El club de escritores.

Hoy he ido a mi primera reunión de escritores en Bruselas. Ha sido genial: cada uno somos de una nacionalidad diferente y escribimos en nuestra lengua materna, así que no entendemos los textos de los demás. Eso implica que no podemos darnos feedback, ni corregirnos los unos a los otros. Así que sólo nos hacemos compañía y nos damos ánimos sin fundamento. Creo que, de hecho, éste podría ser el secreto del club de escritores perfecto.

Aunque, pensándolo bien, si escribiésemos todos en el mismo idioma no habría sido muy distinto. Al fin y al cabo, un grupo de escritores es un puñado de gente de perfil introvertido que queda en un lugar social para enfrascarse en su ordenador y no hablar unos con otros.

Ha habido toneladas de café, bagels y donuts. Al principio me he puesto muy contenta al pensar que me había equivocado y había venido al club del brunch. Pero después me han quitado mi ilusión cuando han empezado a sacar portátiles, blocs de notas y tacos de folios.

Al comenzar la reunión hemos tenido que presentarnos, contar por qué estábamos ahí y describir qué tipo de literatura hacemos. Yo he pensado en inventarme un pseudónimo y una vida ficticia, pero he desechado la idea al darme cuenta de que todos son escritores y por lo tanto habrían pensado exactamente lo mismo y ya no sería original. Uno ha descrito su estilo como kafkiano y otro ha relatado las similitudes de sus escritos con los de Haruki Murakami. Yo he dicho la verdad: que los textos que más admiro son los diálogos de Las Chicas Gilmore.

Antes de comenzar la sesión hemos compartido con el grupo en qué íbamos a estar trabajando. Algunos iban a adelantar parte de sus novelas, otros a buscar inspiración para sus poemas, una ha dicho que estaba cansada y “lo que surja” y un último ha dicho que iba a dedicar las tres horas a adelantar trabajo de oficina que tenía que entregar al día siguiente. ¡Pero cómo se atreve! Las reuniones de escritores que no hablan unos con otros no están para eso. Están para vestirse de hípster, lucir tu ordenador nuevo y tomar café. Si quiere trabajar, que se quede en su casa, enfrente de su escritorio lúgubre y que luche por vencer la pereza, como todo el mundo. Me ha parecido fatal.

Como era mi primer día yo no tenía nada pensado. Y eso de trabajar en domingo es algo que todavía me suena pecaminoso por culpa de mi educación en colegio de monjas. Así que he terminado escribiendo esto. Por lo menos, es mejor que un plan típico de domingo, que normalmente incluye un pijama, Netflix y galletas.

En la reunión no podía entrarme la pereza ya que estaban todos muy concentrados (ni podía postergar poniendo la lavadora o planchándome el pelo). A pesar de todo he sido fiel a mí misma y he dedicado la mitad del tiempo a perderme en mis pensamientos, desvariar en mis despistes y fijarme en detalles insustanciales. Por ejemplo, me he dado cuenta de que todas llevábamos las uñas geniales. Me imagino que será porque las manos tecleando sobre los ordenadores son el foco central de este tipo de reuniones. Creo que si alguien me preguntará cuál era el color de ojos de una de las personas que había en la reunión no lo sabría, pero sí los tonos de todos los esmaltes de uñas.

De repente, una chica griega ha osado romper todas las reglas no escritas del club de los escritores y me ha traducido el poema que había compuesto. He pensado que posiblemente no tendría mucho sentido porque al pasarlo de griego a inglés no iba a rimar (como las canciones de Shakira) pero me he dejado llevar por el ambiente bohemio. Sinceramente, en inglés, incluso sin rimar, sonaba genial. Así que en griego debía de ser brutal. He cumplido mi parte del trato animándole a seguir escribiendo, y esta vez lo decía de verdad.

Antes de terminar, no he podido resistirme a sacar una foto para ilustrar mi experiencia. Ha sido una maniobra arriesgada, ya me ha hecho perder puntos en la escala hispter. Espero haber compensado con mi falda midi plisada y mi gorro de lana gigante.

En conjunto, ha sido un refugio del frío muy digno. El próximo domingo que esté en Bruselas volveré.  Me he quedado con ganas de probar el bagel de salmón.

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Cinco paradas en Tailandia.

Viajar es una de las cosas que más me gusta del mundo. La otra es comer. Si puedo combinar las dos, soy feliz. ¿Estás pensando en ir a Tailandia? Éstas son las cinco paradas que te proporcionarán alegría, estómago lleno y fotos de Instagram.

Bangkok: Khao San Road. (Bangkok, Thailand).

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Fuente: http://www.bangkok.com/area-khao-san-road/

Normalmente recomiendo un restaurante, pero en este caso es mejor hablar de una calle entera.

Khao San Road es conocida como el gueto de mochileros en Bangkok, aunque realmente es un hervidero de viajeros, turistas, familias, jóvenes, parejas y trotamundos solitarios. La parte más negativa es que se está llenando de guiris borrachos celebrando un spring-break continuo. La positiva, que hay opciones de comida thai para todos los gustos concentradas en dos o tres calles: desde puestos callejeros, locales vegetarianos y sitios de zumos, hasta restaurantes con música en directo.

Mi consejo: déjate guiar por los restaurantes familiares, en los que verás tailandeses mezclándose con viajeros comiendo solos, menús básicos y precios bajos. La comida es más auténtica (y barata) que en los grandes locales que ofrecen menús en inglés, cócteles y música occidental, aunque a primera vista no te llamen tanto la atención.  El mejor momento del día para ir es a la hora de la cena, cuando la calle se ilumina y el bullicio aumenta. Una de las mejores opciones para comer: empezar por lo típico y disfrutar de un pad thai o un curry.

Krabi: May & Zin. (Ao Nang, Mueang Krabi District, Krabi, Thailand).

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Una sorpresa en Krabi.

A unos quince minutos andando desde el puerto, se encuentran varios puestos de comida para llevar rodeados por mesas de madera en las que disfrutarla. Uno de ellos es May & Zin, que destaca por el pescado, el marisco y los curris. No sirven bebidas, pero en otro de los puestos podrás comprar cerveza o un mango lassi que te ayude a apagar el picante.

Mi recomendación (y la del chef) es el curry de cangrejo.

Koh Lanta: Maladee. (75/1 Moo 1 Saladan, Ko Lanta District, 81150, Thailand).

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Encontré este restaurante por casualidad, ya que se podía llegar caminando desde mi alojamiento, y comí el mejor marisco de todo el viaje.

Este pequeño local tiene una decoración única que te hará evadirte en un completo sentimiento viajero, ya que puedes elegir entre sentarte alrededor de una mesa de madera o comer recostado en unos de sus sillones en el suelo. Cada día el menú varía ligeramente, dependiendo de cómo haya ido la pesca ese día. Al llegar, te mostrarán las piezas y te informarán del precio por kilo. A partir de ahí, puedes pescado o marisco a la plancha, con curry, con distintos grados de picante… Recomiendo las gambas (gigantes) a la plancha, que están acompañas con un marinado de ajo y especias… Heaven.

Si quieres hacer la experiencia única, pásate antes o después de cenar por el Rock Beach. ¿Por qué? Atardecer, vistas y cerveza en hamaca.

Chiang Mai: Saturday/Sunday Market Walking Street (Wui Lai Road/Ratchadamnoen Road, Chiang Mai, Thailand).

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Chiang Mai (o, para mí, el corazón de Tailandia) cuenta con numerosos restaurantes perfectos para mochileros (por ambiente, menú y bolsillo). Si tengo que recomendar sólo uno, me quedo con un pequeño local familiar que me descubrió la dueña de la pequeña casa de tres habitaciones en la que me quedé. Llevado por una familia y frecuentado por locales, ofrece opciones típicas de comida tailandesa del norte, que complementan los curris de pescado que se comen en el sur. ¿Cómo encontrarlo? Busca “un restaurante sin nombre con una puerta de madera en la calle Kotchasarn”. Tal cual. Si yo pude encontrarlo, seguro que tú también. Si no lo localizas no hay problema, ya que sólo a un par de minutos a pie está la calle Ratmakka, en la cual se encuentran la mayoría de locales en los que comen los mochileros (Taste from Heaven, Dada Kafe o Kitty Cat Bar, por decir unos pocos).

