Después del hipster, llega el muppie.

Los hípsters han sido una tribu urbana que han dado mucho que hablar. Primero, porque ha sido una de las primeras que no ha surgido de una ideología, rama política o grupo social, sino de la cara más frívola de la moda y del más puro consumismo. Segundo, porque fueron los primeros afectados del gran boom digital de las redes sociales. Y tercero, porque han sabido reinventarse a sí mismos, pasando por gafas de pasta, bigotes o barbas a colarse en la música, el cine, la gastronomía y todas y cada una de las facetas de la vida moderna. Casi nada.

Ahora, después del dominio hípster durante casi una década, parece ser que una nueva tribu se está acercando por el horizonte. Algunos predicen que va a dar de hablar tanto como sus predecesores. ¿Quiénes son? ¿Y pueden de verdad llegar a desbancar a los actuales reyes sociales?

Los muppies (unión de “millenial” y “yuppie”) es un término acuñado por la escritora Michelle Miller, escritora estadounidense, en su libro “The Underwriten”. El nombre está colándose en el vocabulario diario de psicólogos, periodistas y sociólogos. ¿Cuáles son las claves que utiliza para definirlos?

  1. Una simple regla matemática.

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  • Una hora al día buceando en internet.
  • Media hora comprando “on-line”.
  • Tres cuartos confeccionando el menú del día siguiente.

Esto es el tiempo que, según Michelle Miller, un muppie invierte cada día en estas tres actividades.

  1. Un CV de panadero: más largo que un día sin pan, y más completo que un pan multicereales.

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La franja de edad de los muppies, según su inventora, es entre 20 y 35 años. Y están extensamente preparados: suelen poseer título universitario, título de master, estudios en el extranjero, experiencia en varios campos y hablan 2 o 3 idiomas. Además, les encanta seguir engordando su CV dándole de comer cursos específicos y training varios.

  1. Work hard, play hard.

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Con esta carta de presentación, no es de extrañar que ocupen puestos de responsabilidad en empresas. Así, los muppies gozan normalmente de éxito laboral y son trabajadores duros, muy motivados y disciplinados. Pero, a diferencia de los antiguos yuppies, no presentan especial interés por un sueldo alto, ni por promociones, ni por llegar a ocupar un puesto alto en la empresa. Sus prioridades van enfocadas a disfrutar con su trabajo, gozar de flexibilidad y enfrentarse a nuevos retos.

Al preguntarles cuál es su principal motor para trabajar, la respuesta más común es: poder viajar. Y cuando llegan las vacaciones, utilizan la misma estrategia, enfoque y energía que le dedican al trabajo a disfrutar lo máximo posible, resultando en unas vacaciones legendarias.

  1. Mens sana in corpore sano.

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Para los muppies es imprescindible tener tiempo que dedicar a hacer deporte, y sus favoritos son el running y el yoga. Lo practican como un hobby, no como obligación y con la finalidad principal de desconectar y relajarse. Nunca busques a un muppie en un gimnasio.

  1. Un segundo trabajo, no remunerado.

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El sueño de los muppies es ser su propio jefe y crear su propia empresa, dedicada a su pasión. Mientras sueñan con conseguirlo, tienen un hobby que consideran “su segundo trabajo”, aunque no les aporte ningún beneficio, en el que explotan su creatividad. Por lo tanto, no es de extrañar que se dediquen a ser DJ, trabajen organizador de eventos para conocidos, hagan manualidades o sean expertos en  fotografía.

  1. Siempre conectados.

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Han nacido y crecido con la tecnología, por lo que no conciben una realidad sin Smartphone o Facebook. De hecho, son los grandes discípulos de Apple y es la vía por la que aflora su vena consumista.

  1. Verde que te quiero verde.

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En contradicción con su adicción a los últimos avances tecnológicos, adoran las iniciativas para proteger al medio ambiente y son los fans número 1 de las energías renovables, el coche eléctrico y los productos orgánicos. Comparten con sus compañeros hípsters el amor por los productos vegetarianos, y los últimos vegetales de moda, como el kale. Su amor por la naturaleza combinado con su poder adquisitivo les hace merecerse el apodo de “hippijos”.

