Déjame que me equivoque

Siglo XXI. Era de las oportunidades, la tecnología, la globalización, el aprendizaje al alcance de todos. Una sociedad enfocada a la evolución, a la mejora continua, y en última instancia, al triunfo. Una sociedad en la que el fracaso no tiene cabida. Fracaso. Una palabra que pesa. Tras decirla, deja una sensación incomoda en el cuerpo. Suena a tabú, a crítica, a juicio, a vergüenza. No hay mayor miedo en estos tiempos que ser un fracasado. No hay connotación más negativa.

Con el miedo al fracaso llega la sobreprotección. Porque no queremos que nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestra pareja tengan que enfrentarse al fracaso. No queremos que sufran en su propia piel el miedo que sentimos cuando nos vimos cara a cara con el peligro por primera vez y pensamos que cabía la remota posibilidad de que no le venciésemos y acabásemos fracasando. Así que intentamos transferirle nuestras enseñanzas, nuestros conocimientos, nuestras experiencias. Intentamos protegerles, aconsejarles. Que no tomen las decisiones incorrectas, que no sigan los caminos equivocados.

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Caminos: porque en eso precisamente consiste la vida. Desde el momento que tenemos capacidad de tomar decisiones, cada pensamiento que tengamos, cada decisión que tomemos al elegir el camino de la izquierda o de la derecha va a cerrar uno de los 2 de para siempre y trazar una parte del mapa que va a ser nuestra vida. Porque hay quien piensa que hay algo llamado destino, una esperanza, fe que se basa en la creencia de que el final de nuestro cuento está escrito, que nos reconforta y nos ayuda a seguir adelante en los días más difíciles. Pero incluso aunque ese final esté predeterminado, la ruta que vamos a seguir para llegar hasta él está en blanco, y se va construyendo gracias al libre albedrío, como un mapa que se dibuja ante nuestros ojos.

No somos conscientes de que al sobreproteger a alguien, al mostrarle cuáles son los caminos correctos y cuáles los que no deben cruzar, estamos dibujando el mapa de su vida, arrebatándoles su libre albedrío. Negándoles la preciosa oportunidad de imaginar, diseñar y trazar la obra de arte más valiosa y única que pertenece a cada persona. Llevándoles por un camino pre trazado, que en su día creó otra persona.

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El miedo al fracaso no sólo limita la creatividad de los demás, sino, y aún más importante, también la propia. El temor a equivocarse lleva a la autocensura a la hora de tomar riesgos. Queremos tomar decisiones, crecer, conseguir objetivos, lograr nuestros sueños. Pero no queremos fracasar. Y llegado el momento, nos planteamos ceder, sacrificar nuestros objetivos porque existe el riesgo, la remota posibilidad de que no los consigamos y nos convirtamos en la palabra prohibida: fracasados.

Por eso yo digo: déjame que me equivoque. Déjame que tome una decisión y no sea la correcta. Yo respetaré tus consejos, tus enseñanzas, tu sabiduría y experiencia. Yo disfrutare de tus historias, de tu forma de ver la vida, de tus anécdotas más felices y tus capítulos más tristes. Pero esa es tu vida, tu hoja de ruta. Yo necesito inventar y perfilar mi propio esquema. Escribir mi propia historia. Con sus trazos a mano alzada, sus borrones, sus defectos. Con sus capítulos tristes, terribles, llenos de lágrimas. Una ruta que en ocasiones será preciosa, con cielos abiertos y amaneceres pintados de naranja y en otros casos lloverá, estará embarrado y me quedaré sin gasolina en medio de la carretera.

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Porque cada vez que vea el peligro cara a cara, la dificultad, la posibilidad de fracasar, tendré que utilizar una energía que todavía no poseo, tendré que crearla dentro de mí para poder luchar y seguir adelante, encontrar el camino adecuado. Y cuanto mayor sea el número de retos al que tenga que enfrentarme, mayor será la energía que habré desarrollado y más fuerte seré al final. Porque el futuro nos va a juzgar dependiendo de lo duro que luchemos y lo capaces que seamos de enfrentarnos a él una y otra vez.