Después de la comida, en esa misma calle tienes dos paradas destacables: la librería de segunda mano The Lost Bookstore y un pequeño templo budista abierto al público, en el que podrás sentarte a la sombra del jardín a tomarte un té helado tailandés, preparado con leche de coco o leche evaporada.

Pero, aún mejor que estas experiencias gastronómicas, está el festival de colores, olores y sabores que se forma al caer la noche del sábado o el domingo en el mercado nocturno. Aparte de poder comprar artesanías y ver espectáculos de música, es el lugar perfecto para probar la verdadera street-food tailandesa. Mi consejo es que te lances a por las opciones que todavía no hayas degustado en el resto de las ciudades y que vayas pidiendo poco a poco en diferentes puestos (como si estuvieses de tapas en Donosti).

Koh Phi Phi: The Mango Garden. (Moo. 7 73 T, Aonang Amphur Muang Krabi. Thailand).

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¿Cómo puede ser que estemos hablando de comida tailandesa y todavía no se haya nombrado el mango sticky rice?

Este dulce tailandés se trata de tal y lo que su nombre indica: mango fresco acompañado de arroz pegajoso y dulce, cocinado con azúcar y leche de coco. Se puede comer de postre o a cualquier momento del día.

Si eres un fanático del desayuno como yo (que me acuesto feliz pensando en lo que tomaré al día siguiente), es tu deber hacer una parada matutina en The Mango Garden, “el Starbucks tailandés de Koh Phi Phi”.Aquí, no sólo podrás encontrar el famoso mango sticky rice, sino también gofres, smoothies, muesli y café de buena calidad. La mayoría de clientes hacen la parada a desayunar justo antes de coger el ferry para salir de la isla, ya que es perfecto por horario y proximidad (y el azúcar y la cafeína te ayudarán a evitar un posible mareo…).

10 restaurantes internacionales en Bruselas.

Bruselas es conocida como la capital de Europa… Y en cuanto a gastronomía se refiere, podría decirse que del mundo. Es una de las ciudades más multiculturales del viejo continente y se puede disfrutar de comida de todo tipo y para distintos presupuestos.

Si tienes la suerte o desgracia de haber acabado viviendo aquí, por lo menos puedes viajar con el estómago a lo largo de diez nacionalidades en diez restaurantes.

  1. El japonés.

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Izakaya. Vleurgatsesteenweg 123, 1000 Bruxelles.

La mejor manera de saber si un restaurante japonés es bueno es fijarse en su clientela. Si son japoneses, ¡adelante!, ellos saben mejor que nadie como distinguir la buena calidad.

Izakaya es uno de ellos. Se encuentra a un paso de Flagey y se compone de pocas mesas y una barra en la que se puede comer los alimentos preparados en la plancha al momento.

+ Lo mejor: La calidad del pescado. Y también la alegría particular japonesa de los camareros. Al llegar, te saludarán a gritos amistosamente e intercalarán palabras en su idioma natal en la conversación, como arigatou, konnichiwa o sayonara.

– Lo peor: Al ser bastante pequeño y popular, es casi imposible conseguir mesa si no tienes una reserva. Así que asegúrate de llamar antes de ir. Por la misma razón, es difícil conseguir sitio para grupos grandes.

= Sugerencia: Magulodon: un bol de arroz coronado con atún rojo. Si no eres muy fan del pescado crudo, la tempura de verduras es deliciosa.

 

  1. El italiano.

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Eccetera. Chaussée de Wavre 402, 1040 Etterbeek, Bruxelles.

Teniendo en cuenta que la comunidad italiana es una de las más grandes de Bruselas, no ha sido nada fácil elegir un solo restaurante. Me he decidido por Eccetera porque tiene pequeños detalles que hace sentir que estás en Italia: vinos de Abruzzo,  café espresso y antipasto a cuenta de la casa. Además, el local es grande, con una decoración moderna y acogedora, e incluso cuenta con un pianista por las noches.

+ Lo mejor: La relación calidad-precio. El menú cuenta con una selección de pastas y carnes de la casa (cualquier opción con trufa está buenísima), aparte de sugerencias diarias. Además, tienen una amplia selección de vinos italianos por los que sólo te cobrarán lo que hayas consumido de la botella. De entre los postres, por supuesto, destacan la panna cotta y el tiramisú.

– Lo peor: Que como te dejan la botella de vino en la mesa, es muy fácil ver cómo se vacía por arte de magia…

= Sugerencia: When in Rome, do like the Romans: ¡pide café después de cenar (siempre expresso, nunca con leche después de media mañana)! ¿La razón? ¡Viene con mini brownies!

 

  1. El chipriota.

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Ambelis. Avenue de l’Armée 41, 1040 Etterbeek, Bruxelles.

¿Con ganas de vacaciones? En medio de un día lluvioso, podrás viajar gastronómicamente en la taberna Ambelis. Este negocio situado en la zona de Montgomery es conocido por todos los chipriotas, griegos y demás amantes del Mediterráneo.

+ Lo mejor: El ambiente. Es distendido, ruidoso y opuesto a lo que se puede encontrar en un restaurante típico en Bruselas. Por lo que es perfecto para evadirse en medio de un invierno gris.

– Lo peor: Es precio belga, lo que significa que te cobrarán el doble de lo que pagarías en Chipre.

= Sugerencia: Si te apetece probar un poco de todo, pide el menú degustación para compartir. Un aviso: ¡es muchísima comida! Así que mejor que vayas con hambre.

 

  1. El libanés.

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Kefraya. Jules de Troozlaan 13, 1150 Sint-Pieters-Woluwe, Bruxelles.

Este restaurante libanes se encuentra en el barrio de Woluwe-Saint-Pierre, al lado del parque. Es perfecto para un día de picnic, ya que tienen opciones para llevar (y cerca del parque hay muy pocos sitios en los que encontrar comida). También dan la opción de comer en una mesa dentro del local.

+ Lo mejor: El precio. Por 5 euros puedes disfrutar de un shawarma libanés, con carne de ternera o pollo, vegetales y salsa. Si es una ocasión especial, puedes acompañarlo de entrantes y crear un menú completo.

– Lo peor: Tendré que fiarme de un amigo libanes al hacer esta afirmación, pero él me asegura que los camareros no son originarios de Líbano, basado en el dialecto que hablan. Eso sí, yo creo que han pasado algo de tiempo en el país comiendo y cocinando.

= Sugerencia: El hummus con carne. Tanto un amigo libanés como una amiga turca me aseguraron que el hummus era de los mejores que habían probado en Bruselas. ¡Y la carne recuerda al ternasco de Aragón!

 

  1. El belga.

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Fin de siècle. Rue des Chartreux 9, 1000 Bruxelles. 9 et Voisins. Rue Van Artevelde 1, 1000 Bruxelles.

Siendo que nos encontramos en Bruselas, no podría faltar un restaurante belga. Así que no sólo voy a dar uno, sino dos. Y es que, como bien sabrá quien los conozca, estos dos restaurantes vienen de la mano. Situados en pleno corazón de Saint Gery, 9 voisins y Fin de siècle ofrecen platos tradicionales belgas a un precio curioso, terminado en dos cifras decimales tales como .78, .27 o .36. Hablando de precios, hay que tener en cuenta que no aceptan tarjetas, así que hay que llevar dinero en metálico.

+ Lo mejor: Es el restaurante perfecto para llevar a amigos o familia que están de visita. Comida belga, localización céntrica y aceptan a grupos.

