Querida astenia primaveral

Artículo publicado en Guts Mag en marzo de 2017.

Querida astenia primaveral:

Eres una hija del invierno.

Llevo días con dolor de cabeza, cansancio continuo, sin hambre, picor en la garganta y en los ojos… Que ya no sabía si me estaba poniendo mala, si era falta de sueño, estrés del trabajo o un bajón cualquiera.

Tras investigación y consejo médico, parece ser que la culpable de todo eres tú. ¿Pero qué te he hecho yo a ti, por qué me odias tanto? ¡Si yo amo la primavera, las flores, los pajaritos y los primeros días de sol! Te quiero tanto que incluso decidí nacer en medio de la primavera, para poder celebrarlo año tras año.

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Pues resulta que estos sentimientos no son mutuos. Me han contado que te defines como un síntoma caracterizado por una sensación generalizada de cansancio, fatiga, debilidad física y psíquica. Y que afectas más a las mujeres que a los hombres. Pobres de nosotras, que nos dejamos embaucar por cualquiera que nos trae flores.

A mí como las flores se me mueren siempre (hasta los cactus), las prefiero de plástico. Así que, ahora que me he dado cuenta de lo mucho que me has hecho sufrir, estoy decidida a desenmascararte.

Eres una extraña patología que unos describen como enfermedad y otros como sugestión. La comunidad científica y los médicos no se ponen de acuerdo en si reconocerte como tal y proporcionar un tratamiento.

Entre tus posibles causas, se especula sobre los cambios de horario al adelantar la hora, las modificaciones ambientales (condiciones de luz y presión atmosférica) y la adopción de otras rutinas (debido al buen tiempo y a que anochece más tarde). Estos fenómenos pueden alterar el organismo, haciendo disminuir la producción de endorfinas, que son las hormonas del bienestar.

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Digan lo que digan los médicos, a mí me has llegado hasta el corazón.  Además del cansancio descrito, llevo una semana confusa, luchando por mantener mis niveles de energía y una extraña sensación apareció hace unas dos semanas y se ha ido repitiendo días tras día. Todos los días, a la misma hora.

Cuando se ha acercan las tres de la tarde, unos finos rayos de sol se cuelan por la ventana de mi oficina y llegan hasta mi mesa. Voy notando cómo el aire se hace más espeso a mi alrededor y un extraño calor sube por los brazos hasta llegar a la cara. Una sensación de agobio surge en mi pecho, que lucha por salir. Intento respirar más profundo, pero no funciona.

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Imágenes inconexas cruzan mi mente. Un helado de cucurucho, con dos bolas. Estar sentada en un banco de una calle, transitada por gente que va a hacer recados, por familias, por parejas. La salida del colegio a las cinco y media, vistiendo las primeras ropas de primavera con el sol calentando la piel y una brisa ligera que huele a flores. Quedarme hablando en grupo, de un poco de todo, de un poco de nada. El césped de la universidad, unas cañas con limón. Despreocupación absoluta, dejar pasar la tarde.

Y, de repente, la realidad se muestra clara. La sensación que estoy experimentando cada día a las tres de la tarde es la misma que sentía cada año al llegar la primavera en España. La luz se vuelve distinta, más brillante, y el sol calienta más. El aire parece más denso, más cálido, más fragante. Y la salida clase se convierte en una explosión de energía y ganas de vivir.

En España, esto coincide con el final de la época de exámenes y el inicio del cuatrimestre. Ese dulce periodo en el que no hay prácticamente ninguna responsabilidad y, una vez terminadas las clases, se puede ser completamente libre durante lo que dure la tarde. Y, a su vez, coincide con los primeros días sin abrigo, con sacar del armario las cazadoras vaqueras, los fulares finos y las gafas de sol. Las primeras ventas de helados y la apertura de las terrazas. El paraíso terrenal.

Y me doy cuenta que todos los síntomas de la astenia podrían tener una explicación. Que podrían deberse a una misma y sola causa. La astenia podría no ser otra cosa que un grito desesperado por la libertad. Darse cuenta de que acaba de salir el sol después de un largo invierno y de que el exterior es un lugar maravilloso. Que se acaba de hacer realidad aquello con lo que llevamos soñando meses. Y que al otro lado de la ventana, bajo ese cielo brillante y sin nubes, tenemos felicidad instantánea y gratuita esperándonos. Que la simple sensación del sol en la piel nos va a sacar la sonrisa más grande del mes y va a hacer que el nudo en el pecho se desvanezca y una sensación inmensa de paz nos invada el cuerpo. Y la crueldad más grande es tener que pensar todo esto mientras se tiene la obligación de estar encerrado entre cuatro paredes.