  1. Un mundo mejor.

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La mayor diferencia con los yuppies surge en su manera de ver el mundo: a pesar de haberse pasado los últimos años de vida estudiando para encontrar un buen trabajo, el muppie siente la responsabilidad de devolver a la sociedad parte de lo que ha obtenido, por lo que busca afiliarse a obras sociales o realizar proyectos de voluntariado. Una gran diferencia con respecto a sus predecesores los yuppies.

  1. Fofisanos con estilo.

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Según la inventora del término, los muppies huyen de la extrema delgadez hípster y de la exageración metrosexual: les gusta estar sanos, pero ser normales. A la hora de vestir, reniegan del símbolo yuppie por excelencia: el traje de chaqueta. Sin embargo, les gusta estar cómodos y siguen su propio estilo. Los complementos son su talón de Aquiles, tanto para ellos como para ellas.

  1. Los reyes del multitasking.

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Con tanta actividad, no es de extrañar que hayan desarrollado una habilidad especial para el multitasking. En algunos casos es tan extrema, que acaban sufriendo el síndrome de FOMO: Fear Of Missing Out.

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Yo, por mi parte, pienso que los muppies son una realidad y que Michelle Miller ha hecho una correcta definición del término.  Pero que este segmento dentro de los millenial vaya a desbancar a la enorme cultura hípster… seré escéptica, pero habrá que verlo. Más bien me parece que el término va a desaparecer igual que llegó: rápidamente, sin pretensiones y sin hacer mucho ruido.

Alerta: Persona Altamente Sensible

Siempre me he considerado una persona de pensamiento puramente racional.

Soy ingeniera-científica y divido el mundo en hipótesis, teorías y teoremas. Pienso que la realidad se puede explicar en base a ecuaciones, procesos físicos y reacciones químicas. Y ante cualquier situación cotidiana, baso cada decisión en causas y consecuencias.

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Por eso, no entiendo por qué de repente, y con mucha frecuencia, una canción, poesía o noticia en televisión son capaces de desencadenar en mí un torrente de lagrimones.

A la gente como yo, se nos llama comúnmente “de lagrima fácil”. Somos los que no podemos evitar llorar con las películas, que aunque no nos guste el fútbol echamos lágrimas cuando España gana el mundial y vivimos una expulsión de un reality show como si se tratase de la nuestra. Cuántas veces, al tener una discusión con mis padres cuando era adolescente, se habrán repetido las siguientes palabras:

– Pero no llores.

– Ya me gustaría… ¡pero es que no lo puedo evitar!

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Sin embargo, de repente me di cuenta de que no únicamente me afectaba en los momentos tristes. Que ver a una persona recoger un premio me hacía llorar de alegría, e imaginarme lo orgullosos y emocionados que deberían sentirse sus familiares. O que se me humedecían los ojos cada vez que veía un reencuentro en un aeropuerto (y, entre trabajo o vacaciones, voy al aeropuerto unas 4 veces al mes). O que un sabor, un concierto o un paisaje podían desencadenar en mí un torrente de sensaciones más propias de una droga de diseño. Recuerdo estar en París hace unos años con mi pareja, sentados en las escaleras de Montmartre y de repente echarme a llorar como si no hubiera mañana. Y el pobre mirarme sin entender nada, preguntándome si me pasaba algo, si él había hecho algo mal. Y yo sin saber qué decir, sin poder explicarme, balbuceando entre sollozos: “es que es muy bonito…”. Un show.

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Por lo tanto, me convencí de que lo que yo tenía era “exceso de empatía”. Algo que puede ser bueno, ya que la empatía es beneficiosa en resolución de conflictos o proyectos multidisciplinares. Pero que como todo en exceso, también es malo. Una ocasión en el que este “exceso de empatía” se vuelve contra mí es cuando una persona cercana está pasando por un momento estresante, como por ejemplo una búsqueda de trabajo. En ese momento empatizo de tal forma que necesito preguntar constantemente a la persona qué tal le ha ido, si ha recibido respuesta y si necesita ayuda, y como resultado, soy yo la que acabo sufriendo de ansiedad. Y esto me lleva a ser demasiado controladora, generando en la otra persona una actitud de “no me agobies” que me deja profundamente triste.