– Lo peor: Muy difícil de encontrar una mesa libre. Y no aceptan reservas. Dan las mesas en función al orden de llegada, así que lo mejor es ir en cuanto abran. Si está lleno, siempre te ofrecen la opción de esperar mientras te tomas una cerveza en el mismo bar, lo cual no está nada mal. Y si tienes demasiada hambre como para esperar, está rodeado por muchísimos otros restaurantes

= Sugerencia: La lasaña vegana. ¡Ya he dicho que era perfecto para llevar a cualquier tipo de visita!

 

  1. El británico.

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Bia Mara. Rue du Marché aux Poulets 41, 1000 Bruxelles.

¿A quién no le apetece de vez en cuando un Fish & Chips? Bia Mara tiene varias opciones de rebozado para el pescado y nada que envidiar a las Frieten.

+ Lo mejor: Es una opción distinta a la fast food de antes de salir de fiesta. Y se encuentra al lado de la Grand Place, así que es perfecto.

– Lo peor: Como la mayoría de los restaurantes en el centro de Bruselas, es difícil encontrar mesa en hora punta.

= Sugerencia: Si vais varios, lo mejor es pedir diferentes opciones y compartir, para probar todas.

 

  1. El etíope.

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Kobob. Lievevrouwbroerstraat 10, 1000 Bruxelles.

Bruselas cuenta con numerosos restaurantes de comida africana en el barrio de Matongue (¡deliciosos!). Pero en esta ocasión voy a hablar de Kobob, ya que es un restaurante muy popular y se encuentra en el centro (Saint Catherine).

+ Lo mejor: La experiencia. Se come a la manera tradicional etíope, probando carnes, vegetales y salsas de distintas cazuelitas y acompañando todo con pan plano.

– Lo peor: Al llegar la comida, el camarero os explicará con toda su buena intención que debéis comer de la manera tradicional etíope, dando la comida unos a otros… Y pasará de vez en cuando a asegurarse de que le estáis haciendo caso. Si eres remilgado, esto puede dar lugar a alguna situación un poco incómoda.

= Sugerencia: Acompaña la comida con uno de sus cocteles de frutas.

 

  1. El de las Islas Mauricio.

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Les Marmites du Monde. Rue Saint-Boniface 4, 1050 Ixelles, Bruxelles.

Este restaurante se encuentra en una de las plazas más bonitas y concurridas de Bruselas. Saint-Boniface es perfecta para tomar una cerveza en una de sus terrazas, seguida por una cena. El restaurante Les Marmites du Monde tiene comida típica de las Islas Mauricio y también platos típicos belgas.

+ Lo mejor: El ambiente que se vive en las terrazas de la plaza. Por eso, recomiendo dejarlo para un día de verano.

– Lo peor: El interior del bar es pequeño.

= Sugerencia: Ya que es un restaurante con opciones exóticas, merece la pena elegir uno de los platos del menú de las Islas Mauricio. Los mejores: el curry de gambas y el pollo tandoori.

 

  1. El cubano.

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La cantina cubana. Lievevrouwbroerstraat 6, 1000 Bruxelles.

Una explosión de color y diversión, perfecta para animarte el día más gris y lluvioso de Bélgica. La carta es concisa; se puede elegir entre varias opciones de proteína (cerdo, pollo, pescado…) acompañado por arroz, plátano frito, vegetales y salsa. La “ropa vieja” es un guiso de carne tradicional y les queda de maravilla.

+ Lo mejor: ¡El ron! Como buen restaurante cubano ofrece mojitos, cuba-libres… y un coctel frutal muy fresco llamado “El presidente”.

– Lo peor: Que entre el aperitivo, la cena, el mojito y los cubatas de después, la noche te puede salir cara.

= Sugerencia: Es perfecto para una noche de chicas… ¡y no solamente por los mojitos!

 

  1. El español.

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La Tapa de Proust. Rue de Montserrat 1-5, 1000 Bruxelles.

Y abrí la caja de Pandora. Como buena española, tengo que incluir un restaurante patrio en esta lista. Y qué difícil es. Porque los españoles somos muy críticos con los restaurantes españoles fuera de nuestro país. He probado varios en Bruselas, de todos los precios y estilos. Pero en este caso voy a decantarme con uno que, aunque sea bastante nuevo, viene pegando fuerte.

La Tapa de Proust es un local situado en la famosa zona del Sablon, que te hará sentir como si te acabases de tele-transportar a un bar de tapas de tu ciudad. En cuanto cruzas la puerta te recibe su decoración con espíritu juvenil y te entran ganas de tomarte un cortado o una caña.

+ Lo mejor: ¡Tienen cervezas españolas! Así que si tienes nostalgia de Estrella Galicia o Alhambra, ya sabes dónde ir.

– Lo peor: Por ahora el menú, aunque completo, no incluye algunos de los grandes clásicos de un bar de tapas, ¡que espero que se vayan añadiendo poco a poco!

= Sugerencia: ¡No te pierdas sus eventos! Hay de todo tipo: la fiesta del jamón, cata de vino español, los partidos de la liga… Para enterarte de primera mano, lo mejor es que los sigas en Facebook.

 

¡Que aproveche! Enjoy! Bon appetit! Guten Appetit! Buon appetite! Eet smakelijk!

 

 

 

¿Son los daneses más felices que tú?

Artículo publicado en Guts Mag en enero de 2017.

Éstas son sólo las palabras de una española que ha recorrido Europa en busca de la felicidad.

Cuando era niña, los momentos más felices los componían las vacaciones, la playa y los helados. Los días de sol infinitos en los que podía jugar hasta más tarde y que no tenía que ir al colegio. Así de simple.

Cuando crecí, escuché la famosa frase: “Como en España no se está en ningún sitio”. Por el tiempo, por la comida, por la fiesta… Ya sabemos por qué. Para mí tenía sentido, ya que seguía pensando en sol, playa y helados.

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Después, pasé por la fase de la fuga de cerebros, los políticos corruptos y la impuntualidad. Es la fase en la cual sólo puedes ver los defectos que tiene tu propio país (y los españoles somos expertos en la materia). Vino acompañada de etapas ingenuas e irreales en tierra extranjera: viaje de estudios en Berlín, beca Erasmus en Londres, prácticas en Bruselas y finde romántico en París. Las ciudades son intercambiables y el orden de los elementos puede variar, pero la consecuencia es la misma: idealización.

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Además, los informes sobre las ciudades, países y nacionalidades nunca nos dejan en buen lugar frente a los demás países europeos. Según un estudio de la Comisión Europea, el top 5 de ciudades más felices en 2016 son: Oslo, Zúrich, Aalborg, Vilna y Belfast. Pero… No lo entiendo. Ninguna de estas cinco ciudades son conocidas por el sol, ni por las playas ni (que yo sepa) por los helados. ¿Entonces, cómo es posible que sean felices?

Continuando la búsqueda, en medio de la más absoluta bipolaridad, en 2013 llegué a Holanda. Y allí me enseñaron una palabra la cual no tenía traducción al inglés: gezellig. Muy orgullosos, me explicaron que gezellig es una cena con amigos que hace mucho que no ves. Gezellig es una taza de chocolate caliente con extra de espuma. Gezellig es mirar cómo nieva a través de la ventana mientras se está caliente en casa. Gezellig son las velas y la música chill-out. Ese concepto me hizo tanta gracia, que cuando tuve que despedirme de mis compañeros holandeses, me regalaron una ´cesta gezellig´, compuesta por productos holandeses como galletas, mermeladas, caramelos y velas.

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Hoy me he acordado de esta historia al encontrarme con un artículo de El País llamado: Los 12 pasos para incorporar a tu vida el ‘hygge’, el secreto de la felicidad danesa.

