No hay dorayakis en París.

 

Hikari Tanaka tiene sesenta y cinco años. De esos sesenta y cinco, sesenta y cuatro los ha pasado en Kioto. Más de cincuenta, trabajando en una pequeña pastelería de la calle Hanamikoji. Su vida: los dorayakis. Su secreto: la paciencia. Y su sueño: viajar a París.

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La señora Tanaka comenzó a trabajar en la pastelería de su padre con tan sólo once años. Cada día, al salir de la escuela, se encargaba de preparar pedidos y limpiar bandejas. Pero en seguida abandonó esas labores, en cuanto su padre se dio cuenta de que la pequeña Hikari tenía un don especial con la masa: nunca quedaba tan suave, dulce y esponjosa como cuando su hija la preparaba. El señor Tanaka había intentado mantenerla lejos de la cocina porque Hikari era demasiado lenta amasando; una tarea que a otros les llevaba treinta minutos, a ella podía llevarle más de dos horas. Pero cambió de idea cuando sus clientes empezaron a amontonarse en sus puertas cada mañana, pidiendo los famosos dorayakis con sabor a infancia y textura de nube. Y así, Hikari pasó a convertirse en la pastelera de dorayakis más famosa de la calle Hanamikoji y siempre mantuvo sus estrictas dos horas de amasado. Su padre murió pensando que la niña era lenta, o despistada, o simplemente demasiado soñadora como para ser capaz ejecutar una tarea tan simple en un tiempo más corto. La realidad, que Hikari nunca desveló, era que alargaba todo lo posible su tiempo en la cocina de la pastelería a propósito, ya que ese era el único momento que tenía para estar con su padre en todo el día. Quizás, ese sentimiento de amor era el verdadero secreto del dulzor del pastel.

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Cuando el señor Tanaka murió, Hikari pasó a ser la dueña de la pastelería. Se casó, tuvo un hijo y también un nieto, pero los vecinos especulaban con que hacia ninguno de ellos sentía un cariño tan grande como hacia sus queridos dorayakis.

Año tras año, siguió levantándose cada día a las cuatro de la mañana para dedicar sus primeras dos horas antes del amanecer a la masa de harina y huevos.

Pero la vida estaba a punto de cambiar para la señora Tanaka. Su nieto acababa de terminar sus estudios de Administración de Empresas en la Universidad de Tokio y había decidido utilizar la fama de la pastelería familiar para relanzar el negocio con una cara mucho más moderna. Según el joven y su padre, esto era un regalo para la abuela Tanaka, ya que podría jubilarse y dedicarse a descansar.

Pero para Hikari iba a significar algo completamente distinto. El primer día en cincuenta años que no tuvo que amasar, se despertó, como había hecho durante décadas, a las cuatro de la mañana. Desorientada, a oscuras y sin saber qué hacer, puso una tetera a calentar al fuego y se sentó en una silla de la cocina, donde permaneció doce horas seguidas. El día siguiente hizo lo mismo y también el sucesivo. En la pastelería, su nieto ya había comenzado con las reformas, pero ella se negaba a volver hasta que estuviese terminado. Sabía que le entristecería demasiado ver reducido a escombros el pequeño local que había sido su vida.

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Cuando llevaba un mes entre hojas de té, oscuridades y silencios, una mañana la señora Tanaka no se despertó hasta las diez de la mañana. Tumbada en su cama, con la mirada puesta en el oscuro techo, repasó lo que había sido su vida. La niña Hikari había pasado sus años de infancia intentando complacer a su padre y mendigando escasas palabras de aprobación. La adulta Hikari Tanaka se había casado con un amigo de la familia y había formado la suya propia, tal y como mandaba la tradición. La actual señora Tanaka había dedicado su cuerpo, alma y cada hora de su tiempo a hacer dorayakis y a ahorrar cada moneda que había conseguido con ellos. Nunca se había tomado un día libre, con excepción del día de su boda y la ocasión en la que dio a luz. Nunca había tenido vacaciones. Nunca había salido de Kioto. Ni siquiera había estado en Tokio. Esa misma mañana, la señora Tanaka decidió que iba a dar un buen uso a los ahorros de toda su vida. Hikari concluyó que se iría a París. Lo haría por la anciana que descansaba boca arriba en su cama, por la pequeña Hikari que inventó una nueva técnica de amasar en busca de cariño y por todos los días de vacaciones que había perdido para ser invertidos en dorayakis.

Hikari Tanaka había querido ir a París desde la primera vez que vio a Clothide Jacques. Clothilde era la esposa del señor Jacques, un empresario francés que había llegado a Kioto en los años setenta para expandir sus negocios en Japón. La señora Tanaka nunca le llegó a conocer, pero sí a su esposa.

La señora Jacques apareció un día por la pastelería buscando algo dulce que le recordase a su añorada Francia. Cruzó la puerta, desorientada, a media mañana, cuando el local se encontraba vacío. Hikari salió a recibirla tras el mostrador y quedó impactada por esa figura alta y esbelta vestida de negro y azul. Clothilde se quedó mirando a los extraños pasteles expuestos y, con un dedo fino y pálido, del que destacaba un anillo de lapislázuli, señalo un dorayaki. Hikari se lo ofreció, sin poder dejar de mirar sus ojos azules y sus cabellos castaños ensortijados. Clothilde se lo acercó dubitativa a los labios, le dio un bocado y saboreó lentamente. Después, sonrió y volvió a señalar los dorayakis. Ese día se comió tres y, a partir de entonces, regresó a la pastelería todas las mañanas durante los cinco años que la pareja estuvo viviendo en Japón.