Y cuando al tomar el camino de la derecha me dé cuenta de que he tomado el camino equivocado, puedo apuntarlo en mi mapa como incorrecto. Ya será tarde para volver al camino de la izquierda, porque habrá desaparecido en el pasado para siempre, pero podré valerme de todo lo aprendido para buscar un camino nuevo, otro sendero que dibujar en mi vida. Y es que las enseñanzas vividas en los terrenos más duros son las que más hacen sufrir, pero también las más valiosas para continuar.

Y si un día tomas un camino peligroso que te lleva a un sendero tortuoso y desemboca en una calle sin salida, recuerda que a veces hace falta perderlo todo para poder encontrarte a ti mismo.

Fuente fotos: Revista Insight, g de fon.

Invierno en Berlín.

15:50. Berlín, Alemania. Aeropuerto de Schönefeld.

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Fuera nieva y dentro dormimos. Lo que empezó como pequeñas gotas congeladas que se quedaban pegadas en las pestañas de los viajeros ha dejado pasar a copos que se acumulan en las ventanas. Hacen que Berlín sea aún más placida, más silenciosa, más congelada en el espacio y en el tiempo, como si no perteneciese a este planeta.

Dentro del aeropuerto la gente corre indiferente hacia sus vuelos. Nieve en invierno. En Berlín. A nadie debería sorprenderle. Pero en cristal se pueden ver dos miradas prendidas, soñadoras, con la cara iluminada. “Es nieve. No sé cuándo fue la última vez que vi nevar”. “En el sur tampoco nieva. Es precioso”. “Ahora sí que el viaje ha sido perfecto”.

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Recostada en la butaca, esperando a que anuncien la puerta de embarque, los ojos le pesan, se le van cerrando en este paisaje mágico. Soñar en Berlín, eso sí que debe ser bonito. Y sueña con un viaje que comienza con extraños. Extraños que le ayudan a llevar su maleta, que le acercan en coche al aeropuerto. Extraños que comparten su bocadillo porque se han olvidado de comprar, después de haber comido en horario europeo. Extraños que se acompañan a fumar, aunque no fumen. Extraños que se llaman unos a otros con nombres aún más extraños, inventados en un delirio de incongruencia. “Berlín en invierno. Ir del frio al aún más frio. Menudo plan más poco apetecible. Compremos el billete”.

Una risa le despierta. Se gira, somnolienta, con los ojos entreabiertos. “Mira esta foto”. Sólo podía ser Berlín. “¿Dónde están los demás?” “Creo que se han perdido. Mejor durmamos”.

De vuelta en fase REM, una chica con pelo rojo y un tatuaje de una orquídea le ofrece un té de miel y jengibre en un bar iluminado únicamente por velas. Sabe a risas, a tardes compartidas, a confesiones, a empezar a ser un poco menos extraños. Un puzzle en medio de una habitación se convierte en arte. Arte que se siente al tocarlo con las manos, arte que huele a bosques.

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Soñando se da de bruces contra un muro. Un muro que separa Berlín en dos mitades. Cuánto han deseado los de un lado del muro poder pasar al otro lado. Ha oído hablar de que aquellos que estaban desesperados han hecho de todo. Pagar dinero que no se podían permitir. Disfrazarse. Abandonar a su familia y amigos para intentar pasar solo, que dicen que así es más fácil. La felicidad eterna al otro lado del muro, dicen. Pero ninguno de estos trucos sirve. Muchos lo han intentado y pocos lo han conseguido. “Sólo lo consiguen los puros de alma, los originales, los auténticos”, dicen. En cualquier caso, el destino está en manos de una fuerza superior. Y en este caso, un ente llamado Sven dice quién cruza o no cruza el muro. Sigamos soñando…

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15:51. Tantos sueños, tantas aventuras y sólo ha pasado un minuto. Ha dejado de nevar, ni siquiera ha cuajado. Las cosas buenas hay que disfrutarlas cuando llegan, porque siempre duran menos de lo que prometen. “Tú tienes pinta de que te gusta escribir, escríbeme algo en la libreta.” “¿Tienes una libreta?”. “¿Una? Ésta es la número 23. Empecé hace 12 años”. Esto es lo bueno de los compañeros de viaje extraños. “Te escribiré algo que un día escribí en un aeropuerto…”.