Y cuál ha sido mi sorpresa al darme cuenta que los amigos holandeses no son los únicos que presumen de tener una palabra que no se puede traducir a otros idiomas y que expresa un concepto exclusivo de la felicidad.  Porque los daneses, según este artículo, dicen que hygge es un momento sin estrés. Que hygge es una película en pareja. Que hygge es una chimenea encendida. Que hygge son unas flores frescas sobre un mantel bien colocado .Que hygge es remolonear bajo el edredón unos minutos más. Pero, pienso yo, a mí eso de hygge me suena demasiado parecido a gezellig… Queridos amigos holandeses y daneses: ¿no significa exactamente lo mismo? Y, sin querer despojaros de ese sentimiento único del que presumís, me pregunto… ¿No significa, simplemente, lo mismo que estar ´a gustico´?

Para mí, una taza de café y un trozo de tarta es estar a gustico. Un libro a medias mientras estoy tumbada en el sofá es estar a gustico.  Cinco capítulos seguidos de Gilmore Girls es estar a gustico. Una copa de vino es estar a gustico. Un brunch el domingo es estar a gustico. La batamanta es estar a gustico.  Y así podría seguir, nombrando el olor a tostadas recién hechas, bailar Chambao en el salón de mi casa o escribir un artículo sobre el mal tiempo en Bruselas, mientras al otro lado de la ventana está lloviendo. Todo, muy a gustico.

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Pero (me conocéis, sabéis que siempre hay un pero…), sí que hay un argumento que les voy a ceder a los nórdicos: porque para estar verdaderamente a gustico, ayuda mucho estar caliente mientras afuera hace frío. Algo así como: “mal de muchos, consuelo de tontos”. O: “ande yo caliente, ríase la gente (por eso de la batamanta)”. O, quizás: “lo bueno, si es breve, dos veces bueno” (ya que el calor no va a durar mucho…).

La verdad es que antes de haberme venido a vivir a los inviernos grises del Polo Norte, no solía describir mis planes como a gustico. Una tarde en la piscina había sido súper divertida. Una noche de juerga había sido brutal. Un viaje había sido sorprendente. Un fin de semana en la playa había sido inesperado. Pero si el a gustico lo he empezado a utilizar aquí, por algo será. No sé si se tratará del frío, del estrés o que realmente me estoy empezando a parecer a los fríos descendientes de vikingos. Más bien, será que me estoy haciendo mayor.

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¿Que si he aprendido algo acerca de la felicidad en esta experiencia? No mucho. Sólo que hay algo que siempre funciona: hacer más de lo que te hace feliz (o a gustico, o gezellig, o hygge). Y los helados.

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Por qué Florida es más que playas.

Miami me lo confirmó. Estuve dos semanas en Florida y los que parecían que iban a ser unos días de sol, han resultado unas vacaciones que han tachado todos y cada uno de los puntos de mi lista. Y es que Florida es más que playas. ¿Que, por qué?

  1. Por la comida.

Y qué comida. Si vas a pasar por Florida, los siguientes sitios son de parada obligatoria:

Squid Lips. 1477 Pineapple Ave, Melbourne, FL 32935.

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Este bar/restaurante se encuentra en plena arena, sobre el Indian River, en la zona de Melbourne. Este pequeño oasis está situado al lado de una carretera principal, y sirve bebidas y comida de todo tipo, destacando los finger-food de marisco, entre los que destacan las ostras. Un sitio perfecto para hacer una parada al atardecer y picar algo antes de ir a cenar o volver al hotel, ya que tienen happy-hour de comida y bebida. Lo mejor, definitivamente, son las vistas.

The Boardwalk Bar. Meade Ave, Cocoa Beach, FL 32931.

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Situado en el famoso Pier de Cocoa Beach, es el sitio perfecto para descansar entre sesiones de agua,  sol y surf. Todos los restaurantes que se encuentran en el Pier son buenos, pero este tiene las mesas situadas en medio del muelle es el más  especial. Tienen un menú un tanto distinto y podrás comer desde tacos de langosta hasta carne de cocodrilo.

Panther Coffee. 2390 NW 2nd Ave. Miami, FL 33127.

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Este café se encuentra en el popular barrio de Wynwood y  podría considerarse en centro de operaciones de los proyectos creativos de la zona. Como no podría ser de otra forma, jóvenes hípsters se  amontonan en sus pequeñas mesas con su portátil Apple mientras dan sorbos a enormes tazas de café. Pero la diferencia frente a Starbucks en cuanto a la calidad del café es abismal; en Panther Coffee tuestan el café allí mismo y cuentan con variedades tanto de la East and West Coast, como de otros países como Colombia, Brasil o Etiopia. Un pecado confesable: sus galletas. La de chocolate y nueces está para morirse.

Chez Le Bebe. 114 NE 54th St, Miami, FL 33137.

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Una de las mejores cosas que tiene Florida, especialmente Miami, es la multiculturalidad. Uno de los distritos culturales, no tan conocido como el cubano, es Little Haiti. Escondido en este barrio se encuentra Chez Le Bebe, un restaurante local, con comida local, para gente local. Tienen varias opciones de comida caribeña, que van siempre acompañadas de ensalada, arroz, plátano frito y frijoles. Las carnes de cerdo y cabra son deliciosas.

Alma mexicana. 1344 Washington Ave, Miami Beach, FL 33139.

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El mejor restaurante mexicano en el que he comido nunca. Tal cual, sin duda y sin tapujos. Es verdad que todavía no he estado en México, pero he comido en muy buenos restaurantes mexicanos en Estados Unidos y éste es el mejor. Situado en la popular Miami Beach, es regentado por mexicanos y todos sus platos son excelentes. Es difícil escoger cuál es el mejor, pero para mí, buena amante de los nachos, los suyos son espectaculares. Completamente cubiertos de queso fundido, guacamole, pico de gallo y salsa agria. También son excepcionales los tacos de carne asada, simples y frescos, servidos son cebolla y cilantro. Y para los amantes del picante, los chiles rellenos. Para beber, recomiendo su limonada casera.

Bolivar Resto Lounge. 841 Washington Ave, Miami Beach, FL 33139.

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Este restaurant se adapta más al concepto fancy que suele encontrarse en Miami Beach. Es popular tanto por su comida como por sus copas y música en vivo. Lo más curioso es que sirven platos típicos de varias regiones de Suramérica, como Perú, Colombia y Venezuela; por lo que puedes hacer un tour gastronómico sin moverte de tu mesa.

De Venezuela, destacan sus arepas. A veces las sacan como entrante cortesía de la casa, acompañadas por salsas con distinto nivel de picante, y son muy sabrosas y esponjosas.

De Perú, lo más destacable que tienen son los ceviches. Tienen seis distintos y se puede pedir la versión degustación, en la cual sirven un vasito de cada tipo, para probar. No es el mejor ceviche que he comido nunca (obviamente, fue en Lima), pero están buenos.

Y de Colombia, tienen el mejor plato del restaurante… la bandeja paisa. Este plato contiene 13 ingredientes y es una selección de carnes, verduras y legumbres. Si no te parece suficiente, tienes la opción de añadir morcilla o chorizo. Que no te dé miedo, realmente merece la pena.

Blue Heaven. 729 Thomas St, Key West, FL 33040.

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Y la joya de la corona es, sin duda alguna, Blue Heaven en Key West. Y las razones son numerosas: primero, porque fue visitado por Adam Richmon en Man vs Food y eso siempre suma puntos. Segundo, y más importante, por su espectacular Key Lime Pie. Las expectativas eran muy altas y aun así consiguió superarlas. Una capa de galleta excepcional cubierta por una crema de lima ácida y el mejor merengue que se puede encontrar… la foto lo dice todo. Además, si quieres hacer una comida completa, el resto del menú es también bastante bueno. El sándwich de queso frito con aguacate y tomate o el de langosta son recomendables.