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Primavera, sólo hay un veredicto posible: Me has enamorado. Tanto sentimiento entremezclado, tanto amor y odio, tanta bipolaridad… Tanto esperarte suplicante día tras día de invierno para que al final, cuando apareces, me hagas sufrir porque sí, sin razón alguna. Tanto confundirme en un tira y afloja: que hoy sol, que mañana lluvia, que al otro nubes y claros. Luces y sombras de un amor pasajero, que como ya sabemos, aunque no queremos ser conscientes, sólo va a durar tres meses.

Después de mucho pensar si cortar radicalmente contigo o lanzarme a tus brazos, he decidido que voy a cerrar el ordenador y me voy a dar un paseo. Posiblemente me termines decepcionando, y la calle no sea tan bonita como en mis recuerdos, ni la gente tan animada, ni los helados tan cremosos, ni las cañas con limón tan refrescantes. Pero el cielo, el sol y el aire van a estar ahí cada primavera esperando, dando una de cal y otra de arena, aunque sea únicamente por un día.

Y es que al fin y al cabo, «People always look better in the sun», como dice la compositora y cantante Soko. Y tan bien le sienta el sol, que continúa:  «Today it was a sunny day, I thought it doesn’t matter if he’s ugly anyway».

Cenas pseudo-caseras para fingir que eres un cocinitas.

Llevo tiempo queriendo escribir un post sobre cocina. Y, dándole vueltas, pensando en algo que pudiese ser útil, he acabado decidiéndome por:

«Cómo dar el pego fingiendo que eres un cocinitas, versión cena».

Y no, no me refiero a preparar cualquier cosa, ponerle un filtro y subirlo a Instagram. En este caso, lo importante es que sepan bien.

Porque, queridos amigos, seáis estudiantes, trabajadores o estéis de año sabático, a todos nos une la misma cosa: no tenemos tiempo para nada. Y, el poco que tenemos, no queremos dedicarlo a cocinar.

Pero, lo que sí que nos gusta es organizar cenas, reunirnos con los amigos y pasarlo bien. Y, por ello, he planteado tres situaciones culinarias hipotéticas:

  • Viene tu prima la finolis a cenar (léase también con suegra, cuñada o vecina).
  • Tienes que cocinar algo típico español para tu cena internacional de Erasmus.
  • A una de tus amigas le ha dejado el novio y hacéis una «cena de chicas» (que realmente significa quedar para emborracharos, pero no os apetece que vengan tíos).

Por darle un hilo argumental, he recopilado tres recetas que parten de la misma base: una pasta brisa de esas que venden en la sección de congelados o refrigerados del supermercado, como la de esta foto.

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El primer paso es común para las tres recetas y consiste en coger un rodillo de cocina y estirar la masa. En este momento, seguramente estés pensando: «Muy bien, genio. Quiero fingir que soy un cocinillas, pero no sé ni freír un huevo. ¿Cómo voy a tener un rodillo de cocina?».

No te alteres, lo tengo todo cubierto. Posiblemente, como buen jóven trabajador o ejecutiva agresiva no tienes un rodillo de cocina. Pero hay algo que seguro que tienes en casa…

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¿A que esto estira la masa igual de bien?

Una vez tengas la masa estirada, puedes elegir entre estas tres fantásticas recetas diseñadas para tres escenarios.

 

 

Empanada gallega versión Erasmus.

Esta receta es parte del artículo: Cenas pseudo-caseras para fingir que eres un cocinitas.

Receta #2. Tienes que cocinar algo típico español para tu cena internacional de Erasmus – EMPANADA GALLEGA VERSIÓN ERASMUS.

Tienes una cena internacional con tus amigos Erasmus, o becarios, o del Master. Ya sabes: cada uno tiene que cocinar un producto típico de su tierra para compartirlo entre todos. Como eres español, las expectativas están muy altas: se esperan que aparezcas con una paella, una tortilla de patata o un surtido de tapas que ríete tú del Juepincho. Pero tú no has hecho una paella en tu vida, ni sabes dar la vuelta a la tortilla sin que se pegue. Y, estás en el extranjero, preparándote para una cena… Lo que menos te apetece es encerrarte en la cocina. ¿La solución? Empanada gallega. Ya da igual que seas de Madrid, de Sevilla o de Albacete; a los guiris, les va a gustar igual.