Y cierra los ojos… Despierta en un photobooth, con los labios pintados de rojo. Rojo carmín pasión. Rojo oscuro, granate. Rojo amapola. Rojo mujer de vida alegre. Rojo es el único color que se distingue hoy de su atuendo negro Berlín. Y embriagada por el alma de la ciudad, por sus rincones, por la peculiaridad de la gente, decide expresarse, ser parte de este espíritu libre y esta locura. Se siente viva, feliz, entusiasmada y quiere compartir esta sensación con toda la ciudad. Así que en medio de Alexanderplatz llena sus pulmones de un aire frio como el hielo, exhala y grita con todas sus fuerzas. Impredeciblemente, los edificios se vuelven hacia ella y le reprochan su acción. La gente la observa con miradas juzgantes. Hasta el viento parece susurrarle que baje la voz. Aparentemente, en Berlín todo está permitido, excepto expresarse. Una paradoja en forma de ciudad.

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Despierta en la puerta de embarque. “Vuelo Berlín-Bruselas, puerta 59 por favor”. Es hora de volver a la realidad. Una realidad que parece inventada. Unos extraños que son amigos. Un sentimiento de permanencia que se vuelve efímero a lo largo que pasan los días. “Lleve la tarjeta de embarque en la mano, por favor”. Vuelve a cerrar los ojos al sentarse en la butaca del avión y cae dormida antes del despegue. Son las 17:00. Siempre nos quedara Berlín.

Cómo enfrentarse a un día de bajón en el trabajo.

Good morning sunshine. Un nuevo día se abre ante ti. Estas en la oficina, empezando a leer los primeros correos de tu bandeja de entrada. Next, next, next. Paremos para un café. Llevas ya casi un año entero en este puesto, tu primer trabajo. Recuerdas el primer día. No podías ser más feliz. Agradecido de esta oportunidad que te estaban brindando, después de tanto estudio, tanta búsqueda de trabajo, tantas entrevistas. Éste  es mi momento, pensabas. Hora de brillar.

Sin embargo, después de los primeros meses, el brillo se fue apagando. Y apareció una voz en tu cabeza. Una voz pequeña, ilógica, espontánea y tremendamente molesta. Miss Doubtful: “Y yo ¿cómo he llegado a parar aquí?”

Y te encuentras preguntándote si éste era tu empleo soñado.  Si te ves el resto de tu vida haciendo lo mismo. Si acaso te gusta. Dudando siquiera que se te da bien. Cuestionándote cada paso que has dado. ¿Debiste estudiar esa carrera? Arrepintiéndote de todas las decisiones tomadas. ¿No deberías haber hecho un Master antes de embarcarme en el mundo laboral? Y es que una vez Miss Doubtful hace la primera pregunta, la siguiente entra sin llamar a la puerta.  Y te ves a ti mismo en lo alto de una montaña, completamente paralizado, sin poder andar hacia delante, o hacia atrás… donde sólo puedes seguir leyendo mis emails. Next, next next.

De todas las situaciones a las que se enfrenta un ex-estudiante futuro-empleado, éste es el fenómeno más común entre la gente. En el último año he oído las mismas palabras, las mismas dudas, de gente que lleva menos de 3 meses, un año, más de dos años, incluso que se acerca a los 4 años en su puesto laboral. Las preguntas son distintas, el arrepentimiento surge de diferentes razones; pero al final la causa raíz es común: inseguridad a la hora de definirnos a nosotros mismos y diseñar nuestra carrera profesional.

En este momento de las dudas infinitas, hay un ejercicio que ayuda a parar, tomar un respiro y ver las cosas de manera distinta. El llamado “examen de conciencia”.

Coge un papel y un boli. Comenzamos:

1. “Cosas que quiero conseguir en mi vida”.

