a trabajar a las órdenes de uno de los mejores chefs del momento, Charlie Trotter. Allí, cocinando para otra persona, comenzó a sentirse estéril, a creerse alienado, a notar que se estaba convirtiendo en una marioneta. El tener que seguir unas reglas predefinidas fue poco a poco devorando su creatividad. Y se cuestionó si realmente cocinar era lo que debía hacer en la vida. Comenzó a creerse un cocinero mediocre, a pensar que no era bueno, que no había nacido para ser chef. Así que decidió renunciar a su trabajo. Su jefe le respondió que, si abandonaba, haría que no figurase en ningún sitio que una vez había trabajado allí, por lo que la experiencia que había acumulado no le serviría de nada. Pero Grant no pudo continuar mintiéndose a sí mismo y traicionando su pasión. Así que se fue.

De Charlie´s llego a The French Laundry y empezó a trabajar a las órdenes de Thomas Keller. La experiencia fue completamente distinta: el nuevo chef le alentó para ser creativo, para tomar decisiones, para ser libre. Gracias a la filosofía de Thomas de que la cocina es innovación y gracias al potencial tan grande que vio en Grant, le organizó una reunión con el más grande en el mundo de los chefs: Ferran Adrià. El cocinero español le dio el mejor consejo que jamás volvería a escuchar. En plenos años noventa, cuando la cocina aún no soñaba con experimentar el boom creativo de los recientes años, nuestro gurú autóctono pronunció una frase simple que inspiraría a este cocinero estadounidense por terrenos insospechados: “La cocina no debe únicamente satisfacer tu estómago, sino estimular tu cerebro”. A partir de ese momento, comenzó la evolución de Grant de cocinero a genio. Fue cuando, por fin, dejo de trabajar para otros para crear sus propios platos. Abrió su primer restaurante y, casi de un día para otro, fue nombrado el número uno de Estados Unidos. Grant era joven, tenía éxito y había cumplido el que había sido su sueño desde los diez años. Y entonces, sucedió.

 

La cocina es arte, es expresión, es contar historias y es terapia. Igual que la música es arte, expresión, contar historias y terapia. El cine es arte, expresión, contar historias y terapia. La escritura es arte, expresión, contar historias y terapia. La pintura, adivinas bien, es arte, expresión, contar historias y terapia. Y, sin excepción ninguna, todos los campos que despiertan las pasiones más primitivas terminan desembocando en obsesión. Pero si la vida te sorprende con el más desafortunado de los reveses, el delirio puede convertirse en perdición. Eso es exactamente lo que le sucedió a Grant cuando, en lo alto de su carrera, viviendo, soñando y muriendo por el mundo de la cocina, la quimioterapia recibida para vencer a un cáncer de lengua le llevo a perder sus papilas gustativas.

De repente, no era capaz saborear nada. No podía probar los platos. No podía crear un balance entre ácido, salado, dulce, umami y amargo. ¿Cómo poder cocinar sin ser capaz de probar los platos? Pensó en abandonarlo todo. Pero no pudo, al darse cuenta de que él no era nadie sin la cocina, que era toda su identidad. Así que pensó: “Si he podido vencer al cáncer, puedo con esto”.

En ese momento fue cuando entraron en juego las palabras: “Haz un puré y quémalo. Pero asegúrate de que está bien quemado. Sazónalo con un condimento ácido, pero no demasiado. Si el pan es acidez 1 y los pepinillos son acidez 5, sazónalo hasta un 4.”

Es cuando comenzó a entrar en juego el dibujo: Grant esbozaba sus ideas y combinaciones de sabores y compartía los esquemas con los cocineros de sus restaurantes.

Por primera vez, se dio cuenta que podía ser un cocinero sin ser capaz de saborear. Porque, como una vez le dijo un Ferran Adrià, la cocina no está en el estómago, ni en la lengua: está en la cabeza.

Se dio cuenta que para que su restaurante figurase entre los del mundo, no bastaba con ser el mejor chef, sino que tenía que dirigir al mejor equipo. Y él no sólo quería contar con la ayuda del mejor equipo, sino que en ese momento lo necesitaba para poder ser chef.

Al no poder concentrar toda su energía en el sabor, comenzó a soñar en otras dimensiones:

“¿Y si jugamos con la física? Juguemos con el espacio, haciendo que la comida flote”. Y creó el primer globo de helio y azúcar, que llega a la mesa suspendido en un hilo.

“¿Y si desafiamos a las leyes temporales? Modifiquemos el tiempo, haciendo que el primer plato que llegue a la mesa sea el último en ser servido sin que el comensal se dé cuenta.” Y así es como creó el pollo cocinado en carbón, escondido bajo una hoguera disfrazada de centro de mesa, que se va cocinando enfrente del cliente sin que éste tan siquiera sea consciente.

En medio de esta revolución culinaria, una mañana estaba tomando su café con azúcar diario, cuando el sabor dulzón de la taza le desagradó. De repente, pudo sentir que se había pasado con el edulcorante. Un mes después vino la sal, seguida por la acidez y el amargor. Poco a poco, comenzó a redescubrir el gusto, como hacen los bebés. Pero lo más interesante llegó cuando los sabores comenzaron a colisionar unos con otros. Tal y como Grant explica, cuando nacemos, tenemos una capacidad muy limitada de distinguir sabores. Es según vamos creciendo cuando empezamos a ser capaz de diferenciarlos. Pero al ser tan jóvenes no tenemos la inteligencia suficiente para entender las sinergias y, aún más importante, no contamos con memoria gustativa adquirida. Grant experimentó todo eso como una persona de treinta y tres años que había dedicado toda su vida a la cocina. Después de haber vivido numerosas revelaciones como chef, por mucho que esas le hubiesen llevado a ser el restaurante número uno de Estados Unidos, ninguna de ellas se acercaba lo más mínimo a lo que estaba sintiendo. Ese fue el momento en el que explotó con una energía que nunca había experimentado. La vida le estaba dando una segunda oportunidad, con una dimensión de nuevas sensaciones, emociones y descubrimientos que jamás habría podido imaginar.

En el día a día, todos tenemos una misma necesidad: sentirnos vivos. Para Grant, esa sensación va unida con crear algo nuevo. Y cuando está terminado, cambiarlo. Pero algo no puede ser renovado continuamente sin que sea imprescindible tomar riesgos. Lo que hace que sea peligroso y también que valga la pena. Porque la clave no es hacer platos, o cuadros, o canciones, o libros que se adapten a los gustos de la gente. Sino en crear lo que al autor le mueve. Y, sólo así, es cuando todo toma sentido.