Y en este intento de definirme a mí misma andaba yo cuando me topé con el término HSP (Highly Sensitive Person) o, en español, PAS (Persona Altamente Sensible).

Al parecer, numerosas investigaciones y estudios se están centrando en definir esta patología y sus causas. Y coinciden en que las personas que sufren de PAS no tienen únicamente una empatía superior al resto, sino que magnifican casi todas las emociones. En este grupo se encuentran aquellos que no soportan las películas de terror, los ruidos demasiado altos, los olores fuertes ni a la gente que grita o se comporta de manera agresiva. Y al mismo tiempo, son capaces de detectar fragancias imperceptibles para el resto, ponen excesivo empeño en organizar su vida en cuanto a prioridades para evitar situaciones futuras de estrés o incluso (esto no está demostrado) pueden darse cuenta que va a empezar llover antes que los demás. También, son especialmente sensibles a las críticas y lo pasan mal si sienten que no están siendo útiles. Este les lleva a sentirse desconsolados cuando piensan que alguien está enfadado o decepcionado por su culpa.

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Tras varias investigaciones, todo parece indicar que la clave está en el cerebro y se ha llegado a la conclusión de que en personas PAS hay una mayor actividad de las neuronas espejo (capaces de generar sentimiento de empatía) o de la ínsula.

Buscando en internet, he encontrado que es más común de lo que parece y tiene sus ventajas. Las personas PAS suelen tener mejores cualidades para disciplinas como el Marketing y la Publicidad, porque son capaces analizar y entender mejor a sus clientes y consumidores. También favorece a escritores y compositores, ya que la alta sensibilidad les sirve de inspiración. Y se ha demostrado que tienen mayor facilidad para las redes sociales, el trabajo en equipo y para actuar como mediadores.

Y pensándolo bien, creo que en las últimas semanas me puedo haber cruzado con varios PAS, como esa mujer que me dejó pasar delante en el supermercado (yo llevaba únicamente una botella de leche) a la cual le agradecí el gesto profundamente y encadenamos una sucesión de “gracias”, “de nada” eterna. O la anciana entrañable que me crucé mientras salía a correr, con la que crucé una mirada especial, de complicidad. O aquel conductor que, cuando no me di cuenta que el semáforo se había puesto verde, en vez de pitar me hizo una señal por el espejo retrovisor, acompañada de una sonrisa.

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Sea como sea, yo me quedo más tranquila de saber que no soy una “llorona” o una “blandengue”, ya que siempre me he considerado una mujer fuerte. Y le doy la bienvenida a este rasgo de mi personalidad que me hace sentir las emociones al 200% y me permite vivir varias vidas en vez de una sola. Aunque me haya hecho ganarme, por parte de mi pareja, el apodo de “rollercoaster”.

No son tiempos para el arte

Se anda diciendo que no son tiempos para emocionarse.

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Que las palabras belleza o poesía son pasado. Que a quién se le ocurre, hoy en día, andar por el mundo mostrando su arte. Se anda diciendo que no se puede.

Que la indiferencia nos va invadiendo los rincones, nos va comiendo las ganas, secando la alegría.

Se dicen tantas cosas… y sin embargo aquí estamos. Dispuestos a pasarlo bien, a conmovernos, a inventarnos, a vivir.

Yo, por mi parte, voy tirando mis botellas al mar, o sea, mis trabajos por las mesas, por tus manos. Con la poesía de siempre, con las pinturas de ahora.

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«De nuestros miedos
nacen nuestros corajes
y en nuestras dudas
viven nuestras certezas.
Los sueños anuncian
otra realidad posible
y los delirios otra razón.
En los extravíos
nos esperan los hallazgos,
porque es preciso perderse
para volver a encontrarse.»

~ Post vacacional… inspirado por un pintor que nos emocionó en Ibiza. Porque la vida es demasiado seria como para tomarla en serio. Por lo menos, en verano ~