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Escribe una lista de objetivos que quieras llevar a cabo. Escribe una cosa debajo de otra, incluyendo a cuantos años es el objetivo (6 meses, 1 año, 10 años…). Por ejemplo:

  1. Tener mi propio proyecto en la empresa – 1 año.
  2. Aprender alemán – 3 años.
  3. Terminar mi informe de resultados y presentarlo a mi departamento – 6 meses.
  4. Hacer una estancia laboral en otro país – 5 años.
  5. Hacer un curso de finanzas – 2 años.
  6. Escribir un libro – 10 años.
  7. Conocer Japón – 10 años.

Si te cuesta empezar, puedes dividir la lista en: “objetivos laborales”, “objetivos formativos” y “objetivos personales”.

 2. “Cosas que he conseguido hasta ahora”.

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Pasa a la siguiente lista. Esta lista parece la más sencilla, pero generalmente es la que más le cuesta a la gente. Y la razón es que sabemos que es lo que hemos hecho, pero no le damos importancia. Una vez que hemos conseguido un objetivo, tendemos a quitarle valor y nos olvidamos del esfuerzo que hemos invertido. Puedes dividir la lista en las 3 mismas secciones. Para ayudarte a arrancar:

  1. Conseguir un título universitario
  2. Sacar el carnet de conducir.
  3. Aprender inglés.
  4. Visitar París.
  5. Presentar un trabajo enfrente de más de 20 personas.

Por muy simples que te resulten algunas cosas, piensa en como veías esos objetivos hace 5 años.

 3. Cuando tengas las 2 listas, pon una al lado de la otra.

Date cuenta de cuántas cosas has conseguido para los años que tienes. Y siéntete orgulloso. Seguro que más de una cosa de la lista te saca una sonrisa. Compáralas con las que te quedan por cumplir. Con todo lo que has hecho en los últimos 5 años, parece factible conseguir lo que te has propuesto para los siguientes 5, ¿no?

 4. “Qué hacer para conseguir mis objetivos”.

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Esta lista es la última y el resultado de las 2 anteriores. Se trata de poner acciones concretas a los objetivos de la lista 1. Y la lista 2 tiene que servir para inspirarte, para reflexionar qué hiciste para conseguir los objetivos pasados, qué cosas te funcionaron y cuáles no. Porque cada persona es distinta y es fundamental que te conozcas a ti mismo, tus puntos fuertes y débiles.

Un consejo: cuando escribas una acción, debe ser lo más concreta posible. Por ejemplo, para los siguientes objetivos:

Objetivo: Aprender alemán – 3 años.

a. Acción: Estudiar alemán. ¡ERROR! Esta acción es inconcreta y poco útil.

b. Acción: Apuntarme a la academia de alemán a un curso de 6 meses, empezando en enero. La prueba de nivel es el 10 de enero a las 19:00. Clases 1 día/semana. Estudio individual los domingos por la tarde. ¡ACIERTO!

Objetivo:Tener mi propio proyecto en la empresa – 1 año.

a. Acción: Trabajar muy duro todos los días. ¡ERROR!

b. Acción: Hablar con mi jefe en la siguiente reunión del 20 de marzo y plantearle mi objetivo. Trazar un plan de 6 meses de qué cosas debo aprender para poder liderar mi propio proyecto. Seguir el curso online “Dirección de proyectos” de 2 meses, empezando el 1 de marzo. ¡ACIERTO!

5. Una vez tengas las 3 listas, guárdalas las 3 juntas.

Resultaran útiles cuando tengas un día en el que te falte motivación o Miss Doubtful decida salir a pasear. Y recuerda actualizarlas frecuentemente. No hay mejor sensación que pasar un punto de la lista de “Cosas que quiero conseguir” a la lista de “Cosas conseguidas”.

10 sitios low cost para comer en Nueva York.

Nueva York sigue siendo la reina en cuanto a tendencias: moda, cultura, arte, arquitectura, diseño… Los años no pasan para la ciudad que nunca duerme; se mueve más rápido que el resto de las urbes (y si te quedas parado en una de sus calles, el bullicio te arrastrara consigo). Y como no podía ser menos, los nuevos chefs intentan abrirse camino e inaugurar el próximo local de moda de la ciudad. Por eso, si te gusta probar nuevas tendencias e innovar a la hora de comer, no puedes conformarte con hamburguesas y perritos y dejar pasar la oportunidad. Como en todo, Nueva York ofrece un amplio abanico de opciones, pero si se busca bien se encuentran restaurantes con comida excelente y ambiente inigualable para todos los bolsillos.