Para mí, que muy lejos de ser cocinera me definiría como ´cocinillas´, en la cocina coexisten dos mundos: en sensorial y el emocional. El sensorial evoca al descubrimiento de nuevos sabores, nuevas texturas y nuevas técnicas. Pero el emocional es el que realmente juega con los recuerdos, haciendo que el sabor de una tortilla de patata te haga viajar a la cocina de los años ochenta de casa de tu abuela, que el sonido de unos hielos contra el cristal de un vaso helado te transporte al verano, o que el olor de la albahaca te lleve de vuelta a los rincones escondidos de tu pueblo.

Para mí, la cocina es química. Cambio de temperaturas, cambio de presiones, combinaciones a nivel atómico y reacciones en cadena que afectan al sabor, la textura, el color y la percepción del producto final.

Para mí, la cocina es amor. Ya puede un caviar ser el más prestigioso, o un vino el más caro, o una trufa la más única, que nada va a superar a unas croquetas hechas con amor. Porque no hay plato que demuestre más amor que aquel que lleva horas de preparación, trabajo manual y amasado, para luego terminar siendo devorado en escasos segundos. Las croquetas no permiten emplatados distinguidos ni técnicas moleculares. Las croquetas son lo que prometen: tradición, sabor, textura y amor. Mucho amor.

Y Alinea, el restaurante de Grant Achatz en Chicago, expresa todos estos conceptos en un mismo espacio. Actualmente, está pasando su mejor momento: se encuentra en la lista de los 50 mejores restaurantes del mundo, todas las noches está lleno y su prestigio e innovación son conocidos por todos. ¿El siguiente paso de Grant? Ha decidido cerrarlo. Y no sólo cerrarlo; sino también renovarlo y cambiar el concepto por completo.

¿Por qué arreglar algo si no está roto? Porque hace más de diez años, Alinea fue creado tras la filosofía de crear algo nunca visto, como el comienzo de una nueva era. Por lo que, según Grant, no tienen otra alternativa que continuar haciendo lo que prometieron. Más que una opción, es su obligación. Se ha encontrado a sí mismo haciéndose la pregunta: “¿Puedo destruir todo lo que he creado hasta ahora, en los últimos diez años, y empezar de cero?”. Y sólo ha sido capaz de encontrar una respuesta posible: “Sí”.

La paradoja de las mentes creativas

Artículo publicado en Guts Mag en junio de 2017.

No hay cosa que me parezca más absurda que los libros que te explican cómo ser creativo. Bueno, sí, todavía más incongruentes me resultan los cursos (tan de moda hoy en día) que te enseñan a desarrollar tu imaginación.

Desde mi punto de vista, la palabra que más se relaciona con ´creatividad´ sería ´libertad´. Sólo cuando una persona es libre y no tiene que responder ante nada o ante nadie, se permite el lujo de romper con las reglas, con los plazos de entrega y con las expectativas ajenas para dar paso al fluir de ideas inconexas que llamamos imaginación.

Entonces, si la creatividad es libertad, no pensar, dejar vagar los pensamientos en distintas direcciones… ¿Cómo poner reglas va a hacer que fluya la imaginación? ¿De qué manera una plantilla escrita en un libro, o una serie de pautas impartidas en un curso, van a poder hacer que se libere la mente hasta salirse la norma?

Se dice que los adultos innovadores son niños que nunca han dejado de jugar. Son esas personas que suelen darse de bruces contra una farola mientras caminan, porque están pensando en sus cosas. Esos individuos incomprendidos que viven en una burbuja construida por su imaginación, ajenos al mundo exterior. Esos humanos que construyen su día a día mediante una narrativa en la que todo tiene que encajar, con su comienzo, desarrollo y desenlace; con su protagonista, antagonista y personajes secundarios. Esos seres que viven su vida como si de un cuento se tratara, ya que se niegan a aceptar que la realidad sea únicamente una línea temporal carente de historias.

¿Te han dicho alguna vez que vives en tu mundo, que le das demasiadas vueltas a las cosas, que te montas películas? ¿O quizás que eres un soñador incurable, un iluso que se cree que la vida es un juego, un inmaduro? Sí es así, puede ser que, simplemente, seas una mente creativa.

Científicamente hablando, hay incluso estudios que sostienen la hipótesis de que la mente de las personas creativas funciona de manera distinta a las demás.  El psicólogo Frank Barron, ya en 1956, sentó las bases de cómo una mente creativa está constituida, concluyendo que la inteligencia y la creatividad no son términos sinónimos. Estudios contemporáneos añaden que creatividad e imaginación tampoco son equiparables. La clave, parece ser, está en que una persona creativa es aquella que es capaz de hacer funcionar ambos hemisferios, izquierdo y derecho, al mismo tiempo. De esta manera, una mente creativa permite dejar volar su imaginación al mismo tiempo que activa la parte ejecutiva del cerebro, que se encarga de la atención y la memoria. Parece un oxímoron, pero la complejidad es, de hecho, el rasgo característico de las personas creativas. Barron ya citó que “las mentes creativas son a la vez más primitivas y más cultas, más destructivas y más constructivas, ocasionalmente locas y fuertemente cuerdas comparadas con la persona media.” Hoy en día el tema sigue siendo hot topic: Mihaly Csikszentmihalyi, profesor de psicología de la Universidad de Claremont (California) ha publicado un estudio que refuerza la teoría, añadiendo que “en las mentes creativas se observan tendencias de pensamiento y acción que en la mayoría de la gente estarían segregadas: muestran extremos contradictorios, ya que, en lugar de ser un individuo, cada uno de ellos se comporta como una multitud”.

Kaufman y Gregorie avanzan un paso más en su libro Wired to create, en el que describen que ´the open people´ (como llaman a las personas creativas) no sólo buscan perspectivas alternativas a una misma realidad, sino que incluso ven el mundo de manera distinta. Esto fue demostrado mediante un experimento de percepción visual llamado ´binocular rivalry´, en el cual se expone a una persona a dos imágenes distintas, cada una en un ojo. Mientras que una persona media tiende a ver una u otra imagen alternativamente, aquellas definidas como ´open people´ son capaces de construir una tercera imagen como combinación de las otras dos. Este efecto es todavía más pronunciado cuando el individuo está bajo un efecto similar al que se consigue con las técnicas conocidas para incentivas la creatividad (por ejemplo, bajo los efectos de la cafeína).