Esta receta se la tengo que agradecer a mi hermana, que fue la primera en salir de casa y, al volver, nos deleitó con las maravillas exóticas que había aprendido, como el guacamole, las crepes con nata y la moussaka. Y, de paso, me contó su truco de la empanada gallega.

A esta receta en concreto la he llamado «Empanada gallega versión Erasmus», porque así me libro de potenciales comentarios que puedan llover, quejándose de que la receta original no es como yo la cuento.

Necesitas:

  • Masa tipo brisa
  • Atún
  • Tomate
  • Pimiento rojo
  • Cebolla
  • Aceitunas verdes
  • Huevos

 

El primer paso es estirar la masa, como se ha explicado en Cenas pseudo-caseras para fingir que eres un cocinitas. Después, hay que preparar el relleno. Con esto puedes ponerte creativo y aplicar el free-styler. Para el que hago yo, pico pimiento rojo, cebolla y tomates y lo sofrío un buen rato. Cuando está casi listo, le añado huevo duro y aceitunas verdes, también cortadas en trocitos pequeños, y el atún.

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Una vez listo, únicamente hay que colocarlo sobre una lámina de masa, poner otra lámina encima y cerrar los bordes con los dedos, haciendo que quede lo más bonito que sea posible, que eso le da aspecto de cocinitas Pro.

Para que quede dorada, antes de meterla al horno puedes pintarla con un huevo batido. Y a esperar, unos 30 minutos a unos 180 grados, o hasta que tenga color bonito.

¡Y olé!

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Más recetas:

 

Quiche sin complejos.

Esta receta es parte del artículo: Cenas pseudo-caseras para fingir que eres un cocinitas.

Receta #3: A una de tus amigas le ha dejado el novio y hacéis una «cena de chicas» (que realmente significa quedar para emborracharos, pero no os apetece que vengan tíos) – QUICHE SIN COMPLEJOS.

La quiche es uno de los mejores inventos que han creado los cocineros. Consiste, básicamente, en coger una pasta brisa, ponerla en un molde, y lanzarle dentro cualquier tipo de comida que te apetezca ese día. Es como un «familia feliz», pero en plan pretencioso. Por eso, es perfecto para una noche de chicas, ya que se puede cocinar sobre la marcha, mientras se va abriendo la primera botella de vino. Y, además, no hace falta prestar mucha atención, porque si te equivocas y, en vez de un ingrediente echas otro, ¡no importa!

En este caso, la he llamado «Quiche sin complejos», porque en las cenas de chicas tienen cabida la comida, la bebida, los cotilleos, los debates, los chistes, los dramas, los planes para cambiar el mundo y los lamentos. Pero no los complejos. Ni las culpas por cuánto va a engordar esta cena o lo que va a costar madrugar mañana para currar. Eso, mejor, lo dejamos en casa.

Este plan magnífico llamado quiche me lo sopló mi amiga Lucía. Y la verdad es que pega con su personalidad: despreocupada, divertida y perfecta para acompañarte mientras te quejas de los problemas. Los ingredientes que necesitas para una Quiche sin complejos  son:

  • Masa tipo brisa
  • Bacon
  • Champiñones
  • Cebolla
  • Queso (sirve cualquier tipo cremoso, tipo brie, quesitos… según el gusto)
  • Calabacín
  • Huevos
  • Nata líquida

El primer paso es estirar la masa, como se ha explicado en  Cenas pseudo-caseras para fingir que eres un cocinitas.

El siguiente paso es preparar el relleno. A mi me gusta empezar cortado una cebolla en tiras y caramelizándola. Para ello, sólo tienes que poner un poco de aceite a fuego medio en una sartén dejar que la cebolla se dore ligeramente y después añadir azúcar moreno y dejarla un rato más. En la misma sartén, puedes añadir el calabacín cortado en trozos, los champiñones y el bacon.

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Al mismo tiempo, puedes batir los huevos en un bol con un poco de nata líquida y cortar el queso en trozos pequeños. Ya sólo queda mezclar todo y rellenar la masa, que previamente habrás colocado en un molde redondo.

Ya puedes meterla al horno, y esperar unos 30 minutos a 200 grados, o hasta que el huevo haya cuajado y se vea dorada.