Cada uno de esos días, Hikari esperaba expectante la visita de la francesa, que cada mañana la sorprendía con un nuevo conjunto de ropa, otro peinado, o un color de labios distinto. Sin cruzar una sola palabra, sus fugaces encuentros se convirtieron en una reconfortante vía de escape para las dos. Para Clothilde, los cinco minutos en la pastelería era el único momento en Japón en el que se sentía en casa. No habría sabido explicar el porqué, pero el dulce y esponjoso pastel le provocaban calma y felicidad, y le hacían sentirse menos extraña. Para Hikari, cada visita de la francesa era una diminuta rendija por la que escaparse al mundo exterior y conocer algo más allá de su tienda, de Kioto y de su aislado mundo japonés. Con cada nuevo sombrero, Hikari soñaba con ciudades exóticas llenas de tiendas de moda y cosméticos, por cuyas calles pasearía gente tan estilosa y viajada como Clothilde.

Hikari aprendió que Clothilde venía de París cuando la francesa llevaba unos dos años en Kioto. Algunos días, la francesa se sentaba en un pequeño taburete del local y degustaba allí mismo su apreciado dorayaki. Ese día, apareció con una revista de moda y estuvo más de treinta minutos hojeándola, ante la atenta mirada de Hikari. Tras darse cuenta de la admiración que se había generado en la dueña, Clothilde se acercó al mostrador y se la mostró. Página tras página, Hikari observó figuras estilizadas envueltas en telas de ensueño, vestidos imposibles con cuyos cortes no habría podido soñar jamás e impresionantes edificios, los cuales no había podido tan siquiera imaginarse. Pero la mayor alegría se la produjo una página que mostraba el escaparate de una pastelería, con un expositor repleto de dulces, tartas y bombones que brillaban más que las más valiosas joyas. La lujosa tienda parisina se mostraba en ese momento, como diciéndole: “Hikari, también tenemos un sitio para ti. Y para tus dorayakis”.  Clothilde debió apreciar el asombro que la japonesa sintió al observar la pastelería impresa en la publicación, así que arrancó la página y se la tendió. Y allí, en la parte de inferior de la hoja de papel satinada, leyó por primera vez esas cinco letras que memorizaría al instante y nunca olvidaría: París.

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Tres años después, Clothilde abandonó la ciudad y se llevó con ella los viajes imaginarios de Hikari. Pero el sueño parisino nunca llegó a morir. Hasta que ese día, más de cuarenta años después, la señora Tanaka decidió que por primera vez en su vida haría algo por ella misma. Sin decir nada a su hijo ni a su nieto, preparó una pequeña maleta con sus cosas y tomó un tren en dirección al aeropuerto de Kioto. Y así, sin ni siquiera saberlo, comenzó el viaje de la manera más parisina posible: despidiéndose a la francesa.

Con un billete comprado en el mismo aeropuerto con buena parte de los ahorros de su vida, y una reserva de hotel efectuada por la misma amable empleada que se lo vendió, la señora Tanaka se subió a un avión por primera vez. En el asiento, se vio rodeada de desconocidos que se iban instalando sin relacionarse unos con otros. Oyó cómo algunos hablaban japonés a través de sus teléfonos y cómo otros intercambiaban palabras en idiomas que no había escuchado jamás. Sin embargo, no se sintió nerviosa o perdida. Por primera vez, sintió algo que no había experimentado jamás. La señora Tanaka sintió ilusión, pero de esa clase que sólo se siente cuando se está a punto de hacer un cambio radical, cometer una travesura o saltar al vacío sin red. Una ilusión que no podía comparar con nada anteriormente vivido. Una ilusión alimentada por más de cuarenta años de construir expectativas acerca de su quimérica y perfecta visión de París.

Al bajar del avión, se dirigió como un autómata en busca de un taxi y le dio al conductor un papel con la dirección de su hotel. A partir de ese preciso instante, el corazón de la vieja señora Tanaka pasó de latir de ilusión a hacerlo mucho más desbocadamente, entre pulsos de asombro, miedo, ansiedad y rechazo. El vehículo comenzó la marcha entre acelerones y agresivos cambios de carril. Además, el taxista gritaba palabras que la nipona no entendía y realizaba gestos obscenos al resto de conductores. Al otro lado del cristal, los humos cenicientos de los coches se mezclaban con una lluvia nada amigable, y edificios grises y sobrios se sucedían en un paisaje aburrido y antiestético. “Debe ser que todavía no hemos llegado a París”.

Casi una hora más tarde, cuando ya había parado de llover, Hikari se encontró en la calle de su hotel, con una maleta en la mano y el papel con la borrosa letra de la empleada del aeropuerto en la otra. Confusa, cansada y todavía convencida de que eso no podía ser París, comenzó a andar en línea recta, de manera tan desafortunada que pasó de largo la puerta de su alojamiento. Según caminaba, una sensación de ahogo apareció en su pecho y fue invadiendo cada uno de sus órganos con cada paso. ¿Quiénes eran esos jóvenes que se distribuían en grupos y proferían fuertes gritos mientras escuchaban una música desagradable?  Aceleró el pasó. ¿Por qué había hombres fumando en las esquinas y le miraban de manera desafiante? Apretó la mano con la que sujetaba su maleta. ¿Por qué dos personas discutían en voz alta? ¿Había señalado un tercero hacia donde estaba ella? La señora Tanaka sintió en ese momento verdadero terror. ¿Estaba ese hombre del sombrero siguiéndola? En medio de un ataque de pánico, comenzó a correr todo lo que sus viejos pies le permitieron y dobló la esquina. Apareció en una avenida ligeramente más amplia que la anterior, invadida de taquicardia por completo. ¿Qué era ese olor que infestaba las calles? ¿Y la extraña niebla gris? ¿Y el sucio color de los edificios? ¿Y toda esa basura que se acumulaba en el pavimento? La señora Tanaka sintió que comenzaba a marearse. Su menuda y arrugada mano soltó la maleta que portaba.