  1. Por los parques temáticos.

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Sabemos que Orlando es el centro de los parques temáticos. El famoso Disneyworld nació allí y a él se han ido sumando varios parques acuáticos y estudios de cine. Pero por mucho que no te apetezca tomar el té con Cenicienta o hacerte un selfie con Mickey, yo me lo pensaría dos veces antes de decir que no a un parque de atracciones. ¿Acaso hay algo mejor que volver a la infancia por un día y comportarte como el niño que un día fuiste? Y para los que independientemente de la edad, siguen siendo niños, de Wizard World of Harry Potter os hará perder la cabeza (o al menos, conmigo lo consiguió).

  1. Por el surf.

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Al pensar en las playas de Florida y, más concretamente Miami, lo primero que nos viene a la cabeza son cuerpos esculturales tostándose al sol, amantes del deporte haciendo running por el paseo marítimo y postureo, sobre todo mucho postureo. Pero un gran desconocido para el público en general es el surf. El clima de Florida provoca que el mar sea revuelto, en contraposición a las calmadas balsas caribeñas. La zona más popular entre los surferos es Cocoa Beach.

  1. Por la ciencia.

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Seas amante de la ciencia o no, no puedes ir a Florida y dejar pasar la oportunidad de visitar Cabo Cañaveral. En este enclave se realizan los lanzamientos de cohetes de la NASA y también se encuentra el popular SpaceX, fundado por Elon Musk. Para que la experiencia sea completa, en el Kennedy Space Center puedes visitar exposiciones de los primeros viajes al espacio y montarte en un transbordador espacial que te tele-transportará a las estrellas.

  1. Por la multiculturalidad.

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Tal es la multiculturalidad, que es difícil saber qué idioma hablar. Yo comencé hablando en inglés, con eso de estar en Estados Unidos, pero terminé hablando en español (cuando comprendí que la única que no estaba hablando mi idioma materno, era yo). La mayoría de los habitantes no-americanos de Miami vienen de Cuba, pero es frecuente cruzarse con gente de todo el mundo. Y como poseen el carácter abierto y sociable de los países cálidos, enfrascarte en una conversación con la gente local es una de las formas más interesantes para conocer de verdad cómo es la vida en Miami.

  1. Por el arte.

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El festival de arte más famoso de Miami es el  Art Basel y se celebra en diciembre. Pero además, durante todo el año, Miami cuenta con museos, exposiciones, arquitectura, diseño y arte callejero por todos sus rincones.

El distrito Art Decó se sitúa en South Beach y está compuesto por cientos de edificios que datan de los años 1920 a 1940, aunque han sido renovados y cuidados. Se puede realizar una ruta comenzando por Ocean Drive y terminando en Collins Avenue.

Aunque el barrio que más te puede acercar al diseño y arte de vanguardia es Wynwood. Wynwood sería  a Miami como Williamsburg a Nueva York. Situado en un área modesta al otro lado del Biscaybe Bay, se está poco a poco llenando de pequeñas galerías, tiendas y restaurantes en un ejemplo más de gentrificación.

  1. Por la naturaleza.

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Y es que los Everglades están a menos de una hora de Miami Beach. Este parque natural es la zona más salvaje de Estados Unidos y se trata de un terreno pantanoso que alberga más de 6000 kilómetros cuadrados. Los caimanes son los reyes del lugar y podrás verlos flotando en los lagos.

  1. Por los paisajes.

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No hay vista más bonita que la que se tiene al conducir desde Miami a Key West. Esta carretera, que puedes tardar entre tres y cuatro horas en recorrer, es una fina línea rodeada por mar a ambos lados. Y además de que el viaje es increíble, la recompensa al llegar es aún mejor, ya que al atardecer se puede observar cómo el sol se pone en el horizonte, tiñendo de rosa el cielo de los cayos.

  1. Por el clima.

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Es punto es corto y directo: Florida es conocida como el Sunny State. Por lo que es un gusto visitarlo a cualquier época del año, pero mucho más cuando en tu país de residencia es invierno y puedes volver a la civilización con un moreno envidiable.

  1. Por la gente.

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Amabilidad pura, cercanía, calidez, relax y buen humor. En conclusión, nada de estrés.  Miami me lo confirmó.

 

 

 

Que no quiero ser francesa.

Todavía me acuerdo de febrero de 2009. Yo era una joven universitaria que estudiaba tercer curso de carrera. Acababa de aprobar Química Analítica y eso me hacía sentir que nada podría pararme. Un día frío de fuerte cierzo, en plena época de exámenes, escuché la noticia:

“El McDonald’s de Plaza de España cierra”.

Después de años preguntándonos cómo era posible que el McDonald’s tuviese ganancias suficientes como para mantener el alquiler del emblemático edificio en el centro de Zaragoza, llegó la respuesta: No tenía.

Puede ser que cualquier persona que no haya nacido en la capital aragonesa no entienda lo que ese McDonald’s significa para aquellos nacidos entre comienzo de los setenta y finales de los noventa. Ese McDonald’s ha sido punto de encuentro universal de jóvenes para irse de cañas, salir de compras o reunirse antes de dirigirse al Tubo o al Casco, ambos a menos de diez minutos a pie desde allí. Yo, todavía, después de más de siete años cerrado, sigo diciendo: “¿Quedamos a las ocho en el McDonald’s?”

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Fuente de la foto: http://zaragozando.blogia.com/2009/052601-sin-mcdonald-s-en-la-plaza-espana.php

Pero al llegar allí ya no queda restaurante, ni cartel con la M roja gigante, ni nada. Tan sólo un edificio en piedra gris con algún que otro grafiti y anuncio pegado. No queda rastro de niños, ni grupos de amigos, ni de adolescentes que creen estar viviendo el sueño americano en suelo maño. Y, mientras espero apoyada en la pared, me acuerdo de los veranos a cuarenta grados, cuando mi madre trabajaba y yo intentaba convencer a mi padre de que nos llevase a por un Happy Meal en vez de comer en casa. De las tardes eternas con amigas, enfrentándonos a todos los problemas de los trece años, Coca Cola en mano. Del día en el que recibí una bronca por haberme comprando un helado en la despiadada cadena de restaurantes en la que nunca debería haber entrado. Por poner contexto, en los cines estaba Fahrenheit 9/11 y Michael Moore había calado hondo.

Los meses siguientes a tal sonada noticia estuvieron copados por especulaciones sobre qué negocio se instalaría en el famoso edificio. Una tienda de telefonía, decían unos. Un restaurante de alto standing, rumoreaban otros. Une discoteca en pleno centro, soñaban los más juerguistas. Pero yo consideraba que sólo había una cosa que pudiese ocupar ese lugar: Un Starbucks.

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Yo, que llevaba veintiún años viviendo en Zaragoza y soñaba con recorrer el mundo, lo tenía claro. Acababa de venir de Londres y lo había visitado día sí, día también. Me imaginaba pasando mis tardes en un local cosmopolita, lleno de muffins, cookies y brownies. Fantaseaba con caminar por el Paseo Independencia, maletín en una mano y latte en la otra, en dirección al trabajo. Lo comentaba con todos y lo rezaba por las noches; sólo me faltó abrir una petición en Change.org (pero, por aquellos entonces, aún no estaba de moda).

Hoy por la mañana, desde otra parte del mundo pero siempre conectada con mi tierra, he leído la tan esperada noticia:

“Zaragoza abrirá un Starbucks en Puerto Venecia”.

¿Mi reacción?

“A qué fin”.

O lo que viene a ser lo mismo: “Qué falta hará”, “Menuda cosa más absurda e innecesaria” y “No creo que vaya por allí”.

¿Que, por qué?

Porque después de más de seis años fuera de España, no me entusiasma el hecho de tener que pagar más de cuatro euros por un café.

Porque no hay nada comparable con el hecho de tomarse un cortado con hielo en una terraza. Y que se te caiga la mitad del café fuera del vaso, mientras lo echas sobre los cubitos. Y que vaya perdiendo intensidad mientras éstos se van deshaciendo.