Pero no todo es magia e innovación en la vida de una menta creativa. Generalmente, suelen ser personas hipersensibles y especialmente abiertas a probar cosas nuevas, por lo que perciben con más intensidad las situaciones cotidianas y empatizan más que el resto. Esto, junto con un sentimiento de culpabilidad por no encajar con la norma y una duda constante sobre su talento, hace que vivan en un sufrimiento constante que les hace sentirse unos incomprendidos. Kaufman y Gregorie ya describieron que la gente creativa suele ser más introspectiva y que esta característica les hace ser más consciente de su lado más oscuro e incómodo. Y esta melancolía, tristeza o apatía ha sido frecuentemente descrita como la clave para lograr una obra de arte. Sin embargo, David Lynch (director de cine, guionista y productor musical) cambia la perspectiva y dice que “La depresión, la rabia y la pena resultan bellas dentro de una historia, pero para el artista son veneno”. Según él, para que las ideas surjan, el creativo debe de estar libres de emociones negativas y defiende que la creación surge cuando el individuo ha procesado las emociones negativas y puede observarlas desde la distancia, como expresa la paradoja del comediante, formulada por Diderot. Por eso son tan comunes las historias de escritores, músicos, pintores y otros creativos que únicamente han conseguido triunfar después de haber tocado fondo, como el resurgimiento de un ave fénix.

Entonces, si la mente de una persona creativa funciona de manera distinta al resto, ¿está la sociedad preparada para esta dualidad? La verdad es que es conocido, e incluso aceptado, que el sistema educativo de esta sociedad es sinónimo de limitación de la creatividad. En los colegios se enseña a rellenar plantillas, repetir ideas aprendidas de memoria, acatar códigos y seguir reglas, en vez de estimular el libre pensamiento, alabar la riqueza de las ideas ilógicas y apreciar el valor de la singularidad por encima de la norma. O, en otras palabras, crecer significa dejar de jugar para pasar a hacer cosas serias, de persona responsable, que tengan un objetivo estipulado, un procedimiento previamente escrito y un final impuesto. Cosas aburridas. Cosas opuestas a la creatividad.

Echando la vista atrás, recuerdo que cuando era niña tenía una imaginación desbordante y yo siempre lo percibí como algo negativo de mi personalidad. Me acuerdo de estar un día por la calle de vuelta del colegio con mi madre, tendría yo unos cinco o seis años. Yo, como siempre, dejaba volar mi mente durante lo que era el camino rutinario que seguía todos los días, sin ningún estímulo que lo diferenciase del día anterior. Ese día me encontraba en el laboratorio de un profesor chiflado, mezclando pócimas de colores. Y mis manos del mundo real se iban moviendo acorde con mi mente, sujetando las probetas y agitando los mejunjes. En ese momento, mi madre me reprendió y me dijo que dejase de hacer el tonto. Es curioso pensar en por qué mi mente aún recuerda esto, casi veinticinco años después. Pienso que será porque no entendí qué tenía de negativo mi comportamiento, si yo sólo estaba jugando, imaginando una realidad paralela, creando una historia. Pero en ese momento entendí que la sociedad no estaba hecha para la gente que sueña con salirse de sus normas estipuladas.

Fui testigo de otros miles de historias (propias o ajenas) en el colegio, donde eres un bicho raro si pintas un perro verde, o con dos cabezas, o donde para sacar un diez lo único que tienes que hacer es repetir como un loro lo que te han enseñado, sin añadir nada pensado por ti. Afortunadamente, el contar con una buena memoria me hizo avanzar con éxito “incluso a pesar de mi imaginación desbordante”.

Hoy en día, afortunadamente, son cada vez más numerosas las corrientes que defienden que a los niños hay que dejarles ser niños. Hay que dejar de cargarles con actividades extraescolares y permitirles tener tiempo libre para jugar, inventarse mundos imaginarios, crear inventos absurdos, dibujar monstruos irreales e imaginar historias sin sentido. En definitiva, para aburrirse.

Pero, ¿cuánto tiempo hace que tú, como adulto, te has dejado tiempo para aburrirte? ¿Cuándo fue la última vez que dejaste a tu mente divagar libremente sin pensar en que tenías que poner una lavadora, mandar un e-mail o ir al gimnasio? En esta línea, David Lynch también tiene su cita que aportar: “Para una hora de buena pintura necesitas cuatro horas seguidas sin interrupciones. Si sabes que dentro de media hora tendrás que estar en alguna otra parte, no hay manera de conseguirlo”. O, lo que es lo mismo: para permitir a las musas inspirarte, hace falta tener mucho tiempo por delante y ninguna preocupación ocupando hueco en tu cabeza.

Mientras miro la forma de las nubes por la ventanilla del avión, pienso que no puede ser casualidad que casi la totalidad de mis artículos, reflexiones e incluso mi proyecto de novela hayan sido escritos a más de diez mil metros de altura o en un aeropuerto, aislada y sin ninguna otra distracción que un teclado y un té bien cargado. Liberada de mis obligaciones y pensamientos. Permitiendo a mi mente volar.

 

 

 

Kase-O y su círculo catártico.

Artículo publicado en Guts Mag en mayo de 2017.

Zaragoza, 19:30. Kase-O estaba a punto de llenar el pabellón más grande de la ciudad que le vio nacer. Nacer, crecer, crear temas, emborracharse, perder el control, enamorarse, bajar a los infiernos, recomponerse, aprender, enseñar y convertirse en un mito para todos los aragoneses que han bebido de sus éxitos durante décadas, adictos a su poesía, sus ritmos y su magia lírica. Esos mismos parroquianos que no se podrían llegar a imaginar que un día Javier Ibarra llenaría el Príncipe Felipe, reventando las taquillas en tan sólo días y colgando el cartel de sold out. Una de las afortunadas que predijo esta locura fui yo, cuando decidí comprar dos entradas y dos billetes de avión para celebrar mi cumpleaños haciendo un viaje en el espacio, en el tiempo y en la nostalgia: de mi presente en Bruselas a un pasado en la capital maña, el cuál soy adicta a recordar.

Esperaba gritar, cantar, desfogarme, vibrar y sentir una ola de calor en medio del fuego zaragozano, del rap, del Violadores del Verso, de los temas de siempre, de sorpresas nuevas, de R de Rumba, de Lírico y de Sho-Hai. Pero lo que no me imaginaba es que ese concierto iba a ser como leer poesía sin abrir un libro, como adentrarme en entramados filosóficos sin pisar una universidad y como experimentar una introspección psicológica sin haber visitado un gabinete. El escenario iluminó a Kase-O, a sus letras y a su acojonante energía; pero aún más presente salió Javier Ibarra y nos atravesó los sesos y las entrañas hasta hacernos revolvernos y dejarnos extasiados como recién salidos de un trance. Por lo menos, así lo experimenté yo.