¿Qué había sido de los preciosos edificios antiguos y las tiendas de moda? ¿Por qué no podía encontrar las pastelerías lujosas con escaparates coloridos de las páginas de las revistas? ¿Dónde estaban todas las Clothildes del mundo? En ese momento, un hombre que andaba en dirección opuesta le golpeó con el hombro mientras pasaba entre ella y la pared. La señora Tanaka cayó exhausta en el pavimento y perdió el conocimiento. Lo último que recuerda es ver a una joven que se acercó a ella corriendo y le dijo unas palabras que no entendió, mientras le cogía de la mano. “Clothilde…”.

Hikari Tanaka despertó unas horas después en una habitación desconocida para ella. Sin fuerza para decir una palabra, permaneció unos minutos mirando al techo, mientras vagamente pudo escuchar a dos personas manteniendo una conversación en su lengua materna. ¿Había vuelto a Japón?

En ese momento, un hombre se acercó a ella y se sentó al lado de su cama.

—¿Es usted la señora Tanaka?

—Sí, soy yo.

—Señora Tanaka, está usted en un hospital. Ha sufrido lo que se conoce como ´El síndrome de París´. No se preocupe, esta patología ocurre a más de treinta japoneses al año, debido al choque cultural. Hace unas horas, recibimos en la Embajada Japonesa de París una llamada, diciendo que una turista proveniente de Kioto había sufrido un desmayo. Pero ha sido hospitalizada y se encuentra estable. Hemos llamado a su hijo y está de camino. Ahora intente dormirse.

La gran cantidad de información fue imposible de procesar para la señora Tanaka, que cerró los ojos y se sumió en un profundo sueño, el cual fue únicamente interrumpido cuando escuchó en la lejanía la voz de su hijo.

Después, todo sucedió muy rápido, como en un sueño: salió del hospital, embarcó en un avión y regresó a Kioto. De camino a su pequeña casa, Hikari y su hijo realizaron una parada en la nueva y reformada pastelería. Estaba irreconocible. Grandes pantallas promocionaban tartas de colores, bebidas con burbujas y dulces que la señora Tanaka no había visto jamás. Jóvenes japoneses llenaban las mesas, también provistas de aparatos tecnológicos y música. Cabizbaja, la señora Tanaka pidió a su hijo que le llevase a casa. Al cruzar la puerta, se acercó a un armario y tomó una pequeña caja entre sus manos, de la que sacó un papel brillante y arrugado. Se sentó en la silla de la cocina que había sido su único refugio durante el último mes y lo desdobló. Mientras lo observaba fijamente, podía sentir cómo sus ojos se iban llenando de lágrimas. “No hay dorayakis en París.” A partir de ese momento, tampoco los habría en Kioto.

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El mundo tecnológicamente perfecto de Elon Musk.

¿Te imaginas un mundo en el que no estés obligado a trabajar para ganar dinero, sino en el que puedas despertarte cada día con una sonrisa para dedicarte a lo que más te gusta? Piénsalo bien: no más madrugones obligatorios, no más jefes, no más fichar en la oficina, no más lunes. En definitiva, un mundo en el que nunca pedirías tener vacaciones, ya que vivirías en un estado ininterrumpido de satisfacción. En serio, ¿te lo imaginas?

Posiblemente, muchos de nosotros, no. Pero Elon Musk, sí. El mismo que ha conseguido que se pueda pagar con un sistema online sin utilizar dinero físico (fundó PayPal), ser el primero en mandar su propio cohete privado en órbita al espacio sin depender de organismos aeroespaciales como NASA (con SpaceX) y crear un coche completamente eléctrico que prescinde de combustibles fósiles, a un precio cada vez más asequible para la clase media (Tesla). ¿Te imaginabas hace unos años que todo eso podría llegar a hacerse realidad?

La nueva obsesión de este ingeniero y empresario sudafricano es la inteligencia artificial. Y, una vez más, ha decidido enfocar el proyecto desde su punto de vista humanitario y filantrópico.

Que la inteligencia artificial y la automatización están comenzando a ser implementadas en numerosos procesos productivos es ya una realidad. En plantas de todo el mundo, los robots están remplazando la mano de obra progresivamente. Empresas como Amazon ya han lanzado las primeras tiendas que prescinden de cajas para pagar y de sus correspondientes empleados. La primera, llamada Amazon Go, ha sido abierta en Seattle y combina una aplicación en el teléfono del usuario con tres innovadoras tecnologías: sensores, aprendizaje automático (o deep learning) y un sistema de visión artificial.

Hay quienes incluso ya hablan de la cuarta revolución industrial, que vendrá impulsada por la inteligencia artificial, tal y como la máquina de vapor, la producción en masa y la primera ola de automatización generaron la primera, segunda y tercera revolución (La próxima revolución industrial está aquí, Ted Talk por Olivier Scalabre). Esta teoría tendría sentido, ya que respondería a la situación económica actual, generando crecimiento productivo y financiero global.

Sin embargo, toda gran revolución puede tener consecuencias beneficiosas o terribles para la población según cómo sea implementada. Es en este punto donde Elon Musk quiere, una vez más, crear la diferencia. Para ello, ha lanzado OpenAI, una compañía sin ánimo de lucro centrada en investigación de inteligencia artificial que sea segura y positiva para la población. Al ser abierta a todo el mundo, Musk pretende evitar que esta tecnología beneficie únicamente a las grandes multinacionales y al gobierno, ya que podría crear excesivo poder y desigualdades sociales aún mayores que las actuales.