Porque no hay rutina más bonita que entrar al bar de la esquina, al grito de: “¡Un café!”, y poder pagar con las monedas que llevas sueltas en el bolsillo.

Me sobran todos siropes, los frappes, los vasos gigantes de plástico transparente y las tazas blancas con el logo verde. No necesito ni el wifi gratis, ni los frascos con canela, cacao y azúcar de vainilla.

Un cortado. Un sólo con hielo. Un café con leche del tiempo. Un carajillo. Todo esto son cosas que en el extranjero no entienden. Un ejemplo perfecto de aquello que menosprecias, hasta que lo pierdes y pasas a echarlo de menos. Nostalgia en taza.

Me he pasado los últimos años de ciudad en ciudad, de hotel en hotel, de aeropuerto en aeropuerto. Entrando en todos los Starbucks de diversos rincones del mundo. Resguardándome del aburrimiento, del frío, del calor y del sueño. Pero después de haber vivido en cuatro países y haber visitado más de veinte, lo tengo muy claro:

“Más cortado y menos latte”.

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Fuente de la foto: http://www.davidlebovitz.com/cafe-cortado/

No quiero una realidad híper-edulcorada con café americano. Al igual que no quiero ir corriendo con prisa, termo en mano.

No quiero modales refinados, llenos de thank you, pardon, excuse me y you´re welcome, si van acompañados de frialdad, miradas indiferentes y sentimiento de superioridad.

No quiero puntualidad, tecnología, eficiencia y productividad, si no se me permite relajarme, fluir y actuar sin sentido y con curiosidad.

No quiero conversaciones entre copas de vino y queso, si no voy a poder exclamar en alto lo que siento y reírme a gusto, sin que me miren con desdén por estar alterando el orden público.

No quiero millones de bares a la última moda, museos de arte y galerías alternativas, si tardo tres horas de cronómetro en llegar de sitio a sitio, arrastrándome por el subsuelo de los túneles del metro.

No quiero espacios verdes, limpios, sostenibles e idílicos que atravesar en bicicleta, si tras esa cara ideal ocultan hipocresía, intolerancia y prejuicios que me provocan agujetas.

No quiero ser americana, ni alemana, ni inglesa, ni holandesa, ni sueca, ni danesa.

Como diría la Virgen: que no quiero ser francesa. Tan sólo quiero ser tal y como he nacido: 100% aragonesa.

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* Este texto ha sido empezado a las 17:00 en el Starbucks del aeropuerto de Bruselas y terminado a las 23:00 en el AVE con destino a Zaragoza, creando así una metáfora de seis años en seis horas.

Soy feminista y leo a Pérez-Reverte.

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A Pérez-Reverte se le ha llamado de todo. Durante años como columnista, y ahora mucho más debido a que, con esto de internet, parece que todo el mundo lleva un megáfono en el culo, la gente se ha dirigido a él con palabras tan bonitas como rojo, machista, fascista, retrógrado, homófobo, racista y hasta se ha dicho que hace apología de la violencia y el conflicto bélico.

Es cierto que la mayoría de gente critica por criticar, alimentados por una ´cultura Sálvame´ en la que se les han inculcado que meterse con los demás es la única manera de sobrellevar su falta de educación y su baja autoestima. El mundo está lleno de malcriados en la calle que han desembocado en trolls de internet. Sin embargo, lo que llama la atención en el caso Pérez-Reverte, es que provoca un sentimiento de amor-odio entre la población perteneciente una la sección que se podría denominar como culta, educada y lógica.

Todavía recuerdo una anécdota de cuando estaba en el instituto y tendría unos trece años. Mi, por aquel entonces, profesora de lengua española nos animaba a leer y escribir de la mejor manera que se puede motivar a un niño o adolescente: sugiriendo géneros interesantes y sin obligación. En una de sus sugerencias, nos recomendó leer las columnas dominicales de Pérez-Reverte en El Semanal. Yo, que con mis trece años ya era una fiel lectora, aunque no lograse entender completamente todo lo que decía (en ocasiones tampoco hoy lo comprendo), me quede sorprendida ante la manera en que mi profesora terminó su frase:

“Aunque, para decir verdad, Pérez-Reverte tiene un lenguaje bastante soez y utiliza demasiadas palabrotas.”

Ahí estaba, la primera vez que alguien me hablaba en público sobre Pérez-Reverte, ya había utilizado una descripción favorable y desfavorable al mismo tiempo. El Yin y el Yang. Amor y odio.

Hoy, he vuelto a leer un aluvión de críticas sobre su persona. En este caso, le ha tocado al machismo. Concretamente, era un texto de ´Locas del coño´ (que tiene muchos artículos muy buenos e interesantísimos) y criticaba dos artículos del columnista: ´No era una señora´ y ´Mujeres como las de antes´.

Primero de todo, creo que el adjetivo ´feminista´ define bastante bien mis ideales. Creo y defiendo la igualdad salarial entre hombres y mujeres, condeno la violencia machista, soy parte activa en la defensa de los derechos de las mujeres y creo que todavía queda mucho camino por recorrer, como es el caso en muchas otras desigualdades sociales que todavía seguimos arrastrando. También considero que he visto diversos casos de discriminación, lo cual no es de extrañar siendo que trabajo en plantas de producción donde el 90% son hombres. Pero también, en algunas de estas mismas plantas, he visto que igualdad es una realidad y la gente se ha dirigido a mí con el respeto (o la falta de él) que lo haría ante un hombre.

Por eso, Pérez-Reverte ha vuelto a crear en mí una sensación de confusión. Y he vuelto a releer los artículos.

En el primero, Pérez-Reverte explica su desconcierto al abrir la puerta a una señora y recibir el insulto de ´machista´. Y, sinceramente, yo estaría también desconcertada. Para mí, el mayor desconcierto proviene  de que el hecho de abrir una puerta no está haciendo daño a nadie. Al contrario, es un gesto que se hace por educación y para ayudar a otra persona. Es como si a alguien se le caen las llaves y no se da cuenta, y una persona educada le avisa, se agacha a recogerlas y se las da. ¿Le llamarías machista? Al mismo tiempo, si alguien no abriese una puerta, tampoco lo llamaría ´feminista´. Según la educación y los valores, hay gente que decide abrir puertas y otra que no. Y lo mismo ocurre con ceder el asiento en el autobús, llamar de usted o ayudar a cargar maletas.

Yo soy de esas que se levanta del autobús para ceder asiento a gente de la tercera edad, mujeres embarazadas o personas con discapacidad, con niños pequeños o cargando bultos. Y la razón es que, si yo me encontrara en esa situación, apreciaría que me cediesen el sitio. Así de simple. Porque ante un frenazo inesperado, esa gente tiene más posibilidades de caerse que yo. Y no considero que sea algo machista, ni feminista, ni que esté llamando viejo o inválido a alguien. Simplemente, me parece pura lógica.

Después, está el tema de las maletas. Al pensar en ello, dos recuerdos me han venido a la mente.

El primero se remonta a 2010, cuando acababa de llegar a Londres e iba cargada hasta arriba, como todo estudiante la primera vez que se va a vivir a un país extranjero: una mochila al hombro, una bolsa cruzada y dos maletas enormes, una en cada mano. Al salir del metro, me encontré con una sucesión interminable de escaleras que tendría que escalar para poder salir a la superficie. Suspiré, me armé de valor y empecé a subir los peldaños, lento pero seguro. En ese momento, un hombre de unos sesenta años me vio, se acercó y se ofreció a subir una de mis pesadas maletas. Le dije que sí y le agradecí el detalle, porque es exactamente lo mismo que habría hecho yo si nuestros papeles hubiesen estado a la inversa.