“A todos los que os encontréis perdidos, desorientados o sin saber qué hacer con vuestra vida, sólo os daré un mensaje: buscad qué es lo que os mueve, lo que os apasiona, lo que mejor sabéis hacer y especializaros. Yo era un chaval corriente del barrio de la Jota que decidió currar duro en lo que me hacía levantarme cada mañana: juntar versos con música. Y aquí estoy. Mi técnico de luces era un chaval corriente del barrio de la Jota que decidió currar duro y especializarse en lo que se le daba bien: la electricidad. Y aquí está, haciendo bolos internacionales. Trabajad muy duro y no os rindáis nunca. Ese es el secreto para llegar hasta aquí.”

Wow. Momento de locura máxima. Las más de ocho mil personas que se concentran en el pabellón rompen en gritos, aplausos, lágrimas y el más absoluto descontrol. Mi mente está a punto de explotar, al darse cuenta que las palabras que acabo de escuchar han sido pronunciadas por un rapero, un típico ejemplo de bad boy que nos tiene más acostumbrados a oírle hablar de borracheras, chulerías, juergas, drogas, cárceles y desfases varios. Pero aún más importante que la boca que acaba de pronunciar las palabras, son los oídos que están recibiendo las longitudes de onda en forma de consejo. La fiesta está llena de adolescentes en pleno cambio de personalidad. Chavales que han estado bebiendo litros mientras hacían fila antes de entrar y que enlazan un porro tras otro en el concierto. Chavalas que están empezando a salir con su primer novio, a tontear con las primeras drogas, a enfadarse con sus amigas, a rebelarse contra sus padres y a suspender su primer examen, todo en una sola misma semana. Chicos que, hartos del sistema educativo de su instituto que les trata como un número, han decidido que van a dejar los estudios sin haber llegado a cumplir los quince años. Chicas que han escuchado desde niñas que las matemáticas son un juego de hombres y que aspiran a ser tronistas ensiliconadas en un plató de televisión circense. Cerebros a medio formar en pleno punto de inflexión. Conexiones nerviosas, que podrían llegar a ser un circuito de neuronas brillante si toman las decisiones acertadas, o un despeñadero profundo en el más rocoso barranco si se lanzan por el camino fácil. Sendero que resulta muy tentador cuando se tienen todos los problemas y ninguna de las herramientas para buscar una solución. Pero en ese momento, una persona a la que admiran, un ídolo al que han oído rapear sobre la fiesta, la política, la rebeldía, el inconformismo y la rabia, acaba de decirles que sí que hay un camino. Y que ese camino, mucho más duro y disciplinado que las otras opciones, es el que le ha llevado hasta allí. Los ojos se me empañan y un grito sale de mi garganta. Probablemente sea porque todos nosotros necesitamos escuchar esas palabras porque, aunque no seamos adolescentes, estamos envueltos en nuestra crisis de identidad particular.

“Cuanto más amor das, mejor estás”. Ese es el otro mensaje que me traspasa como un rayo. No me descubre nada nuevo, sino que me recuerda cosas que ya sabía, que tenía dentro, pero pensaba haber olvidado. Esa frase ya me atravesó la primera vez que escuché la outro del último álbum. Tanto, que puedo visualizar el momento exacto en que estaba caminando por las calles de Bruselas mientras descubría los temas de El Círculo. Cuánta sabiduría en tan sólo siete palabras. La clave de la felicidad resumida en un verso de un rapero nacido en Zaragoza. Cuando escuchas temas como éste, entiendes lo que quiere decir alguien que ha conocido las luces y sombras del amor. Gracias, Ibarra, por haberme hecho emocionarme con Amor sin cláusulas. Gracias, Jabato Jones, por haberla dedicado a todas las parejas que estábamos en la sala. A cambio desvelaré que la primera vez que la escuché, sonando en el coche después de un día de trabajo en planta, lloré con cada palabra de su letra. Y que he vuelto a soltar una lágrima en el concierto.

En un momento, todo se queda a oscuras y millones de pequeñas luces comienzan a iluminar el pabellón. En el escenario, sólo una silla colocada de perfil e iluminada por un foco y los primeros acordes de Tiempos raros. “Aburrimiento visceral, hipocondría, angustia cósmica…” El momento es sobrecogedor. Tan íntimo que no me atrevo tan siquiera a describirlo. Javier Ibarra está desnudo de alma delante de la ciudad que le ha visto transformarse, compartiendo su caída a los infiernos y su renacer como ave fénix. Creando una conexión que será difícil de olvidar e imposible de borrar. Completando su catarsis y accionando el comienzo de la nuestra.

Termina el último tema, encienden las luces y el público comienza a dispersarse. Un público que no es el mismo que ha entrado en busca de rap sólo unas horas antes. Me siento liberada, energizada, calmada, motivada y esperanzada. Me siento una con el rap, una con Zaragoza y una con las ocho mil personas que me rodean. Siento que el último disco de Kase-O no ha sido una casualidad. El Círculo es la razón por la que Kase-O comenzó a rapear a la salida del instituto, en bancos del parque y en las calles del barrio de la Jota. Es una obra de arte en forma de terapia que ha unido a generaciones en busca de respuestas disfrazadas de versos. Es un regalo a todos los que le consideran uno de los suyos. Es su manera de cerrar el círculo.

 

 

El impacto del idioma en tu percepción del mundo

Artículo publicado en Gutz Mag en marzo de 2017.

¿Eres de los que piensan que no se puede inventar lo que no se puede nombrar? O por el contrario, ¿crees que es imposible definir lo que no se ha vivido? En otras palabras: ¿utilizamos al idioma para definir nuestro mundo, o es el lenguaje el que da forma a lo que conocemos?

En esta dicotomía está basada la película ‘La llegada’, que acaba de recoger un Oscar de los ocho a los cuales estaba nominada. Aunque si, tal y cómo en la película, Amy Adams hubiese interiorizado el idioma heptápodo, quizás hubiese podido burlar la percepción lineal del tiempo y haber adivinado cuál iba a ser el desenlace antes de que la gala tuviese lugar. Y es que el film ahonda en la teoría de que es el lenguaje el que determina nuestra manera de pensar, nuestra estructura cerebral e incluso nuestra percepción de la realidad.

Pero esta interacción entre idioma y pensamiento no ha sido inventada por Eric Heisserer para ‘La llegada’, ni por Ted Chiang cuando escribió el libro en el cual está basada la obra (‘La historia de tu vida’), sino que, ya en 1940, Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf investigaron cómo los hábitos de comunicación de una comunidad puede hacer que sus miembros interpreten el lenguaje de una manera específica. En concreto, tomaron como objeto de estudio algunas poblaciones cuyo idioma no poseía la conjugación en pasado de los verbos. Su hipótesis señalaba que los individuos de esa población le daban menos importancia a la historia y a los eventos ya vividos que otras comunidades que sí que contaban con la conjugación pasada.