¡Y a brindar por todo lo bueno de la vida!

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Más recetas:

Hojaldre de salmón finolis.

Esta receta es parte del artículo: Cenas pseudo-caseras para fingir que eres un cocinitas.

Receta #1. Viene tu prima la finolis a cenar (léase también con suegra, cuñada o vecina): HOJALDRE DE SALMÓN FINOLIS.

No me vas a negar que al pensar en «hojaldre de salmón», no se piensa automáticamente en la palabra «finolis».

Esta receta me la enseñó una jefa que tuve en la primera planta de producción en la que trabajé. Y, como buena Ingeniera currante, en un puesto de management y con una niña, lo que menos tenía era tiempo. Pero siempre venía a la cena de Navidad con su «hojaldre de salmón». El tiempo de preparación son unos escasos 10 minutos, más una media hora de horneado.

Necesitas:

  • Masa tipo brisa
  • Salmón ahumado
  • Queso tipo Tranchetes
  • Mozarella
  • Un huevo para pintar la masa

El primer paso es estirar la masa, como se ha explicado en  Cenas pseudo-caseras para fingir que eres un cocinitas.

Una vez esta la masa estirada, tienes que rellenar la mitad con una capa de queso en lonchas, una capa de salmón y otra de mozarella.

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Después, doblas la masa como en un calzone (o empanadilla gigante) y cierras los bordes, dándoles forma con los dedos en plan cuqui. Y por último, la pintas con un huevo batido, y al horno unos 30 minutos a 180 grados(o hasta que este dorada).

Mientras se hornea, puedes hacer una ensalada para acompañar, que siempre le da un extra de finesse. Y pon la mesa en plan campestre hipster, con cestitas de pan, mantel y esas cosas. Et voilà!

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Más recetas:

 

 

 

 

La noticia destacada del día.

2 de marzo de 2016. Muchas cosas tenían que pasar hoy. En España, una esperada votación para la sesión de investidura iba a comenzar en cualquier momento, y en los medios se sucedían frases del debate, análisis de pactos y un lapsus mental exquisito, que una ya no sabe si es debido al desgaste del susodicho tras la campaña, o a una voluntad oculta de decir la verdad, debido a un súbito e inesperado arrepentimiento.

En Bélgica, hoy era el día que los altos mandos de mi empresa iban a dar el go/no-go al proyecto por el que llevo recorridos más de diez mil kilómetros por aire y siete billetes de avión comprados, en tan sólo dos meses. Por cierto, ha sido «go».

Pero la noticia destacada del día me ha llegado de manera inesperada, junto a un «buenos días», y por Whatsapp. Bajo el título: «Un duro trabajo que nadie estaría dispuesto a aceptar».

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Y lo excepcional de esta noticia es que viene firmada por la mejor persona que podría haberla escrito: mi madre.

Y, es que ya he escrito anteriormente acerca de que, si yo escribo, tiene que ser por mi madre.

En «Los cuentos que me contaba mi madre», ya decía:

«Y me pregunto por qué será que siempre me ha gustado escribir. Desde pequeña escribía historias de princesas que pasaban de su castillo y se iban a recorrer otros reinos acompañadas por chimpancés y osos panda, borroneadas con una caligrafía un tanto rara en cuadernos a doble reglón. No entiendo de dónde me viene esta afición, siendo hija, hermana y sobrina de científicos e ingenieros. Yo tengo la teoría de que es por los cuentos que mi madre me contaba de pequeña. Recuerdo con especial cariño el de la mandarina loca. Es un cuento que mi madre se inventó para animarme a comer fruta. Era una mandarina que cobraba vida en el comedor de la escuela y jugaba con los niños. Aunque, pensándolo fríamente, ¿por qué iba a querer comerme a una mandarina entrañable que cantaba canciones y botaba de la cabeza de un niño a otro? Mi madre era muy buena inventando historias, pero no buena psicóloga. Ya podría haberse inventado la historia del croissant loco. Mi madre, que pasó más de 30 años trabajando en un banco, guardando bajo recaudo una libreta llena de cuentos, historias y poemas. Así que a decir verdad, al verme en la oficina de 8 a 5 detrás de la pantalla del ordenador, creo que comprendo de dónde viene mi herencia».

(Resto de la historia: Los cuentos que me contaba mi madre).