Y es que, según un estudio llevado a cabo en 2013 por la Universidad de Oxford, un 47% de los empleos estadounidenses podrían haber sido remplazados por robots dentro de diez a veinte años. En países en desarrollo, esta cifra aumentaría a dos tercios, según un estudio del Banco Mundial en 2016.

Entonces, ¿cómo hacer que esta hipotética situación sea sostenible?

Cuando se le pregunta a Musk cómo visualiza este futuro ideal, él acude a tres palabras: “Renta básica universal”. Sin todavía dar detalles prácticos, explica que, a medida que los sistemas de inteligencia artificial vayan remplazando a trabajadores en sus empleos, el gobierno deberá establecer un ingreso elemental. La mayor ventaja, apunta, es que la población se verá liberada de la esclavitud de trabajos insatisfactorios y podrá dedicar su tiempo a actividades más complejas, inteligentes y creativas que les apasionen y aporten un cambio real para la sociedad.

Puede que la idea suene todavía quimérica, pero sería la fantasía de un mundo tecnológicamente perfecto. Al fin y al cabo, si pensamos fríamente en nuestro día a día en la sociedad actual, no hacemos otra cosa que alquilar las horas de nuestro tiempo a otra persona, o empresa, a cambio de dinero. ¿Qué pasaría si un día pudiésemos dejar de prostituir nuestro tiempo y así dedicar nuestras horas a crear nuestra propia vida?

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Como ingeniera y escritora, esta ilusión tecnológica cobra sentido en mi imaginación. Al fin y al cabo, el escritor es un fabricante de farsas. Un inventor de historias. Un cuentista. Su trabajo consiste en coger pequeños trozos de la realidad y darles forma hasta convertirlo en algo irreal. Transformar lo cotidiano en fantasía. Las verdades en mentiras. Un escritor hace que podamos soñar de noche.

El ingeniero, en cambio, hace el trabajo contrario: parte de una idea que no existe, de un concepto propio del mundo de la ficción. Su labor es pasar lo imposible a posible, conseguir que lo utópico se materialice en común. En definitiva, convertir una mentira en una verdad. Un ingeniero hace que podamos vivir de día.

Mientras esperamos que la tecnología y los sueños se den la mano en nuestro futuro ideal, sólo nos queda seguir fantaseando con el resto de planes que Musk tiene en mente para nosotros, como enviar humanos de vacaciones a Marte con SpaceX, acabar con el cambio climático con su compañía SolarCity o diseñar un sistema de transporte de altísima velocidad mediante tubos y cápsulas llamado Hyperloop, al más puro estilo Futurama. Y sin que tengamos que esperar hasta el año 2999.

 

¿Por qué los años nos pasan cada vez más deprisa?

Me niego a creer que estemos a punto de entrar en 2017.

Pienso en hace doce meses, cuando estaba caminando por las calles de Zaragoza entre luces, mercadillos navideños y gente haciendo fila para comprar lotería… Y me parece que sucedió ayer. Recuerdo nítidamente la tarde del 3 de enero de 2016, en la que estaba haciendo la maleta para volver a Bruselas, y me veo doblando camisetas mientras pensaba: “¿Voy a tener que esperar un año entero para volver a tener esto?”. Y aquí estoy, otra vez.

Yo creo que la única explicación posible es que me han congelado y me acaban de despertar, porque me siento como un oso desorientado después de su hibernación.

Pero no ha habido sueño eterno de por medio, ni viajes en el tiempo, ni magia negra. Ni creo que ésta sea una sensación que únicamente me está pasando a mí. Pero, entonces, ¿por qué cada vez nos parece que los años pasen más deprisa?

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Yo siempre había pensado que la culpable, una vez más, tenía que ser la rutina. Al fin y al cabo, según nos vamos haciendo mayores, nuestra vida tiende a estabilizarse y empezamos a adoptar patrones diarios. Según pasan los días, entre trabajo, facturas y obligaciones, intentamos sortear las complicaciones lo más dignamente posible y es un logro meterse en la cama sin un contratiempo que nos quite el sueño. De esa manera, los días van pasando sin pena ni gloria, sin hacer mucho ruido y sin dejar una huella reseñable. Como consecuencia, lo que antes duraba un año, pasa a parecer que dura un mes, una semana o incluso menos de veinticuatro horas.

Sin embargo, acabo de averiguar que esta vez no voy a poder echar la culpa a la vida adulta (una lástima). Resulta que la causa está en la manera que tiene nuestro cerebro de percibir la duración del tiempo como un resultado de experiencias pasadas.

Para nuestro cerebro, la duración de una porción de tiempo determinada puede únicamente medirse como un porcentaje de un periodo más largo y conocido, que no es otro que nuestra propia vida. Es decir, que percibe lo rápido o lento que ha pasado un año mediante un cálculo proporcional.

Esto se entiende claramente cuando echamos la vista atrás y pensamos en cuando éramos niños y el curso escolar nos parecía eterno. Si pensamos en un niño de cinco años, un año representa un 20% de su vida total. Por eso, su cerebro percibe un año como un periodo de tiempo considerablemente largo comparado con lo que es su sistema de referencia (su vida, los cinco años). Sin embargo, según vamos creciendo, nuestro sistema de referencia va alargándose progresivamente, mientras que el año sigue durando 365 días. Cuando cumplimos veinte años, un año ya es sólo un 5% del sistema de referencia. Y cuando cumplimos cincuenta, sólo representa un 2%.

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Por eso, según vamos haciéndonos mayores, nuestro cerebro percibe que un año va pasando cada vez más rápido y nos parece que dure cada vez menos. Y lo mismo nos pasa con las vacaciones, los viajes e incluso con los fines de semana (que pasan de ser un 6% a los cinco años, a un 0.5% a los cincuenta).

