Kase-O y su círculo catártico.

Artículo publicado en Guts Mag en mayo de 2017.

Zaragoza, 19:30. Kase-O estaba a punto de llenar el pabellón más grande de la ciudad que le vio nacer. Nacer, crecer, crear temas, emborracharse, perder el control, enamorarse, bajar a los infiernos, recomponerse, aprender, enseñar y convertirse en un mito para todos los aragoneses que han bebido de sus éxitos durante décadas, adictos a su poesía, sus ritmos y su magia lírica. Esos mismos parroquianos que no se podrían llegar a imaginar que un día Javier Ibarra llenaría el Príncipe Felipe, reventando las taquillas en tan sólo días y colgando el cartel de sold out. Una de las afortunadas que predijo esta locura fui yo, cuando decidí comprar dos entradas y dos billetes de avión para celebrar mi cumpleaños haciendo un viaje en el espacio, en el tiempo y en la nostalgia: de mi presente en Bruselas a un pasado en la capital maña, el cuál soy adicta a recordar.

Esperaba gritar, cantar, desfogarme, vibrar y sentir una ola de calor en medio del fuego zaragozano, del rap, del Violadores del Verso, de los temas de siempre, de sorpresas nuevas, de R de Rumba, de Lírico y de Sho-Hai. Pero lo que no me imaginaba es que ese concierto iba a ser como leer poesía sin abrir un libro, como adentrarme en entramados filosóficos sin pisar una universidad y como experimentar una introspección psicológica sin haber visitado un gabinete. El escenario iluminó a Kase-O, a sus letras y a su acojonante energía; pero aún más presente salió Javier Ibarra y nos atravesó los sesos y las entrañas hasta hacernos revolvernos y dejarnos extasiados como recién salidos de un trance. Por lo menos, así lo experimenté yo.

«A todos los que os encontréis perdidos, desorientados o sin saber qué hacer con vuestra vida, sólo os daré un mensaje: buscad qué es lo que os mueve, lo que os apasiona, lo que mejor sabéis hacer y especializaros. Yo era un chaval corriente del barrio de la Jota que decidió currar duro en lo que me hacía levantarme cada mañana: juntar versos con música. Y aquí estoy. Mi técnico de luces era un chaval corriente del barrio de la Jota que decidió currar duro y especializarse en lo que se le daba bien: la electricidad. Y aquí está, haciendo bolos internacionales. Trabajad muy duro y no os rindáis nunca. Ese es el secreto para llegar hasta aquí.»

Wow. Momento de locura máxima. Las más de ocho mil personas que se concentran en el pabellón rompen en gritos, aplausos, lágrimas y el más absoluto descontrol. Mi mente está a punto de explotar, al darse cuenta que las palabras que acabo de escuchar han sido pronunciadas por un rapero, un típico ejemplo de bad boy que nos tiene más acostumbrados a oírle hablar de borracheras, chulerías, juergas, drogas, cárceles y desfases varios. Pero aún más importante que la boca que acaba de pronunciar las palabras, son los oídos que están recibiendo las longitudes de onda en forma de consejo. La fiesta está llena de adolescentes en pleno cambio de personalidad. Chavales que han estado bebiendo litros mientras hacían fila antes de entrar y que enlazan un porro tras otro en el concierto. Chavalas que están empezando a salir con su primer novio, a tontear con las primeras drogas, a enfadarse con sus amigas, a rebelarse contra sus padres y a suspender su primer examen, todo en una sola misma semana. Chicos que, hartos del sistema educativo de su instituto que les trata como un número, han decidido que van a dejar los estudios sin haber llegado a cumplir los quince años. Chicas que han escuchado desde niñas que las matemáticas son un juego de hombres y que aspiran a ser tronistas ensiliconadas en un plató de televisión circense. Cerebros a medio formar en pleno punto de inflexión. Conexiones nerviosas, que podrían llegar a ser un circuito de neuronas brillante si toman las decisiones acertadas, o un despeñadero profundo en el más rocoso barranco si se lanzan por el camino fácil. Sendero que resulta muy tentador cuando se tienen todos los problemas y ninguna de las herramientas para buscar una solución. Pero en ese momento, una persona a la que admiran, un ídolo al que han oído rapear sobre la fiesta, la política, la rebeldía, el inconformismo y la rabia, acaba de decirles que sí que hay un camino. Y que ese camino, mucho más duro y disciplinado que las otras opciones, es el que le ha llevado hasta allí. Los ojos se me empañan y un grito sale de mi garganta. Probablemente sea porque todos nosotros necesitamos escuchar esas palabras porque, aunque no seamos adolescentes, estamos envueltos en nuestra crisis de identidad particular.

«Cuanto más amor das, mejor estás». Ese es el otro mensaje que me traspasa como un rayo. No me descubre nada nuevo, sino que me recuerda cosas que ya sabía, que tenía dentro, pero pensaba haber olvidado. Esa frase ya me atravesó la primera vez que escuché la outro del último álbum. Tanto, que puedo visualizar el momento exacto en que estaba caminando por las calles de Bruselas mientras descubría los temas de El Círculo. Cuánta sabiduría en tan sólo siete palabras. La clave de la felicidad resumida en un verso de un rapero nacido en Zaragoza. Cuando escuchas temas como éste, entiendes lo que quiere decir alguien que ha conocido las luces y sombras del amor. Gracias, Ibarra, por haberme hecho emocionarme con Amor sin cláusulas. Gracias, Jabato Jones, por haberla dedicado a todas las parejas que estábamos en la sala. A cambio desvelaré que la primera vez que la escuché, sonando en el coche después de un día de trabajo en planta, lloré con cada palabra de su letra. Y que he vuelto a soltar una lágrima en el concierto.

En un momento, todo se queda a oscuras y millones de pequeñas luces comienzan a iluminar el pabellón. En el escenario, sólo una silla colocada de perfil e iluminada por un foco y los primeros acordes de Tiempos raros. «Aburrimiento visceral, hipocondría, angustia cósmica…» El momento es sobrecogedor. Tan íntimo que no me atrevo tan siquiera a describirlo. Javier Ibarra está desnudo de alma delante de la ciudad que le ha visto transformarse, compartiendo su caída a los infiernos y su renacer como ave fénix. Creando una conexión que será difícil de olvidar e imposible de borrar. Completando su catarsis y accionando el comienzo de la nuestra.

Termina el último tema, encienden las luces y el público comienza a dispersarse. Un público que no es el mismo que ha entrado en busca de rap sólo unas horas antes. Me siento liberada, energizada, calmada, motivada y esperanzada. Me siento una con el rap, una con Zaragoza y una con las ocho mil personas que me rodean. Siento que el último disco de Kase-O no ha sido una casualidad. El Círculo es la razón por la que Kase-O comenzó a rapear a la salida del instituto, en bancos del parque y en las calles del barrio de la Jota. Es una obra de arte en forma de terapia que ha unido a generaciones en busca de respuestas disfrazadas de versos. Es un regalo a todos los que le consideran uno de los suyos. Es su manera de cerrar el círculo.

 

 

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