1. Peter Pan Donut & Pastry Shop (727 Manhattan Avenue, Brooklyn).

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Esta pastelería especializada en donuts se encuentra en Greenpoint, uno de los barrios de Brooklyn en pleno apogeo. Tiene los donuts más deliciosos de todo Nueva York (y me atrevería a decir de toda América) a tan sólo 1 dólar. Variedad de sabores que cambian día a día y tamaño muy grande. Desde primera hora de la mañana se puede ver a hipsters de Williamsburg y modernos de Manhattan haciendo cola para llevarse una caja.

 2. Ramen Co by Keizo Shimamoto (191 Pearl St, New York).

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En el corazón del Financial District se pueden encontrar multitud restaurantes de todo el mundo donde los ejecutivos hacen una parada rápida a mediodía. Uno de mis favoritos es este japonés, perfecto para comer en la barra, con concepto fast food de gran calidad.  El plato estrella es el Ramen, que puedes disfrutar en 3 variedades por menos de 12 dólares. Recomiendo el Wakayama Shoyu servido con pork belly: un fondo realmente sabroso con abundantes acompañamientos.

3. Manhattan Three Decker (695 Manhattan Avenue, Brooklyn).

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Bienvenido al Classic American Diner. Si buscas el típico sitio que has visto en las películas, en el que las camareras te rellenan la taza de café una y otra vez mientras te ofrecen conversación, éste es tu sitio. Perfecto para un almuerzo, los platos de huevos y bacon te darán energía para todo el día por menos de 10 dólares. Si lo tuyo es el dulce, las tortitas con sirope te transportarán a la cocina de una serie americana de los 80.

 4. Katz’s Deli (205 East Houston Street, New York).

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El pastrami es una delicatessen judía compuesta de carne, normalmente ternera, aunque puede llevar otras carnes como cerdo o pavo. La carne está parcialmente seca y sazonada con varias especias y posteriormente cocinada ahumada o al vapor. Katz’s Deli lleva desde 1888 vendiendo, preparando y sirviendo distintas variedades de pastrami en el Lower East Side. Las paredes están decoradas con fotos de famosos que han ido pasando por allí: desde Barbra Streisand hasta Al Gore. Un sándwich de pastrami (que puede compartirse entre 2 personas) vale unos 20 dólares. Pero vale cada centavo, es el mejor que podrás encontrar en toda la ciudad.

5. Sapporo Ichiban (622 Manhattan Avenue, Brooklyn).

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Este restaurante japonés se encuentra en una de las calles más transitadas de Greenpoint, rodeado de bares y pubs, por lo que es perfecto para una noche seguida de copas. La relación cantidad/calidad/precio de los platos de sushi es excepcional. Si prefieres ir a mediodía, puedes disfrutar de un menú Combo por menos de 10 dólares que incluye un plato principal (carne, pescado, tempura o sushi), sopa de miso, ensalada y arroz.

6. Heartland Brewery and Rotisserie (350 5th Avenue, New York).

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Hoy ha sido el día de patear la ciudad. Has cruzado la Quinta Avenida, Times Square, Broadway y acabas de subir al Empire State Building. Entre una cosa y otra, se ha hecho la hora de cenar y te encuentras atrapado en mitad de la zona turística. Una pesadilla para cualquier foodie. Si crees que te mereces un descanso y  te niegas a terminar en un McDonalds, un TGIF o comprando un perrito del carrito, una buena alternativa es Heartland Brewery and Rotisserie, un restaurante con espíritu americano justo a los pies del Empire State Building. Como recomendación, tienes que probar la hamburguesa de Kobe. Este restaurante es además una cervecería artesanal, así que podrás disfrutar de una cerveza de calidad con tu cena, por un total de unos 20 dólares.