¿Resulta un poco deprimente pensar que cada vez el tiempo nos va a pasar más rápido? Puede ser que sí.

Sin embargo, a mí me parece la excusa perfecta para no desaprovechar ni una sola hora del 2017 y hacer que cada día cuente. Porque en doce meses echaré la vista atrás, me marearé de nuevo al pensar que el año ha vuelto a desvanecerse sin pedirme permiso y pensaré orgullosa: “Pues sí que hice cosas en este tiempo que ha volado”.

El ingeniero escritor.

 

O el escritor ingeniero.

El escritor es un fabricante de farsas. Un inventor de historias. Un cuentista. Su trabajo consiste en coger pequeños trozos de la realidad y darles forma hasta convertirlo en algo irreal. Transformar lo cotidiano en una fantasía. Las verdades en mentiras. Necesitamos al escritor, porque todos tenemos derecho a soñar de noche.

El ingeniero hace el trabajo contrario: parte de una idea que no existe, de un concepto propio del mundo de la ficción. Su labor es pasar lo imposible a posible, conseguir que lo utópico se materialice en común. Hacer que un ser humano pueda volar. Que se desplace a más de trescientos kilómetros por hora. Que venza a las leyes del tiempo, aunque sea tan sólo por unos años. En definitiva, convertir una mentira en una verdad. Necesitamos al ingeniero, porque todos tenemos derecho a vivir de día.

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La clave es ingeniárselas para escribir. El reto está en darle un giro argumental a los inventos.

Multiplicar las letras. Unir los números.

Contar las mentiras. Realizar las verdades.

Aunque lo más difícil es saber en cuál de los dos mundos nos encontramos en cada momento.

 

El club de escritores.

Hoy he ido a mi primera reunión de escritores en Bruselas. Ha sido genial: cada uno somos de una nacionalidad diferente y escribimos en nuestra lengua materna, así que no entendemos los textos de los demás. Eso implica que no podemos darnos feedback, ni corregirnos los unos a los otros. Así que sólo nos hacemos compañía y nos damos ánimos sin fundamento. Creo que, de hecho, éste podría ser el secreto del club de escritores perfecto.

Aunque, pensándolo bien, si escribiésemos todos en el mismo idioma no habría sido muy distinto. Al fin y al cabo, un grupo de escritores es un puñado de gente de perfil introvertido que queda en un lugar social para enfrascarse en su ordenador y no hablar unos con otros.

Ha habido toneladas de café, bagels y donuts. Al principio me he puesto muy contenta al pensar que me había equivocado y había venido al club del brunch. Pero después me han quitado mi ilusión cuando han empezado a sacar portátiles, blocs de notas y tacos de folios.

Al comenzar la reunión hemos tenido que presentarnos, contar por qué estábamos ahí y describir qué tipo de literatura hacemos. Yo he pensado en inventarme un pseudónimo y una vida ficticia, pero he desechado la idea al darme cuenta de que todos son escritores y por lo tanto habrían pensado exactamente lo mismo y ya no sería original. Uno ha descrito su estilo como kafkiano y otro ha relatado las similitudes de sus escritos con los de Haruki Murakami. Yo he dicho la verdad: que los textos que más admiro son los diálogos de Las Chicas Gilmore.

Antes de comenzar la sesión hemos compartido con el grupo en qué íbamos a estar trabajando. Algunos iban a adelantar parte de sus novelas, otros a buscar inspiración para sus poemas, una ha dicho que estaba cansada y “lo que surja” y un último ha dicho que iba a dedicar las tres horas a adelantar trabajo de oficina que tenía que entregar al día siguiente. ¡Pero cómo se atreve! Las reuniones de escritores que no hablan unos con otros no están para eso. Están para vestirse de hípster, lucir tu ordenador nuevo y tomar café. Si quiere trabajar, que se quede en su casa, enfrente de su escritorio lúgubre y que luche por vencer la pereza, como todo el mundo. Me ha parecido fatal.

Como era mi primer día yo no tenía nada pensado. Y eso de trabajar en domingo es algo que todavía me suena pecaminoso por culpa de mi educación en colegio de monjas. Así que he terminado escribiendo esto. Por lo menos, es mejor que un plan típico de domingo, que normalmente incluye un pijama, Netflix y galletas.

En la reunión no podía entrarme la pereza ya que estaban todos muy concentrados (ni podía postergar poniendo la lavadora o planchándome el pelo). A pesar de todo he sido fiel a mí misma y he dedicado la mitad del tiempo a perderme en mis pensamientos, desvariar en mis despistes y fijarme en detalles insustanciales. Por ejemplo, me he dado cuenta de que todas llevábamos las uñas geniales. Me imagino que será porque las manos tecleando sobre los ordenadores son el foco central de este tipo de reuniones. Creo que si alguien me preguntará cuál era el color de ojos de una de las personas que había en la reunión no lo sabría, pero sí los tonos de todos los esmaltes de uñas.

De repente, una chica griega ha osado romper todas las reglas no escritas del club de los escritores y me ha traducido el poema que había compuesto. He pensado que posiblemente no tendría mucho sentido porque al pasarlo de griego a inglés no iba a rimar (como las canciones de Shakira) pero me he dejado llevar por el ambiente bohemio. Sinceramente, en inglés, incluso sin rimar, sonaba genial. Así que en griego debía de ser brutal. He cumplido mi parte del trato animándole a seguir escribiendo, y esta vez lo decía de verdad.

Antes de terminar, no he podido resistirme a sacar una foto para ilustrar mi experiencia. Ha sido una maniobra arriesgada, ya me ha hecho perder puntos en la escala hispter. Espero haber compensado con mi falda midi plisada y mi gorro de lana gigante.