En 2001, Boroditsky estudió este mismo fenómeno entre la población de habla inglesa y china. En concreto, quería concluir cómo estos dos idiomas influyen en la percepción de la dimensión temporal, ya que el inglés utiliza una dimensión horizontal (I’m running behind schedule, Don´t get ahead of yourself), mientras que el chino se basa en una estructura vertical (el término ‘arriba’ es usado para hablar del pasado y ‘abajo’, para referirse al futuro). Para comparar las dos poblaciones, las sometió a un test diseñado para medir cómo un individuo reconoce distintas relaciones temporales al darles una serie de tareas ordenadas en estructura vertical. Los resultados mostraron que los hablantes del idioma chino fueron más rápidos en identificarlas y, por tanto, que el lenguaje sí que es capaz de crear hábitos en la estructura de nuestro pensamiento.

El término científico que se utiliza para definir esta relación es ‘determinismo lingüístico’. Sin embargo, todavía hoy en día, los psicólogos no se ponen de acuerdo en respaldar una única teoría por falta de evidencias.

Por ejemplo, resultados discordantes fueron extraídos de otro estudio realizado por Berlin & Kay en 1969 acerca del color. Compararon la tribu Dani de Papua Nueva Guinea, la cual tiene únicamente dos palabras para referirse al color (claro y oscuro) con los angloparlantes, que cuentan con once palabras distintas. Los resultados fueron concluyentes: cuando les pidieron distinguir entre colores distintos, tanto la tribu Dani como los ingleses obtuvieron resultados similares. Una teoría acerca de esta contradicción está en la distinción entre hemisferios del cerebro: mientras que la percepción puede verse afectada en aquellas funciones que corresponden al hemisferio izquierdo (como el lenguaje), esta influencia es menor sobre el hemisferio derecho, en la que se procesa el color (Regier & Kay, 2009).

Sea como sea, estoy segura que nosotros, los (des)afortunados millennials que hemos tenido que aprender uno o más idiomas como técnica de supervivencia, hemos experimentado el determinismo lingüístico más de una vez. Por ejemplo, yo me sigo sorprendiendo cuando adopto múltiples personalidades según el idioma en el que me esté expresando: al hablar francés siento que mis palabras se entrelazan difusamente (comme si j’ai la flemme), en inglés suelo a ser mucho más técnica e ir directa al grano y en español tiendo a dar más rodeos y perderme en los detalles. O, por citar algo más concreto, seguro que a más de uno nos ha pasado estar en medio de una conversación y no poder traducir una palabra de nuestro idioma a  otra lengua. Un ejemplo precioso es la palabra portuguesa ‘saudade’, que significa al mismo tiempo pérdida, nostalgia, esperanza, recuerdos reconfortantes y anhelo, y no tiene traducción literal a ningún otro idioma. Esta palabra fue inventada en el siglo XV por los marineros portugueses que dejaban su tierra para explorar Asia y África, y define perfectamente el peculiar carácter portugués. Pero, ¿significa esto que un español o un inglés no pueden experimentar todos esos sentimientos al mismo tiempo por el hecho de no tener una palabra que lo exprese?

Otra reflexión que me viene a la mente es la falta de género de los artículos en los idiomas de los países nórdicos: hay teorías que respaldan que el hecho de no diferenciar palabras en  masculinas o femeninas hacen que, subconscientemente, les sea más fácil aceptar la igualdad de género, su ausencia o el transgénero.

Independientemente de su interacción con la ciencia, el lenguaje ha sido, es y seguirá siendo una herramienta de unión que permite transcender fronteras, razas, religiones y barreras culturales. Aunque, al mismo tiempo, hay quien piensa que a pesar de vivir en una sociedad moderna más conectada que nunca, paradójicamente nos mostramos cada vez más desconectados e incapacitados para entendernos entre nosotros.

Los optimistas, ilusos, soñadores, idealistas o utópicos (qué idioma más fascinante el nuestro), seguiremos aferrándonos a la ciencia ficción y argumentando el valor del lenguaje como arma pacifista.

¿Es peligrosa la sobredosis de información?

Artículo publicado en Guts Mag en febrero de 2017.

Nuestra vida no es más que el resultado de decisiones interconectadas. Al entrar en este artículo, acabas de tomar la decisión de abrirlo. Ahora, responde a esta pregunta: ¿hasta qué punto asegurarías que has sido tú el que ha elegido? ¿Y si, sin que te dieses cuenta, alguien te ha manipulado y ha escogido por ti?

Robert Zajonc exploró este tema 1969, describiendo en su artículo el llamado The mere exposure effect (o ´el mero efecto de exposición´). Su experimento consistió en publicar palabras inventadas (como kardirga, saricik, biwonjni, nansoma o iktitaf) en la portada de los periódicos de Michigan durante varias semanas; unas aparecían casi todos los días y otras, con poca frecuencia. Después, envió un cuestionario a los lectores, pidiendo que juzgaran las palabras inventadas como ´buenas´ o ´malas´. Invariablemente, las palabras que habían aparecido con más frecuencia se llevaron el adjetivo positivo, y viceversa. Zajonc había conseguido manipular la mente de los lectores sin que estos siquiera se diesen cuenta. Zajonc demostró así que el ser humano tiende a tomar como positivas o verdaderas las afirmaciones a las que estamos expuestos de manera repetitiva.

Hoy no es distinto: cada día somos bombardeados con corrientes continuas de información, de manera consciente o inconsciente. Lleva décadas siendo así mediante periódicos, televisión y anunciantes, pero con internet ha crecido de manera exponencial.  ¿Estaremos siendo manipulados por esta sobreexposición, al igual que hizo Zajonc?

La repetición no es el único truco utilizado para la manipulación de la mente. En el libro Thinking, fast and slow, el ganador del Nobel Daniel Kahneman relata que hay otras estrategias utilizadas por los medios para hacernos creer que algo es verdad, creando lo que denomina The Illusion of Truth. Algunos ejemplos son utilizar lenguaje simple, fuentes legibles o altos contrastes de imagen. O lo que es exactamente lo mismo: ponérselo más fácil al cerebro.