 7. Amy’s Ruth (113 West 116th Street, New York).

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Un poco extraño para unos y extremadamente delicioso para otros, Amy’s Ruth prepara el mejor pollo frito con gofres de la ciudad en pleno Harlem. Así lo certifico Adam Richman en su programa Man vs Food cuando les hizo una visita. Si decides complementar el menú con otro típico americano, no dejes de probar los Mac and Cheese.

8. Cafe Grumpy (193 Meserole Avenue, Brooklyn).

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En este pequeño local puedes disfrutar de una taza de café de gran calidad, en una ciudad dominada por  Starbucks y otras cadenas. Es perfecto para trabajar con tu ordenador, si encuentras un hueco entre tanto neoyorkino tecleando en silencio en su MacBook. Una curiosidad: éste es la cafetería en la que Hannah, la protagonista de la popular serie Girls de Lena Dunham, trabajo durante un tiempo durante las primeras temporadas.

9. Chelsea Market (75 9th Avenue, New York).

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El Chelsea Market es un must see para todo amante de las tendencias en moda, arte y diseño. Abierto desde 1997, en su interior se concentran gran variedad de artistas, artesanos y pequeños comercios. Además, se puede encontrar comida de todo el mundo, para llevar y cocinar, o para comer ahí mismo. Para todos los bolsillos, se pueden disfrutar desde unos tacos mexicanos por 5 dólares hasta una langosta.

10. Mesa Coyoacan (372 Graham Avenue, Brooklyn).

Si me tengo que quedar con uno de los 10 sitios de la lista, this is the one. Este pequeño restaurante te hará sentir que te has teletransportado a México, con variedad de tacos, quesadillas y entrantes servidos con varias salsas de distinto nivel de picante. El plato estrella: Mixiotes de carnero.

En pleno barrio de Williamsburg, cuenta con una decoración acogedora a la par que actual. Al entrar, te darás cuenta de que es uno de los sitios de moda en cuanto veas a la clientela.  Como colofón final, no puedes irte sin probar uno de los tequilas de su extensa carta o un margarita (recomiendo el de sandía).

Con la maleta cargada de croquetas.

Por fin han acabado los fatídicos días de navidades. Comidas en familia, cenas de empresa, pinchos con los amigos. Un turroncito por aquí, que es una vez año. Un poco de jamón por allá, que de esto en el extranjero no hay. ¡Coge unas croquetitas de tu madre! Unas galletas caseras de tu tía. Una tortilla de patata de tu abuela, que como ella, no la hace nadie. Un trozo de roscón, que es tradición. Y al final, entre una cosa y otra, 5 kilos que he echado.

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Pero no te pienses que estoy triste. Tengo barriga, sí, pero no tristeza. Porque estos kilos los he cogido queriendo. Me he dado un atracón de nostalgia. Me he puesto los recuerdos de mi adolescencia entre 2 panes y me los he comido. Reservas para el invierno, que se presenta duro.

Se presenta frio, lluvioso, gris y muy oscuro. Porque mañana se terminan las vacaciones de Navidad y toca hacer las maletas, coger el avión y decir “hasta la próxima”. “¿Cuando vuelves, hija?” “No sé, mamá, que ya sabes que no tengo muchos días de vacaciones, y encima con los viajes de trabajo, que me lo dicen de un día para otro, no me dejan planear nada…”

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Así que me voy un poco nostálgica, pero preparada. Y como no facturo maleta, decidí ser precavida desde el primer día de vacaciones, que me comí el primer polvorón. Y me voy con reservas para el invierno: reservas de cariño, de besos, de cañas y bravas, de pinchos con vinos, de chistes malos después de la cena y un par de copas, de té con tarta a media tarde, de ponerse al día con amigos que no veía desde las Navidades anteriores, de promesas de “este año sí que te voy a ver” que sabes que no se van a cumplir, pero hace ilusión hacerlas. Hinchada de viejos recuerdos, nuevos momentos y del calor de la gente de la calle para prepararse para el invierno que empieza. Porque el invierno, como todos los inviernos, va a ser frío.

Carta al 2015

Querido 2015, encantada de conocerte. Te recibo en pijama, completamente despeinada, con algún resto de pintalabios de ayer y afónica debido a los excesos de anoche. Siento no haberme arreglado más para nuestro primer encuentro. Aunque hay quien diría que este look incluso me favorece.