El segundo, me ocurrió hace poco tiempo. Adoro viajar en cuanto tengo días libres, así que tomé un bus, un avión y un tren para visitar a un amigo. Llegaba bastante cansada, cargada con la mochila del ordenador y una maleta, y creo que me lo notó en la cara. Así que nada más llegar me arrancó la maleta de las manos y la llevó durante todo el camino hasta el restaurante. Y, una vez más, lo agradecí. No sé si serán casualidades de la vida, pero éste es un gesto que lo he visto principalmente en mis amigos varones homosexuales. Es como si los hombres heterosexuales estuviesen asustados de que la sociedad les fuese a llamar machista por hacer algo así, o que se intuyan unas falsas dobles intenciones, o que se les llame pagafantas. Cuando no es más que un gesto amable entre amigos.

El segundo artículo tiene un tono bastante más crítico. En él, Pérez-Reverte se queja de que cada vez escasea más el tipo de mujer que le gusta (y que denomina ´mujeres como las de antes´). En pocas palabras, se refiere al tipo de mujer con curvas, falda de tubo, andares femeninos y zapatos de tacón. Al más puro estilo Sofía Loren, Ava Gadner y Grace Kelly (mujeres que, en efecto, son muy guapas y tienen mucho estilo). Pues señor Pérez-Reverte, qué pena. Para usted, digo. Igual que para mí es una pena de que cada vez escaseen más los tomates que me gustan, como el tomate de Zaragoza, o los melocotones inigualables, como los de Calanda. Sobre todo en Bélgica, que aquí no saben a nada.

A mí, por ejemplo, los hombres me gustan afeitados. Principalmente, porque no pinchan y yo soy de piel sensible. Así que, si sigo esa lógica, usted de primeras no me va a parecer físicamente atractivo. Aunque intuyo que es recíproco, ya que nunca me verá con tacones, ni falda de tubo, ni moviendo las caderas al son de una melodía imaginaria. Principalmente, porque me encanta caminar y los tacones me parecen el demonio, ya que no me permiten moverme todo lo rápido que necesito para poder conseguir sobrevivir al día a día. Además, hacen que me duelan los pies. No me los pongo ni para las bodas, donde considero que lo más importante es pasar un buen rato con los novios hasta que ellos decidan que se acaba, que para eso es su día, y no estar sentada en una silla porque no puedo ni caminar y ahogarles la fiesta demasiado pronto. Y las faldas de tubo no me dan libertad de movimiento. Así que a usted le atrae un tipo de mujer que no soy yo.

Ni siquiera me maquillo, ya que eso significaría perder veinte minutos por la mañana y quince por la noche. Y, para peinarme, utilizo como máximo diez. Si pudiera, haría como Mark Zuckerber y vestiría todos los días con la misma camiseta y el mismo pantalón, para ganar en eficiencia y tener tiempo para lo que es verdaderamente importante para mí, como salir a correr, escribir un par de páginas o quedar a tomar un café.

Personalmente, nunca se me ha pasado por la cabeza cambiar esa parte de mí para gustarle a nadie. Básicamente porque nunca lo he visto necesario (ni tampoco creo que sea el mensaje que está intentando mandar con su artículo). He cambiado muchas cosas de mí a propósito: he aprendido idiomas, he intentado enriquecer mi vocabulario, me he esforzado para escribir sin faltas gramaticales o de ortografía, he leído para ganar cultura y muchas otras cosas. Porque esas son las cosas que considero una pena que no sean más abundantes en la sociedad, no los tacones o el vaivén de unas caderas.

Para mí, aquí acaba mi reflexión después de leer su artículo. ¿Considero que sea usted machista porque le guste ese tipo de mujer? No. ¿Consideraría que es usted feminista si le gustasen las mujeres con pelos en el sobaco? Tampoco.

Otro tema es debatir si el texto tiene tono ofensivo, sobre todo cuando se refiere a unas mujeres con las que se cruzó como “focas desechos de tienta que pasan junto a nosotros vestidas con pantalón pirata, lorzas al aire y camiseta sudada”.  En este caso, si alguien me pidiese opinión, diría que no considero que éste sea un comentario necesario ni constructivo, ya que esas mujeres tienen todo el derecho del mundo a vestir como quieran y a sudar. A usted no le gusta, lo ha dejado claro. Chicas, avisadas quedáis, si ese es vuestro estilo, no le pidáis el número de teléfono a Arturo porque os vais a llevar un chasco.

También puede ser que se trate de ironía, sarcasmo o un recurso literario que no he llegado a entender del todo, como me pasaba cuando tenía trece años. Porque lo que no pretendo es entender todos y cada uno de los matices literarios escritos por un profesional con años de experiencia, igual que yo no le exigiría a Pérez-Reverte que me comprendiese a la perfección si yo le hablase de reactores químicos.

De cualquier manera, usted ha hecho ese comentario porque esa es su columna de opinión. Y éste es, para mí, el quid de la cuestión. Que usted debería tener derecho a escribir lo que se le antoje en su propia columna y a compartir su opinión. Ni la mía, ni la de la mayoría, ni la censurada por el gobierno, ni la consideraba políticamente correcta por la sociedad. La opinión de Arturo Pérez-Reverte. Y a Arturo le gusta ese tipo de mujer. Y eso Arturo no lo va a poder cambiar, porque es su gusto. Igual que a mí no me gusta el fútbol y no por eso digo que todos los hinchas tienen encefalograma plano e intento que cambien y lean a Shakespeare en vez de ir a un estadio. Porque esos serán mis gustos, no los suyos.

El no intentar cambiar los gustos y opiniones de alguien, a mi parecer, se llama respeto. ¿Me gusta el tipo de mujer que Pérez-Reverte describe en ese artículo? No, a mí me gustan las mujeres valientes, inteligentes, respetuosas, libres y buenas personas. ¿Me gusta cómo escribe Pérez-Reverte? Sí, mucho. Y sobre todo algunos de sus artículos en los que sí que considero que está hablando en serio, como ´Mujeres peligrosas´y ´Mujeres de armas tomar´. ¿Y, me gusta la tortilla de patata? Sí, me enloquece, pero siempre con cebolla, por favor.

No hay ideas geniales – EL LIBRO

Durante estos últimos meses, muchos de vosotros me habéis estado preguntando si la frecuencia de entradas en mi blog había disminuído frente a 2015…

Ha llegado el momento de que os cuente un pequeño secretito en el que he estado trabajando. Tras todo vuestro ánimo recibido, he decidido lanzarme y crear un libro (que yo llamo «de antiayuda») para estudiantes, becarios, recién graduados, jóvenes profesionales, buscadores intensivos de trabajo, expatriados y millennials que seguimos buscando nuestros sueños.

«No hay ideas geniales» recoge experiencias y reflexiones alrededor del mundo acerca de esta locura que algunos llaman realidad y en la que todos luchamos por mantenernos a flote.

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La semilla de este libro ha sido el blog, pero realmente ha ido creciendo gracias a millones de conversaciones que he tenido lo largo de los últimos cinco años con amigos, conocidos y soñadores de proyectos imposibles. Y, sobre todo, ha sido impulsado por el momento en el que, frente a una caña o un café, hablando de nuestros problemas, alguien ha nombrado una de las frases de mi blog…  Ese instante ha sido la chispa que ha encendido la mecha y me ha dado la motivación para llevarlo a cabo.

Y, por eso, tú puedes ser parte del proyecto: he creado un crowd-funding en el que puedes colaborar con la cantidad que tú prefieras y si juntos conseguimos llegar a la cantidad mínima fijada de de 300 euros (para tasas y gastos de distribución), te haré llegar una copia del libro en el formato que tú elijas (digital o papel). Y, por supuesto, mi agradecimiento de por vida.

LINK DEL CROWDFUNDING.

Y recuerda…

«No deberíamos permitirnos desaprovechar los años en que somos más guapos, estamos más sanos y tenemos más energía en preocuparnos por problemas que no existen, gente que no nos quiere y cosas que no necesitamos».