Y mi madre no es únicamente la razón de que yo tenga este hobby tan precioso, sino que, sin saberlo, ha sido mi mayor estrategia de Marketing. El artículo de este blog que ha más veces leído y compartido, en más de veinte países, y con una diferencia abismal frente al resto, ha sido el que compartí el primer domingo de mayo de 2015. Eso es, el día de la madre. El artículo «El día de la madre con un hijo en el extranjero» fue enteramente inspirado y dedicado a ella.

«Si hay un daño colateral de los expatriados, Erasmus, becarios, mileuristas y demás que van a estudiar o trabajar al extranjero, son las madres. Los aeropuertos están llenos de señoras que llenan las caras de sus hijos de besos y las maletas de chorizo, jamón, queso y aceitunas. Que aguantan fuertes y sin llorar, confusas entre un sentimiento de “qué se te habrá perdido ahí” y resignación de madre, “es lo que hay”.

Y según pasan los años, van desarrollando habilidades y costumbres… y tu madre te sorprende más de lo que le has sorprendido nunca a ella».

(Resto del artículo: El día de la madre con un hijo en el extranjero).

Pero mi madre, ante todo, es una artista. Y, como buena artista que es, a pesar de haberse alegrado de que su carta haya sido publicada, se ha sentido un poco molesta de que los periodistas hayan modificado ligeramente su texto.

Yo le he dicho que hay que entender que los periodistas deben adaptar ligeramente los textos: deben generar un titular que suene polémico, para que los lectores se sientan atraídos y decidan leerlo, y tienen que hacer que la forma del escrito concuerde con el estilo del periódico.

Pero, como buena genia que eres, te mereces que alguien publique tu texto tal y como era: con tu título, tus palabras y tu sentimiento. Porque ese título que tú le diste «El trabajo que nadie quería», a mí me suena fantástico, como a novela. Y me encanta, mucho más que «Un duro trabajo que nadie estaría dispuesto a aceptar». Porque me hace pensar en el nombre de un cuento. Tal vez uno de esos que me contabas de niña.

Y, sobre todo, yo sé que te habrá molestado un poquito que no hayan dejado tu firma original: Pili Pardos García. ¿Qué es eso de María Pilar? Seguro que no te ha gustado nada ese nombre tan largo, incluso pensarás que te hace parecer mayor, con lo jóven que tú eres. Pili suena mejor: de mujer va al gimnasio, estudia inglés, viaja por Europa, compra en Amazon y manda fotos de sus recetas de cocina a sus hijas por Whatsapp. Aunque, para mí, ni Pili, ni María Pilar. Para mí, siempre serás mamá.

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EL EMPLEO QUE NADIE QUERÍA, por Pili Pardos García.

Hace unos días, una de mis hijas me pasó un video americano por Whatsapp, en el que una Compañía creaba un trabajo falso y lo anunciaban en internet: “Director de Operaciones”. Más tarde hacen unas entrevistas con los aspirantes reales al puesto a través de la web-cam, que se muestran en el video.

El entrevistador les explica que el puesto viene a ser un asistente personal de “El Jefe”.

Se necesita responsabilidad, movilidad, sobre todo aguante físico porque a veces tienen que hacer el trabajo de pie y no se pueden sentar en horas.

Los aspirantes tienen que tener amplios conocimientos de medicina, pedagogía, música y cocina.

Los horarios pueden ser variables, a veces hasta 24 horas al día, porque algunas veces hay que acompañar al Jefe durante la noche.

Tampoco hay vacaciones, de hecho en Navidades y en verano el trabajo puede aumentar. Es decir un trabajo a tiempo completo.

Los candidatos empiezan a poner multitud de pegas, pero preguntan por el sueldo pensando que será fabuloso. Entonces les dicen que el salario es “absolutamente nada” porque la satisfacción de ayudar al Jefe no tiene medida.

Ahí todos empiezan a protestar , diciendo que les están tomando el pelo, que ese trabajo es inhumano, una locura…, porque: ¿Quién en su sano juicio puede hacer un trabajo como ese?

Entonces el entrevistador les dice que no es tan raro, de hecho ,actualmente millones de personas en el mundo lo están haciendo… “Las madres”.

GRACIAS, desde aquí, a todas las madres por hacernos la vida más fácil, aunque no nos demos cuenta.

Pili Pardos García.

Por cierto, si a alguien le ha entrado la curiosidad y quiere ver el famoso video, es éste: World’s Toughest Job