En conjunto, ha sido un refugio del frío muy digno. El próximo domingo que esté en Bruselas volveré.  Me he quedado con ganas de probar el bagel de salmón.

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Cinco paradas en Tailandia.

Viajar es una de las cosas que más me gusta del mundo. La otra es comer. Si puedo combinar las dos, soy feliz. ¿Estás pensando en ir a Tailandia? Éstas son las cinco paradas que te proporcionarán alegría, estómago lleno y fotos de Instagram.

Bangkok: Khao San Road. (Bangkok, Thailand).

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Fuente: http://www.bangkok.com/area-khao-san-road/

Normalmente recomiendo un restaurante, pero en este caso es mejor hablar de una calle entera.

Khao San Road es conocida como el gueto de mochileros en Bangkok, aunque realmente es un hervidero de viajeros, turistas, familias, jóvenes, parejas y trotamundos solitarios. La parte más negativa es que se está llenando de guiris borrachos celebrando un spring-break continuo. La positiva, que hay opciones de comida thai para todos los gustos concentradas en dos o tres calles: desde puestos callejeros, locales vegetarianos y sitios de zumos, hasta restaurantes con música en directo.

Mi consejo: déjate guiar por los restaurantes familiares, en los que verás tailandeses mezclándose con viajeros comiendo solos, menús básicos y precios bajos. La comida es más auténtica (y barata) que en los grandes locales que ofrecen menús en inglés, cócteles y música occidental, aunque a primera vista no te llamen tanto la atención.  El mejor momento del día para ir es a la hora de la cena, cuando la calle se ilumina y el bullicio aumenta. Una de las mejores opciones para comer: empezar por lo típico y disfrutar de un pad thai o un curry.

Krabi: May & Zin. (Ao Nang, Mueang Krabi District, Krabi, Thailand).

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Una sorpresa en Krabi.

A unos quince minutos andando desde el puerto, se encuentran varios puestos de comida para llevar rodeados por mesas de madera en las que disfrutarla. Uno de ellos es May & Zin, que destaca por el pescado, el marisco y los curris. No sirven bebidas, pero en otro de los puestos podrás comprar cerveza o un mango lassi que te ayude a apagar el picante.

Mi recomendación (y la del chef) es el curry de cangrejo.

Koh Lanta: Maladee. (75/1 Moo 1 Saladan, Ko Lanta District, 81150, Thailand).

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Encontré este restaurante por casualidad, ya que se podía llegar caminando desde mi alojamiento, y comí el mejor marisco de todo el viaje.

Este pequeño local tiene una decoración única que te hará evadirte en un completo sentimiento viajero, ya que puedes elegir entre sentarte alrededor de una mesa de madera o comer recostado en unos de sus sillones en el suelo. Cada día el menú varía ligeramente, dependiendo de cómo haya ido la pesca ese día. Al llegar, te mostrarán las piezas y te informarán del precio por kilo. A partir de ahí, puedes pescado o marisco a la plancha, con curry, con distintos grados de picante… Recomiendo las gambas (gigantes) a la plancha, que están acompañas con un marinado de ajo y especias… Heaven.

Si quieres hacer la experiencia única, pásate antes o después de cenar por el Rock Beach. ¿Por qué? Atardecer, vistas y cerveza en hamaca.

Chiang Mai: Saturday/Sunday Market Walking Street (Wui Lai Road/Ratchadamnoen Road, Chiang Mai, Thailand).

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Chiang Mai (o, para mí, el corazón de Tailandia) cuenta con numerosos restaurantes perfectos para mochileros (por ambiente, menú y bolsillo). Si tengo que recomendar sólo uno, me quedo con un pequeño local familiar que me descubrió la dueña de la pequeña casa de tres habitaciones en la que me quedé. Llevado por una familia y frecuentado por locales, ofrece opciones típicas de comida tailandesa del norte, que complementan los curris de pescado que se comen en el sur. ¿Cómo encontrarlo? Busca “un restaurante sin nombre con una puerta de madera en la calle Kotchasarn”. Tal cual. Si yo pude encontrarlo, seguro que tú también. Si no lo localizas no hay problema, ya que sólo a un par de minutos a pie está la calle Ratmakka, en la cual se encuentran la mayoría de locales en los que comen los mochileros (Taste from Heaven, Dada Kafe o Kitty Cat Bar, por decir unos pocos).

Después de la comida, en esa misma calle tienes dos paradas destacables: la librería de segunda mano The Lost Bookstore y un pequeño templo budista abierto al público, en el que podrás sentarte a la sombra del jardín a tomarte un té helado tailandés, preparado con leche de coco o leche evaporada.

Pero, aún mejor que estas experiencias gastronómicas, está el festival de colores, olores y sabores que se forma al caer la noche del sábado o el domingo en el mercado nocturno. Aparte de poder comprar artesanías y ver espectáculos de música, es el lugar perfecto para probar la verdadera street-food tailandesa. Mi consejo es que te lances a por las opciones que todavía no hayas degustado en el resto de las ciudades y que vayas pidiendo poco a poco en diferentes puestos (como si estuvieses de tapas en Donosti).

Koh Phi Phi: The Mango Garden. (Moo. 7 73 T, Aonang Amphur Muang Krabi. Thailand).

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¿Cómo puede ser que estemos hablando de comida tailandesa y todavía no se haya nombrado el mango sticky rice?

Este dulce tailandés se trata de tal y lo que su nombre indica: mango fresco acompañado de arroz pegajoso y dulce, cocinado con azúcar y leche de coco. Se puede comer de postre o a cualquier momento del día.