Muchas gracias y mucho amor.

MARTA.

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La chispa que te falta.

¿Has oído hablar alguna vez del triángulo de fuego?

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Hablemos de ciencia: para que un fuego pueda tener lugar, debe cumplirse lo que se denomina el «triángulo de fuego».  Este polígono está formado por tres vértices que son necesarios para que una llama sea generada y se mantenga. Estos tres elementos son el comburente, el combustible y la fuente de ignición. O, lo que es lo mismo, oxígeno, algo pueda arder y una chispa.

Si uno de los tres elementos está ausente, la llama nunca arderá. E incluso si un fuego está encendido, al eliminar uno de estos tres componentes éste se extinguirá.

Una forma sencilla de entenderlo es pensar en cuando se tiene una vela encendida y se tapa con un vaso boca abajo: al acabarse el oxígeno no se tiene el triángulo completo y la llama se apaga.

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Este sencillo proceso físico-químico conlleva más metáfora de la que en un principio puede parecer, ya que cada situación a la que nos enfrentamos en la vida lleva consigo su fuego particular.

Esa meta que te has propuesto conseguir es un pequeño fuego dentro de ti. Aquello que tienes en tu mente mientras haces las actividades cotidianas obligatorias son llamas que siguen encedidas. Y el sueño que te hace levantarte dela cama día tras día es la chispa que te hace seguir queriendo seguir adelante.

En todas esas ocasiones hay un triángulo de fuego frágil y simétrico, el cual se desmoronará si retiras uno de sus lados. Sin embargo, los vértices no son la chispa, el combustible y el oxígeno (aunque dime tú si puedes seguir sobreviviendo si no tienes oxígeno…). En el caso de los problemas cotidianos, los vértices son la prepración, la proactividad y las pelotas.Para que sea más fácil recordarlos, sólo tienes que pensar en las tres P´s.

PREPARACIÓN.

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El primero es la preparación. Es el que más tiempo y esfuerzo lleva, sin embargo, es el que mejor se le da a la mayoría de la gente. Curioso, ¿no?

La razón es porque es bastante obvio, y lo tenemos interiorizado. Para conseguir algo sabemos que tenemos que prepararnos. Por ejemplo, si tú sueño es ser médico, tienes que estudiar medicina. Suena razonable. O si tu sueño es irte a vivir a China, tendrá sentido que empieces a estudiar chino. Y así con todo.

Hay que tener en cuenta que la preparación es una ganancia temporal, no permanente. Es decir, que si tardamos demasiado en conseguir las otras dos P´s tendremos que seguir preparándonos hasta volver al estado en el que el triángulo no se desmorona.

Y la preparación, aunque constituye un 80% de la consecución del objetivo, es la parte que menos tardamos en cubrir. Para conseguir el último 20% hace falta conseguir lo más difícil, que es cumplir también las otras dos P´s.

PROACTIVIDAD.

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El segundo es la proactividad. Ésta se define como tu actitud para anticiparte a los acontecimientos de forma activa. Es decir, que no vale con que te prepares hasta que llegues a ser el mejor en lo tuyo y te dediques a esperar. Porque por muy preparado que estés para la llegada de tu momento glorioso, éste no va a aparecerse de repente e ir a buscarte, sino que vas a tener que ir tú a su puerta.

Por eso, lamentablemente nadie va a preocuparse de que cumplas tus sueños, ya que cada persona está demasiado ocupada intentando cumplir los suyos propios. Piénsalo, es lo normal. Y tú, como dueño de tu destino, vas a tener que luchar por lo que quieres y dar el primer paso. Porque si no, nunca va a ocurrir.

¿Quieres hacer unas prácticas de verano? Sacrifica un rato de salir, siéntate enfrente del ordenador y ponte a enviar solicitudes. ¿Quieres que se te dé una oportunidad en el nuevo proyecto de tu oficina? Levanta el culo y díselo a tu jefe. ¿Quieres conocer mejor a esa chica a la que no puedes dejar de mirar? Pues no te esperes a que ella dé el primer paso, no vaya a ser que ella sea tan poco proactiva como tú y os quedéis con las ganas.

PELOTAS.

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La última P son las pelotas. Y la he llamado “pelotas” porque “cojones” no empieza por P. Pero a efectos prácticos es lo mismo. Y, básicamente, viene a decir que no tengas miedo.

Este elemento varía mucho de una persona a otra y tiene un gran componente emocional. Pero el miedo es común a todos: es una reacción humana que surge ante lo desconocido y nos pone alerta. Es decir, que ante una realidad nueva el miedo nos dice:

“Hey, que esto es nuevo. Voy a poner tu sistema de defensa en alerta máxima para que puedas enfrentarte a la situación lo mejor posible”.

Sin embargo, muchas veces esta ayuda que no hemos pedido nos sobrepasa, nos asusta y nos hace meternos debajo de una mesa en posición fetal con las rodillas entre los brazos. O, en otros casos, escondernos debajo del edredón y decidir no salir hasta que todo haya vuelto a la normalidad.

Así como algunas veces el miedo surge ante una nueva realidad, otras brota de los riesgos que nuestro objetivo tiene. Quieres dejar tu trabajo y lanzar esa empresa con la que tanto tiempo llevas soñando, pero… ¿Y si fracasas? ¿Y si pierdes todos tus ahorros que tanto te ha costado conseguir? ¿Y si ninguna empresa vuelve a contratarte nunca? ¿Y si te cae un rayo en medio de la calle y te parte en dos?

El miedo puede llegar a paralizarnos e impedirnos conseguir lo que queremos. Pero, una verdad universal es que cada vez que tengas que tomar una decisión hay algo que vas a ganar y algo que vas a perder. Porque si con alguna de las opciones no perdieses nada, no habría ninguna decisión que tomar.

Así que, tenlo claro: con todas las decisiones que tomes en tu vida vas a perder algo. Y todas las que cosas que vayan a merecer la pena van a conllevar un riesgo no controlado. Así que, para que el triángulo no se desmorone, vas a tener que echarle pelotas.

Y ahora, piénsalo… ¿Te está faltando alguno de estos tres elementos? No te preocupes y sigue luchando. Recuerda que, como una vez unos héroes dijeron en medio del silencio: «Todo arde, si se le aplica la chispa adecuada».

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Cuentos de ingeniera desvelada.

22:59. Sigo todavía en la planta de producción.

Sorprendentemente no estoy cansada, después de un turno de más de once horas. Pronto serán doce.

Pero la espera a que termine la intervención mecánica me está empezando a resultar aburrida. No es que no sepa ayudar (ni que no quiera), pero es que no me voy a poner yo a girar palancas con cuatro hombretones aquí. Que por muy mujer fuerte, independiente y dueña de mi destino que sea, los brazos los tengo más bien flojos.

Ahora son seis hombretones. Parece que se han reproducido, como los Minions. Menudo festival de testosterona se ha formado en un momento. Están intentando mover un motor, o algo así. Pero se ha quedado atascado.

Es como la espada del Rey Arturo. Uno tras otro, lo van intentando. Pero va muy duro y ninguno lo consigue.

Mientras, yo les observo desde su espalda. Tecleando, apoyada en una mesa improvisada hecha con un contenedor de piezas. Finalizando el análisis de datos de hoy, con cara de interesante detrás de las gafas de seguridad y la máscara de enzimas.

¿Quién será el próximo Rey Arturo? Nadie lo sabe. En todo libro que se precie sólo habría un final preferido por todos. Que al final fuese yo la que moviese el motor. ¿Se habrá quedado bloqueado electrónicamente y la solución será tan sencilla como presionar el botón adecuado en el panel de control? A veces, el cerebro es el músculo más fuerte.

Qué dura es la vida de la mujer ingeniera. Pero qué divertida también.

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