La razón es más simple, obvia e incluso deprimente de lo que nos gustaría: nuestro cerebro es vago. Dicho desde un punto de vista más científico: nuestro cerebro tiene dos patrones de pensamiento, el sistema 1 y el sistema 2. El sistema 1 opera ante situaciones cotidianas de manera automática y rápida, con muy poco esfuerzo y aplicando la denominada ´facilidad cognitiva´.  A su vez, el sistema 2 requiere de una voluntad mucho mayor y es el que se activa ante situaciones complejas que necesitan concentración y análisis, por lo que requiere de ´esfuerzo cognitivo´. Y, en efecto, nuestro cerebro se siente mucho más contento, relajado y reconfortado cuando utiliza el sistema 1 que el sistema 2. Por ejemplo, cuando una persona está ojeando el muro de Facebook está usando el sistema 1, mientras que si intenta multiplicar mentalmente 23×54, utilizará el sistema 2.

El origen de estos dos patrones es evolutivo. El ser humano aprendió a activar el sistema 2 cuando tuvo que enfrentarse a potenciales amenazas, ya que al afrontar una situación desconocida, el cerebro debe abandonar el  ´todo va bien´ y cambiar a un estado de alerta y análisis. Por eso, pasa de sentirse seguro y feliz a generar sentimientos de desconfianza y malestar. En resumen, cuando utilizamos el sistema 1 nos sentimos mejor, pero somos menos hábiles a la hora de distinguir si nos están mintiendo.

Ésta es una de las razones por la que psicólogos y coaches nos animan de salir de nuestra zona de confort y lanzarnos a nuevos retos y situaciones estresantes, ya que sólo así dejaremos de dar todo por sentado y comenzaremos a cuestionarnos nuestra realidad. Inicialmente podemos sentirnos reacios, ya que nos exigirá un esfuerzo mucho mayor y nos provocará una sensación de inquietud en vez de cómoda calma (y somos tan vagos como nuestro cerebro),  pero la recompensa es que aprenderemos a pensar de manera crítica y seremos más difíciles de manipular.

Otra consecuencia de entrenar el sistema 2, es tener la famosa sensación de “Cuanto más aprendo, menos sé”. Al buscar nuevos conocimientos en distintas fuentes, nos damos cuenta de lo compleja que es la realidad y de todo lo que nos queda por saber. Lo que está ocurriendo es que nuestra capacidad crítica se está desarrollando y pasamos a cuestionarnos nuestro alrededor en vez de seguir lo que nos dicen como borregos.

Llegada a este punto, me pregunto si la facilidad cognitiva será la razón por la que programas como Sálvame o Gran Hermano siguen siendo líderes de audiencia. Al fin y al cabo, son formatos digeridos, que plantean un reto nulo al cerebro, de manera que el sistema 2 está fuera de cobertura y el público se siente inofensivamente feliz. Los ejecutivos lo saben y utilizan contenidos ridículamente sencillos (y sencillamente ridículos) para subir sus audiencias. O, quizás sea al revés, y desde arriba quieren tenernos enganchados a estímulos visuales que no requieran de esfuerzo cognitivo, para que así estemos permanentemente en el sistema 1 y perdamos progresivamente nuestra capacidad de pensar.

Shane Fredericks demostró este concepto en 2005 con el Cognitive Reflection Test. Fredericks planteó una prueba matemática escrita a dos grupos de estudiantes: las preguntas eran exactamente las mismas, mientras que el tamaño y claridad de fuente hacían casi ilegibles los enunciados del segundo grupo. Los resultados fueron claros: en el primer grupo un 90% de los estudiantes cometió al menos un fallo, mientras que en segundo grupo esta cifra fue de tan sólo 35%. El hecho de haber tenido que utilizar el sistema 2 para descifrar la difícil caligrafía, hizo que la capacidad crítica y analítica aumentase, provocando que los estudiantes cometiesen menos errores.

También me pasa por la cabeza el hecho de que las grandes mentes de la ciencia a menudo son calificadas como frías o poco cercanas, y se justifica diciendo que carecen de habilidades sociales. ¿No será deformación profesional, ya que al estar enganchados al sistema 2 sienten la necesidad de discutir y ser críticos de manera constante? Esta necesidad de inconformismo y de cuestionarse el status quo es generalmente mal vista por la gran mayoría que vive permanentemente en el sistema 1. ¿Para qué va a querer una persona tener que emplear esfuerzo y capacidad de análisis, pudiendo estar tranquilo y pasándolo bien? Pues precisamente para no estar tan tranquilo mientras se está siendo engañado.

Pero no todo es negativo en el sistema 1, ya que tiene sus funciones cerebrales en el día a día. Por ejemplo, hay estudios que demuestran que cuando aplicamos la facilidad cognitiva (sistema 1), nuestra creatividad está más estimulada que en la zona crítica o analítica (sistema 2). Al fin y al cabo, cuando dejamos de estar estresados con sacar punta a todo pasamos a ser libres, consiguiendo romper la barrera de la lógica y haciendo que nuestros pensamientos fluyan de la forma más loca e inesperada. Por eso, es bueno alternar periodos de esfuerzo cognitivo con otros de relajación cerebral. Al mismo tiempo, si tenemos que tomar una decisión en milésimas de segundo, lo más recomendable es pasar de la lista de pros y contras y dejarse llevar por el instinto. Y lo mismo pasa con las decisiones intrascendentes: si para decidir qué queremos desayunar, qué marca de pasta de dientes vamos a comprar y qué color de cortinas queremos para el salón aplicamos un complejo análisis, al final del día nuestro cerebro estaría agotado y podría llegar a quemarse. La clave está en aprender cuándo utilizar cada sistema.

Puede ser que este artículo te haya hecho sentir un poco incómodo y te haya hecho cuestionarte si la sobreexposición a información te ha estado engañando a ti también. Puede ser que hayan empezado a funcionar partes del cerebro que tenías oxidadas, o que tu capacidad de crítica se haya puesto en marcha. Puede ser que te haya hecho decidir que activarás más a menudo el sistema 2. O puede ser que hayas experimentado, simplemente, de The Illusion of Truth.

No hay dorayakis en París.

 

Hikari Tanaka tiene sesenta y cinco años. De esos sesenta y cinco, sesenta y cuatro los ha pasado en Kioto. Más de cincuenta, trabajando en una pequeña pastelería de la calle Hanamikoji. Su vida: los dorayakis. Su secreto: la paciencia. Y su sueño: viajar a París.