Tú tampoco has hecho una gran entrada. Has llegado después de 365 esperándote. Con tus aires de diva, fuegos artificiales y todo eso. Muy seguro de ti mismo, con toda esa gente esperándote, lanzando confeti al aire y brindando con cava por tu llegada.  Has llegado prometiendo que todo va a ser mejor este año, que vas  traer felicidad y que los sueños se van a cumplir. Pero sin una propuesta sólida. Un político más.

Querido 2015, he de decir que he conocido muchos como tú. Así que no te voy a dar ni un día de tregua. Desde el día 1, desde la cama después de nuestra primera noche loca, te miro a los ojos y te digo: este año, las reglas las pongo yo.

  1. Voy a ponerme a dieta: la dieta de la cebolla.

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Para comer, para cenar, para desayunar. En ensalada, en tortilla de patata, en sopa, caramelizada. Tanta que el lobby de la cebolla se preguntara cómo han aumentado las ventas mundiales de manera tan drástica. Y voy a abrazar esta dieta porque me va a hacer falta algo que me limpie los ojos de vez en cuando. Porque hará tanto tiempo que no lloro que tendré hasta ganas. Así que, querido año nuevo, me da igual lo mucho que te esfuerces en ponerme situaciones complicadas, que voy a afrontar las fáciles con una sonrisa y las difíciles con una carcajada. Si la vida te da limones, pídele sal y tequila.

  1. Voy a crear una app: App-ágate.

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Esta app va a revolucionar el mercado. La app definitiva, para todos los públicos, todas las edades, todas las razas, religiones y estatus social. Y que no va a pasar de moda. Esta app configurará el móvil de tal manera que este se apague 1 hora al día y sea imposible de encender otra vez. Y durante esa hora saldré a dar un paseo. Llamaré a mi madre para preguntarle cómo le ha ido el día. Miraré a mi pareja a los ojos y le diré que le quiero.

 3. Aprenderé un nuevo idioma, que me abra puertas.

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El idioma que más te puede ayudar en 2015, personal y profesionalmente, no va a ser el inglés. Ni el alemán, ni el chino, ni el árabe. El idioma de este nuevo año no lo enseñan en las academias. Pero afortunadamente ya lo sé, sólo requiero un poco de práctica. Es la amabilidad, la educación, la positividad.  Hablar a los demás con respeto, utilizando palabras y no gritos. Argumentos y no insultos. Mirando a los ojos y sonriendo. Hablar a los demás como lo que son: personas.

4. Voy a ir al gimnasio.

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Este año la clase se moda en el gimnasio no es zumba, ni body power, ni spinning. Este año toca yoga mental. Este ejercicio te proporciona efecto inmediato a corto plazo: disminuye el estrés, hace recuperar el ritmo cardiaco, relaja cuerpo y mente. Realizándolo de manera constante, los beneficios a largo plazo han sido demostrados: mejora la convivencia con familiares y amigos, te hace ir a trabajar más contento y motivado, tiene un efecto positivo sobre las relaciones personales e íntimas. Hay quien dice que practicándolo una vez al día durante tiempo prolongado, lleva a la felicidad.

  1. Por último, voy a buscarme un segundo empleo.

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En tiempos de crisis, un segundo empleo es necesario, ya que el primero no cubre con todos los gastos. O por si acaso, nunca se sabe lo que depara el futuro. Necesito un segundo empleo que pueda compaginar con el primero, y dedicar a los 2 el mismo tiempo y energía, sin dejar que uno tenga más importancia que otro. Este segundo trabajo me va a proporcionar con todos los recursos necesarios en tiempo de crisis; crisis de no tener suficiente tiempo para pasar con la familia, con los amigos, con la gente que quiero. Hay varias posiciones disponibles: hija a tiempo completo, vicepresidente ejecutivo de amigos, madre que juega al futbol con sus hijos, marido que cocina la cena a su esposa todas las noches. Creo que me haré CEO de mi propia empresa: Mi Vida Consulting Group.