Si eres un fanático del desayuno como yo (que me acuesto feliz pensando en lo que tomaré al día siguiente), es tu deber hacer una parada matutina en The Mango Garden, “el Starbucks tailandés de Koh Phi Phi”.Aquí, no sólo podrás encontrar el famoso mango sticky rice, sino también gofres, smoothies, muesli y café de buena calidad. La mayoría de clientes hacen la parada a desayunar justo antes de coger el ferry para salir de la isla, ya que es perfecto por horario y proximidad (y el azúcar y la cafeína te ayudarán a evitar un posible mareo…).

10 restaurantes internacionales en Bruselas.

Bruselas es conocida como la capital de Europa… Y en cuanto a gastronomía se refiere, podría decirse que del mundo. Es una de las ciudades más multiculturales del viejo continente y se puede disfrutar de comida de todo tipo y para distintos presupuestos.

Si tienes la suerte o desgracia de haber acabado viviendo aquí, por lo menos puedes viajar con el estómago a lo largo de diez nacionalidades en diez restaurantes.

  1. El japonés.

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Izakaya. Vleurgatsesteenweg 123, 1000 Bruxelles.

La mejor manera de saber si un restaurante japonés es bueno es fijarse en su clientela. Si son japoneses, ¡adelante!, ellos saben mejor que nadie como distinguir la buena calidad.

Izakaya es uno de ellos. Se encuentra a un paso de Flagey y se compone de pocas mesas y una barra en la que se puede comer los alimentos preparados en la plancha al momento.

+ Lo mejor: La calidad del pescado. Y también la alegría particular japonesa de los camareros. Al llegar, te saludarán a gritos amistosamente e intercalarán palabras en su idioma natal en la conversación, como arigatou, konnichiwa o sayonara.

– Lo peor: Al ser bastante pequeño y popular, es casi imposible conseguir mesa si no tienes una reserva. Así que asegúrate de llamar antes de ir. Por la misma razón, es difícil conseguir sitio para grupos grandes.

= Sugerencia: Magulodon: un bol de arroz coronado con atún rojo. Si no eres muy fan del pescado crudo, la tempura de verduras es deliciosa.

 

  1. El italiano.

italy

Eccetera. Chaussée de Wavre 402, 1040 Etterbeek, Bruxelles.

Teniendo en cuenta que la comunidad italiana es una de las más grandes de Bruselas, no ha sido nada fácil elegir un solo restaurante. Me he decidido por Eccetera porque tiene pequeños detalles que hace sentir que estás en Italia: vinos de Abruzzo,  café espresso y antipasto a cuenta de la casa. Además, el local es grande, con una decoración moderna y acogedora, e incluso cuenta con un pianista por las noches.

+ Lo mejor: La relación calidad-precio. El menú cuenta con una selección de pastas y carnes de la casa (cualquier opción con trufa está buenísima), aparte de sugerencias diarias. Además, tienen una amplia selección de vinos italianos por los que sólo te cobrarán lo que hayas consumido de la botella. De entre los postres, por supuesto, destacan la panna cotta y el tiramisú.

– Lo peor: Que como te dejan la botella de vino en la mesa, es muy fácil ver cómo se vacía por arte de magia…

= Sugerencia: When in Rome, do like the Romans: ¡pide café después de cenar (siempre expresso, nunca con leche después de media mañana)! ¿La razón? ¡Viene con mini brownies!

 

  1. El chipriota.

chipre

Ambelis. Avenue de l’Armée 41, 1040 Etterbeek, Bruxelles.

¿Con ganas de vacaciones? En medio de un día lluvioso, podrás viajar gastronómicamente en la taberna Ambelis. Este negocio situado en la zona de Montgomery es conocido por todos los chipriotas, griegos y demás amantes del Mediterráneo.

+ Lo mejor: El ambiente. Es distendido, ruidoso y opuesto a lo que se puede encontrar en un restaurante típico en Bruselas. Por lo que es perfecto para evadirse en medio de un invierno gris.

– Lo peor: Es precio belga, lo que significa que te cobrarán el doble de lo que pagarías en Chipre.

= Sugerencia: Si te apetece probar un poco de todo, pide el menú degustación para compartir. Un aviso: ¡es muchísima comida! Así que mejor que vayas con hambre.

 

  1. El libanés.

libano

Kefraya. Jules de Troozlaan 13, 1150 Sint-Pieters-Woluwe, Bruxelles.

Este restaurante libanes se encuentra en el barrio de Woluwe-Saint-Pierre, al lado del parque. Es perfecto para un día de picnic, ya que tienen opciones para llevar (y cerca del parque hay muy pocos sitios en los que encontrar comida). También dan la opción de comer en una mesa dentro del local.

+ Lo mejor: El precio. Por 5 euros puedes disfrutar de un shawarma libanés, con carne de ternera o pollo, vegetales y salsa. Si es una ocasión especial, puedes acompañarlo de entrantes y crear un menú completo.

– Lo peor: Tendré que fiarme de un amigo libanes al hacer esta afirmación, pero él me asegura que los camareros no son originarios de Líbano, basado en el dialecto que hablan. Eso sí, yo creo que han pasado algo de tiempo en el país comiendo y cocinando.

= Sugerencia: El hummus con carne. Tanto un amigo libanés como una amiga turca me aseguraron que el hummus era de los mejores que habían probado en Bruselas. ¡Y la carne recuerda al ternasco de Aragón!

 

  1. El belga.

belgium

Fin de siècle. Rue des Chartreux 9, 1000 Bruxelles. 9 et Voisins. Rue Van Artevelde 1, 1000 Bruxelles.