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La señora Tanaka comenzó a trabajar en la pastelería de su padre con tan sólo once años. Cada día, al salir de la escuela, se encargaba de preparar pedidos y limpiar bandejas. Pero en seguida abandonó esas labores, en cuanto su padre se dio cuenta de que la pequeña Hikari tenía un don especial con la masa: nunca quedaba tan suave, dulce y esponjosa como cuando su hija la preparaba. El señor Tanaka había intentado mantenerla lejos de la cocina porque Hikari era demasiado lenta amasando; una tarea que a otros les llevaba treinta minutos, a ella podía llevarle más de dos horas. Pero cambió de idea cuando sus clientes empezaron a amontonarse en sus puertas cada mañana, pidiendo los famosos dorayakis con sabor a infancia y textura de nube. Y así, Hikari pasó a convertirse en la pastelera de dorayakis más famosa de la calle Hanamikoji y siempre mantuvo sus estrictas dos horas de amasado. Su padre murió pensando que la niña era lenta, o despistada, o simplemente demasiado soñadora como para ser capaz ejecutar una tarea tan simple en un tiempo más corto. La realidad, que Hikari nunca desveló, era que alargaba todo lo posible su tiempo en la cocina de la pastelería a propósito, ya que ese era el único momento que tenía para estar con su padre en todo el día. Quizás, ese sentimiento de amor era el verdadero secreto del dulzor del pastel.

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Cuando el señor Tanaka murió, Hikari pasó a ser la dueña de la pastelería. Se casó, tuvo un hijo y también un nieto, pero los vecinos especulaban con que hacia ninguno de ellos sentía un cariño tan grande como hacia sus queridos dorayakis.

Año tras año, siguió levantándose cada día a las cuatro de la mañana para dedicar sus primeras dos horas antes del amanecer a la masa de harina y huevos.

Pero la vida estaba a punto de cambiar para la señora Tanaka. Su nieto acababa de terminar sus estudios de Administración de Empresas en la Universidad de Tokio y había decidido utilizar la fama de la pastelería familiar para relanzar el negocio con una cara mucho más moderna. Según el joven y su padre, esto era un regalo para la abuela Tanaka, ya que podría jubilarse y dedicarse a descansar.

Pero para Hikari iba a significar algo completamente distinto. El primer día en cincuenta años que no tuvo que amasar, se despertó, como había hecho durante décadas, a las cuatro de la mañana. Desorientada, a oscuras y sin saber qué hacer, puso una tetera a calentar al fuego y se sentó en una silla de la cocina, donde permaneció doce horas seguidas. El día siguiente hizo lo mismo y también el sucesivo. En la pastelería, su nieto ya había comenzado con las reformas, pero ella se negaba a volver hasta que estuviese terminado. Sabía que le entristecería demasiado ver reducido a escombros el pequeño local que había sido su vida.

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Cuando llevaba un mes entre hojas de té, oscuridades y silencios, una mañana la señora Tanaka no se despertó hasta las diez de la mañana. Tumbada en su cama, con la mirada puesta en el oscuro techo, repasó lo que había sido su vida. La niña Hikari había pasado sus años de infancia intentando complacer a su padre y mendigando escasas palabras de aprobación. La adulta Hikari Tanaka se había casado con un amigo de la familia y había formado la suya propia, tal y como mandaba la tradición. La actual señora Tanaka había dedicado su cuerpo, alma y cada hora de su tiempo a hacer dorayakis y a ahorrar cada moneda que había conseguido con ellos. Nunca se había tomado un día libre, con excepción del día de su boda y la ocasión en la que dio a luz. Nunca había tenido vacaciones. Nunca había salido de Kioto. Ni siquiera había estado en Tokio. Esa misma mañana, la señora Tanaka decidió que iba a dar un buen uso a los ahorros de toda su vida. Hikari concluyó que se iría a París. Lo haría por la anciana que descansaba boca arriba en su cama, por la pequeña Hikari que inventó una nueva técnica de amasar en busca de cariño y por todos los días de vacaciones que había perdido para ser invertidos en dorayakis.

Hikari Tanaka había querido ir a París desde la primera vez que vio a Clothide Jacques. Clothilde era la esposa del señor Jacques, un empresario francés que había llegado a Kioto en los años setenta para expandir sus negocios en Japón. La señora Tanaka nunca le llegó a conocer, pero sí a su esposa.

La señora Jacques apareció un día por la pastelería buscando algo dulce que le recordase a su añorada Francia. Cruzó la puerta, desorientada, a media mañana, cuando el local se encontraba vacío. Hikari salió a recibirla tras el mostrador y quedó impactada por esa figura alta y esbelta vestida de negro y azul. Clothilde se quedó mirando a los extraños pasteles expuestos y, con un dedo fino y pálido, del que destacaba un anillo de lapislázuli, señalo un dorayaki. Hikari se lo ofreció, sin poder dejar de mirar sus ojos azules y sus cabellos castaños ensortijados. Clothilde se lo acercó dubitativa a los labios, le dio un bocado y saboreó lentamente. Después, sonrió y volvió a señalar los dorayakis. Ese día se comió tres y, a partir de entonces, regresó a la pastelería todas las mañanas durante los cinco años que la pareja estuvo viviendo en Japón.

Cada uno de esos días, Hikari esperaba expectante la visita de la francesa, que cada mañana la sorprendía con un nuevo conjunto de ropa, otro peinado, o un color de labios distinto. Sin cruzar una sola palabra, sus fugaces encuentros se convirtieron en una reconfortante vía de escape para las dos. Para Clothilde, los cinco minutos en la pastelería era el único momento en Japón en el que se sentía en casa. No habría sabido explicar el porqué, pero el dulce y esponjoso pastel le provocaban calma y felicidad, y le hacían sentirse menos extraña. Para Hikari, cada visita de la francesa era una diminuta rendija por la que escaparse al mundo exterior y conocer algo más allá de su tienda, de Kioto y de su aislado mundo japonés. Con cada nuevo sombrero, Hikari soñaba con ciudades exóticas llenas de tiendas de moda y cosméticos, por cuyas calles pasearía gente tan estilosa y viajada como Clothilde.

Hikari aprendió que Clothilde venía de París cuando la francesa llevaba unos dos años en Kioto. Algunos días, la francesa se sentaba en un pequeño taburete del local y degustaba allí mismo su apreciado dorayaki. Ese día, apareció con una revista de moda y estuvo más de treinta minutos hojeándola, ante la atenta mirada de Hikari. Tras darse cuenta de la admiración que se había generado en la dueña, Clothilde se acercó al mostrador y se la mostró. Página tras página, Hikari observó figuras estilizadas envueltas en telas de ensueño, vestidos imposibles con cuyos cortes no habría podido soñar jamás e impresionantes edificios, los cuales no había podido tan siquiera imaginarse. Pero la mayor alegría se la produjo una página que mostraba el escaparate de una pastelería, con un expositor repleto de dulces, tartas y bombones que brillaban más que las más valiosas joyas. La lujosa tienda parisina se mostraba en ese momento, como diciéndole: “Hikari, también tenemos un sitio para ti. Y para tus dorayakis”.  Clothilde debió apreciar el asombro que la japonesa sintió al observar la pastelería impresa en la publicación, así que arrancó la página y se la tendió. Y allí, en la parte de inferior de la hoja de papel satinada, leyó por primera vez esas cinco letras que memorizaría al instante y nunca olvidaría: París.