Siendo que nos encontramos en Bruselas, no podría faltar un restaurante belga. Así que no sólo voy a dar uno, sino dos. Y es que, como bien sabrá quien los conozca, estos dos restaurantes vienen de la mano. Situados en pleno corazón de Saint Gery, 9 voisins y Fin de siècle ofrecen platos tradicionales belgas a un precio curioso, terminado en dos cifras decimales tales como .78, .27 o .36. Hablando de precios, hay que tener en cuenta que no aceptan tarjetas, así que hay que llevar dinero en metálico.

+ Lo mejor: Es el restaurante perfecto para llevar a amigos o familia que están de visita. Comida belga, localización céntrica y aceptan a grupos.

– Lo peor: Muy difícil de encontrar una mesa libre. Y no aceptan reservas. Dan las mesas en función al orden de llegada, así que lo mejor es ir en cuanto abran. Si está lleno, siempre te ofrecen la opción de esperar mientras te tomas una cerveza en el mismo bar, lo cual no está nada mal. Y si tienes demasiada hambre como para esperar, está rodeado por muchísimos otros restaurantes

= Sugerencia: La lasaña vegana. ¡Ya he dicho que era perfecto para llevar a cualquier tipo de visita!

 

  1. El británico.

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Bia Mara. Rue du Marché aux Poulets 41, 1000 Bruxelles.

¿A quién no le apetece de vez en cuando un Fish & Chips? Bia Mara tiene varias opciones de rebozado para el pescado y nada que envidiar a las Frieten.

+ Lo mejor: Es una opción distinta a la fast food de antes de salir de fiesta. Y se encuentra al lado de la Grand Place, así que es perfecto.

– Lo peor: Como la mayoría de los restaurantes en el centro de Bruselas, es difícil encontrar mesa en hora punta.

= Sugerencia: Si vais varios, lo mejor es pedir diferentes opciones y compartir, para probar todas.

 

  1. El etíope.

etiopia

Kobob. Lievevrouwbroerstraat 10, 1000 Bruxelles.

Bruselas cuenta con numerosos restaurantes de comida africana en el barrio de Matongue (¡deliciosos!). Pero en esta ocasión voy a hablar de Kobob, ya que es un restaurante muy popular y se encuentra en el centro (Saint Catherine).

+ Lo mejor: La experiencia. Se come a la manera tradicional etíope, probando carnes, vegetales y salsas de distintas cazuelitas y acompañando todo con pan plano.

– Lo peor: Al llegar la comida, el camarero os explicará con toda su buena intención que debéis comer de la manera tradicional etíope, dando la comida unos a otros… Y pasará de vez en cuando a asegurarse de que le estáis haciendo caso. Si eres remilgado, esto puede dar lugar a alguna situación un poco incómoda.

= Sugerencia: Acompaña la comida con uno de sus cocteles de frutas.

 

  1. El de las Islas Mauricio.

mauricio

Les Marmites du Monde. Rue Saint-Boniface 4, 1050 Ixelles, Bruxelles.

Este restaurante se encuentra en una de las plazas más bonitas y concurridas de Bruselas. Saint-Boniface es perfecta para tomar una cerveza en una de sus terrazas, seguida por una cena. El restaurante Les Marmites du Monde tiene comida típica de las Islas Mauricio y también platos típicos belgas.

+ Lo mejor: El ambiente que se vive en las terrazas de la plaza. Por eso, recomiendo dejarlo para un día de verano.

– Lo peor: El interior del bar es pequeño.

= Sugerencia: Ya que es un restaurante con opciones exóticas, merece la pena elegir uno de los platos del menú de las Islas Mauricio. Los mejores: el curry de gambas y el pollo tandoori.

 

  1. El cubano.

cuba

La cantina cubana. Lievevrouwbroerstraat 6, 1000 Bruxelles.

Una explosión de color y diversión, perfecta para animarte el día más gris y lluvioso de Bélgica. La carta es concisa; se puede elegir entre varias opciones de proteína (cerdo, pollo, pescado…) acompañado por arroz, plátano frito, vegetales y salsa. La “ropa vieja” es un guiso de carne tradicional y les queda de maravilla.

+ Lo mejor: ¡El ron! Como buen restaurante cubano ofrece mojitos, cuba-libres… y un coctel frutal muy fresco llamado “El presidente”.

– Lo peor: Que entre el aperitivo, la cena, el mojito y los cubatas de después, la noche te puede salir cara.

= Sugerencia: Es perfecto para una noche de chicas… ¡y no solamente por los mojitos!

 

  1. El español.

cordoba

La Tapa de Proust. Rue de Montserrat 1-5, 1000 Bruxelles.

Y abrí la caja de Pandora. Como buena española, tengo que incluir un restaurante patrio en esta lista. Y qué difícil es. Porque los españoles somos muy críticos con los restaurantes españoles fuera de nuestro país. He probado varios en Bruselas, de todos los precios y estilos. Pero en este caso voy a decantarme con uno que, aunque sea bastante nuevo, viene pegando fuerte.

La Tapa de Proust es un local situado en la famosa zona del Sablon, que te hará sentir como si te acabases de tele-transportar a un bar de tapas de tu ciudad. En cuanto cruzas la puerta te recibe su decoración con espíritu juvenil y te entran ganas de tomarte un cortado o una caña.

+ Lo mejor: ¡Tienen cervezas españolas! Así que si tienes nostalgia de Estrella Galicia o Alhambra, ya sabes dónde ir.

– Lo peor: Por ahora el menú, aunque completo, no incluye algunos de los grandes clásicos de un bar de tapas, ¡que espero que se vayan añadiendo poco a poco!

= Sugerencia: ¡No te pierdas sus eventos! Hay de todo tipo: la fiesta del jamón, cata de vino español, los partidos de la liga… Para enterarte de primera mano, lo mejor es que los sigas en Facebook.

 

¡Que aproveche! Enjoy! Bon appetit! Guten Appetit! Buon appetite! Eet smakelijk!