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Tres años después, Clothilde abandonó la ciudad y se llevó con ella los viajes imaginarios de Hikari. Pero el sueño parisino nunca llegó a morir. Hasta que ese día, más de cuarenta años después, la señora Tanaka decidió que por primera vez en su vida haría algo por ella misma. Sin decir nada a su hijo ni a su nieto, preparó una pequeña maleta con sus cosas y tomó un tren en dirección al aeropuerto de Kioto. Y así, sin ni siquiera saberlo, comenzó el viaje de la manera más parisina posible: despidiéndose a la francesa.

Con un billete comprado en el mismo aeropuerto con buena parte de los ahorros de su vida, y una reserva de hotel efectuada por la misma amable empleada que se lo vendió, la señora Tanaka se subió a un avión por primera vez. En el asiento, se vio rodeada de desconocidos que se iban instalando sin relacionarse unos con otros. Oyó cómo algunos hablaban japonés a través de sus teléfonos y cómo otros intercambiaban palabras en idiomas que no había escuchado jamás. Sin embargo, no se sintió nerviosa o perdida. Por primera vez, sintió algo que no había experimentado jamás. La señora Tanaka sintió ilusión, pero de esa clase que sólo se siente cuando se está a punto de hacer un cambio radical, cometer una travesura o saltar al vacío sin red. Una ilusión que no podía comparar con nada anteriormente vivido. Una ilusión alimentada por más de cuarenta años de construir expectativas acerca de su quimérica y perfecta visión de París.

Al bajar del avión, se dirigió como un autómata en busca de un taxi y le dio al conductor un papel con la dirección de su hotel. A partir de ese preciso instante, el corazón de la vieja señora Tanaka pasó de latir de ilusión a hacerlo mucho más desbocadamente, entre pulsos de asombro, miedo, ansiedad y rechazo. El vehículo comenzó la marcha entre acelerones y agresivos cambios de carril. Además, el taxista gritaba palabras que la nipona no entendía y realizaba gestos obscenos al resto de conductores. Al otro lado del cristal, los humos cenicientos de los coches se mezclaban con una lluvia nada amigable, y edificios grises y sobrios se sucedían en un paisaje aburrido y antiestético. “Debe ser que todavía no hemos llegado a París”.

Casi una hora más tarde, cuando ya había parado de llover, Hikari se encontró en la calle de su hotel, con una maleta en la mano y el papel con la borrosa letra de la empleada del aeropuerto en la otra. Confusa, cansada y todavía convencida de que eso no podía ser París, comenzó a andar en línea recta, de manera tan desafortunada que pasó de largo la puerta de su alojamiento. Según caminaba, una sensación de ahogo apareció en su pecho y fue invadiendo cada uno de sus órganos con cada paso. ¿Quiénes eran esos jóvenes que se distribuían en grupos y proferían fuertes gritos mientras escuchaban una música desagradable?  Aceleró el pasó. ¿Por qué había hombres fumando en las esquinas y le miraban de manera desafiante? Apretó la mano con la que sujetaba su maleta. ¿Por qué dos personas discutían en voz alta? ¿Había señalado un tercero hacia donde estaba ella? La señora Tanaka sintió en ese momento verdadero terror. ¿Estaba ese hombre del sombrero siguiéndola? En medio de un ataque de pánico, comenzó a correr todo lo que sus viejos pies le permitieron y dobló la esquina. Apareció en una avenida ligeramente más amplia que la anterior, invadida de taquicardia por completo. ¿Qué era ese olor que infestaba las calles? ¿Y la extraña niebla gris? ¿Y el sucio color de los edificios? ¿Y toda esa basura que se acumulaba en el pavimento? La señora Tanaka sintió que comenzaba a marearse. Su menuda y arrugada mano soltó la maleta que portaba.

¿Qué había sido de los preciosos edificios antiguos y las tiendas de moda? ¿Por qué no podía encontrar las pastelerías lujosas con escaparates coloridos de las páginas de las revistas? ¿Dónde estaban todas las Clothildes del mundo? En ese momento, un hombre que andaba en dirección opuesta le golpeó con el hombro mientras pasaba entre ella y la pared. La señora Tanaka cayó exhausta en el pavimento y perdió el conocimiento. Lo último que recuerda es ver a una joven que se acercó a ella corriendo y le dijo unas palabras que no entendió, mientras le cogía de la mano. “Clothilde…”.

Hikari Tanaka despertó unas horas después en una habitación desconocida para ella. Sin fuerza para decir una palabra, permaneció unos minutos mirando al techo, mientras vagamente pudo escuchar a dos personas manteniendo una conversación en su lengua materna. ¿Había vuelto a Japón?

En ese momento, un hombre se acercó a ella y se sentó al lado de su cama.

—¿Es usted la señora Tanaka?

—Sí, soy yo.

—Señora Tanaka, está usted en un hospital. Ha sufrido lo que se conoce como ´El síndrome de París´. No se preocupe, esta patología ocurre a más de treinta japoneses al año, debido al choque cultural. Hace unas horas, recibimos en la Embajada Japonesa de París una llamada, diciendo que una turista proveniente de Kioto había sufrido un desmayo. Pero ha sido hospitalizada y se encuentra estable. Hemos llamado a su hijo y está de camino. Ahora intente dormirse.

La gran cantidad de información fue imposible de procesar para la señora Tanaka, que cerró los ojos y se sumió en un profundo sueño, el cual fue únicamente interrumpido cuando escuchó en la lejanía la voz de su hijo.

Después, todo sucedió muy rápido, como en un sueño: salió del hospital, embarcó en un avión y regresó a Kioto. De camino a su pequeña casa, Hikari y su hijo realizaron una parada en la nueva y reformada pastelería. Estaba irreconocible. Grandes pantallas promocionaban tartas de colores, bebidas con burbujas y dulces que la señora Tanaka no había visto jamás. Jóvenes japoneses llenaban las mesas, también provistas de aparatos tecnológicos y música. Cabizbaja, la señora Tanaka pidió a su hijo que le llevase a casa. Al cruzar la puerta, se acercó a un armario y tomó una pequeña caja entre sus manos, de la que sacó un papel brillante y arrugado. Se sentó en la silla de la cocina que había sido su único refugio durante el último mes y lo desdobló. Mientras lo observaba fijamente, podía sentir cómo sus ojos se iban llenando de lágrimas. “No hay dorayakis en París.” A partir de ese momento, tampoco los habría en Kioto.

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